Chapter 6: El hombre que llamó tío durante toda mi vida
Gabriel Thompson llevaba treinta y cuatro años entrando en mi casa como si tuviera derecho a hacerlo.
Cuando era niño, me compraba juguetes en Navidad, me llevaba a pescar durante las vacaciones y me enseñó a conducir en un estacionamiento vacío cuando cumplí dieciséis años.
Yo lo admiraba.
Mi madre decía que era un hombre generoso, aunque algo irresponsable. Mi padre, en cambio, siempre mantenía cierta distancia con él.
Nunca entendí por qué.
Ahora, mientras escuchaba sus golpes en la puerta, comprendí que tal vez mi padre había intentado protegerme de un secreto que Gabriel conocía demasiado bien.
—No abras —me susurró Emily.
Asentí.
Mi teléfono seguía conectado a la llamada con Andrés Salinas.
—¿Sigue ahí? —pregunté en voz baja.
—Sí —respondió él—. No dejes entrar a Gabriel hasta que sepas quién lo acompaña.
Me acerqué a la mirilla.
Gabriel estaba en el porche, con un abrigo oscuro y una carpeta bajo el brazo. A su lado había un hombre de traje que sostenía una identificación.
No reconocí al acompañante.
Gabriel volvió a golpear.
—¡Daniel, abre! ¡Tenemos que hablar de tu padre!
Me alejé de la puerta.
—¿Quién es el hombre que está con él? —pregunté a Andrés.
—No puedo verlo desde aquí. ¿Qué lleva puesto?
—Un traje gris. Tiene una identificación.
Andrés guardó silencio unos segundos.
—No abras. Voy a llamar a alguien que pueda verificar si esa persona realmente representa a la institución que dice representar.
Emily me tomó de la mano.
—¿Qué hacemos?
—Nos quedamos aquí y esperamos.
Los golpes se hicieron más fuertes.
—¡Daniel! —gritó Gabriel—. ¡Sé que encontraste la caja fuerte! ¡No empeores las cosas!
Me acerqué a la puerta sin abrirla.
—¿Qué quieres?
Gabriel dejó de golpear.
—Quiero evitar que cometas un error que no podrás corregir.
—¿Como ocultarme quién era mi madre biológica?
El silencio fue inmediato.
Después, Gabriel respondió:
—Tu madre te ha contado cosas que no entiende.
—¿Laura era mi madre?
—Sí.
La respuesta fue tan sencilla que me enfureció todavía más.
—¿Y por qué me hicieron creer que había muerto?
Gabriel bajó la voz.
—Porque Diane tenía miedo de perderte.
—¿Y tú la ayudaste?
—Yo intenté protegerte.
Solté una risa amarga.
—¿Protegiste a un niño separándolo de su madre y ayudando a falsificar documentos?
—No sabes lo que ocurrió.
—Entonces explícamelo.
Gabriel miró al hombre que lo acompañaba.
El desconocido se acercó a la puerta.
—Señor Thompson, soy el licenciado Vargas. Represento a una firma que administra parte de los bienes de la familia. Hemos recibido información de que usted tiene documentos pertenecientes a un fideicomiso y necesitamos verificar su autenticidad.
Me quedé inmóvil.
Andrés habló por el teléfono.
—Pregúntale el nombre completo de la firma y el número de expediente.
Repetí las preguntas.
El hombre respondió con rapidez, pero cuando le pedí que dejara una copia de su identificación bajo la puerta, se negó.
—No estamos obligados a entregar documentos sin comprobar primero que usted es la persona autorizada.
—Entonces pueden regresar con una orden legal.
Gabriel dio un paso hacia adelante.
—Daniel, no hagas esto.
—Ya lo hice.
Escuché cómo ambos se alejaban del porche.
Esperé hasta que el ruido de sus pasos desapareció antes de apartarme de la puerta.
Emily soltó el aire que había estado conteniendo.
—¿Crees que volverán?
—Sí.
La respuesta me salió sin vacilación.
Andrés seguía al teléfono.
—Daniel, necesito que me escuches. Gabriel sabe que la investigación está avanzando y va a intentar recuperar cualquier documento que pueda incriminarlo. No confíes en él solo porque haya sido amable contigo durante años.
Me senté frente a la computadora.
—Quiero saber quién es mi padre biológico.
