Chapter 6: La mujer que apareció en medio de la oscuridad
El cristal cayó al suelo.
Madison gritó.
Mi mamá me cubrió con su cuerpo.
Richard se movió frente a nosotros.
—¡No se acerquen!
Una figura apareció detrás de las gradas.
No podíamos verle el rostro.
Solo distinguíamos una silueta.
Alta.
Con una chamarra oscura.
Emma apretó mi mano.
—¿Quién es?
La persona no respondió.
Richard avanzó.
—Sé que estás aquí por la memoria.
La figura siguió caminando.
—Entonces dámela.
La voz era de mujer.
Mi mamá se quedó inmóvil.
—Esa voz...
La mujer salió de las sombras.
Tenía aproximadamente cincuenta años.
El cabello oscuro con algunas canas.
Una cicatriz pequeña cerca de la ceja.
Y unos ojos que me resultaron extrañamente familiares.
Madison dio un paso atrás.
—¿Quién eres?
La mujer la miró.
Después me miró a mí.
Y comenzó a llorar.
—Dios mío...
Mi mamá susurró:
—Sarah.
La mujer asintió.
—Sí.
Madison se quedó paralizada.
—¿Eres mi mamá?
Sarah no contestó.
Solo la miró.
—Tienes los ojos de tu padre.
Madison empezó a llorar.
—¿Por qué nunca viniste por mí?
Sarah cerró los ojos.
—Porque me hicieron creer que tú estabas muerta.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué? —preguntó Madison.
Sarah respiró profundamente.
—La noche que nacieron, alguien cambió las etiquetas de las cunas.
Mi mamá negó con la cabeza.
—No.
—Sí.
—Yo estaba ahí.
—Y por eso te hicieron creer otra cosa.
Sarah se acercó.
—La bebé que tú viste morir no era ninguna de mis hijas.
Mi mamá comenzó a llorar.
—Entonces, ¿quién murió?
—Una bebé que había llegado al hospital esa misma noche.
Emma abrió los ojos.
—¿Y tú?
—Me desperté después de varias horas. Estaba viva.
Richard parecía devastado.
—¿Por qué nunca regresaste?
Sarah lo miró.
—Porque me amenazaron.
—¿Quién?
Sarah sacó un pequeño papel de su bolsillo.
—La misma persona que ahora quiere la memoria.
Yo miré el reloj.
—¿Quién es?
Sarah negó.
—Todavía no.
—¡Necesitamos saberlo!
—No aquí.
—¿Entonces dónde?
Sarah se acercó a mí.
—En la casa donde todo empezó.
Richard frunció el ceño.
—¿La casa Carter?
Sarah negó.
—La clínica.
Mi mamá se quedó inmóvil.
—La clínica cerró hace quince años.
—Lo sé.
—Ya no existe.
Sarah sonrió con tristeza.
—Eso es lo que todos creen.
Emma miró a Richard.
—¿Tú sabías que seguía abierta?
Él negó.
Sarah sacó otra fotografía.
Era la clínica.
Pero detrás aparecía una dirección.
Mi mamá reconoció el lugar.
—No puede ser.
—¿Qué? —pregunté.
—Es el edificio que ahora usa la fundación Carter.
Richard palideció.
—No.
Sarah lo miró.
—Sí.
—La fundación no tiene nada que ver con la clínica.
—Tu familia compró el edificio tres años después de mi desaparición.
Richard parecía confundido.
—Eso no significa...
Sarah lo interrumpió.
—Significa que alguien conservó los archivos.
Me acerqué.
—¿Los archivos de nuestro nacimiento?
—Todos.
—Entonces tenemos que ir.
Mi mamá negó.
—Es peligroso.
—Ya estamos dentro de esto.
Richard miró a Sarah.
—Si tienes pruebas, entrégaselas a la policía.
Sarah soltó una risa amarga.
—Ya lo intenté.
—¿Cuándo?
—Hace doce años.
—¿Y qué pasó?
—El detective que llevaba el caso desapareció.
Nadie respondió.
Sarah miró el reloj.
—Por eso necesitamos una copia.
—¿De qué?
—De todo.
Emma levantó la memoria.
—Tenemos esto.
Sarah se acercó.
—No es suficiente.
—¿Por qué?
—Porque esa memoria contiene solo una parte de la grabación.
—¿Hay más?
