Chapter 3: Lo que Derek encontró detrás de mis zapatos
Derek regresó al departamento a las once y cuarenta y siete de la mañana, convencido de que yo estaría sentada en la cocina, lista para disculparme.
Suzanne entró detrás de él con unas gafas de sol enormes y el teléfono pegado a la oreja.
—Te juro que no entiendo a las mujeres que se ponen así por dinero —decía—. Si yo tuviera una casa como esta, no sería tan miserable.
Derek cerró la puerta con el pie.
—Skylar necesita aprender que no puede salirse con la suya cada vez que se enoja.
Suzanne soltó una carcajada.
—Pues más te vale ponerla en su lugar. Ya le dije a mamá que no voy a cancelar mis planes por culpa de ustedes dos.
Él sonrió.
Por primera vez en toda la mañana, parecía relajado.
Había pasado años convenciendo a su familia de que tenía todo bajo control. No pensaba permitir que su esposa arruinara esa imagen por una taza de café y una discusión sobre dinero.
Caminó hacia la cocina.
Entonces vio la mesa.
Se detuvo en seco.
El anillo de bodas estaba junto a un documento doblado. Una hoja blanca sobresalía debajo, marcada con el sello del hospital.
Derek dejó de sonreír.
—¿Qué es eso? —preguntó Suzanne desde la entrada.
Él no respondió.
Tomó el informe médico y empezó a leer.
Las palabras parecían moverse frente a sus ojos.
Lesiones compatibles con exposición a líquido caliente.
Evaluación clínica.
Registro de las lesiones.
Declaración de la paciente.
Y una frase que lo hizo apretar el papel entre los dedos:
La paciente refiere que las lesiones fueron ocasionadas intencionalmente por su esposo durante una discusión doméstica.
Suzanne se acercó y le arrebató la hoja.
—¡No puede ser!
Derek se la quitó de las manos.
—Baja la voz.
—¿Fue al hospital?
—Eso parece.
—¿Y qué les dijo?
Él la miró con rabia.
—¿Qué crees que les dijo?
Suzanne recorrió el documento con los ojos y luego miró el anillo.
Por primera vez, no parecía indignada por el comportamiento de Skylar.
Parecía preocupada por las consecuencias.
—Derek, dime que no hiciste una estupidez.
Él golpeó el informe contra la mesa.
—Fue un accidente.
—¿Entonces por qué dice que fue intencional?
—¡Porque está mintiendo!
La voz le salió demasiado fuerte.
Suzanne dio un paso atrás.
Él respiró profundamente y volvió a mirar la hoja. Buscó alguna frase que pudiera utilizar para defenderse, algún detalle que convirtiera lo ocurrido en una simple exageración.
No lo encontró.
Lo que sí encontró fue la información sobre la atención recibida y la documentación de las lesiones.
Skylar había ido al hospital.
Había hablado con el personal médico.
Había firmado una declaración.
Y, a juzgar por las maletas que ya no estaban junto a la recámara, se había ido.
—¿Dónde está? —preguntó Suzanne.
Derek sacó el teléfono.
Llamó una vez.
Buzón de voz.
Llamó de nuevo.
Buzón de voz.
Escribió un mensaje.
Regresa a la casa. Tenemos que hablar.
No hubo respuesta.
Escribió otro.
No puedes hacerme esto por una discusión.
Tampoco hubo respuesta.
Suzanne se quitó las gafas.
—A lo mejor se fue con alguna amiga.
—Skylar no tiene muchas amigas aquí.
—Pues entonces habrá ido con alguien del trabajo.
Derek recorrió el departamento con la mirada.
La recámara estaba abierta. Los cajones que ella usaba estaban vacíos. Faltaban sus productos del baño, su computadora y los documentos que guardaba en el escritorio.
No se había ido para asustarlo.
Se había ido para no volver.
El pensamiento le produjo una sensación desagradable, una mezcla de rabia y desconcierto.
—No puede echarme de mi propia casa —murmuró.
Suzanne frunció el ceño.
—Técnicamente, el departamento era suyo antes de que se casaran, ¿no?
Derek la miró como si acabara de traicionarlo.
—¿De qué lado estás?
—Del mío. Siempre estoy de mi lado.
Aquella respuesta lo irritó, aunque no pudo discutirla.
Suzanne se dejó caer en una silla.
—Necesito que me prestes dinero para resolver lo de mi tarjeta. El pago sigue pendiente y ya me están cobrando cargos.
Derek giró lentamente la cabeza.
—¿Estás hablando en serio?
—Pues sí. Por eso vine.
Él soltó una risa incrédula.
—Mi esposa acaba de irse al hospital por mi culpa, la policía podría estar involucrada y tú sigues pensando en tu tarjeta.