—Lo sabrás. Pero primero tenemos que encontrar el expediente original.
—¿Dónde?
—En una caja de seguridad que Richard abrió poco antes de morir. Él dejó instrucciones para que pudiera accederse con una contraseña relacionada con tu nacimiento.
—¿Cuál es la contraseña?
Andrés guardó silencio.
—No la sé.
Me froté el rostro.
—¿Entonces cómo piensa ayudarme?
—Porque tengo una copia de la carta que Richard dejó en la caja de seguridad. Hay una pista sobre dónde buscar el número de acceso.
—¿Y por qué no me la entrega?
—Porque Diane tiene vigilada la oficina donde trabajaba. Si voy allí, sabrá que regresé.
Miré a Emily.
Ella estaba sentada en el sofá, acariciando lentamente su vientre.
—Mi esposa está embarazada de ocho meses. Mi madre la atacó y ahora alguien la está siguiendo. No voy a seguir esperando mientras todos ustedes deciden cuánto puedo saber sobre mi propia vida.
Andrés suspiró.
—Tienes razón.
Hubo una pausa.
—Voy a enviarte una dirección. Allí encontrarás a alguien que puede ayudarte a verificar los documentos y solicitar acceso legal a la caja de seguridad.
—¿Quién?
—Una abogada llamada Patricia Mendoza. Trabajó con tu padre durante sus últimos meses de vida.
La llamada terminó poco después.
Recibí la dirección por mensaje.
Era la de una oficina en el centro, cerca de un edificio donde se encontraban varios despachos jurídicos.
Antes de salir, llamé a una persona de confianza para que acompañara a Emily mientras yo estaba fuera. También le pedí que no abriera la puerta a desconocidos y que me avisara si veía algún movimiento extraño.
Emily no quería que me fuera.
—Tengo miedo de que algo te pase.
Me arrodillé frente a ella.
—Voy a regresar pronto.
—Prométeme que no vas a enfrentarte a Gabriel.
—Te lo prometo.
Le besé la frente y salí.
Patricia Mendoza era una mujer de unos cincuenta años, de cabello corto y expresión firme.
Me recibió en una oficina llena de archivadores y fotografías antiguas.
Cuando mencioné el nombre de mi padre, dejó la pluma sobre el escritorio.
—Richard me habló de usted muchas veces.
—¿Sabía que no era su hijo biológico?
Patricia no pareció sorprendida.
—Sí.
Me senté lentamente.
—¿Y sabía quién era mi verdadero padre?
La abogada abrió un cajón y sacó una carpeta.
—Richard estaba convencido de que había encontrado al hombre correcto, pero nunca obtuvo una confirmación definitiva. Había documentos contradictorios y una prueba genética que necesitaba verificarse.
—¿Por qué no me lo contó?
Patricia me miró con tristeza.
—Porque creía que debía resolverlo antes de involucrarlo. Cuando comprendió que podía morir sin conseguirlo, comenzó a dejar instrucciones para que usted pudiera continuar la investigación.
Abrió la carpeta.
Dentro había copias de transferencias bancarias, correspondencia y un documento relacionado con la propiedad de Laura.
—Su madre biológica tenía derechos sobre una casa de campo y una cuenta de inversión —explicó—. Después de que usted pasó a vivir con Diane, parte de ese dinero fue utilizado para pagar gastos que no estaban autorizados.
—¿Mi madre robó el dinero de Laura?
—Los documentos sugieren que hubo movimientos irregulares. Pero necesitamos los registros originales para determinar quién los autorizó y quién se benefició.
Señaló una hoja.
—Richard creó un fideicomiso para impedir que los bienes fueran vendidos mientras se resolvía la situación legal. La caja de seguridad contiene los documentos que faltan.
—¿Y la contraseña?
Patricia revisó una nota escrita a mano.
—Su padre dejó una pista. Decía que la respuesta estaba en el primer regalo que recibió de Laura.
Me quedé inmóvil.
—¿El primer regalo?
Patricia asintió.
—Richard escribió que usted no recordaría su significado, pero que el objeto seguía en poder de Diane.
Pensé en mi infancia.
En los juguetes que mi madre guardaba.
En las cajas de fotografías.
En los adornos que nunca permitía tocar.
Entonces recordé algo.
