Chapter 7: La enfermera desaparecida sabía cuál de los dos niños llevaba mi nombre
—Antes de que sigamos buscando a esa enfermera, necesito que me contestes algo —le dije a Elena—. ¿Existe la posibilidad de que Margaret no sea mi madre biológica?
Elena bajó la mirada.
No respondió inmediatamente. Se limitó a acariciar el borde de la fotografía donde aparecían los dos recién nacidos, como si aquel pequeño pedazo de papel contuviera una verdad demasiado dolorosa para pronunciarla.
—Sí, Daniel. Existe esa posibilidad.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—¿Y me lo dices así, como si estuvieras hablando del clima?
—No sabes cuánto me arrepiento de no haber investigado antes.
—¡Mi madre pasó treinta y nueve años cuidándome! ¡Me enseñó a caminar, me llevó a la escuela y trabajó hasta quedarse sin fuerzas para que yo tuviera una vida digna! Si alguien cambió mi identidad, necesito saber quién fue y por qué.
—Tienes razón —respondió Elena—. Pero hay algo que debes entender. Que Margaret no fuera tu madre biológica, si eso llegara a demostrarse, no significaría que te hubiera mentido sobre su amor.
Me aparté de ella.
No porque sus palabras fueran crueles, sino porque eran demasiado ciertas.
Margaret era mi madre.
Ningún documento podía borrar las noches que pasó junto a mi cama cuando tuve fiebre, ni las veces que se quedó sin comprarse zapatos para pagar mis libros. Pero necesitaba conocer la verdad.
Y si alguien había cambiado mi identidad al nacer, también necesitaba saber qué había ocurrido con el otro niño.
Ernesto guardó las fotografías en una funda protectora.
—Vamos a buscar a Teresa Molina. Pero primero quiero que entiendan algo: las imágenes y los documentos que tenemos son indicios, no pruebas definitivas. Necesitamos encontrar a esa mujer, escuchar su testimonio y conseguir los registros originales.
—¿Y si Esteban llega antes que nosotros? —pregunté.
—Entonces nos aseguraremos de que no pueda acercarse a ella sin que las autoridades lo sepan.
Elena nos dio la dirección que conservaba de Teresa. Era una pequeña casa en las afueras de un pueblo cercano a Querétaro, donde la antigua enfermera supuestamente vivía desde hacía más de veinte años.
Antes de salir, Elena insistió en acompañarnos.
—Si Teresa sigue viva, querrá hablar conmigo.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque yo fui quien le pidió que guardara silencio.
Me detuve en seco.
—¿Usted?
Elena apretó la mandíbula.
—Hace doce años, cuando Sebastián desapareció, recibí una llamada de Teresa. Me dijo que tenía información sobre el nacimiento de los dos niños. Quería reunirse conmigo, pero Esteban se enteró y amenazó con destruir a mi familia si la ayudaba.
—¿Y usted se quedó callada?
—Sí.
No intentó justificarse.
Aquello me sorprendió más que cualquier otra cosa.
—Mi hijo desapareció y yo tenía miedo de perder también a Vanessa. Me convencí de que guardar silencio era la única manera de protegerla. Fue una decisión cobarde, Daniel. No espero que me perdones.
No le respondí.
Había demasiadas personas en aquella familia que utilizaban el miedo como excusa para esconder la verdad.
No quería convertirme en una de ellas.
El viaje hacia Querétaro transcurrió en un silencio incómodo. Ernesto conducía y Elena revisaba su teléfono, buscando cualquier señal de que Teresa hubiera intentado comunicarse con ella.
Yo miraba por la ventana, intentando recordar los pocos detalles que mi madre me había contado sobre mi nacimiento.
Una clínica privada.
Una cobija amarilla.
Un automóvil azul.
¿Y si todo aquello había ocurrido exactamente como Margaret lo recordaba, pero alguien había manipulado los registros?
¿Y si yo era el niño que Alejandro había intentado proteger?
¿O si el hombre que se hacía pasar por mi padre estaba utilizando una historia familiar para quedarse con la propiedad?
Cada posibilidad parecía más terrible que la anterior.
