Chapter 9: La última firma de Richard reveló quién había cambiado el ADN de mi hijo
La clínica conservaba un registro de entrada que nadie había revisado en treinta y cuatro años.
Cuando la policía obtuvo acceso al archivo, descubrimos que la noche del accidente de mi padre habían ingresado tres personas que no aparecían en el informe inicial.
Richard Thompson.
Andrés Salinas.
Y una mujer registrada bajo un nombre que no correspondía a ninguna de las personas que conocíamos.
Patricia Mendoza extendió las copias sobre una mesa de la oficina.
—El registro fue modificado dos días después —explicó—. Alguien eliminó una firma y sustituyó el nombre de una visitante.
Me incliné para leerlo.
La firma original había sido cubierta con tinta negra, pero todavía podía distinguirse una parte del apellido.
Salinas.
Andrés había estado allí.
Eso confirmaba que no había mentido cuando dijo que se reunió con mi padre.
Pero no explicaba quién era la mujer.
—¿Pueden recuperar el nombre completo? —pregunté.
La agente que nos acompañaba asintió.
—El hospital conserva una copia digitalizada del libro original. La tinta no se puede eliminar, pero un especialista está intentando recuperar la información que quedó debajo de la corrección.
Emily estaba sentada junto a mí, con una mano sobre el vientre.
Habíamos regresado de la casa de campo hacía pocas horas. El cansancio comenzaba a notársele en el rostro, pero insistió en acompañarme porque no quería volver a quedarse sola mientras las respuestas aparecían una tras otra.
Le tomé la mano.
—Si quieres descansar, podemos irnos.
Ella negó con la cabeza.
—No. Quiero saber quién hizo esto antes de que nazca nuestro hijo.
Patricia cerró una carpeta.
—Hay otra cuestión que debemos resolver. La prueba genética que Diane quería recuperar podría no corresponder a una muestra obtenida durante el embarazo de Emily.
La miré.
—¿Qué quiere decir?
—Que el documento pudo haber sido incorporado al expediente de tu hijo para hacerlo parecer relacionado con una investigación anterior. Hasta que verifiquemos la procedencia de las muestras, no podemos afirmar que exista una incompatibilidad genética real.
Sentí un alivio momentáneo.
Por primera vez, alguien estaba separando los hechos de las amenazas.
—Entonces, ¿por qué mi madre dijo que el bebé estaba relacionado con Andrés?
—Porque quizá quería que creyeras que había una razón para desconfiar de Emily. O porque alguien le entregó información falsa y ella la utilizó sin verificarla.
Emily me miró con tristeza.
—Mi mayor miedo era que pensaras que te había engañado.
Le acaricié la mano.
—Nunca debí permitir que esa sospecha se convirtiera en una amenaza para nosotros.
—No fuiste tú quien fabricó los documentos.
—Pero sí soy responsable de cómo reacciono ante ellos.
Emily apoyó la cabeza en mi hombro.
—Entonces sigamos buscando la verdad.
A media tarde, la agente regresó con una nueva copia del registro.
El nombre parcialmente oculto había sido recuperado.
No era Diane.
Tampoco era Laura.
La visitante se había registrado como *Claudia Rivas*.
Patricia revisó sus archivos.
—No conozco a nadie con ese nombre relacionado con la familia Thompson.
La agente explicó que estaban verificando la identidad de la mujer, pero que el registro incluía una dirección antigua y un número de documento que podía ayudar a localizarla.
Mientras esperábamos, Laura nos llamó desde la clínica.
Su voz sonaba más firme que durante nuestra primera conversación.
—Daniel, necesito que vengas. Encontré algo entre las cosas que me entregaron cuando me trasladaron.
Llegamos poco después.
Laura estaba sentada en la cama, con una pequeña caja de madera sobre las piernas.
—Cuando me desperté, una enfermera me entregó mis pertenencias —explicó—. Había un pañuelo, una fotografía y una llave que no reconocí. Pensé que pertenecían a Richard, pero ahora creo que son tuyas.
Abrió la caja.
Dentro había un reloj de madera.
Me quedé inmóvil.
Era el mismo reloj que mi madre conservaba en su habitación y que nunca me había permitido llevarme cuando me fui de casa.
—¿Cómo llegó hasta aquí? —pregunté.
