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Chapter 4: La mujer que conocía el último secreto de Grant

A las seis en punto, Audrey entró a la cafetería del centro con una fotografía de su esposo guardada en el bolso y una pregunta que podía cambiarlo todo: ¿quién había traicionado a Grant antes de su muerte?

El lugar estaba casi vacío. Una pareja compartía una rebanada de pastel junto a la ventana, mientras el encargado limpiaba la máquina de café detrás del mostrador. Afuera, el tráfico avanzaba lentamente entre cláxones y luces rojas.

Audrey eligió una mesa desde la que podía ver la entrada.

Había dejado a Poppy con Rosa, una vecina de confianza que conocía a la niña desde que era bebé. Antes de salir, le había prometido que regresaría pronto y que no permitiría que nadie volviera a asustarla.

Pero mientras esperaba, no dejaba de mirar su teléfono.

A las seis con siete minutos, una mujer entró apresuradamente.

Llevaba un abrigo gris, lentes oscuros y una bolsa de tela apretada contra el pecho. Miró hacia las ventanas, luego hacia el mostrador y finalmente encontró a Audrey.

Se acercó sin sonreír.

—¿Usted es la esposa de Grant Bennett?

—Sí. ¿Es Elena Vargas?

La mujer no respondió inmediatamente.

—Antes de contestarle, necesito saber cuánto le contó Daniel Ruiz.

—Me dijo que mi esposo investigaba movimientos financieros relacionados con una cuenta. También encontré una nota con su nombre.

Elena cerró los ojos.

—Entonces Grant sí dejó algo.

Se sentó frente a Audrey y colocó la bolsa sobre sus rodillas.

—¿Dónde está el archivo original?

—No lo tengo. Mi suegra lo está buscando. Creo que ella se llevó un sobre del despacho después de la muerte de Grant.

Elena se puso pálida.

—Dios mío. Entonces todavía no ha conseguido destruirlo.

Audrey se inclinó hacia delante.

—¿Destruir qué? Necesito que deje de hablarme a medias. Mi hija está siendo amenazada con que podrían separarla de mí.

Una mujer fue a su escuela a cuestionar su adopción. Si usted sabe algo, dígamelo.

Elena observó a Audrey durante varios segundos.

Finalmente, sacó un pequeño dispositivo de almacenamiento de la bolsa.

—Grant me entregó esto dos días antes del accidente. Me pidió que lo conservara hasta que usted estuviera preparada para recibirlo.

Audrey miró el dispositivo.

—¿Por qué no me lo entregó antes?

—Porque Margaret me amenazó.

La respuesta cayó entre ambas como una piedra.

—¿Con qué?

Elena se quitó los lentes.

Tenía los ojos enrojecidos y profundas ojeras.

—Con acusarme de robar dinero de la empresa. Me dijo que tenía documentos suficientes para destruir mi reputación y hacer que perdiera mi casa. Tengo una hija estudiando enfermería. No podía arriesgarme a que la involucraran.

Audrey respiró lentamente.

—¿Qué hizo usted para que Margaret la amenazara?

Elena bajó la mirada.

—Durante años llevé parte de la contabilidad administrativa de la fundación familiar. Al principio todo era legítimo. Había becas, apoyos para familias y programas para niños que necesitaban atención médica. Después comenzaron a llegar instrucciones para transferir dinero a compañías que no tenían relación con esos programas.

—¿Y usted obedeció?

—Al principio sí. Me dijeron que eran inversiones autorizadas. Cuando empecé a preguntar, me ordenaron modificar las descripciones de algunos movimientos. Me negué a seguir haciéndolo cuando descubrí que una parte del dinero terminaba en cuentas privadas.

Audrey sintió náuseas.

—¿Cuánto dinero?

—No puedo darle una cifra definitiva. Pero hablamos de varios millones de pesos a lo largo de los años.

—¿Y Grant lo descubrió?

Elena asintió.

