Chapter 4: El hombre que oficialmente estaba muerto apareció frente a la mansión para reclamar algo que pertenecía a Lily
Adrian volvió a mirar la fotografía del hombre que esperaba junto a la entrada de servicio, y una pregunta comenzó a perseguirlo: ¿cómo podía estar vivo alguien cuya muerte había sido registrada dos años atrás?
—No dejen que se acerque a los niños —ordenó al director de seguridad—. Quiero saber quién es, quién lo envió y por qué aparece en los documentos de mi esposa.
Roberto Salgado, que seguía en el despacho con la especialista en derecho patrimonial, se acercó para observar la imagen.
—¿Está seguro de que es Esteban Rivas?
—Lo conocí una sola vez, durante una reunión relacionada con los bienes de Mariana. Recuerdo su rostro porque discutió conmigo sobre la administración de la hacienda.
—¿Y cómo murió?
Adrian abrió el expediente digital que el abogado acababa de encontrar.
—Según este documento, en un accidente carretero. El acta señala que fue identificado por un familiar y enterrado en un panteón de Querétaro.
Roberto examinó la fecha.
—Si este hombre es realmente Esteban, tenemos un problema serio. Pero primero debemos confirmar su identidad. Una fotografía no basta para demostrar que alguien ha fingido su muerte.
—Entonces confirmémosla.
Adrian se levantó y miró por la ventana.
Desde el segundo piso podía ver el vehículo oscuro estacionado detrás de los portones. El conductor permanecía junto a la puerta, tranquilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Aquella tranquilidad le resultó inquietante.
No parecía un hombre sorprendido por haber sido descubierto.
Parecía alguien que había esperado precisamente ese momento.
—Voy a hablar con él —dijo Adrian.
—No se lo recomiendo —respondió Roberto—. Si está involucrado en un intento de fraude, podría estar buscando una reacción suya. Además, los niños necesitan que usted permanezca aquí.
Adrian miró hacia el pasillo.
Lily estaba en su habitación con Elena. Noah acababa de quedarse dormido después de llorar durante casi una hora.
Su hija ya había vivido demasiado miedo en un solo día.
—Tienes razón. Que lo atienda seguridad. Yo no voy a dejar a mis hijos solos otra vez.
Envió una instrucción para que dos guardias se acercaran al vehículo y solicitaran la identificación del visitante.
El hombre no opuso resistencia.
Entregó una credencial, habló brevemente con ellos y después sacó un sobre del interior de su saco.
—Dígale al señor Adrian que no vine por dinero —declaró—. Vine porque su esposa está a punto de cometer un error que podría costarle a su hija la herencia de su madre.
Cuando el guardia le preguntó cómo conocía a Lily, el hombre no respondió.
Simplemente entregó el sobre.
Después subió al vehículo y se marchó.
Adrian recibió el paquete cinco minutos más tarde.
En el exterior había una frase escrita con tinta negra.
*«Para el padre que llegó demasiado tarde, pero todavía puede impedir una segunda tragedia».*
Adrian sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Abrió el sobre con cuidado.
Dentro encontró una copia de una solicitud para modificar el fideicomiso de Mariana. El documento proponía sustituir al administrador original por una sociedad privada y trasladar el control de la hacienda a una entidad recién constituida.
La beneficiaria seguía siendo Lily en el encabezado.
Pero en las páginas siguientes aparecía una cláusula que permitía al nuevo administrador vender la propiedad bajo determinadas circunstancias.
La firma de Adrian aparecía al final.
Él jamás había firmado aquel documento.
—Esto es una falsificación —dijo.
Roberto se inclinó sobre la hoja.
—Parece una copia de una solicitud formal. Necesitamos el expediente completo para comprobarlo.
La especialista señaló una fecha.
—Se presentó hace tres días, pero la firma supuestamente fue certificada hace dos semanas.
Adrian negó con la cabeza.
—Hace dos semanas estaba en Monterrey. No firmé nada relacionado con la hacienda.
—Entonces tendremos que solicitar la documentación al notario —respondió Roberto—. También conviene asegurar una copia independiente de los archivos digitales.
Adrian volvió al sobre.
Había una segunda hoja.
Esta vez era una nota escrita a mano.
Vanessa no trabaja sola. El dinero que ha recibido no es el verdadero objetivo. Quieren obtener el control del fideicomiso antes de que Lily cumpla la edad establecida en el contrato. Si el plan funciona, usted perderá la capacidad de intervenir.
Al final aparecía un número telefónico.
Adrian llamó inmediatamente.
El teléfono sonó cuatro veces.
—¿Bueno?
La voz del hombre era grave, ligeramente ronca.
—Soy Adrian Montes. Usted dejó un sobre en mi casa.
Hubo una pausa.
—Me alegra que lo haya recibido.
—Quiero saber quién es usted.
—Alguien que cometió un error al confiar en la persona equivocada.
—Eso no responde mi pregunta.
—No, señor Montes. Pero es lo único que puedo decirle por teléfono.
Adrian se pasó una mano por el cabello.
—¿Es usted Esteban Rivas?
El silencio fue tan prolongado que Adrian pensó que la llamada se había cortado.
Finalmente, el hombre respondió:
—Ese nombre me trajo demasiados problemas.
