Chapter 7: El hombre que iba a casarse conmigo acababa de demostrar que mi vida también estaba en peligro
La primera señal de que Daniel había dejado de fingir llegó a las siete de la mañana, cuando encontré a un desconocido esperándome frente a mi edificio.
Estaba recargado en un automóvil negro, con un teléfono en la mano y la mirada fija en la entrada.
Cuando salí, levantó la cabeza.
—¿Claire Bennett?
Me detuve.
—¿Quién pregunta?
—Un amigo de la familia Mercer.
No me gustó su respuesta.
Tampoco me gustó que supiera mi nombre completo.
—¿Qué quiere?
Se acercó dos pasos, sin invadir del todo mi espacio.
—El señor Mercer me pidió que le entregara un mensaje. Quiere que deje de visitar al abogado Thomas Reed y que devuelva ciertos documentos que no le pertenecen.
Sentí un escalofrío.
—No sé de qué me habla.
El hombre soltó una sonrisa sin humor.
—Señorita, no vine a discutir. Me pidieron que le transmitiera el mensaje con respeto. La familia está dispuesta a resolver las cosas de manera privada, siempre y cuando usted coopere.
—¿Y si no coopero?
Su sonrisa desapareció.
—Entonces las cosas podrían complicarse.
Lo miré fijamente.
Durante muchos años había pensado que las personas peligrosas siempre gritaban, amenazaban o golpeaban una mesa para demostrar autoridad.
Aquel hombre no hizo nada de eso.
Precisamente por eso me dio miedo.
Saqué mi teléfono y lo sostuve a la altura del pecho.
—Repita lo que acaba de decir.
Él retrocedió inmediatamente.
—No tengo nada más que decirle.
—Entonces puede marcharse.
Me sostuvo la mirada un segundo y regresó al automóvil.
Esperé hasta que se alejó antes de entrar al edificio.
Tenía las manos heladas.
Subí a mi departamento, cerré las tres cerraduras y llamé a Thomas.
Le conté lo ocurrido.
—No lo confronte —me recomendó—. Guarde cualquier mensaje, anote la hora y documente los hechos. Si vuelve a sentirse amenazada, llame a las autoridades. Y no se reúna a solas con Daniel ni con sus padres.
—¿Cree que Daniel mandó a ese hombre?
—No puedo afirmarlo, Claire. Pero, después de lo que me ha contado, debemos actuar con prudencia.
Me senté junto a la ventana.
Abajo, la calle parecía completamente normal. La gente caminaba hacia el trabajo, los repartidores descargaban cajas y un autobús frenaba en la esquina.
Era absurdo pensar que mi vida podía haberse vuelto peligrosa mientras el mundo seguía comportándose como cualquier otra mañana.
—Hay algo más —le dije—. Emily sigue en esa casa.
—Lo sé.
—Necesito sacarla de ahí.
Thomas guardó silencio unos segundos.
—Ayudarla no significa que deba entrar usted misma a la propiedad. Primero intentaré comunicarme con ella por medio de los contactos legales disponibles. Si existe un riesgo inmediato para su seguridad, debemos solicitar ayuda de las autoridades. No podemos esperar a reunir pruebas perfectas si está en peligro.
Aquellas palabras me tranquilizaron, aunque no lo suficiente.
Después de colgar, escribí un mensaje a Emily desde un número que ella había utilizado antes de que su familia le quitara el teléfono.
No esperaba recibir respuesta.
Sin embargo, treinta minutos después apareció una notificación.
Estoy bien. Por ahora.
El mensaje siguiente llegó de inmediato.
Mañana quieren que firme los documentos. Mi papá dice que, si no lo hago, tendrá que internarme para que me estabilicen.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Respondí:
No firmes nada que no entiendas. Thomas Reed está revisando el fideicomiso. Vamos a buscar una manera legal de ayudarte.
Emily tardó varios minutos en contestar.
Claire, encontré algo en el despacho de mi papá. Creo que es más importante que los correos.
