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Chapter 5: El hombre que decía ser mi padre y la mujer que conocía la verdad

El mensaje de Elena Valdés convirtió mi viaje a Guadalajara en algo mucho más peligroso que una búsqueda familiar.

Si la mujer que había criado a Vanessa aseguraba que el hombre que me llamó no era mi padre y que Sebastián quizá tampoco era mi hermano, alguien estaba construyendo una mentira alrededor de mi vida.

Pero ¿quién?

Y, sobre todo, ¿por qué?

El licenciado Ernesto llegó a mi casa cuarenta minutos después. Revisó las copias de los documentos bancarios y fotografió cada página antes de guardarlas en una carpeta.

—No quiero que vuelvas a manipular estos papeles sin guantes —me advirtió—. Si vamos a denunciar una posible falsificación, necesitamos preservar los originales y documentar quién ha tenido acceso a ellos.

—¿Y qué hacemos con Vanessa?

Ernesto miró hacia la escalera.

Mi esposa seguía en el dormitorio.

—No soy abogado penalista, pero, por lo que me has contado, hay motivos suficientes para pedir que las autoridades investiguen la agresión y los documentos. No la amenaces, no intentes obligarla a confesar y no alteres ninguna grabación. Guarda una copia de seguridad del video y entrega el material a la policía.

Asentí.

Mientras Ernesto preparaba una lista de documentos que necesitábamos conseguir, mi teléfono volvió a vibrar.

Era un mensaje de un número desconocido.

*Lleguen a la antigua estación de trenes de Guadalajara a las siete de la mañana. Vengan solos. Si llevan a la policía, no volverán a verme.*

Debajo aparecía una fotografía de un hombre sentado en una banca, con el rostro parcialmente oculto por una gorra.

En la mano izquierda llevaba un anillo con las iniciales A. V.

—¿Es Alejandro? —preguntó Ernesto.

—No lo sé.

El abogado examinó la imagen.

—La foto pudo tomarse en cualquier momento. No demuestra dónde está ese hombre ni quién es.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—No vamos a obedecer una invitación anónima sin tomar precauciones. Primero necesitamos saber quién envió el mensaje.

Intenté llamar al número, pero no estaba disponible.

Después busqué la dirección de Guadalajara que aparecía en la carta.

Correspondía a una antigua propiedad de la familia Valdés, situada en una zona residencial donde las casas tenían jardines amplios y muros altos.

La dirección no parecía relacionada con ninguna estación de trenes.

—Mi padre me pidió que fuera allí —dije.

Ernesto negó con la cabeza.

—Un hombre que no has visto en treinta y nueve años te pide que viajes a otra ciudad y después alguien te cita en un lugar distinto. No sabemos si ambos mensajes vienen de la misma persona.

—Pero si realmente es mi padre…

—Si realmente es tu padre, tendrá que entender que necesitas comprobarlo.

Tenía razón.

Y, sin embargo, cada minuto que pasaba sentía que estaba perdiendo la oportunidad de encontrar respuestas.

Decidimos salir hacia Guadalajara después de presentar una ampliación de la denuncia y entregar a las autoridades una copia del video de seguridad. También pedimos que se conservaran los registros de las cámaras y que se investigara la identidad del hombre que había visitado mi casa.

Antes de partir, llamé al hospital.

Mi madre estaba estable y los médicos habían descartado fracturas importantes. Le expliqué que viajaría con Ernesto y le prometí que la llamaría al llegar.

—No confíes en nadie solo porque comparta tu apellido —me dijo.

—Lo sé, mamá.

—Y si encuentras a Alejandro, no le permitas que te convenza de que su ausencia fue culpa mía.

Cerré los ojos.

—¿Por qué dices eso?

Margaret tardó en contestar.

—Porque una vez me dijo que volvería por ti. Y yo le creí.

La llamada terminó con aquellas palabras.

Durante el trayecto, Ernesto condujo mientras yo revisaba los documentos. Encontré una referencia a un fideicomiso constituido en 1987, una sociedad mercantil creada dos años después y una lista de propiedades que incluía nuestra casa.

Lo extraño era que la sociedad aparecía registrada a nombre de una mujer llamada Elena Valdés.

Pero el documento más reciente incluía una segunda firma.

Vanessa.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Ernesto estacionó brevemente en una gasolinera para examinar la hoja.

—Que tu esposa podría haber sido incorporada como beneficiaria o representante de esa sociedad. Necesitamos revisar el expediente completo para determinarlo.