Suzanne se levantó.
—¡No me hables así! Yo no te pedí que le aventaras el café.
El silencio que siguió fue absoluto.
Derek la miró fijamente.
Suzanne pareció comprender demasiado tarde lo que acababa de decir.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
—Acabas de decir que no me pediste que le aventara el café.
Ella apretó los labios.
—Derek, no empieces.
Él dejó el informe sobre la mesa y se acercó.
—¿Por qué habrías de decir eso si no sabías lo que pasó?
Suzanne tragó saliva.
Durante un segundo, sus ojos se desviaron hacia el teléfono que sostenía entre las manos.
—Porque… porque te conozco. Sabía que estaban discutiendo.
Derek no respondió.
Algo en la forma en que ella evitaba mirarlo le hizo recordar una conversación de la noche anterior.
Suzanne le había escrito para decirle que necesitaba su tarjeta cuanto antes. No solo para resolver un pago. Había mencionado una cantidad considerable y le había pedido que convenciera a Skylar antes del fin de semana.
Él no había preguntado para qué.
Había dado por hecho que su esposa terminaría cediendo.
Ahora, mientras observaba a Suzanne, se preguntó si había algo que no le estaba contando.
Pero la preocupación duró poco.
Su teléfono volvió a vibrar.
Era Patricia.
Derek contestó de inmediato.
—¿Ya hablaste con Skylar? —preguntó su madre.
—No quiere contestarme.
—Suzanne me dijo que se fue.
Él miró a su hermana.
—¿Ya hablaste con mamá?
Suzanne fingió revisar su teléfono.
Patricia continuó:
—Mira, hijo, no dejes que esto se salga de control. Si ella fue al hospital, podría intentar meterte en problemas. Necesitas hablar con un abogado.
Derek apretó la mandíbula.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me quede sentado mientras ella destruye mi matrimonio?
—Quiero que pienses antes de actuar.
Él colgó.
Por primera vez en años, sentía que la gente a su alrededor empezaba a verlo de otra manera. No como el esposo generoso que soportaba el carácter difícil de una mujer independiente.
Sino como un hombre capaz de lastimar a su esposa.
Y no pensaba permitirlo.
Fue a la recámara para buscar su teléfono de trabajo y encontró un cajón abierto. Encima de la cómoda había una marca rectangular donde antes descansaba la computadora de Skylar.
El clóset estaba casi vacío del lado de ella.
Derek comenzó a revisar los estantes, cada vez más irritado.
Ropa que faltaba.
Cajas vacías.
Bolsas apartadas.
Todo le parecía una acusación.
Entonces vio la bufanda.
Estaba mal colocada, como si alguien la hubiera movido con prisa.
Debajo había una caja de zapatos vieja.
Derek frunció el ceño.
No recordaba haberla visto antes.
La sacó y la colocó sobre la cama.
En la tapa había una etiqueta descolorida de una zapatería. La caja estaba cerrada con una cinta adhesiva que parecía llevar mucho tiempo allí.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Suzanne desde la puerta.
—Buscando algo.
—¿Qué cosa?
—No sé.
Retiró la cinta.
Dentro había varios sobres, una memoria USB y un pequeño cuaderno de tapas negras.
Derek se quedó inmóvil.
El primer sobre llevaba el nombre de Skylar escrito a mano. El segundo tenía una fecha de casi dos años atrás.
Tomó el cuaderno.
Las primeras páginas contenían anotaciones sobre pagos, fechas y cantidades. Había registros de transferencias bancarias, recibos y notas breves.
Suzanne se acercó.
—¿Qué es eso?
Derek pasó una página.
Luego otra.
Su rostro perdió el color.
Skylar había anotado cada cantidad que le había prestado a Suzanne, con fechas y referencias a los mensajes en los que ella prometía devolver el dinero.
Doce mil dólares.
Después, otros pagos.
La televisión.
El curso de uñas.
La ropa.
Los gastos de un viaje.
Todo estaba registrado con una precisión casi obsesiva.
Al final de varias páginas, Skylar había escrito la misma frase:
Prometió devolverlo el viernes. No pagó.
Suzanne intentó arrebatarle el cuaderno.
—Eso no es asunto tuyo.
Derek apartó la mano.
—¿Cuánto dinero le debes?
—No sé de qué estás hablando.
Él levantó una de las páginas.
—¡Aquí está todo!
—¡Pues ella me lo ofreció!
—¿Te ofreció doce mil dólares?
Suzanne cruzó los brazos.
—Dijo que podía ayudarme.
—¿Y los demás pagos?
—¡No iba a dejar que me faltara lo necesario!
Derek la miró con incredulidad.
