Chapter 5: La caja que alguien quería destruir
Llegamos a la escuela después de las diez de la noche.
El estacionamiento estaba completamente vacío.
Las luces del edificio permanecían encendidas en algunos pasillos.
Mi mamá apagó el motor.
—No me gusta esto.
—A mí tampoco —dijo Emma.
Richard miró hacia las ventanas.
—Alguien está aquí.
Madison se abrazó a sí misma.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la puerta principal debería estar cerrada.
No lo estaba.
Mi mamá sacó su teléfono.
—Voy a llamar a la policía.
Antes de que pudiera marcar, las luces del edificio se apagaron.
Madison soltó un grito.
—¡¿Qué fue eso?!
Todo quedó oscuro.
Solo se veía la luz de la calle.
Richard abrió la puerta del auto.
—Quédense aquí.
Mi mamá lo sujetó.
—Ni lo sueñes.
—Tengo que entrar.
—No vas solo.
Emma encendió la linterna de su teléfono.
—Entonces vamos todos.
Entramos.
El silencio era extraño.
La escuela que durante el día estaba llena de voces parecía un edificio abandonado.
Caminamos por el pasillo.
Cada paso resonaba.
Llegamos al archivo.
La puerta estaba abierta.
La caja de madera seguía sobre la mesa.
Mi mamá se quedó mirándola.
—Es de Daniel.
Me acerqué.
Tenía una pequeña cerradura.
Richard sacó una llave de su cartera.
Mi mamá lo miró.
—¿Cómo tienes esa llave?
—Daniel me la dio.
—¿Cuándo?
Richard no contestó.
Introdujo la llave.
No funcionó.
Lo intentó otra vez.
Nada.
Entonces Madison señaló la parte inferior.
—Hay algo escrito.
Me agaché.
Había cuatro números grabados en la madera.
Los mismos cuatro números que correspondían al cumpleaños de mi papá.
Mi mamá cerró los ojos.
—Él sabía que algún día encontraríamos esto.
Probamos la combinación.
La cerradura se abrió.
Dentro había documentos.
Una memoria USB.
Un reloj viejo.
Y un sobre con mi nombre.
No el de Madison.
El mío.
Mis manos temblaron.
Abrí el sobre.
La letra era de mi papá.
“Para mi hija.””
Me dolió tanto verlo que tuve que sentarme.
Mi mamá se colocó a mi lado.
—¿Quieres que lo lea yo?
Negué.
—No.
Abrí la carta.
“Si estás leyendo esto, significa que Elena finalmente decidió contarte la verdad.””
Miré a mi mamá.
Continué.
“Sé que algún día me odiarás.””
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
“Pero cuando nacieron las niñas, no tuve valor para enfrentar a Richard.””
Richard bajó la cabeza.
“Sarah estaba viva.””
Todos quedamos inmóviles.
Mi mamá dejó escapar un sollozo.
Seguí leyendo.
“Yo la ayudé a escapar.””
Richard levantó la mirada.
—¿Qué?
La carta continuaba.
“Sarah me pidió que protegiera a las niñas. Me dijo que alguien dentro de la familia Carter quería desaparecerla.””
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
“Pero cometí un error. Firmé documentos que permitieron que Madison fuera registrada como hija única de Richard y Evelyn.””
Madison se llevó una mano al pecho.
“Tuve miedo de que si las dos niñas permanecían juntas, las encontrarían.””
La carta seguía.
“Una niña se quedó conmigo y Elena.””
Esa era yo.
“Y la otra quedó con Richard.””
Madison comenzó a llorar.
Pero había una última parte.
“Lo que Elena no sabe es que Sarah dejó una prueba.””
Mi mamá levantó la cabeza.
“Una grabación que demuestra quién ordenó cambiar los medicamentos.””
Emma susurró:
—¿Dónde está?
Seguí leyendo.
“Está dentro del reloj.””
Miré el reloj viejo.
Mi papá había usado ese reloj durante años.
Lo tomé.
Richard se acercó.
—Déjame verlo.
Mi mamá lo detuvo.
—No.
Richard retrocedió.
Yo abrí la tapa trasera.
Dentro había un pequeño compartimento.
Y ahí estaba.
Una tarjeta de memoria.
Emma sacó su teléfono.
—Necesitamos un lector.
Richard señaló la oficina del director.
—Ahí hay una computadora.
Caminamos rápidamente.
Pero antes de llegar, escuchamos un ruido.
Una puerta cerrándose.
Todos nos detuvimos.
—¿Quién está ahí? —preguntó Richard.
Nadie respondió.
Entonces vimos una sombra al final del pasillo.
Alguien salió corriendo.
Richard fue detrás.
—¡Detente!
La persona dobló la esquina.
Yo corrí también.
Emma gritó:
—¡No!
Llegamos al gimnasio.
La puerta estaba abierta.
Richard entró.
Yo lo seguí.
No había nadie.
Solo una ventana abierta.
Sobre el piso había un teléfono.
Madison lo recogió.
La pantalla estaba encendida.
Había un video pausado.
Era de aquella misma noche en la cafetería.
El momento exacto en que Madison me tiraba la comida encima.
Pero el video había sido grabado desde otro ángulo.
Alguien nos había estado observando desde una cámara escondida.
Emma palideció.
—Eso no lo grabó Madison.
—¿Entonces quién? —pregunté.
Richard miró el teléfono.
—Alguien quería que pareciera que ella era la única culpable.
Mi mamá se acercó.
—¿Por qué?
Richard señaló la pantalla.
—Porque mientras todos miraban a Madison...
—Alguien podía entrar al archivo —terminé.
La caja.
La carta.
La memoria.
Todo era una distracción.
Emma revisó el teléfono.
—Hay otro archivo.
Lo abrió.
Era una grabación de voz.
Una voz masculina dijo:
—Cuando encuentren la caja, destrúyanla.
Otra voz respondió:
—¿Y las chicas?
—Que sigan creyendo que son enemigas.
Mi sangre se heló.
—¿Quiénes son?
La grabación continuó.
—Mientras se odien, nadie preguntará por qué fueron separadas.
Richard cerró los ojos.
—Dios mío.
La segunda voz habló:
—¿Y Elena?
La respuesta fue fría.
—Elena no es el problema.
Pausa.
—El problema es lo que sabe.
Mi mamá comenzó a temblar.
De repente, las luces volvieron.
Y una voz salió de los altavoces de la escuela.
—Buenas noches, Elena.
Mi mamá palideció.
—No...
La voz continuó.
—Deja la memoria donde la encontraste.
Richard miró alrededor.
—¿Quién eres?
Una risa se escuchó por los altavoces.
—Alguien que lleva diecisiete años esperando este momento.
Madison gritó:
—¡¿Qué quieres?!
La voz respondió:
—A las dos hermanas.
Las puertas del gimnasio se cerraron automáticamente.
Emma corrió hacia ellas.
No se abrían.
Mi mamá me abrazó.
Entonces la voz dijo:
—Y si quieren salir, tendrán que entregar el reloj.
Las luces se apagaron otra vez.
Escuchamos un golpe.
Después otro.
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Y finalmente, una ventana del gimnasio se rompió.
Alguien había entrado.
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