—Él pidió una revisión independiente. Cuando vi que realmente quería investigar, le entregué copias de algunos registros. Después descubrimos que las transferencias estaban relacionadas con una empresa llamada Vesper Holdings.

Audrey buscó el nombre en los papeles que había revisado con Daniel.

No lo encontró.

—¿Quién es el dueño de esa empresa?

Elena respiró hondo.

—Oficialmente, una sociedad registrada fuera del estado. Pero los documentos internos señalaban a un intermediario que recibía instrucciones de Margaret. También aparecía el nombre de Vanessa Cole.

Audrey apretó los dedos alrededor de su taza.

—¿Vanessa trabajaba para mi suegra?

—No lo sé con certeza. Cuando Grant comenzó a investigar, ella ya tenía una relación personal con él. Margaret aseguraba que Vanessa era una mujer de confianza y que estaba ayudando a organizar ciertos asuntos patrimoniales.

—¿Mi esposo sabía que ella era su amante cuando descubrió las transferencias?

—Sí. Y estaba destrozado por lo que había hecho. Me dijo que no quería utilizar la investigación para vengarse de ella. Quería saber si Vanessa estaba involucrada en el fraude o si alguien había utilizado su nombre.

Audrey recordó las noches en que Grant llegaba tarde, la manera en que evitaba mirarla a los ojos y las discusiones que terminaron por abrir una grieta en su matrimonio.

Había imaginado muchas explicaciones para su comportamiento.

Nunca imaginó que, al mismo tiempo, él estuviera descubriendo un posible delito dentro de su propia familia.

—¿Qué contiene el dispositivo? —preguntó.

—Correos electrónicos, copias de transferencias y un archivo de audio. Grant lo grabó durante una reunión con una persona que conocía la estructura de las cuentas.

—¿Quién aparece en la grabación?

Elena vaciló.

—Margaret.

Audrey sintió que el aire se le escapaba.

—¿Mi suegra confesó algo?

—No exactamente. Pero habla de los movimientos financieros, de una cuenta que debía cerrarse y de un documento que no podía llegar a manos de Grant. También menciona que el nacimiento del bebé podía facilitar ciertos cambios en la administración de los bienes.

Audrey recordó las palabras de Vanessa.

Cuando nazca mi hijo, todo va a cambiar.

De pronto, aquella amenaza adquirió un significado mucho más oscuro.

—¿El bebé está relacionado con el fraude?

—No puedo afirmarlo. Lo que sí sé es que Margaret quería utilizar su nacimiento como argumento para reclamar más control sobre la herencia. Pero el testamento de Grant no le daba ese poder.

Audrey sacó el teléfono.

—Voy a llamar a Daniel.

Elena la sujetó suavemente de la muñeca.

—Espere.

Su expresión había cambiado.

Miraba hacia la ventana.

Al otro lado de la calle, un hombre permanecía junto a un automóvil negro. Sostenía un teléfono y parecía observar la cafetería.

—¿Lo conoce? —susurró Audrey.

—No. Pero lo he visto cerca de mi casa dos veces esta semana.

Elena recogió apresuradamente sus cosas.

—Tenemos que irnos.

Audrey se levantó.

—No voy a salir corriendo cada vez que alguien aparezca. Ya estoy cansada de tener miedo.

—No entiende. Margaret no trabaja sola.

En ese instante, el teléfono de Elena vibró.

Leyó el mensaje y perdió el color del rostro.

—¿Qué pasa?

Elena le mostró la pantalla.

Era una fotografía de su hija saliendo del hospital donde realizaba sus prácticas.

Debajo había una frase:

«Deja de hablar con Audrey Bennett si quieres que tu hija termine sus estudios en paz».

Audrey sintió una oleada de indignación.

—Esto es una amenaza.

—Por eso necesito que me prometa algo —dijo Elena, con la voz quebrada—. No entregue ese dispositivo a nadie sin hacer copias y asegurarse de que las autoridades tengan los archivos. Si Margaret descubre que lo tiene, intentará recuperarlo.