Por primera vez, comprendió que el dinero que él consideraba un recurso familiar había sido, en realidad, el resultado de años de trabajo de Skylar.
Y su hermana había estado aprovechándose de ello.
Pero lo que más lo desconcertó fue la memoria USB.
Estaba guardada dentro de un sobre pequeño, junto con una nota doblada en cuatro partes.
Derek la abrió.
Solo había una línea escrita con la letra de Skylar.
Si algún día necesitas entender por qué dejé de confiar en ustedes, empieza por escuchar esto.
Suzanne retrocedió.
—No la conectes.
Derek levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque no sabes qué hay ahí.
—Exactamente. Por eso voy a averiguarlo.
Caminó hacia el escritorio y conectó la memoria a su computadora.
Apareció una carpeta con varios archivos de audio, capturas de pantalla y documentos escaneados.
La primera grabación tenía una fecha de cuatro meses atrás.
Derek hizo clic.
Durante unos segundos solo se escuchó ruido de fondo. Después apareció la voz de Suzanne.
—No importa cuánto le pidas. Skylar siempre termina pagando porque no soporta quedar como la mala.
Derek dejó de respirar.
La grabación continuó.
Otra voz respondió.
Era Patricia.
—Pues entonces tienes que aprender a pedírselo a través de Derek. Él sabe cómo manejarla.
Suzanne soltó una risita.
—¿Y si vuelve a decir que no?
Hubo una pausa.
Después, Patricia pronunció una frase que hizo que Derek se apartara de la computadora.
—Hazle sentir que está destruyendo la familia. Si tiene que escoger entre su dinero y conservar su matrimonio, ya sabes qué botón apretar.
Suzanne volvió a reír.
—Eso es lo que hago. Y siempre funciona.
Derek detuvo la grabación.
El silencio de la recámara parecía insoportable.
Miró a su hermana.
—¿Qué demonios es esto?
Suzanne se puso pálida.
—Derek, escucha…
—¿Mamá sabía lo que estabas haciendo?
—No es lo que parece.
Él volvió a mirar la pantalla.
Había más archivos.
Uno tenía el nombre de Patricia. Otro estaba fechado apenas tres semanas antes.
Y un tercero llevaba el título: Lo que Skylar no debe descubrir.
Derek sintió un escalofrío.
La caja no solo contenía pruebas de las deudas de Suzanne.
Contenía conversaciones que podían cambiar todo lo que él creía saber sobre su familia.
Y si Skylar había guardado aquello, significaba que llevaba tiempo sospechando algo.
Algo mucho más grande que el dinero.
Suzanne se acercó al escritorio.
—Borra los archivos.
Derek la miró lentamente.
—¿Por qué?
Ella abrió la boca, pero no encontró una respuesta.
Entonces su teléfono vibró sobre la cama.
Era un mensaje de Patricia.
Derek, dime que ya encontraste la caja. No dejes que Skylar conserve nada de lo que hay ahí.
Él leyó el mensaje dos veces.
Después levantó la mirada hacia Suzanne.
Su hermana ya no parecía furiosa.
Parecía aterrada.
Y Derek comprendió que el verdadero problema no era que Skylar se hubiera marchado.
El problema era que ella había dejado pruebas.
Pruebas de las deudas, de las mentiras y de una conversación que podía destruir la imagen perfecta que su madre había construido durante años.
Tomó el teléfono y fotografió el mensaje.
Luego guardó una copia de los archivos en una carpeta nueva.
Suzanne intentó detenerlo.
—¡Te estoy diciendo que no sabes lo que haces!
Derek cerró la computadora.
—Entonces vas a explicármelo.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
Ella empezó a llorar.
Pero, por primera vez, sus lágrimas no consiguieron que él cambiara de opinión.
Derek regresó al comedor y observó el anillo de bodas junto al informe médico.
La hoja seguía allí.
Su nombre aparecía en la declaración de Skylar, asociado a un acto que no podía deshacer con una disculpa.
En ese momento, su teléfono recibió una llamada de un número desconocido.
Contestó.
—¿Señor Derek?
—Sí. ¿Quién habla?
—Soy la detective encargada de dar seguimiento al reporte presentado esta mañana por su esposa. Necesitamos conversar con usted sobre lo sucedido.
Derek apretó el teléfono.
Desde la recámara, Suzanne lo observaba con los ojos muy abiertos.
Y sobre la mesa, el anillo de bodas seguía brillando junto al informe médico.
Por primera vez, Derek entendió que Skylar no se había marchado para castigarlo.
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Se había marchado porque había decidido dejar de protegerlo.
Y la caja que él acababa de abrir podía ser apenas el comienzo de todo lo que estaba a punto de perder.
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