Chapter 2: La mujer embarazada entró por la puerta trasera
Margaret no llegó sola.
Detrás de ella apareció una mujer de cabello castaño, vestido color crema y una mano descansando sobre su vientre de siete meses.
Vanessa Cole.
La misma mujer cuyos mensajes habían destrozado el matrimonio de Audrey.
La misma que, después de la muerte de Grant, había enviado una carta exigiendo que se reconocieran los derechos de su hijo sobre la herencia Bennett.
Y la misma que ahora entraba a la casa con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
—Qué bonita está la casa —comentó Vanessa, mirando alrededor—. Grant me hablaba mucho de ella.
Audrey se plantó frente a las dos.
—No recuerdo haberte invitado.
Margaret dejó su bolso sobre la mesa de la entrada.
—No vamos a hacer una escena. Vanessa está embarazada y no necesita estrés.
—Entonces debieron quedarse en su casa.
Vanessa bajó la mirada hacia su vientre, fingiendo incomodidad.
—No quiero causar problemas. Solo pensé que, por el bien de los niños, podríamos hablar como adultas.
—¿De qué niños estás hablando? —preguntó Audrey—. Porque la única niña que vive aquí acaba de enterarse de que tú y Margaret creen que su padre tiene una hija de verdad en camino.
Vanessa parpadeó.
Margaret giró la cabeza hacia su nuera.
—No pongas palabras en mi boca.
—Poppy repitió exactamente lo que le dijiste.
—Los niños interpretan mal las cosas.
—Entonces será mejor que seas más cuidadosa con lo que dices delante de ella.
Vanessa soltó un suspiro.
—Audrey, entiendo que estés dolida por lo de Grant. Pero no puedes castigar a mi bebé por las decisiones de su padre.
Audrey la miró fijamente.
—¿Castigarte? ¿Te parece un castigo que no quiera recibirte en mi casa?
—Este bebé también es hijo de Grant.
—Y Poppy también.
—No es lo mismo.
La respuesta salió demasiado rápido.
Las tres mujeres se quedaron en silencio.
Vanessa se llevó una mano a la boca, como si acabara de decir algo que no debía.
Margaret, en cambio, levantó la barbilla.
—No vamos a fingir que las circunstancias son iguales. Poppy fue adoptada. El bebé de Vanessa lleva la sangre de Grant. Eso tiene un significado para nuestra familia.
Audrey sintió que el calor le subía por el cuello.
—¿Sabes qué tiene significado para nuestra familia? Que Grant se levantaba a las seis de la mañana para preparar el desayuno de Poppy. Que se aprendió de memoria las canciones que le gustaban.
Que se quedó sentado junto a su cama durante tres noches cuando tuvo fiebre. Que lloró cuando ella lo llamó papá por primera vez.
Margaret apartó la mirada.
—No estoy negando que mi hijo la quisiera.
—Entonces deja de hablar como si Poppy fuera un error que él cometió.
Vanessa se acomodó en el sofá sin pedir permiso.
—Mi bebé va a necesitar un futuro. Grant tenía responsabilidades económicas conmigo.
—¿Responsabilidades? —Audrey cruzó los brazos—. ¿También tenía responsabilidades cuando te llevaba de viaje mientras yo esperaba en casa? ¿O cuando te compraba regalos y después me decía que tenía reuniones?
Vanessa se puso roja.
—No tienes derecho a juzgar nuestra relación.
—Y tú no tienes derecho a venir a mi casa a exigir nada.
Margaret golpeó la mesa con la palma.
—¡Basta! No voy a permitir que humilles a Vanessa delante de su hijo.
Audrey la miró con incredulidad.
—¿Y quién va a proteger a mi hija cuando tú la humillas delante de mí?
Por primera vez, Margaret no encontró una respuesta inmediata.
Un pequeño ruido llegó desde las escaleras.
Audrey se volvió.
Poppy estaba parada en el último escalón, abrazando un conejo de peluche contra el pecho.
Había escuchado todo.
Vanessa la miró con una expresión que Audrey no pudo descifrar.
—Hola, Poppy —dijo, suavizando la voz—. ¿Cómo estás, preciosa?
La niña no respondió.
Margaret extendió los brazos.
—Ven con la abuelita, mi vida.
Poppy bajó un escalón, pero se detuvo.
—¿Tú eres la mamá del bebé que va a ocupar mi cuarto?
Vanessa se quedó inmóvil.
Audrey sintió una punzada de dolor al ver el miedo en los ojos de su hija.
—No, corazón —respondió Vanessa—. Nadie va a ocupar tu cuarto.
—La abuelita dijo que el bebé necesita el cuarto de papá.
Margaret se levantó de golpe.
—¡Poppy! No debes repetir conversaciones de adultos.
La niña retrocedió.
Audrey se interpuso inmediatamente.
—No le grites.
—Estoy intentando educarla.
—No eres su madre.
—Soy su abuela.
—Entonces compórtate como una.
Vanessa se puso de pie con dificultad y apoyó una mano en el respaldo del sofá.
—Esto es absurdo. Nadie quiere quitarle nada a la niña.
Poppy miró su vientre.
—¿El bebé sabe que yo existo?
Vanessa abrió la boca, pero no respondió.
Aquella pausa fue más cruel que cualquier insulto.
Audrey se agachó frente a su hija.
—Ve a tu cuarto, mi amor. Voy a subir en un momento.
Poppy asintió y desapareció por el pasillo.
Audrey esperó hasta escuchar el cierre de la puerta.
Después se volvió hacia las dos mujeres.
—Se acabó. Las dos se van.
Margaret recogió su bolso, pero no se movió hacia la salida.
