Chapter 1: Las tijeras que destruyeron mi sueño
El sonido de las tijeras cortando la tela de mi vestido de graduación fue lo último que escuché antes de que mi hermanastra Mia soltara una carcajada y me dijera que, de todos modos, yo no merecía verme bonita.
Durante unos segundos, no pude moverme.
Me quedé parada en la puerta de mi habitación, con una mano todavía sobre la perilla y la otra apretando la bolsa de maquillaje que llevaba conmigo. El olor de mi perfume seguía flotando en el aire. Sobre la cama estaban mis zapatos nuevos, las medias que había comprado con descuento y una pequeña caja con los aretes que mi mamá me había regalado antes de morir.
Pero el vestido…
Mi vestido estaba destruido.
La tela color azul marino que había elegido después de semanas de comparar precios y diseños yacía hecha pedazos sobre el piso. Las mangas estaban cortadas por la mitad. La falda tenía tajos irregulares y el cierre colgaba de un hilo.
Mia sostenía las tijeras con una sonrisa de satisfacción.
—¡Ay, no pongas esa cara! —dijo, moviendo los hombros como si acabara de hacer una travesura insignificante—. Estaba horrible. Te hice un favor.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
No era solamente un vestido.
Había trabajado durante meses en una cafetería después de mis clases. Algunos días salía de la universidad y me iba directamente al trabajo, donde atendía mesas, limpiaba las máquinas de café y soportaba clientes groseros hasta que me dolían los pies.
Había aceptado turnos los fines de semana. Había dejado de comprarme ropa. Había llevado comida preparada desde casa para no gastar en la calle.
Todo para reunir los 8,500 pesos que me había costado aquel vestido.
No se lo había pedido a mi papá.
No había esperado que nadie me lo regalara.
Quería entrar a mi ceremonia de graduación sintiéndome orgullosa de mí misma, porque sabía cuánto me había costado llegar hasta ese día.
Y ahora Mia había convertido ese sueño en un montón de retazos.
—¿Por qué hiciste esto? —pregunté.
Mi voz salió tan bajita que apenas la reconocí.
Mia dejó las tijeras sobre mi escritorio y se cruzó de brazos.
—Porque alguien tenía que decirte la verdad. Siempre quieres llamar la atención, Valeria. Primero con tus calificaciones, luego con tu graduación y ahora con ese vestido tan corriente.
—¡Es mi graduación!
—¿Y? No eres la primera persona que se gradúa. No manches, ni que fueras a recibir un premio internacional.
Se rio otra vez.
Yo miré los pedazos de tela y sentí que me faltaba el aire.
Mia siempre había competido conmigo, aunque yo nunca hubiera querido participar en aquella competencia absurda.
Cuando nuestros padres se casaron, yo tenía diecisiete años y ella dieciocho. Mi papá, Roberto, había intentado construir una familia nueva después de que mi mamá muriera de una enfermedad que nos dejó a todos emocionalmente destrozados.
Su esposa, Patricia, llegó a nuestra casa con Mia y una colección de maletas de diseñador.
Desde el principio, Patricia había dejado claro que su hija merecía todo lo mejor.
Mia tenía ropa cara, viajes, fiestas y una tarjeta adicional de la cuenta de su madre. Yo tenía mis libros, una beca universitaria y la costumbre de revisar dos veces el precio de cualquier cosa antes de comprarla.
Nunca me molestó que Mia tuviera más dinero.
Lo que me dolía era que ella creyera que eso la hacía más importante que los demás.
—Podrías haberme dicho que no te gustaba —murmuré—. No tenías derecho a tocar mis cosas.
Mia levantó las cejas.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Acusarme con tu papito?
Antes de que pudiera contestar, Patricia apareció en la puerta.
Llevaba una bata de seda color crema, el cabello perfectamente arreglado y una taza de café en la mano.
Miró el suelo.
Miró el vestido.
Luego miró a su hija.
Y se echó a reír.
No fue una risita nerviosa ni una expresión incómoda. Se rio de verdad, como si acabara de presenciar el mejor chiste del día.
—¡Mia! —exclamó—. ¿Qué hiciste?
—Le mejoré el guardarropa, mamá.
Patricia soltó otra carcajada.
Yo sentí una vergüenza tan intensa que tuve que apretar los labios para no llorar frente a ellas.
—Señora Patricia, por favor —dije—. Necesito arreglarlo. Mi ceremonia es hoy.
Ella tomó un sorbo de café.
—Ay, Valeria, deja de hacer tanto drama. Es solamente ropa.
—Trabajé meses para comprarlo.
—Pues hubieras ahorrado mejor.
Aquellas palabras me golpearon más que cualquier insulto de Mia.
Patricia sabía perfectamente que yo pagaba mis gastos universitarios con mi beca y mi trabajo. Sabía que mi papá me había ofrecido ayudarme y que yo había preferido pagar mi vestido por mi cuenta.
Incluso había estado presente cuando conté las monedas que me faltaban para completar el pago.
Sin embargo, ahí estaba, disfrutando de mi desesperación.
—Además —añadió, mirando los pedazos de tela—, ese color te hacía ver demasiado seria. Ahora puedes ponerte algo más sencillo.
—No tengo otro vestido.
Patricia se encogió de hombros.
—Entonces usa algo que ya tengas. Nadie va a ir a verte a ti exclusivamente.
Mia se dejó caer sobre mi cama y comenzó a revisar su celular.
