Chapter 4: La nota que podía destruir a mi familia
Nunca imaginé que una fotografía de mi mamá pudiera darme más miedo que cualquier amenaza de Mia.
Me quedé sentada al borde de la cama, sosteniendo aquella imagen con ambas manos. Mi mamá sonreía frente a una ventana, con el cabello recogido y los aretes pequeños que usaba cada domingo para ir a misa. Yo recordaba perfectamente aquel día. Habíamos desayunado juntas, me había preparado huevos con salsa verde y después me había acompañado a comprar unos cuadernos para la escuela.
Era una de mis fotografías favoritas.
Pero alguien había escrito una acusación en el reverso.
«Pregúntale a Roberto qué pasó realmente con el dinero que dejó tu mamá».
Leí la frase una y otra vez.
¿Quién había decidido utilizar el recuerdo de mi mamá para asustarme?
¿Y por qué Mia parecía tan desesperada por mantenerme alejada de las cuentas de mi papá?
Guardé la fotografía dentro del cajón de mi escritorio y volví a leer la nota. La letra era de Mia, pero eso no significaba necesariamente que ella hubiera escrito también la frase del reverso de la fotografía.
Tal vez estaba intentando hacerme creer algo.
Tal vez sabía una verdad que yo desconocía.
O tal vez Patricia estaba utilizando a su propia hija para proteger un secreto.
No podía seguir imaginando posibilidades sin pruebas.
Me levanté y fui a buscar a mi papá.
Lo encontré en el estudio, sentado frente a su computadora. Tenía varias hojas impresas junto al teclado y el teléfono apoyado contra la oreja.
—Sí, necesito que revises todas las transferencias, no solamente las que parecen extrañas —decía—. Quiero saber cuándo comenzaron y quién autorizó cada una.
Hizo una pausa.
—De acuerdo. Mañana a primera hora.
Colgó al verme.
—¿Qué pasa, hija? ¿No puedes dormir?
Cerré la puerta detrás de mí.
—Necesito preguntarte algo sobre mi mamá.
La expresión de Roberto cambió inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Saqué la fotografía del bolsillo de mi pantalón y se la entregué.
Él la reconoció al instante.
La sostuvo con cuidado, pasando el pulgar por uno de los bordes.
—Esta foto estaba en el álbum de tu mamá —murmuró—. ¿Dónde la encontraste?
—Alguien la dejó afuera de mi habitación.
Le entregué también la nota.
Mi papá la leyó y su rostro perdió el color.
—¿Quién hizo esto?
—No lo sé. Pero creo que fue Mia. Reconocí su letra en la otra nota.
Roberto volvió a mirar la fotografía.
—¿Qué quieres decir con lo del dinero de tu mamá?
Tragué saliva.
—Cuando murió, me dijiste que había dejado unos ahorros para mis estudios. ¿Es verdad?
Mi papá bajó la mirada.
—Sí, hija. Es verdad.
—¿Cuánto dinero era?
Se quedó callado durante unos segundos.
Ese silencio me dolió más de lo que esperaba.
—Papá, necesito que me digas la verdad.
Él dejó la fotografía sobre el escritorio y se frotó las manos.
—Tu mamá tenía un seguro de vida y una cuenta de ahorro. No era una fortuna, pero había trabajado mucho para dejarte algo. Después de pagar los gastos pendientes, quedó una cantidad destinada a tu educación.
—¿Y dónde está ese dinero?
—Una parte se utilizó para tus primeros semestres. Otra parte quedó reservada para los gastos que pudieras tener al terminar la carrera.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—¿Patricia sabía de ese dinero?
Roberto cerró los ojos un instante.
—Sí.
—¿Y Mia?
—No sé qué le habrá contado su madre.
Saqué la nota del bolsillo.
—¿Por qué alguien me pediría que te preguntara qué pasó realmente con el dinero?
Mi papá no contestó de inmediato.
Se levantó, caminó hasta la ventana y observó el patio oscuro.
—Porque hace unos meses descubrí que faltaba dinero en una de las cuentas familiares —dijo finalmente—. Cuando le pregunté a Patricia, me aseguró que había sido un error administrativo. Pensé que el asunto estaba resuelto.
—¿Y si no fue un error?
Roberto se volvió hacia mí.
—Entonces voy a averiguar qué ocurrió.
—¿También con el dinero de mamá?
Su mirada se suavizó.
—Especialmente con el dinero de tu mamá.
No supe si aquello era suficiente para tranquilizarme.
Quería creerle. Era mi papá. El hombre que me había acompañado al hospital cuando tenía fiebre, que había aprendido a preparar las recetas de mi mamá para que yo no extrañara tanto su comida y que había trabajado horas extras para pagar mis libros cuando la beca no alcanzaba.
Pero la nota había dejado una grieta en mi tranquilidad.
—¿Me estás ocultando algo? —pregunté.
Roberto se acercó y se sentó frente a mí.
—Hay algo que debí explicarte hace tiempo. Cuando tu mamá murió, yo me hice cargo de sus cuentas y de los trámites. Fue una época muy difícil.
Apenas podía levantarme de la cama algunos días, y tú también estabas sufriendo. Quise protegerte de los problemas económicos.
—¿Qué problemas?
—Deudas pequeñas, pagos pendientes y documentos que tuve que revisar. No recuerdo cada detalle sin consultar los registros.
—Pero sí recuerdas que había dinero para mis estudios.
—Sí.
—¿Y puedes demostrar que sigue ahí?
Mi papá tardó demasiado en responder.
—Voy a revisar los documentos.
Me levanté despacio.
—Está bien.