Cuando llegamos al pueblo, encontramos una calle estrecha con casas bajas, árboles frondosos y pequeños negocios que apenas comenzaban a abrir.
La casa de Teresa tenía una puerta verde y macetas de barro en la entrada.
Ernesto tocó el timbre.
Nadie respondió.
Volvió a tocar.
Desde el interior escuchamos un ruido.
Después, una voz de mujer.
—¿Quién es?
—Buscamos a Teresa Molina —contestó Elena—. Soy Elena Valdés. Necesito hablar con usted.
Se hizo un silencio prolongado.
Finalmente, la puerta se abrió unos centímetros.
Una mujer de cabello blanco apareció detrás de la cadena de seguridad. Tendría alrededor de setenta años y llevaba un suéter gris sobre un vestido sencillo.
Al ver a Elena, palideció.
—Le dije que no volviera.
—Lo sé. Pero necesitamos su ayuda.
La mujer miró a Ernesto y después a mí.
Cuando sus ojos se detuvieron en mi rostro, abrió la puerta de golpe.
—Dios mío.
Se llevó una mano a la boca.
—Es él.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién soy?
Teresa comenzó a llorar.
—Tienes los mismos ojos que tu padre.
Entramos.
La casa olía a café recién hecho y a madera antigua. Sobre una mesa había fotografías familiares, una máquina de coser y un pequeño altar con una imagen de la Virgen de Guadalupe.
Teresa nos ofreció asiento, pero no se sentó.
Fue hasta una cómoda, abrió un cajón y sacó una carpeta azul.
—He esperado treinta y nueve años para que alguien me hiciera esa pregunta —dijo—. Y ahora que estás aquí, no sé por dónde empezar.
—Por el principio —respondí.
Teresa respiró profundamente.
—La noche en que naciste, yo trabajaba en una clínica privada de Guadalajara. Tu madre llegó acompañada de Alejandro. Estaba asustada, pero también feliz. Él no se separó de ella ni un instante.
Me apreté las manos.
—¿Recuerda a Margaret?
—Perfectamente. Era una mujer humilde, pero tenía una fuerza extraordinaria. Cuando te pusieron en sus brazos, lloró como si el mundo entero hubiera desaparecido.
Teresa abrió la carpeta.
Dentro había copias de registros médicos, hojas de enfermería y fotografías antiguas.
—Aquella noche también estaba Elena. Su parto fue complicado. Su bebé nació antes de tiempo y necesitó atención especial.
Elena cerró los ojos.
—Me dijeron que murió.
—Eso fue lo que le dijeron —respondió Teresa—. Pero yo nunca vi un cuerpo. El médico me ordenó registrar el fallecimiento y no hacer preguntas.
Elena se quedó inmóvil.
Teresa continuó.
—Horas después, Esteban Valdés llegó a la clínica. Venía acompañado de un abogado y de un hombre que trabajaba para la familia. Me pidió que entregara todos los registros de los dos nacimientos.
—¿Y usted lo hizo? —pregunté.
La mujer bajó la cabeza.
—No tuve opción. Pero antes de entregar los documentos, hice copias. Había algo en la manera en que aquel hombre hablaba que me hizo sospechar que estaba ocurriendo algo terrible.
Sacó dos hojas de la carpeta.
En la primera aparecía el nombre de Margaret.
En la segunda, el de Elena.
Los números de expediente coincidían con los de la fotografía que habíamos encontrado.
Pero las fechas habían sido corregidas con tinta diferente.
—¿Qué ocurrió después? —preguntó Ernesto.
Teresa señaló una anotación al margen.
—El médico recibió instrucciones de registrar al hijo de Margaret como si hubiera nacido de otra mujer. También debía certificar que el bebé de Elena había muerto. Pero no puedo asegurar qué niño salió de la clínica con cada familia. Esa parte del expediente fue modificada.
Sentí que el corazón me latía en los oídos.
—Entonces, ¿no sabe quién soy?
Teresa me miró con tristeza.
—Sé que Margaret salió de la clínica con un bebé en brazos. Sé que Alejandro la acompañó. Y sé que, al día siguiente, Esteban ordenó que nadie volviera a hablar de aquel nacimiento.
—¿Pero quién era el bebé?
