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Chapter 4: La llamada del hombre que llevaba treinta y nueve años muerto

—¿Quién habla? —pregunté, apretando el teléfono contra mi oído.

Del otro lado escuché una respiración lenta. No era la respiración de alguien nervioso ni la de un desconocido que acababa de equivocarse de número. Era la de un hombre que llevaba mucho tiempo esperando aquella conversación.

—Alguien que cometió demasiados errores y que ahora está intentando evitar que tú cometas los mismos.

Miré a Vanessa.

Mi esposa permanecía junto a la puerta del dormitorio, con la fotografía entre sus dedos. Parecía haber envejecido diez años en cuestión de minutos.

—Dígame su nombre.

—Si te lo digo, quizá cuelgues antes de escuchar lo importante.

—Ya escuché bastante. Me dijeron que mi padre murió antes de que yo naciera. Después encontré una fotografía suya tomada años más tarde.

Ahora resulta que tengo un hermano y que mi abuelo quiere matarlo. Necesito respuestas, no acertijos.

El hombre guardó silencio.

Entonces pronunció una frase que me hizo perder la fuerza de las piernas.

—Cuando tenías cuatro meses, tu madre te envolvió en una cobija amarilla y salió de una clínica por la puerta trasera. Yo estaba esperando en un automóvil azul. Ella no sabía que tu abuelo nos había seguido.

Miré a Vanessa, incapaz de disimular mi desconcierto.

Aquello no era información que pudiera encontrarse fácilmente en un registro público.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque yo estaba en ese automóvil.

Mi garganta se secó.

—¿Es usted Alejandro Valdés?

La respuesta tardó varios segundos.

—Sí, Daniel. Soy tu padre.

Me senté al borde de la cama.

Durante treinta y nueve años había imaginado muchas veces cómo sería conocer a mi padre. Cuando era niño, pensaba que aparecería en la puerta con un regalo y una disculpa. Cuando crecí, dejé de esperarlo.

Mi madre siempre me decía que había muerto.

Y ahora aquel hombre hablaba conmigo como si el tiempo no hubiera pasado.

—Demuéstremelo.

—Debajo de la tercera tabla del piso del antiguo estudio de tu abuelo, en Guadalajara, hay una caja de metal. Dentro encontrarás un reloj de bolsillo que perteneció a mi padre. En la tapa tiene grabadas las iniciales A.

V. y una fecha: el día en que naciste.

—Eso no demuestra que usted sea mi padre.

—No. Pero hay algo más. Cuando naciste, tu madre te llamó Daniel porque quería que llevaras el nombre de su hermano.

Yo quería llamarte Alejandro, como a mi abuelo. Discutimos tanto que la enfermera terminó diciéndonos que, si seguíamos peleando, ella elegiría el nombre.

Apreté el teléfono.

Mi madre me había contado aquella anécdota una sola vez, cuando yo tenía diecisiete años. Nunca se la había mencionado a Vanessa.

—¿Por qué me abandonó?

La pregunta salió más baja de lo que esperaba.

—No te abandoné.

—¡Treinta y nueve años! ¡Mi madre me crió sola durante treinta y nueve años! ¿Cómo se supone que debo interpretar eso?

—Como la consecuencia de una decisión cobarde que tomé cuando pensé que mantenerme lejos era la única manera de protegerlos.

—¿Protegernos de quién?

—De mi padre.

Sentí una punzada de rabia.

—Mi abuelo.

—Esteban Valdés no soportaba que yo eligiera mi propia vida. Cuando se enteró de que Margaret estaba embarazada, amenazó con destruirla. Tenía abogados, dinero y contactos suficientes para convertir cualquier mentira en una verdad ante un tribunal.

—¿Y por eso fingió su muerte?

—Mi padre organizó un accidente y me obligó a desaparecer. Yo sobreviví, pero cuando intenté regresar por ustedes, me dijeron que Margaret había muerto y que tú habías sido entregado a otra familia.

Me levanté de golpe.

—¿Qué?

—Me mostraron documentos. Un certificado de defunción y papeles de una supuesta adopción. Creí que los había perdido a los dos.

—¿Y no investigó?

—Lo hice durante años. Pero cada vez que encontraba una pista, alguien la borraba. Hasta hace poco.

—¿Qué cambió?

—Mi padre está enfermo. Su control sobre la familia se está debilitando y algunas personas que le tenían miedo han comenzado a hablar.

Miré la carta que tenía sobre la cama.

La letra de mi padre coincidía con la del sobre.

Pero no podía entregarle mi confianza a una voz telefónica, por mucho que conociera detalles de mi infancia.

—¿Qué quiere de mí?

—Que llegues a Guadalajara antes de mañana por la noche. Hay una reunión en la que mi padre pretende transferir el control de varias propiedades, incluida la casa donde creciste. Si lo consigue, será mucho más difícil recuperar lo que les pertenece.

—¿Y mi hermano?