Sarah asintió.
—La original está en la clínica.
Richard negó.
—Entonces vamos juntos.
Sarah lo miró.
—No confío en ti.
—Lo sé.
—Y no te perdono.
—Lo sé.
—Pero Madison es mi hija.
Richard bajó la mirada.
—También es mi hija.
Sarah respondió:
—Entonces por primera vez en tu vida, haz algo correcto.
Salimos del gimnasio por una puerta lateral.
El estacionamiento seguía vacío.
Pero el automóvil que nos había seguido ya no estaba.
Subimos a dos vehículos.
Sarah condujo el suyo.
Nosotros fuimos detrás.
Durante el trayecto, Madison no dejó de mirarme.
Finalmente habló.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Tú sabías que yo existía?
—No.
—Entonces nunca me odiaste realmente.
La miré.
—No.
—Yo sí te odié.
—Lo sé.
—Pensé que eras pobre y que querías quitarme mi lugar.
—Yo pensaba que tú me odiabas porque sí.
Madison bajó la cabeza.
—Mi papá me enseñó a pensar que las personas como nosotros tenían que mantenerse separadas.
—¿Las personas como nosotros?
Ella me miró.
—Ahora entiendo que siempre estuvo hablando de nosotros.
Por primera vez, sonreí débilmente.
—Somos bastante malas para ser hermanas enemigas.
Madison soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Sí.
Mi mamá nos observó desde el asiento delantero.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Pero no dijo nada.
Llegamos al edificio de la antigua clínica cerca de medianoche.
Desde afuera parecía abandonado.
Sarah estacionó.
—La entrada está atrás.
Richard salió del auto.
—Yo voy primero.
Sarah negó.
—No.
Ella caminó hasta una puerta metálica.
Sacó una llave.
La abrió.
Entramos.
El olor a polvo y humedad llenaba el lugar.
Pero en el fondo había luces encendidas.
Emma susurró:
—Alguien sigue usando este edificio.
Sarah asintió.
—Sí.
Caminamos por un pasillo.
Las paredes todavía tenían números de habitaciones.
Mi mamá se detuvo frente a una puerta.
214.
La misma habitación.
Su rostro cambió.
—Aquí fue donde vi a Sarah.
Sarah la tomó de la mano.
—No viste mi cuerpo.
—Yo vi una mujer.
—No era yo.
Mi mamá cerró los ojos.
—Entonces todo este tiempo...
—Te engañaron.
Entramos.
Había una computadora sobre una mesa.
Y una caja fuerte.
Sarah señaló la pared.
—Ahí.
Richard se acercó.
—¿Cómo la abrimos?
Sarah miró a mi mamá.
—Con la fecha de nacimiento de las niñas.
Mi mamá introdujo los números.
La caja se abrió.
Dentro había varios expedientes.
Fotografías.
Y una grabadora antigua.
Sarah tomó la grabadora.
—Aquí está.
Entonces escuchamos pasos.
Todos nos congelamos.
Alguien venía por el pasillo.
Sarah apagó la luz.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Una voz masculina dijo:
—Sabía que regresarías.
Richard susurró:
—No...
El hombre entró.
Era el director de nuestra escuela.
El mismo hombre que había fingido protegerme aquella tarde.
Mi mamá retrocedió.
—Usted...
El director sonrió.
—Elena.
Sarah apretó la grabadora.
—Tú.
Él cerró la puerta.
—Diecisiete años y todavía sigues haciendo preguntas.
Richard dio un paso adelante.
—¿Qué hiciste?
El director respondió con una calma aterradora.
—Lo mismo que hice aquella noche.
Miró hacia Madison.
Después hacia mí.
—Separarlas.
Sacó un teléfono.
—Porque mientras ustedes crean que son dos historias diferentes, jamás descubrirán quién fue realmente responsable de la muerte de Sarah.
Sarah levantó la grabadora.
—Ya no puedes ocultarlo.
El director sonrió.
—No necesito ocultarlo.
Señaló la puerta.
—Porque la policía acaba de recibir una denuncia.
—¿Contra quién? —pregunté.
El director me miró directamente.
—Contra tu mamá.
Mi corazón se detuvo.
—¿Por qué?
Él respondió:
—Por el asesinato de Sarah Miller.
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Mi mamá palideció.
Y entonces, desde afuera, escuchamos sirenas acercándose.
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