Laura acarició la superficie del objeto.
—Richard me lo entregó poco antes de morir. Me dijo que algún día tendrías que verlo.
Lo levanté.
En la parte inferior había una pequeña placa metálica con una fecha y unas iniciales.
D. T.
Daniel Thompson.
Pero al girarlo descubrí un compartimento diminuto en la parte trasera.
Dentro había una tira de papel doblada.
La abrí.
Contenía una serie de números y una frase escrita con la letra de mi padre:
La llave no abre una puerta. Abre la posibilidad de saber quién mintió.
Patricia examinó los números.
—Podrían ser una combinación.
Recordé la segunda caja de seguridad mencionada en los documentos de Richard.
La combinación podía estar relacionada con mi nacimiento, pero los números no coincidían con mi fecha de cumpleaños.
Laura observó la tira de papel.
—Richard me dijo una vez que los números representaban tres fechas importantes: el día que naciste, el día que te registraron y el día que Diane solicitó modificar el documento.
Patricia anotó las fechas que aparecían en los registros.
Al compararlas con la combinación, descubrimos que los números correspondían al orden exacto de aquellos acontecimientos.
La agente llamó al equipo que custodiaba la caja de seguridad encontrada en la casa de campo.
Les dio la combinación y esperó.
Pasaron varios minutos.
Finalmente, recibió una llamada.
La caja se había abierto.
Dentro encontraron una carpeta sellada, una grabadora antigua y varios documentos originales.
La policía envió fotografías de los objetos para que Patricia pudiera identificarlos.
La primera imagen mostraba una carta firmada por Richard.
La segunda, un contrato relacionado con la propiedad de Laura.
La tercera, un informe genético con una anotación que no aparecía en las copias anteriores.
La muestra identificada como perteneciente a Daniel Thompson fue sustituida antes de su análisis.
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Eso significa que alguien cambió la muestra?
Patricia asintió lentamente.
—Eso es lo que sugiere el documento. Pero necesitamos que un especialista examine el original y confirme quién lo redactó.
La agente amplió la fotografía.
En la parte inferior aparecía una firma.
No era la de Richard.
Era la de Gabriel.
Emily se llevó una mano a la boca.
—¿Gabriel cambió la muestra?
—Es posible —respondió Patricia—. O pudo haber firmado un documento preparado por otra persona. No debemos sacar conclusiones definitivas sin revisar todo el expediente.
La policía encontró también un recibo de laboratorio que indicaba que la muestra original había sido enviada a una institución diferente.
El nombre del laboratorio correspondía a un centro médico que había cerrado hacía más de veinte años.
Sin embargo, sus archivos habían sido transferidos a una institución universitaria.
La agente solicitó una búsqueda urgente.
Mientras esperábamos, abrí la carta de Richard.
Daniel:
Si estás leyendo esto, ya sabes que la primera prueba fue manipulada. No permitas que nadie utilice ese informe para destruir tu matrimonio.
Emily no tiene ninguna responsabilidad en lo que ocurrió antes de tu nacimiento. Si alguien intenta convencerte de lo contrario, exige pruebas independientes.
La persona que cambió la muestra lo hizo para impedir que se conociera la identidad de tu padre biológico. Pero la misma persona dejó una firma que puede llevarte hasta la verdad.
Busca a Claudia Rivas. Ella estuvo presente la noche del accidente y sabe quién ordenó alterar el registro.
Levanté la mirada.
Claudia Rivas.
La mujer del registro hospitalario.
La persona cuya identidad estábamos intentando confirmar.
Mi padre había dejado su nombre en la carta.
La agente recibió otra llamada.
Después de escuchar unos segundos, se volvió hacia nosotros.
—Encontramos a Claudia Rivas. Vive en otra ciudad y aceptó hablar con los investigadores. Dice que ha esperado muchos años para explicar lo ocurrido.
Sentí un alivio que casi me hizo llorar.
Pero la agente todavía no había terminado.
—También confirmó que la noche del accidente hubo una discusión entre Richard y Gabriel. Y que la mujer que alteró el registro no fue Diane.
Miré a Patricia.
Ella cerró lentamente la carpeta.
—¿Quién fue? —pregunté.
La agente bajó la voz.