¿Qué encontraste?
Un contrato de préstamo. Daniel utilizó mi nombre sin permiso.
Antes de que pudiera responder, llegó una fotografía.
Era una página de un documento financiero. El nombre de Emily aparecía junto a una cifra que me hizo abrir los ojos.
El préstamo superaba los dos millones de dólares.
Debajo estaba escrito el nombre de una sociedad vinculada a las inversiones de Daniel.
Y en el apartado de garantías se mencionaba una participación perteneciente al fideicomiso de Eleanor.
No parecía una operación autorizada por Emily.
Pero necesitábamos verificar el documento antes de sacar conclusiones.
Le pedí que no intentara obtener más papeles si eso la ponía en peligro.
Ella contestó con una sola frase.
No entiendes, Claire. Si no detengo esto, van a decir que soy yo quien debe ese dinero.
Guardé la fotografía y se la envié a Thomas.
Su respuesta llegó diez minutos después.
No haga nada más por ahora. Necesito verificar si existe una garantía registrada y quién la autorizó. ¿Puede hablar conmigo y Emily de manera segura?
Le dije que sí.
Por primera vez, teníamos algo más concreto que sospechas.
Aquella tarde, Thomas consiguió que Emily hablara unos minutos con él por teléfono, utilizando el número de una línea fija de la mansión.
La conversación fue breve.
Emily explicó que sus padres conservaban sus documentos personales y que no tenía acceso libre a sus cuentas. También dijo que la obligaban a permanecer en su habitación durante varias horas al día.
Thomas le explicó sus opciones y le preguntó si temía por su seguridad inmediata.
—Sí —respondió ella.
Escuchar esas palabras a través del altavoz me dejó sin aliento.
No porque no hubiera imaginado lo que estaba viviendo.
Sino porque Emily, que durante tanto tiempo había intentado demostrar que podía soportarlo todo, finalmente había admitido que tenía miedo.
Thomas le pidió que no firmara documentos sin asesoría y que, si alguien intentaba trasladarla contra su voluntad o amenazarla físicamente, buscara ayuda inmediata.
También comenzó a preparar una solicitud formal para acceder a los documentos del fideicomiso y revisar las operaciones cuestionadas.
Cuando terminó la llamada, me volví hacia él.
—No podemos esperar demasiado.
—No vamos a hacerlo —respondió—. Pero debemos distinguir entre lo que sospechamos y lo que podemos demostrar. Esa diferencia puede proteger a Emily de nuevas acusaciones.
Asentí.
No necesitaba una venganza espectacular.
Necesitaba que Emily recuperara su libertad y que los responsables no pudieran esconderse detrás del dinero.
Sin embargo, los Mercer no estaban dispuestos a esperar.
Esa misma noche recibí una invitación a una cena privada en la mansión.
El mensaje provenía de Daniel.
Mi padre quiere reunirnos a todos para aclarar los malentendidos antes de la boda. Emily estará presente. Necesitamos recuperar la confianza.
Le mostré el mensaje a Thomas.
—No me gusta —dijo.
—A mí tampoco.
—No vaya sola. Y si decide asistir, no acepte documentos ni firme nada.
Le expliqué que quería ver a Emily y comprobar su estado.
Después de discutir las precauciones, acordamos que Thomas enviaría una solicitud formal para revisar los documentos del fideicomiso al día siguiente. Yo asistiría a la cena, pero mantendría mi teléfono conmigo y no aceptaría quedarme si me sentía amenazada.
No era el plan ideal.
Era el único modo razonable de acercarme a Emily sin ponerla en una situación más difícil.
A las seis y media llegué a la mansión.
Victoria me recibió en la puerta con una sonrisa perfecta.
—Claire, querida. Qué bueno que viniste.
Su abrazo fue frío.
Daniel apareció detrás de ella.
—Amor.
Intentó besarme.
Giré el rostro para que sus labios rozaran mi mejilla.
Su sonrisa vaciló.
—Tenemos que hablar —murmuró.
—Eso parece.