Teresa negó con la cabeza.
—Necesitamos los registros originales o una prueba genética.
Elena comenzó a llorar en silencio.
—¿Y Sebastián? —pregunté—. ¿Qué pasó con él?
Teresa cerró los ojos.
—Doce años atrás, Sebastián vino a verme. Había descubierto que su certificado de nacimiento no coincidía con los registros de la clínica. Me pidió que le dijera la verdad.
—¿Qué le dijo?
—Que podía haber sido víctima de una manipulación de identidad.
—¿Y después?
Teresa se acercó a una pequeña caja de madera que estaba debajo de la mesa.
—Me pidió que guardara esto hasta que alguno de ustedes viniera a buscarlo.
Dentro había una grabadora digital, una fotografía y un sobre con una fecha escrita en el frente.
La fotografía mostraba a Sebastián frente a una estación de autobuses. A su lado había un hombre de traje oscuro.
Ricardo Salcedo.
En el reverso, Sebastián había escrito:
*Si desaparezco, no crean que me fui por voluntad propia. Ricardo sabe quién soy realmente.*
Ernesto tomó la grabadora.
—¿Qué contiene?
—Una conversación entre Sebastián y el hombre que lo ayudó a investigar los documentos.
Conectamos la grabadora a una pequeña bocina que Teresa tenía sobre la mesa.
La voz de Sebastián sonó débil, pero clara.
—Si alguien encuentra esto, significa que no pude regresar con mi madre. Ricardo me dijo que mi abuelo había falsificado mi identidad para impedir que reclamara la herencia. Pero hay algo peor.
Se escuchó un ruido.
Después, Sebastián continuó.
—El hombre que dice ser mi padre no es Alejandro Valdés. Es Julián Ortega. Trabajó para mi abuelo durante años y conoce todos sus secretos. Está utilizando el nombre de Alejandro para engañar a Daniel y conseguir que abra la caja de seguridad.
Elena se cubrió la boca.
La grabación siguió.
—Julián cree que la caja contiene el documento que demuestra quién heredó realmente la propiedad. Pero yo encontré una copia. La verdad es que el niño que salió de la clínica con Margaret…
Un golpe interrumpió la grabación.
Después se escuchó la voz de otro hombre.
—Dame esa cinta, Sebastián.
La grabación terminó.
Nadie habló durante varios segundos.
Yo tenía la boca seca.
Elena estaba temblando.
Ernesto apagó la bocina y guardó la grabadora.
—Necesitamos preservar esto y entregarlo a las autoridades.
—¿Y la última frase? —pregunté—. ¿Qué iba a decir Sebastián?
Teresa se llevó las manos al pecho.
—No lo sé. Nunca escuché la grabación completa.
—¿Dónde está el resto?
La mujer señaló el sobre.
Dentro había una dirección de Querétaro, un nombre y una fecha.
El nombre era Julián Ortega.
La fecha correspondía al día siguiente de la desaparición de Sebastián.
Ernesto revisó el documento y se quedó inmóvil.
—Esta dirección pertenece a un antiguo despacho jurídico.
—¿Y qué significa eso? —pregunté.
Me miró con gravedad.
—Que Julián no solo conocía a Esteban. Era el abogado que redactó el fideicomiso original de tu familia.
En ese momento, alguien golpeó la puerta de Teresa.
Tres golpes secos.
La mujer palideció.
—No puede ser.
Elena se acercó a la ventana y miró por una rendija.
Un automóvil negro estaba estacionado frente a la casa.
Junto a la puerta del conductor había un hombre que reconocí inmediatamente.
Ricardo Salcedo.
Y no estaba solo.
Del otro lado del vehículo había un hombre más joven, con una cicatriz en la barbilla.
Elena dejó escapar un grito ahogado.
—Sebastián.
Corrí hacia la ventana.
El hombre levantó la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron a través del cristal.
Por un instante sentí que estaba mirando mi propio reflejo, envejecido de otra manera.
Entonces Sebastián levantó una mano y señaló hacia la puerta trasera de la casa.
Sus labios formaron dos palabras.
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*No salgan.*
Y detrás de él, Ricardo sacó un teléfono y comenzó a marcar.
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