—¿Y si firmó sin leer?

—Eso no elimina automáticamente su responsabilidad. Pero tampoco demuestra por sí solo que haya cometido un delito. Hay que investigar cómo obtuvo esos documentos, qué sabía y qué hizo con ellos.

Me quedé mirando la firma.

Era la misma que aparecía en las transferencias bancarias.

No podía seguir pensando en Vanessa únicamente como la mujer que había intentado quedarse con una propiedad.

Había algo mucho más grande detrás.

A las seis y cuarenta y cinco de la mañana llegamos a Guadalajara.

La ciudad apenas comenzaba a despertar. Los puestos de comida abrían sus cortinas metálicas y el aroma del café recién preparado se mezclaba con el aire fresco de la mañana.

No teníamos intención de acudir a la estación sin saber a quién encontraríamos.

Ernesto llamó a un colega suyo, un abogado local, y le pidió que verificara la propiedad de la dirección mencionada en la carta.

Mientras esperábamos, recibí una llamada.

Era Elena.

Reconocí su voz porque Vanessa me había puesto una vez una grabación de su madre durante una celebración familiar.

—Daniel, ¿ya llegaste?

—Sí.

—¿Estás con alguien?

Miré a Ernesto.

—Con mi abogado.

Elena exhaló con evidente frustración.

—Entonces todavía hay tiempo para detener esto.

—Necesito que me diga la verdad. ¿Alejandro está vivo?

—No lo sé.

—¿Sebastián está vivo?

Silencio.

—Tampoco lo sé.

—¿Entonces por qué le escribió a Vanessa que el hombre que me llamó no era mi hermano?

—Porque el verdadero Sebastián desapareció hace doce años. Y porque hace tres semanas alguien comenzó a utilizar su identidad para solicitar información sobre las propiedades de la familia.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Quién?

—Un hombre llamado Julián Ortega.

Ernesto levantó la cabeza al escuchar el nombre.

—¿Lo conoce? —pregunté.

—Era el administrador de confianza de Esteban. Desapareció después de que Sebastián dejó de responder nuestras llamadas. Hace poco reapareció con documentos que supuestamente prueban que mi hijo está vivo.

—¿Y usted le creyó?

—Quise creerle.

Su voz se quebró.

—Daniel, yo no sabía que existías hasta hace ocho años. Esteban me dijo que Alejandro había muerto y que su hijo había sido entregado a una familia que no quería contacto con los Valdés. Después recibí una carta de tu padre, escrita muchos años antes, donde me pedía que no intentara buscarte.

—¿Por qué?

—No lo sé. La carta no explicaba nada. Solo decía que, si algún día tú aparecías, debía entregarte algo que él había guardado.

—¿Qué cosa?

—La llave de una caja de seguridad.

Ernesto tomó una libreta y comenzó a anotar.

—¿Dónde está esa llave? —pregunté.

—En mi casa. Pero no puedo entregártela todavía.

—¿Por qué?

—Porque anoche alguien entró en mi habitación y dejó una nota sobre mi almohada.

Sentí que el cuerpo se me tensaba.

—¿Qué decía?

Elena respiró hondo.

—Que, si te entregaba la llave, Vanessa pagaría las consecuencias.

Me quedé helado.

—¿Quién dejó la nota?

—No lo vi. Pero las cámaras de la casa dejaron de funcionar durante once minutos.

Miré a Ernesto.

Aquello coincidía con el patrón de nuestra propia casa.

Alguien sabía cómo desactivar los sistemas de seguridad y cómo entrar en propiedades privadas sin dejar demasiadas pruebas.

—Señora Elena, necesito que se reúna con nosotros.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque Esteban está en mi casa.

La llamada se cortó.

Ernesto guardó su libreta.

—No vamos a ir a la estación.

—¿Y si allí está mi padre?

—Si es él, podemos encontrarlo de otra manera. Ahora tenemos una amenaza contra una posible testigo y documentos que vinculan a varias personas con el fideicomiso. Necesitamos actuar con cuidado.

Llamamos al colega de Ernesto, quien nos informó que la propiedad de la carta seguía registrada bajo el nombre de una sociedad familiar, pero que llevaba años sin actividad visible.

Decidimos dirigirnos a la casa de Elena, sin entrar hasta confirmar que podíamos hacerlo de manera segura.

Cuando llegamos, un hombre mayor salió por el portón.