Audrey tomó el dispositivo.

—Se lo prometo.

Elena se levantó y se dirigió hacia la puerta trasera de la cafetería.

Antes de salir, se volvió una última vez.

—Hay otra cosa que debe saber. Grant no solo investigaba el dinero. Estaba buscando un documento relacionado con la adopción de Poppy.

Audrey sintió que las piernas le fallaban.

—¿Qué tiene que ver mi hija con esto?

Elena abrió la boca para responder.

Pero el hombre del automóvil negro entró a la cafetería.

Miró directamente a Elena.

—Señora Vargas —dijo con una sonrisa desagradable—. La señora Bennett quiere verla.

Elena retrocedió.

Audrey se interpuso.

—Ella no va a ninguna parte con usted.

El hombre la observó de arriba abajo.

—Esto no tiene nada que ver con usted, señora Bennett.

—Acaba de amenazar a una mujer que está conmigo. Claro que tiene que ver conmigo.

El hombre dejó de sonreír.

—Le recomiendo que no se involucre en asuntos que no comprende.

Audrey sacó su teléfono y comenzó a grabar.

—Repita eso. Quiero tenerlo registrado.

El hombre miró la cámara, soltó una maldición y salió de la cafetería.

Elena temblaba.

—Ya sabe que estoy hablando.

Audrey guardó el teléfono.

—Entonces dejaremos de escondernos.

—No sabe lo que está diciendo.

—Sé que mi hija merece vivir sin miedo. Y sé que Grant no habría querido que usted siguiera pagando por decir la verdad.

Elena la miró con lágrimas en los ojos.

—Hay un documento en la caja de seguridad. Si conseguimos abrirla, entenderá por qué Margaret está desesperada.

—¿Qué documento?

Elena tragó saliva.

—El original de una modificación al fideicomiso familiar. Y una declaración que Grant preparó para proteger a Poppy si alguien intentaba cuestionar su lugar en la familia.

Audrey recordó la hoja encontrada por su hija.

La persona que puede demostrarlo es quien ayudó a Margaret a firmar los documentos originales.

—¿Usted firmó esos documentos?

—No. Yo ayudé a preparar los registros administrativos. Pero quien autorizó las modificaciones fue Margaret.

Elena bajó la voz.

—Y hay algo más. En la declaración, Grant escribió que si él moría antes de que concluyera la investigación, cualquier intento de excluir a Poppy de la herencia debía ser revisado como parte de una posible maniobra para ocultar el fraude.

Audrey sintió que todo comenzaba a encajar.

La insistencia de Margaret en revisar el despacho.

La visita a la escuela.

La obsesión por el bebé biológico.

No se trataba únicamente de despreciar a una niña adoptada.

Margaret necesitaba controlar la herencia antes de que alguien descubriera lo que había hecho.

Audrey apretó el dispositivo contra su pecho.

—Vamos a encontrar ese documento.

Elena asintió.

Pero cuando ambas salieron por la puerta trasera, Audrey recibió una llamada de Rosa.

Contestó de inmediato.

—¿Qué pasó?

La voz de su vecina temblaba.

—Audrey, tienes que venir a tu casa. Margaret acaba de llegar con un abogado y dos policías. Está diciendo que tiene una orden para revisar tus documentos y que tú estás ocultando bienes de Grant.

Audrey se quedó helada.

—¿Qué?

—Y está preguntando por Poppy.

La llamada terminó abruptamente.

Audrey echó a correr hacia su automóvil.

Por primera vez desde la muerte de Grant, comprendió que su suegra ya no estaba dispuesta a conformarse con amenazas.

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Había decidido atacar de frente.

Y, si Audrey no lograba demostrar la verdad, Margaret podía convertir su desesperación por proteger a su hija en el arma perfecta para destruirla.

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