Richard nos esperaba en el comedor.
Emily también estaba allí.
Cuando la vi, sentí una mezcla de alivio y rabia.
Parecía aún más delgada que la primera vez. Llevaba un vestido azul que le quedaba holgado y tenía los labios resecos.
Pero sus ojos seguían despiertos.
Cuando nuestros ojos se encontraron, me hizo un movimiento casi imperceptible con la cabeza.
Estaba consciente.
Me reconocía.
Y seguía resistiendo.
La cena fue extrañamente cordial.
Victoria había preparado pescado, verduras y una ensalada que apenas toqué. Emily tenía delante un plato de sopa y una pequeña porción de pan.
Nadie mencionó su dieta.
Nadie la acusó de dramatizar.
Por unos minutos, los Mercer parecieron una familia normal intentando reparar una discusión.
Entonces Richard dejó los cubiertos y colocó una carpeta sobre la mesa.
—Creo que ha llegado el momento de terminar con este asunto.
Emily se tensó.
Daniel se aclaró la garganta.
—Son documentos que nos ayudarán a resolver el fideicomiso de manera ordenada.
—¿Qué documentos? —pregunté.
Richard me miró con impaciencia.
—Cuestiones administrativas que no te conciernen directamente.
—Mi nombre aparece en algunos de ellos. Así que sí me conciernen.
Victoria apretó los labios.
Daniel abrió la carpeta y sacó un paquete de hojas.
—Claire, esto no es lo que parece.
—Todavía no he dicho qué parece.
Richard golpeó suavemente la mesa.
—Ya basta de juegos.
Emily miró los documentos.
Por primera vez aquella noche, su voz sonó firme.
—No voy a firmar.
Su padre se volvió hacia ella.
—Ni siquiera has escuchado la explicación.
—Ya la escuché muchas veces.
—Entonces deberías entender que estamos intentando ayudarte.
—No. Están intentando que renuncie a mis derechos.
Victoria se levantó.
—¡Qué manera de agradecer todo lo que hacemos por ti!
Emily no retrocedió.
—Quiero que me devuelvan mi teléfono y mis documentos. Quiero hablar con un médico que no elijan ustedes. Y quiero que dejen de utilizar mi dinero para pagar las deudas de Daniel.
El rostro de mi prometido perdió el color.
Richard cerró la carpeta de golpe.
—¿Quién te dijo eso?
Emily lo miró.
—Los documentos hablan por sí mismos.
Daniel se levantó tan rápido que su silla cayó hacia atrás.
—¡No sabes lo que estás diciendo!
Me puse de pie también.
—No le hables así.
Él se volvió hacia mí.
—Tú no te metas.
La frase quedó suspendida en el aire.
Victoria cerró los ojos como si lamentara que su hijo hubiera perdido la paciencia delante de mí.
Yo, en cambio, acababa de obtener la respuesta que necesitaba.
Daniel ya no estaba intentando convencerme.
Estaba intentando silenciarme.
Saqué mi teléfono y lo dejé sobre la mesa.
—Quiero ver el contrato de préstamo completo.
Richard me observó con una mezcla de sorpresa y furia.
—Esta es una conversación familiar.
—Entonces no deberían tenerle miedo a los documentos.
Daniel extendió la mano hacia mi teléfono.
Lo retiré antes de que pudiera alcanzarlo.
—No vuelvas a hacer eso.
Su rostro se endureció.
Y entonces Emily pronunció las palabras que cambiaron la noche.
—Claire, no firmes nada que te entreguen. Mi abuela dejó instrucciones sobre lo que debía ocurrir si alguien intentaba utilizar mi incapacidad para apropiarse del fideicomiso.
Victoria palideció.
Richard dejó de moverse.
Daniel miró a su madre.
Fue un intercambio rápido, casi invisible.
Pero yo lo vi.
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La familia Mercer no había contado con que Emily pronunciara aquellas palabras delante de mí.
Y ahora sabían que el secreto estaba a punto de salir a la luz.
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