—Se llama Sebastián. Tiene treinta y cuatro años. Es hijo de Elena.

Volví a mirar a Vanessa.

—¿Elena, su madre?

Ella asintió lentamente, con lágrimas acumuladas en los ojos.

—¿Por qué nunca me dijiste que tu madre era Elena Valdés?

Vanessa apretó la fotografía contra el pecho.

—Porque no sabía que Alejandro seguía vivo. Mi madre nunca hablaba de él. Me dijo que había tenido una relación con un hombre que la engañó y que desapareció antes de que yo naciera. Nunca me contó que estaba casado con tu madre.

—¿Y Ricardo?

—Ricardo trabaja para mi abuelo desde hace años. Hace unos meses se acercó a mí y me dijo que había una manera de asegurar nuestro futuro económico. Me prometió que, si conseguía que Margaret firmara los documentos, recibiríamos suficiente dinero para empezar una vida nueva.

—¿A cambio de traicionar a mi madre?

Vanessa bajó la cabeza.

—Al principio pensé que solo era un asunto de escrituras. Después descubrí que los documentos incluían una declaración en la que Margaret supuestamente reconocía que tú no eras hijo biológico de Alejandro.

Sentí una oleada de indignación.

—¿Y aun así continuaste?

—Ya había firmado algunos papeles. Ricardo me dijo que, si me retiraba, me acusarían de fraude y me quitarían todo.

—Podrías haber venido conmigo.

—Tenía miedo.

—¡Mi madre también tenía miedo, Vanessa! ¡Y tú la empujaste por las escaleras!

Ella se cubrió el rostro.

Por un instante, sentí lástima por la mujer con la que había compartido ocho años de mi vida.

Después recordé las manos de mi madre aferrándose a mis brazos mientras intentaba mantenerla a salvo.

La lástima desapareció.

—No voy a decidir ahora qué pasará con nuestro matrimonio —le dije—. Pero no vuelvas a acercarte a mi madre sin su permiso.

Mi padre seguía en la línea.

—Daniel, hay otra cosa que debes saber.

Volví a colocarme el teléfono en el oído.

—¿Qué?

—Elena no es la única persona que mi padre ha utilizado para conseguir lo que quiere. Tu esposa no fue la primera mujer a la que Ricardo convenció para firmar documentos falsos.

—¿Cuántas personas hay?

—No lo sé con certeza. Por eso necesito que vengas.

—¿Y si es una trampa?

—Entonces podrás mirarme a los ojos y decirme que soy un mentiroso.

La llamada se cortó.

Intenté devolverla, pero el número aparecía como privado.

Vanessa se sentó en la cama, como si ya no pudiera sostener su propio peso.

—Tengo que contarte algo más.

—Espero que esta vez sea la verdad.

—Ricardo no vino solo a nuestra casa aquella noche. Había alguien en el automóvil, esperando frente a la entrada.

—¿Quién?

—No lo vi bien. Pero cuando Ricardo se fue, recibí una llamada de mi madre. Me dijo que, si tú descubrías la existencia de Alejandro, no debías viajar a Guadalajara.

—¿Por qué?

Vanessa levantó los ojos.

—Porque mi madre cree que Sebastián está muerto.

La habitación pareció encogerse a nuestro alrededor.

—¿Cómo que cree que está muerto?

—Hace doce años desapareció después de una discusión con Esteban. Mi madre recibió una carta diciendo que había muerto en un accidente. Nunca encontró su cuerpo.

Pensé en la voz de mi padre.

Si quieres conocer a tu hermano, tendrás que llegar a Guadalajara antes de que tu abuelo firme su sentencia de muerte.

Quizá Sebastián seguía vivo.

Quizá era la única persona que podía confirmar toda aquella historia.

Y quizá alguien estaba intentando impedir que nos encontráramos.

Tomé mi maleta, guardé la carta y la fotografía en una carpeta y llamé al licenciado Ernesto Rivas.

Le expliqué que necesitaba viajar a Guadalajara y que había descubierto indicios de fraude relacionado con un fideicomiso familiar.

Ernesto no intentó detenerme.

—Voy contigo —dijo—. Si hay documentos que puedan afectar tus derechos, no vas a enfrentarte a esa gente sin representación legal.

Antes de salir, miré a Vanessa.

—Si sabes algo más, será mejor que lo digas ahora.

Ella negó con la cabeza.

Pero cuando llegué a la puerta, escuché su voz.

—Daniel.

Me volví.

Vanessa tenía el teléfono en la mano. La pantalla mostraba un mensaje de su madre.

Lo leí desde donde estaba.

*Tu abuelo ya sabe que Alejandro llamó. Si Daniel llega a Guadalajara, no permitas que entre solo a la propiedad. Y, por lo que más quieras, no dejes que vea a Sebastián.*

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Debajo había otro mensaje, enviado apenas unos segundos después.

*Porque el hombre que está usando ese nombre no es tu hermano.*

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