Chapter 2: Mi papá tomó el bolso que ella presumía como un trofeo
Mia apareció en el pasillo tan rápido que casi se tropezó con sus propios tacones.
—¡Papá, suelta eso! —gritó.
Roberto salió de su habitación llevando el bolso de diseñador en una mano. Su expresión era tan seria que Patricia, quien estaba terminando de arreglarse frente al espejo del recibidor, dejó de sonreír.
—Roberto, ¿qué te pasa? —preguntó.
Él no respondió.
Caminó hasta la sala y colocó el bolso sobre la mesa de centro.
Mia bajó las escaleras detrás de él.
—¡Te estoy hablando! ¡Ese bolso es mío!
Mi papá se volvió lentamente hacia ella.
—¿Y el vestido de Valeria?
Mia parpadeó.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Te hice una pregunta.
—¡No sé de qué hablas!
Desde el último escalón, Patricia intervino.
—Roberto, por favor. No conviertas una tontería en un problema familiar.
Él la miró con una frialdad que nunca le había visto.
—¿Una tontería?
—Sí. Las muchachas estaban discutiendo y seguramente se les pasó la mano. No hay necesidad de que armes un escándalo.
Mi papá apretó la mandíbula.
—¿Discutiendo? Acabo de encontrar el vestido de graduación de mi hija hecho pedazos. No me digas que estaban discutiendo como si se hubieran peleado por el control de la televisión.
Mia cruzó los brazos.
—¡Ella siempre exagera! Se puso a llorar porque le corté un vestido. ¡Puede comprar otro!
—¿Con qué dinero? —preguntó Roberto.
Mia abrió la boca, pero no encontró una respuesta inmediata.
Mi papá señaló las escaleras.
—¿Sabes cuántas horas trabaja Valeria después de estudiar? ¿Sabes cuántas veces ha llegado a casa tan cansada que se queda dormida con los apuntes sobre la mesa?
—Ay, papá, por favor. Ella decidió trabajar. Nadie se lo pidió.
—Exactamente. Nadie se lo pidió. Lo hizo porque quería pagar sus cosas con su propio esfuerzo.
Roberto hizo una pausa.
—Y tú decidiste destruir algo que ella consiguió con meses de trabajo.
Mia miró a Patricia en busca de ayuda.
Su madre dio un paso hacia la mesa.
—Roberto, basta. Ya entendimos que estás molesto. Pero ese bolso costó casi 3,000 dólares. No puedes llevártelo como si fuera cualquier cosa.
Mi papá puso una mano sobre el bolso.
—Curioso. Hace un momento, cuando mi hija perdió algo por lo que trabajó durante meses, me dijiste que era solamente ropa. Ahora que hablamos de las pertenencias de tu hija, de repente todo tiene un precio.
Patricia se quedó callada.
Mia se acercó a él.
—Ese bolso me lo regaló mi mamá. ¡No tienes derecho a tocarlo!
—Y ese vestido se lo compró Valeria con su propio dinero.
—¡No es lo mismo!
—Explícame la diferencia.
Mia levantó la barbilla.
—Mi bolso es de diseñador. Es una pieza exclusiva.
Mi papá soltó una risa breve, sin alegría.
—¿Y eso hace que valga más que el esfuerzo de tu hermanastra?
—¡No dije eso!
—Acabas de decirlo.
Yo observaba todo desde el pasillo, abrazándome a mí misma.
Una parte de mí quería que mi papá siguiera hablando hasta que Mia entendiera lo que había hecho. Otra parte tenía miedo de que aquella discusión terminara convirtiéndose en otra guerra familiar en la que yo acabaría siendo acusada de provocar problemas.
Porque eso era lo que sucedía casi siempre.
Cuando Mia hacía algo cruel, Patricia decía que era una niña impulsiva.
Cuando yo respondía, me acusaban de ser resentida.
Cuando mi papá intentaba defenderme, Patricia lloraba y le recordaba que su matrimonio también merecía respeto.
Y al final, de alguna manera, yo terminaba pidiendo disculpas por haberme sentido herida.