Él intentó tomarme de la mano, pero yo retrocedí un paso sin querer.
Vi el dolor en sus ojos.
—Valeria, no quiero que pienses que estoy jugando contigo. Si cometí un error, voy a reconocerlo. Y si alguien utilizó el dinero que tu mamá dejó para ti, voy a asegurarme de que se haga responsable.
Asentí, aunque todavía tenía miedo.
Antes de salir, guardé la fotografía.
No quería que terminara perdida entre los documentos de aquella investigación.
Al llegar a mi habitación, encontré un mensaje de Mia en mi teléfono.
«No le creas todo a papá. Él no te ha contado la historia completa».
Debajo había otro mensaje.
«Mañana, a las diez de la mañana, ven sola al café que está frente a la plaza. Te voy a enseñar algo. Si no vienes, después no digas que nadie intentó ayudarte».
Me quedé mirando la pantalla.
Mi primera reacción fue bloquearla.
Después recordé la fotografía.
Recordé las palabras de Patricia sobre los depósitos.
Y pensé que, si Mia realmente sabía algo, tal vez aquella reunión era mi única oportunidad de descubrirlo.
Le respondí con una sola palabra.
«Iré».
A la mañana siguiente, me puse unos jeans, una blusa sencilla y los zapatos más cómodos que tenía. Guardé la fotografía de mi mamá y las dos notas en mi bolsa.
Antes de salir, le dije a mi papá que iba a comprar unas cosas para la universidad.
No me gustó mentirle, pero tampoco quería que interviniera antes de saber qué estaba pasando.
El café estaba casi vacío cuando llegué.
Mia se encontraba sentada al fondo, con lentes oscuros y un vaso de agua frente a ella. No llevaba su bolso de diseñador.
Aquello me pareció extraño.
—Llegaste —dijo.
Me senté frente a ella.
—Tienes diez minutos. Habla.
Mia se quitó los lentes.
Tenía los ojos hinchados y la piel pálida.
Por primera vez en mucho tiempo, no parecía la muchacha que entraba a cualquier habitación convencida de que todos debían admirarla.
Parecía asustada.
—Mi mamá me dijo que no hablara contigo.
—Entonces, ¿por qué me citaste?
Metió la mano en su bolsa y sacó un sobre amarillo.
—Porque no quiero terminar pagando por algo que ni siquiera entiendo.
—¿Qué hay ahí?
—Copias de unos documentos que encontré en el estudio.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Entraste al estudio de mi papá?
—No importa cómo los conseguí.
—Claro que importa, Mia.
Ella golpeó la mesa con la palma.
—¡Ya sé que hice mal en destruir tu vestido! No necesitas repetírmelo cada cinco minutos. Estoy intentando arreglar algo antes de que todo se salga de control.
Me sorprendió escucharla reconocer lo del vestido, aunque su tono seguía cargado de rabia.
—Empieza por explicar los documentos.
Mia abrió el sobre.
La primera hoja era un comprobante bancario. La segunda mostraba varios movimientos entre cuentas. En la tercera aparecía un nombre que no reconocí.
Debajo del nombre había una cifra.
Cuarenta y ocho mil pesos.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
Mia se inclinó hacia mí.
—Mi mamá recibió ese dinero hace tres meses.
Sentí un frío repentino.
—¿De la cuenta familiar?
—Eso creo.
—¿Y por qué?
Mia negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero encontré otro documento en el que aparece tu nombre.
Me entregó la última hoja.
Era una copia de un registro relacionado con la cuenta de ahorro de mi mamá.
Reconocí su nombre completo y la fecha aproximada en que había muerto.
Debajo aparecía una cifra que me hizo olvidar cómo respirar.
El saldo registrado al inicio del periodo era considerablemente mayor que la cantidad que mi papá había mencionado para mis estudios.
—Esto no puede ser correcto —susurré.
Mia miró hacia la puerta del café antes de responder.
—Hay algo más.
Sacó su teléfono y me mostró una fotografía de una hoja firmada.
La firma parecía la de mi papá.
El documento autorizaba un movimiento de dinero relacionado con los ahorros de mi mamá.
Pero la fecha era posterior a su muerte.
Y la cuenta receptora estaba vinculada al nombre de Patricia.
—¿Mi papá autorizó esto? —pregunté.
Mia se mordió el labio.
—No sé. Mi mamá dice que sí.
—¿Y tú le crees?
No respondió.
Guardé las copias en mi bolsa.
—Voy a llevarle esto a mi papá.
Mia me sujetó la muñeca.
—¡Espera!
Me solté.
—No vuelvas a tocarme.
Ella bajó la mano.
—Hay una razón por la que mi mamá no quiere que revisen las cuentas.
—¿Cuál?
Mia abrió la boca, pero su teléfono comenzó a vibrar.
Miró la pantalla y palideció.
El nombre de Patricia aparecía en ella.
Mia rechazó la llamada.
Un segundo después llegó un mensaje.
Lo leí porque ella no alcanzó a apagar la pantalla.
«Sé que estás con Valeria. Si le entregas esos documentos, las dos vamos a perderlo todo».
Mia empezó a temblar.
Entonces comprendí que el secreto no estaba solamente relacionado con el dinero.
Su madre tenía miedo de que alguien descubriera la verdad.
Y mi hermanastra, la misma que había destrozado mi vestido para humillarme, acababa de entregarme las primeras pruebas.
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Pero antes de que pudiera hacerle otra pregunta, Mia se inclinó hacia mí y susurró:
—Valeria, hay algo que no te he contado. El día que murió tu mamá, mi madre estaba con ella.
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