Cuando cumplí cinco años, mi madre me regaló un pequeño reloj de madera que, según ella, había pertenecido a mi abuelo. Siempre estuvo sobre una repisa de su habitación y nunca me permitió llevármelo a mi casa cuando me mudé.
—El reloj —murmuré.
Patricia levantó la cabeza.
—¿Qué reloj?
Se lo expliqué.
La abogada anotó algo en su libreta.
—Es posible que su padre se refiriera a ese objeto. Pero no vaya a buscarlo solo. Si Diane sabe que usted está investigando, puede intentar destruirlo o esconderlo.
—¿Qué contiene?
—No lo sé. Richard nunca me lo dijo.
Salí de la oficina con una copia de los documentos y la sensación de que, por fin, estaba cerca de una respuesta concreta.
Pero antes de llegar al automóvil, recibí una llamada de Emily.
Contesté inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Su respiración era rápida.
—Daniel, tu madre acaba de llegar.
Me detuve en seco.
—¿Está dentro de la casa?
—No. Está afuera, hablando con la persona que vino a acompañarme. Dice que tiene algo que mostrarme y que necesita que yo salga.
—No salgas. Voy para allá.
—Daniel, hay algo más.
Su voz se quebró.
—¿Qué?
—Gabriel está con ella.
Sentí una oleada de rabia.
—No les abras. No hables con ellos. Ya voy.
Escuché un ruido al otro lado de la llamada.
Después, la voz de mi madre.
—Emily, cariño, no quiero hacerte daño. Solo necesito que veas esto.
—¡Aléjese de mí! —gritó Emily.
Oí un golpe y luego un silencio que me heló la sangre.
—¡Emily!
No hubo respuesta.
Aceleré hacia la casa, llamando una y otra vez.
Cuando llegué, encontré la puerta abierta.
La persona que debía acompañarla estaba en la entrada, pálida y temblando.
—Se la llevaron —dijo.
Sentí que el mundo desaparecía a mi alrededor.
—¿Quién?
—Su madre y Gabriel. Dijeron que la llevarían a una clínica para revisar al bebé, pero Emily se negó. Entonces la obligaron a subir al automóvil.
—¿Por qué no los detuviste?
El hombre bajó la cabeza.
—Tenían documentos médicos. Dijeron que usted había autorizado el traslado.
Me quedé sin palabras.
Llamé a la policía y denuncié lo ocurrido, entregando las fotografías y los mensajes que había recibido. Después llamé a Patricia, quien me aconsejó conservar todas las pruebas y no intentar una confrontación sin ayuda.
Pero mientras esperaba noticias, mi teléfono volvió a vibrar.
Era un mensaje de un número desconocido.
Contenía una fotografía de Emily sentada en una habitación que no reconocía. Estaba pálida, con una mano sobre el vientre, pero consciente.
Debajo había una dirección y una frase:
Ven solo. Si traes a la policía, no volverás a ver a tu esposa hasta que estés dispuesto a escuchar la verdad.
Llamé inmediatamente a Patricia.
—Tengo la dirección —le dije—. Voy a ir.
—Daniel, no hagas nada impulsivo. Comparte la ubicación con las autoridades y espera instrucciones.
—No voy a dejar a Emily sola.
—Nadie te está pidiendo que la abandones. Te estoy pidiendo que no les entregues otra ventaja.
Respiré profundamente.
Tenía razón.
Envié la ubicación a la policía y expliqué que Emily estaba embarazada de ocho meses y que necesitaba asistencia médica si presentaba cualquier complicación.
Después conduje hasta el lugar indicado, siguiendo las instrucciones de los agentes que me acompañaban a distancia.
Era una casa antigua en las afueras de la ciudad.
La puerta principal estaba entreabierta.
Entré llamando a mi esposa.
—¡Emily!
La encontré sentada en un sillón, con una manta sobre las piernas. Gabriel estaba junto a la ventana y mi madre permanecía de pie detrás de ella.
Corrí hacia Emily.
—¿Estás bien? ¿Te hicieron daño?
Ella negó con la cabeza y se aferró a mí.
—Estoy bien. El bebé se mueve.
La abracé con cuidado y levanté la mirada hacia mi madre.
—¿Qué demonios te pasa?
Diane no respondió.
Gabriel se adelantó.
—Daniel, tienes que escuchar lo que vamos a decirte antes de tomar cualquier decisión.