—Primero necesito revisar el despacho de Grant.
Audrey sintió que la advertencia escrita en la carpeta negra le quemaba la memoria.
—No.
—No me obligues a hacer esto difícil.
—Ya lo hiciste difícil cuando decidiste que mi hija valía menos que un bebé que todavía no ha nacido.
Margaret se acercó.
—Escúchame bien. Hay documentos que pertenecen a la familia Bennett. No tienes derecho a esconderlos.
—Si pertenecen a la empresa, tu abogado puede solicitarlos formalmente.
—No estoy hablando de documentos de la empresa.
Audrey notó que Vanessa dejaba de fingir incomodidad.
Las dos intercambiaron una mirada rápida.
Demasiado rápida para ser casual.
—¿Qué están buscando? —preguntó Audrey.
—Nada que te interese —respondió Margaret.
—Entonces no tendrás problema en decírmelo.
—Abre el despacho.
—Fuera de mi casa.
La expresión de Margaret cambió.
La máscara de abuela preocupada desapareció, dejando al descubierto una mujer acostumbrada a conseguir lo que quería.
—Cometiste un error al comprarme mi parte de esta propiedad —dijo en voz baja—. Creíste que, porque pagaste, podías borrarme de la vida de mi hijo.
Audrey no retrocedió.
—No te borré de nada. Tú solita decidiste convertirte en una amenaza para mi hija.
—Esa niña no es una Bennett.
—Su apellido está en sus documentos de adopción. Su padre la llamó hija hasta el último día de su vida. Y si vuelves a decir algo distinto delante de ella, te juro que no volverás a entrar aquí.
Margaret apretó los labios.
Vanessa se acercó a ella y le susurró algo al oído.
Audrey no alcanzó a escuchar las palabras, pero sí vio la reacción de su suegra.
Un destello de pánico.
Duró apenas un segundo.
Después Margaret volvió a levantar la barbilla.
—Nos vamos por ahora —anunció—. Pero esto no ha terminado.
—Por fin estamos de acuerdo en algo.
Margaret caminó hacia la puerta principal.
Vanessa la siguió, aunque antes de salir se volvió hacia Audrey.
—Cuando nazca mi hijo, todo va a cambiar.
—Para ti, quizá.
Vanessa sonrió de lado.
—No tienes idea de lo que Grant dejó preparado.
Audrey sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Qué significa eso?
Pero Vanessa ya había cruzado la puerta.
Audrey cerró y echó el cerrojo.
Se quedó apoyada contra la madera, intentando ordenar sus pensamientos.
La carpeta negra.
La cuenta 714.
La reacción de Margaret.
Y ahora aquella frase de Vanessa.
No tienes idea de lo que Grant dejó preparado.
Audrey subió corriendo al despacho.
Abrió el cajón inferior y sacó la carpeta.
Revisó cada hoja con más cuidado. Había movimientos bancarios, informes internos y copias de correos impresos.
En uno de ellos, Grant había escrito a su abogado:
«Si no logro resolverlo personalmente, quiero que Audrey reciba el sobre sellado. No debe abrirse hasta que se confirme la identidad del beneficiario de la cuenta 714».
Debajo aparecía una fecha: dos días antes del accidente.
Audrey buscó el sobre.
No estaba.
Revisó el escritorio, los estantes y el archivador metálico.
Nada.
Entonces recordó que la mañana siguiente a la muerte de Grant, Margaret había insistido en ayudarla a organizar sus documentos personales.
Audrey había estado sedada por el dolor y apenas recordaba aquella visita.
Su suegra había permanecido sola en el despacho durante casi veinte minutos.
Veinte minutos que ahora parecían una eternidad.
Audrey tomó su teléfono y llamó a Daniel Ruiz, el abogado que había llevado la adopción de Poppy y que también había asesorado a Grant en varios asuntos personales.
Daniel contestó al segundo tono.
—Audrey, ¿todo bien?
—Necesito hacerte una pregunta sobre los archivos de Grant.
El tono de Daniel cambió.
—¿Qué encontraste?
Audrey se quedó helada.
—¿Por qué preguntas eso?
Hubo una pausa.
—Porque Grant me pidió que esperara a que tú me llamaras. Me dijo que, si alguien empezaba a buscar una carpeta negra o preguntaba por la cuenta 714, debía entregarte algo.
Audrey se sentó lentamente.
—¿Qué cosa?
—Un documento que tu esposo dejó bajo custodia. Pero antes de entregártelo necesito confirmar algo.
—¿Qué?
Daniel respiró profundamente.
—¿Margaret Bennett ya fue a tu casa?
Audrey miró hacia la puerta cerrada del despacho.
—Sí. Vino con Vanessa.
Del otro lado se escuchó un golpe seco, como si Daniel hubiera dejado caer algo sobre su escritorio.
—Entonces tenemos menos tiempo del que creía.
—Daniel, ¿qué está pasando?
—No puedo explicártelo por teléfono. Necesito que vengas mañana a mi oficina. Y, Audrey, escucha con atención: no le digas a Margaret que encontraste esa carpeta.
Audrey apretó el teléfono.
—Ella ya sabe que existe.
—¿Cómo estás segura?
Audrey recordó la mirada que su suegra había lanzado hacia el cajón inferior antes de exigirle que abriera el despacho.
—Porque cuando entró a esta casa, no preguntó por las pertenencias de Grant. Preguntó por un archivo que no debería conocer.
Daniel guardó silencio unos segundos.
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Después pronunció una frase que hizo que Audrey sintiera frío hasta en las manos.
—Grant no estaba investigando solamente a Vanessa. Estaba investigando a su propia madre.
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