—¿Fingió su muerte?
—No voy a discutir eso por teléfono.
—¿Qué quiere de mi hija?
—Que conserve lo que su madre dejó para ella.
—¿Y por qué debería confiar en usted?
La voz del hombre perdió su serenidad.
—No debería hacerlo. No todavía. Pero debería preguntarse por qué su esposa sabe tanto sobre una propiedad que usted creía irrelevante y por qué está dispuesta a destruir la tranquilidad de dos niños para mantenerla bajo su control.
Adrian apretó el teléfono.
—Si tiene pruebas, entréguelas a mi abogado.
—Las entregaré cuando esté seguro de que su hija está protegida.
—Mi hija está protegida.
El hombre soltó una risa amarga.
—¿De verdad? ¿Dónde estaba usted ayer a las tres de la tarde, señor Montes?
La pregunta fue un golpe directo.
Adrian cerró los ojos.
—Estaba trabajando.
—Exactamente. Y Vanessa lo sabía.
—No vuelva a utilizar a mis hijos para atacarme.
—No lo estoy atacando. Estoy tratando de que entienda que ella no empezó a actuar ayer. Lleva meses preparando el terreno.
La llamada terminó.
Adrian permaneció con el teléfono en la mano.
Roberto había escuchado parte de la conversación.
—No podemos permitir que este hombre controle la investigación —dijo el abogado—. Si está implicado en el fideicomiso, también debemos verificar sus antecedentes y su posible responsabilidad.
—Lo sé.
—Y hay otra cuestión. Si Vanessa tiene acceso a documentos privados de Mariana, necesitamos averiguar cómo los obtuvo.
Adrian miró el sobre.
—Empecemos por el notario.
A las once de la mañana, el despacho recibió una llamada del licenciado encargado de los documentos originales del fideicomiso.
Había localizado el expediente, pero necesitaba autorización para entregar copias certificadas.
Roberto se encargó del trámite.
Mientras tanto, Adrian subió a ver a sus hijos.
Encontró a Lily sentada junto a la ventana, observando el jardín.
Elena había preparado unas quesadillas y un poco de fruta, pero la niña apenas había probado bocado.
—¿No tienes hambre, princesa?
Lily negó con la cabeza.
Adrian se sentó a su lado.
—¿Te preocupa algo?
La niña tardó en responder.
—¿Vanessa va a ir a la cárcel?
La pregunta lo tomó por sorpresa.
—No lo sé, mi amor. Eso dependerá de lo que investiguen las autoridades.
—¿Y si regresa?
—No voy a permitir que te haga daño.
Lily apretó las manos sobre las rodillas.
—Ella dice que siempre regresa.
Adrian comprendió que una promesa no bastaba para borrar meses de amenazas.
—Esta vez habrá adultos que se asegurarán de que estés a salvo. Tu papá, el abogado y las personas que nos están ayudando.
—¿Puedo pedirte algo?
—Lo que quieras.
—No quiero que corras a trabajar cuando despiertes mañana.
Adrian sintió un nudo en la garganta.
—Mañana voy a desayunar contigo y con Noah. Después veremos qué hacemos juntos.
—¿Aunque tengas muchas cosas que hacer?
—Aunque tenga muchas cosas que hacer.
Lily se acercó y apoyó la cabeza en su hombro.
Por primera vez desde su regreso, Adrian sintió que su hija comenzaba a creerle.
Pero aquella tranquilidad duró apenas unos minutos.
Elena apareció en la puerta con una expresión preocupada.
—Señor Adrian, llegó un paquete para la señora Vanessa. El mensajero dice que debe entregárselo personalmente.
—¿De quién viene?
—No tiene remitente.
Adrian bajó al vestíbulo.
El paquete era pequeño, envuelto en papel café. No llevaba sello de mensajería, solo el nombre de Vanessa escrito a mano.
El director de seguridad revisó el exterior antes de autorizar que lo abrieran en el despacho.
Dentro había una memoria USB y una fotografía.
Adrian reconoció inmediatamente a Mariana.
En la imagen, su primera esposa estaba de pie frente a la hacienda de Querétaro. A su lado aparecía un hombre cuyo rostro había sido parcialmente cubierto con tinta negra.
En el reverso, alguien había escrito:
*«La mujer que murió no fue la única que intentó proteger a Lily».*
Adrian levantó la vista hacia Roberto.
—Necesitamos saber quién envió esto.
El abogado guardó la fotografía en una funda protectora.
—Lo haremos. Pero no conecte esa memoria a ningún dispositivo de la casa. La revisaremos de manera segura.
En ese instante, un grito llegó desde el piso superior.
Era Elena.
Adrian salió corriendo.
Cuando llegó al pasillo, encontró a Lily junto a la puerta de su habitación, con el rostro completamente blanco.
La niña señalaba el teléfono que descansaba sobre la cama.
La pantalla mostraba un mensaje de un número desconocido.
*«Si tu papá sigue buscando la caja de tu mamá, alguien más va a terminar encerrado».*
Debajo había una fotografía recién tomada.
Mostraba a Lily mirando por la ventana.
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Alguien había estado observándola desde fuera de la mansión.
Y no había sido Vanessa.
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