Pero esa mañana algo era distinto.
Mi papá había visto el vestido con sus propios ojos.
No había escuchado una versión adornada por nadie.
Había visto las tijeras, la tela y mis lágrimas.
No podían convencerlo de que aquello era un simple malentendido.
—Roberto —dijo Patricia con voz más suave—, piensa bien lo que estás haciendo. Mia es tu hija también, aunque no sea de sangre.
Él la miró.
—Nunca he tratado a Mia como si no fuera mi hija.
—Entonces demuéstralo.
—Lo he demostrado durante años. La he apoyado en sus estudios, he pagado viajes, he contribuido a sus gastos y jamás le he pedido que me agradezca nada. Pero ser parte de esta familia no significa tener permiso para humillar a los demás.
Mia soltó una carcajada nerviosa.
—¿Ahora resulta que soy una criminal por cortar un vestido?
—No —respondió Roberto—. Eres responsable de lo que hiciste. Y vas a responder por ello.
Tomó las tijeras grandes que estaban en el cajón del mueble del recibidor. Eran unas tijeras de sastre que mi papá usaba para cortar materiales en su pequeño taller de reparaciones.
Mia retrocedió un paso.
—¿Qué vas a hacer?
Roberto levantó las tijeras, pero no las acercó a nadie.
Las colocó sobre la mesa, junto al bolso.
—Quiero que entiendas algo, Mia. Si tu único argumento para despreciar a Valeria es que ella no puede comprar cosas tan caras como las tuyas, entonces hoy vamos a hablar de lo que realmente significa tener algo de valor.
Mia miró el bolso y después las tijeras.
Por primera vez, su expresión perdió toda la seguridad.
—No te atreverías.
Mi papá la sostuvo con la mirada.
—¿A qué cosa?
—A arruinarlo.
—¿Por qué no? Hace unos minutos te parecía perfectamente razonable destruir algo que otra persona apreciaba.
—¡Pero no es lo mismo!
—Sigues diciendo eso. Todavía no me has explicado por qué.
Patricia intentó tomar el bolso.
Roberto puso una mano delante de ella.
—No lo toques todavía.
—¡Es una locura! —exclamó Patricia—. ¡No puedes castigar a mi hija por un vestido!
—No voy a castigarla por un vestido. Voy a poner fin a una conducta que llevas años justificando.
Aquella frase hizo que Patricia se pusiera pálida.
Mia volvió a levantar la voz.
—¡Mamá, dile que me lo devuelva!
Patricia miró a su esposo, furiosa.
—Roberto, si le haces algo a ese bolso, te juro que no te lo voy a perdonar.
Él bajó la mirada hacia la mesa.
Luego observó las tijeras.
Yo sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
No quería que mi papá hiciera algo de lo que pudiera arrepentirse. No necesitaba que destruyera el bolso de Mia para demostrarme que me quería.
Solo quería que reconocieran que lo que me habían hecho estaba mal.
—Papá —dije finalmente.
Todos voltearon hacia mí.
Roberto dejó las tijeras sobre la mesa.
—Dime, hija.
Tragué saliva.
—No quiero que hagas algo por mi culpa.
Él se acercó y me tomó de los hombros.
—Tú no tienes la culpa de nada de esto.
Sus palabras hicieron que se me llenaran los ojos de lágrimas otra vez.
—Pero no quiero que después digan que fui yo quien destruyó sus cosas. No quiero que todo termine convirtiéndose en otra pelea donde nadie recuerde lo que ella hizo.
Mi papá me miró durante varios segundos.
Luego asintió.
—Tienes razón. No voy a permitir que nadie cambie la historia.
Se volvió hacia Mia.
—No voy a destruir tu bolso.
Ella exhaló con alivio y extendió la mano.
—Dámelo.
Roberto no se movió.
—Pero tampoco te lo voy a devolver sin antes aclarar algunas cosas.
Mia apretó los labios.
—¿Qué cosas?
—Primero, vas a pagar el vestido de Valeria. No con dinero de tu madre. Con tu propio dinero.
Mia soltó una carcajada incrédula.