—No. Ustedes van a escucharme a mí. Si vuelven a acercarse a Emily sin su consentimiento, voy a entregar todas las pruebas a las autoridades.
Mi madre soltó una risa amarga.
—¿Qué pruebas? ¿Una carta de un hombre muerto? ¿Una grabación incompleta? ¿Una historia inventada por una anciana que ni siquiera sabe lo que vio?
—Tengo los documentos del fideicomiso. Tengo los registros de las transferencias. Y tengo la grabación en la que admites que sabías que Laura estaba viva.
Diane palideció.
Gabriel cerró los ojos.
Por primera vez, ninguno de los dos intentó negarlo.
Entonces mi madre hizo algo que jamás habría esperado.
Se acercó a Emily, se arrodilló frente a ella y comenzó a llorar.
—Perdóname, por favor. No quería que esto llegara tan lejos.
Emily se apartó de inmediato.
—No me toque.
Diane se quedó inmóvil.
Yo la miré con desprecio.
—Levántate.
Mi madre obedeció lentamente.
Después me miró a los ojos.
—Hay algo que tienes que saber sobre el hombre que engendró a tu hijo.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Qué tiene que ver mi bebé con todo esto?
Diane tragó saliva.
—La prueba de ADN que tu padre dejó en la caja fuerte no fue solicitada para descubrir quién era tu padre biológico.
Señaló a Emily.
—Fue solicitada para comprobar si tu hijo estaba relacionado con un hombre que lleva treinta y cuatro años ocultándose de nosotros.
Miré a mi esposa.
Ella parecía tan confundida como yo.
—¿Quién es ese hombre? —pregunté.
Mi madre comenzó a llorar otra vez.
Gabriel se acercó a ella y le susurró algo al oído.
Diane negó con la cabeza.
—No puedo decírtelo.
—¡Dímelo ahora!
Mi madre levantó el rostro.
Y entonces pronunció el nombre que hizo que Gabriel retrocediera como si hubiera recibido un golpe.
—Andrés Salinas.
Me quedé helado.
El mismo hombre que había entregado la caja a Emily.
El mismo que decía haber trabajado con mi padre.
El mismo que conocía la verdad sobre mi nacimiento.
Miré a mi esposa, incapaz de comprender lo que acababa de escuchar.
Emily me apretó la mano.
—Daniel, yo nunca he conocido a ese hombre antes de la llamada.
Pero mi madre ya no parecía interesada en convencerme.
Miraba fijamente el vientre de Emily.
Y en sus ojos había un terror que nunca había visto.
—Si el bebé lleva su sangre —susurró—, entonces la historia va a repetirse.
En ese momento, el teléfono de Gabriel comenzó a sonar.
Él miró la pantalla y perdió el color del rostro.
Después contestó.
Escuchó unos segundos.
Y cuando colgó, se volvió hacia mí con una expresión de absoluto pánico.
—Daniel, tenemos que salir de aquí. Acaban de encontrar a Laura.
Mi corazón se detuvo.
—¿Mi madre biológica está viva?
Gabriel asintió.
—Sí. Pero hay algo que no te han contado. Laura no desapareció por voluntad propia.
Me acerqué a él.
—¿Quién la ocultó?
Gabriel miró a Diane.
Mi madre retrocedió hasta chocar con la pared.
Y entonces Gabriel pronunció las palabras que terminaron de destruir la imagen que yo había conservado de ella durante treinta y cuatro años.
—Fue tu madre, Daniel. Diane sabe dónde estuvo Laura todos estos años. Y sabe por qué nunca pudo regresar a buscarte.
La policía llegó a la casa segundos después.
Mientras los agentes entraban, Emily se aferró a mi brazo y comenzó a llorar.
Yo la abracé, mirando a Diane mientras le colocaban las esposas.
Mi madre no intentó resistirse.
Solo me observó con los ojos llenos de lágrimas.
—No entiendes, Daniel —susurró—. Todo lo hice porque te amaba.
Pero cuando la sacaron de la casa, su teléfono cayó al suelo.
La pantalla se iluminó.
Había llegado un mensaje nuevo.
El remitente era un número desconocido.
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Y el texto decía:
*«Laura ya está despierta. Si habla, todos sabrán quién es el verdadero padre de Daniel… y quién es el padre del bebé que espera Emily».*
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