—¿Ya terminamos? Tengo que arreglarme. Mi reservación es a las dos y no pienso llegar tarde por este espectáculo.
La miré, incrédula.
—¿Mi graduación te importa tan poco que hiciste esto justo antes de salir?
—Me importa todavía menos de lo que crees.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire.
En ese momento comprendí que no había sido un impulso.
Mia había esperado hasta el último momento porque sabía que no tendría tiempo para comprar otro vestido. Había elegido la mañana de mi graduación porque quería verme derrotada, porque deseaba que yo llegara a la ceremonia sintiéndome inferior a ella.
Y Patricia la estaba protegiendo.
Me agaché para recoger un pedazo de la falda. La tela se deslizó entre mis dedos como si hasta ella se avergonzara de lo que le habían hecho.
Entonces vi algo pequeño sobre la alfombra.
Era el recibo de la tienda, arrugado y pisoteado.
Lo levanté.
En el reverso todavía estaba escrito, con mi propia letra, el presupuesto que había hecho para aquel mes: transporte, comida, copias, materiales y el dinero que necesitaba guardar para el siguiente semestre.
Había tachado cada gasto conforme conseguía cubrirlo.
Al final, debajo de todos los números, había escrito una frase.
«Para mí. Porque también me lo merezco».
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
No quería llorar frente a Mia. No quería regalarle esa satisfacción.
Pero no pude evitarlo.
Una lágrima cayó sobre el papel.
—Eres una envidiosa —dijo Mia sin apartar la vista de su teléfono—. Siempre te haces la víctima para que papá te tenga lástima.
Me incorporé lentamente.
—Nunca te he quitado nada.
—No necesitas quitarme nada. Te basta con existir para que papá se sienta culpable por lo de tu mamá y te dé todo lo que quieres.
Aquello sí me hizo levantar la cabeza.
Mi mamá llevaba muerta varios años, pero Mia había encontrado la manera de usar su ausencia como un arma.
—No vuelvas a hablar de mi mamá.
Mia sonrió.
—¿O qué?
Patricia dejó la taza sobre mi escritorio.
—Ya estuvo, Valeria. No le hables así a mi hija.
La miré sin poder creerlo.
—Ella destruyó mi vestido.
—Y tú estás haciendo una escena que no ayuda a nadie.
—¿Qué quiere que haga? ¿Que le dé las gracias?
—Quiero que madures.
Apreté los puños.
Tenía ganas de gritar. De decirles que no sabían lo que significaba levantarse antes del amanecer para llegar a una clase después de trabajar hasta la medianoche. De explicarles que mi graduación no era una fiesta más, sino la prueba de que, a pesar de todo lo que había perdido, todavía podía construir algo bueno con mi vida.
Pero no dije nada.
Me di la vuelta y comencé a recoger los pedazos del vestido.
No porque aceptara lo que habían hecho.
Sino porque necesitaba mantenerme de pie.
Patricia salió de la habitación murmurando que había cosas más importantes que un pedazo de tela. Mia se levantó, guardó su teléfono y se acercó al espejo para acomodarse el cabello.
Llevaba un conjunto blanco de diseñador y unos tacones que probablemente costaban más que mi renta mensual.
Sobre el sillón estaba su bolso favorito, un bolso de diseñador por el que había presumido durante semanas. Patricia decía que había costado casi 3,000 dólares y que era una inversión.
Mia lo acarició con orgullo.
—Por cierto, no vayas a tocar mis cosas para vengarte —me advirtió—. Ese bolso cuesta más de lo que tú ganas en un año.
No contesté.
Ella tomó el bolso y salió de mi habitación con una sonrisa triunfal.
Yo me quedé sola, rodeada de tela destrozada.
Miré la hora.
Faltaban menos de dos horas para la ceremonia.
Me senté en el suelo y lloré como no había llorado desde el funeral de mi mamá.
Lloré por el vestido, por el esfuerzo perdido, por la crueldad de Mia y por la facilidad con la que Patricia había convertido mi dolor en una broma.
Después escuché el ruido de un automóvil afuera.
Mi papá había regresado antes de lo previsto.
La puerta principal se cerró con un golpe.
—¡Valeria! —lo escuché llamar desde abajo—. ¿Ya estás lista, hija?
Intenté limpiarme la cara, pero mis manos temblaban.
No sabía cómo explicarle que no había vestido, que no había tiempo y que el día que tanto había esperado acababa de convertirse en una pesadilla.
Entonces sus pasos comenzaron a subir las escaleras.
Y cuando Roberto apareció en la puerta de mi habitación, dejó de respirar por un instante.
Sus ojos recorrieron mi rostro hinchado, las tijeras sobre el escritorio y los pedazos de tela esparcidos por todo el piso.
Se agachó.
Levantó uno de los fragmentos azules.
Lo reconoció inmediatamente.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó.
No pude responder.
Mi papá volvió a mirarme.
—Hija, mírame. ¿Quién hizo esto?
Desde el pasillo llegó la voz despreocupada de Mia.
—¡Ay, papá, no empieces! Era un vestido horrible.
Roberto se quedó inmóvil.
Después se puso de pie, dejó caer el pedazo de tela sobre mi cama y salió de la habitación sin pronunciar una sola palabra.
Yo escuché sus pasos dirigirse hacia el cuarto de Mia.
Luego oí un cajón abrirse.
Unos segundos después, mi hermanastra gritó:
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—¡PAPÁ! ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO CON MI BOLSO?
Y por primera vez aquella mañana, el silencio dejó de estar de mi lado.
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