—¡No trabajo!
—Entonces vas a encontrar una manera de responder por lo que hiciste.
—¡Papá, no puedes obligarme!
—Puedo dejar de pagar los gastos personales que hasta ahora he cubierto por ti. Lo que no puedo hacer es enseñarte responsabilidad si cada vez que lastimas a alguien tu madre aparece para resolverte las consecuencias.
Patricia dio un paso al frente.
—¡No metas el dinero en esto!
—Tú misma acabas de mencionar cuánto costó el bolso.
Mi papá se volvió hacia ella.
—Segundo, Patricia, quiero saber por qué te pareció gracioso ver a mi hija llorando en el suelo.
La sala quedó en silencio.
Patricia abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Mia intentó intervenir.
—Mamá no hizo nada.
—Le pregunté a tu madre.
Patricia apretó la taza de café que todavía sostenía.
—No me pareció gracioso que llorara. Me pareció exagerada su reacción.
—¿Te habría parecido exagerada si alguien hubiera destrozado el bolso de tu hija?
Patricia no respondió.
Mi papá asintió lentamente, como si acabara de confirmar algo que llevaba tiempo sospechando.
—Eso pensé.
Entonces tomó el bolso, lo levantó y lo dejó sobre una silla, lejos de las tijeras.
—Tienes hasta mañana para decidir cómo vas a reparar el daño. Y tú, Patricia, vas a dejar de tratar a Valeria como si fuera una invitada incómoda en su propia casa.
Mi madrastra se puso rígida.
—¿Me estás dando órdenes?
—Estoy estableciendo límites.
—¡Esta también es mi casa!
—Y Valeria es mi hija. No voy a seguir permitiendo que tenga miedo de entrar a su propia habitación.
Mia empezó a llorar.
Pero no eran las lágrimas silenciosas que yo había derramado minutos antes.
Eran lágrimas de rabia.
—¡Todo esto es por ella! —gritó, señalándome—. ¡Siempre la eliges a ella!
Mi papá no levantó la voz.
—Hoy estoy defendiendo a quien fue lastimada. Si mañana tú eres la persona a la que lastiman, también te defenderé. Pero no voy a premiarte por hacer daño.
Mia se quedó inmóvil.
Por primera vez, no tenía una respuesta preparada.
Roberto volvió a mirar el reloj.
Faltaba poco más de una hora para mi graduación.
—Valeria, ve a lavarte la cara. Vamos a encontrar algo que puedas ponerte.
Bajé la mirada.
—No tenemos tiempo para comprar un vestido.
—Entonces encontraremos otra solución.
—¿Y si no puedo ir?
Mi papá me tomó de la mano.
—Vas a ir a tu graduación, hija. Aunque tengamos que recorrer toda la ciudad. No voy a dejar que alguien convierta el día por el que tanto has trabajado en un recuerdo de vergüenza.
Sentí que algo dentro de mí comenzaba a recomponerse.
No era el vestido.
Era la certeza de que no estaba sola.
Subí a mi habitación para cambiarme la blusa que había manchado con lágrimas. Mientras buscaba una toalla, escuché a Patricia hablar en voz baja con Mia.
No pretendían que yo las oyera.
Pero mi puerta estaba entreabierta.
—Esto no puede quedarse así —susurró Patricia.
—¡Pues haz algo! —respondió Mia—. ¡Papá está loco!
—Cállate y escúchame. Si Roberto empieza a revisar las cuentas, estamos perdidas.
Me quedé inmóvil.
¿Qué cuentas?
Mia respondió casi sin voz.
—¿Crees que sabe lo de los depósitos?
Sentí un escalofrío.
Patricia tardó unos segundos en contestar.
—No. Y más te vale que siga sin saberlo.
Me acerqué lentamente a la puerta.
May you like
Entonces escuché la frase que me hizo olvidar por completo el vestido destrozado.
—Porque si tu papá descubre de dónde salió realmente el dinero de ese bolso de 3,000 dólares, no solamente nos va a quitar nuestros privilegios. Nos va a echar a las dos de esta casa.
Related Stories