Vestía un traje oscuro y llevaba un bastón de madera.

No necesitó presentarse.

Su parecido con el hombre de la fotografía era inconfundible.

Era el hombre que había aparecido junto a Vanessa.

Era el hombre que mi madre había descrito como la persona que destruyó su vida.

Esteban Valdés.

Se detuvo frente a nosotros y me observó con una frialdad que parecía ensayada durante décadas.

—Así que tú eres Daniel.

No le tendí la mano.

—¿Dónde está Elena?

—Descansando.

—Necesito hablar con ella.

—No creo que sea conveniente.

Ernesto dio un paso adelante.

—Soy el licenciado Ernesto Rivas. Represento al señor Daniel en asuntos relacionados con un fideicomiso y una posible falsificación de documentos.

Esteban lo miró con desprecio.

—Los abogados siempre aparecen cuando alguien cree que puede convertir una desgracia familiar en dinero.

—Y los documentos legales suelen aparecer cuando alguien quiere esconder una desgracia familiar —respondió Ernesto.

Esteban apretó el bastón.

Después volvió a mirarme.

—Tu madre te llenó la cabeza de historias, ¿verdad?

—Mi madre me dijo que usted amenazó con quitarle a su hijo.

—Tu madre era una mujer ambiciosa que quería apropiarse de lo que pertenecía a mi familia.

—¿Por eso falsificaron su firma?

Por primera vez, Esteban perdió la compostura.

—No sé de qué hablas.

Saqué una copia del poder notarial y se la mostré.

Él no la tomó.

Solo observó la firma durante unos segundos.

—Ese documento no tiene validez.

—¿Lo reconoce?

—Reconozco una falsificación cuando la veo.

Ernesto y yo intercambiamos una mirada.

Si Esteban sabía que la firma era falsa, entonces conocía el documento o estaba adivinando.

Antes de que pudiera preguntarle algo más, una mujer apareció detrás del portón.

Elena.

Tenía el rostro pálido y sostenía una pequeña caja de madera.

—Papá, déjalos pasar.

Esteban se volvió hacia ella.

—Te dije que no hablaras con Daniel.

—Y yo te dije que no volvería a obedecerte.

La expresión de Esteban se endureció.

—No sabes lo que estás haciendo.

Elena se acercó a mí y me entregó la caja.

—Tu padre me pidió que te diera esto si alguna vez conseguías encontrarme.

Dentro había una llave pequeña, una fotografía y un documento doblado.

La fotografía mostraba a dos niños frente a una casa.

Uno era yo, aunque apenas podía tener unos meses.

El otro era un niño de unos cinco años.

En el reverso estaba escrito:

*Daniel y Sebastián. Hermanos de sangre. Ninguno debe crecer creyendo que el otro murió.*

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—¿Dónde está Sebastián?

Elena miró a Esteban.

—Él lo sabe.

El anciano levantó el bastón y golpeó el suelo.

—¡Basta!

Pero Elena no retrocedió.

—Hace doce años, tu abuelo envió a Sebastián a un internado fuera de México. Después falsificó documentos para hacer creer que había muerto. No sé dónde está ahora, pero sé que sigue vivo.

Me volví hacia Esteban.

—¿Dónde está mi hermano?

El anciano sonrió con una tranquilidad aterradora.

—Si quieres encontrarlo, tendrás que dejar de buscar a tu padre.

—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

Esteban se inclinó ligeramente hacia mí.

—Porque Alejandro no está intentando ayudarte, Daniel.

Hizo una pausa.

—Está intentando recuperar algo que le robó a mi familia.

Miré la caja.

La llave.

La fotografía.

Y entonces vi el detalle que no había notado antes.

El niño que aparecía junto a mí llevaba un pequeño medallón con las iniciales A. V.

El mismo medallón que mi padre llevaba en la fotografía que había recibido aquella noche.

Esteban siguió mi mirada.

Su sonrisa desapareció.

—Dame esa caja.

La apreté contra mi pecho.

—No.

Por primera vez, el hombre más poderoso de aquella familia pareció verdaderamente furioso.

Y entonces Elena pronunció una frase que convirtió aquella discusión en algo mucho más oscuro.

—Daniel, no le entregues la llave. La caja de seguridad no contiene dinero ni escrituras.

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Me miró directamente a los ojos.

—Contiene la prueba de que Esteban ordenó cambiar a dos bebés en una clínica hace treinta y nueve años.

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