—Según Claudia, la persona que cambió el informe genético y modificó el registro de entrada fue alguien que trabajaba directamente con Richard.
Alguien que conocía los documentos.
Alguien que podía acceder a las muestras.
Alguien que sabía dónde estaba la caja de seguridad.
En ese momento, el teléfono de Patricia vibró.
Revisó el mensaje y palideció.
—Daniel, tenemos un problema.
—¿Qué pasó?
Me mostró la pantalla.
Era una fotografía tomada dentro de la clínica.
Laura aparecía dormida en su cama.
A su lado había una silla vacía.
Debajo de la imagen se leía:
Si quieren saber quién es el verdadero padre de Daniel, dejen de buscar a Claudia. La próxima vez que despierten, Laura ya no estará ahí.
Me levanté de inmediato.
La agente salió de la habitación para llamar a seguridad.
Emily se aferró a mi brazo.
—No pueden volver a llevársela.
Corrí hacia el pasillo.
Dos enfermeras estaban junto al puesto de control. Una de ellas confirmó que nadie había entrado en la habitación durante los últimos minutos.
Sin embargo, cuando llegamos, la cama estaba vacía.
La ventana seguía cerrada.
Las pertenencias de Laura permanecían sobre la mesita.
Pero la caja de madera había desaparecido.
Y sobre la almohada había una nota escrita a mano.
La reconocí inmediatamente.
Era la letra de mi madre.
Daniel, si quieres recuperar a Laura, tendrás que dejar de buscar a tu padre biológico. Él está más cerca de ti de lo que imaginas.
Emily comenzó a llorar.
Yo me quedé mirando la nota, incapaz de comprender cómo Diane había conseguido entrar en una habitación vigilada.
Entonces escuché una voz detrás de nosotros.
—Porque no fue Diane quien se llevó a Laura.
Me volví.
Andrés Salinas estaba de pie al final del pasillo.
Tenía el rostro cansado, una herida pequeña en la frente y una carpeta apretada contra el pecho.
La agente se acercó inmediatamente.
—Señor Salinas, tendrá que acompañarnos.
Él levantó las manos.
—Lo haré. Pero primero tienen que escucharme.
Me acerqué a él.
—¿Dónde está Laura?
Andrés bajó la mirada.
—Está a salvo. Pero si quieres volver a verla, tienes que saber quién cambió el informe genético.
—Dímelo.
Me entregó la carpeta.
En la primera página había una copia del registro original.
En la segunda, una declaración firmada por Claudia Rivas.
Y en la última, el nombre de la persona que había ordenado modificar los documentos.
No era Diane.
No era Gabriel.
Era alguien a quien yo había considerado parte de mi familia durante toda mi vida.
Alguien que había estado presente en mi infancia, en mi boda y en cada celebración importante.
Miré el nombre.
Después levanté la vista hacia Andrés.
—Esto no puede ser verdad.
Él asintió con tristeza.
—Lo siento, Daniel.
Sentí que Emily me apretaba la mano.
Porque en aquella última página aparecía el nombre de *Richard Thompson*, mi padre.
Y debajo, una anotación escrita por Claudia:
La orden de modificar el registro fue firmada por Richard antes de su muerte. Sin embargo, la firma de autorización para sustituir la muestra genética pertenece a otra persona.
La última línea estaba cubierta por una mancha de tinta.
Solo se distinguían tres letras.
*DIA…*
Mi madre había vuelto a aparecer en el centro de la investigación.
Pero esta vez no sabía si Richard había intentado protegerme de la verdad o si había sido el primero en decidir qué partes de mi vida tenía derecho a conocer.
Andrés cerró la carpeta.
—Hay una última grabación —dijo—. Richard la hizo la noche del accidente. En ella explica por qué firmó esos documentos y quién lo obligó a hacerlo.
Lo miré fijamente.
—¿Dónde está?
Andrés respiró profundamente.
—En manos de Gabriel.
Y antes de que pudiera responder, la agente recibió una llamada urgente.
Gabriel acababa de salir de la estación de policía.
No había regresado a casa.
No había tomado un vuelo.
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Había ido directamente al cementerio donde enterraron a Richard.
Y llevaba consigo una pala, una grabadora y una copia del informe de ADN que todos creíamos destruido.