Chapter 4: Mi suegra descubrió que Emily guardaba pruebas, pero no sabía que yo estaba escondida
Lo que escuché desde el armario no fue una bofetada, sino el sonido de Victoria arrancando algo de las manos de su hija.
—¿Qué es esto, Emily?
No pude ver su rostro, pero reconocí el cambio en su voz. Ya no sonaba como la mujer elegante que me había recibido aquella tarde. Ahora hablaba con una frialdad que hacía que cada palabra pareciera una amenaza.
—Son unos documentos viejos, mamá.
—¿Documentos viejos? ¿Por eso estabas escondiendo las manos cuando entré?
Se escuchó el roce de papeles.
Yo sostenía la memoria USB contra mi pecho y apenas me atrevía a respirar. El armario era demasiado pequeño y, si Victoria decidía abrirlo, no tendría ninguna explicación convincente para estar ahí.
—Dame tu computadora —ordenó.
—Mamá, por favor. No he hecho nada.
—Precisamente por eso no entiendo por qué tienes tanto miedo.
Emily guardó silencio.
—Mírame cuando te hablo.
Escuché un movimiento brusco.
—¿Dónde está la memoria?
Mi corazón comenzó a latir tan fuerte que temí que pudiera escucharse desde el otro lado de la puerta.
La memoria que yo acababa de retirar de la computadora estaba escondida en el bolsillo de mi pantalón.
Emily había tenido la precaución de guardar otra memoria vacía dentro de una caja, pero no sabía si eso sería suficiente para engañar a su madre.
—No sé de qué hablas —respondió.
Victoria soltó una carcajada seca.
—No me mientas. Te he permitido muchas cosas porque eres mi hija. Pero si vuelves a intentar perjudicar a esta familia, te aseguro que voy a lamentar no haber sido más estricta contigo desde el principio.
—No estoy perjudicando a nadie.
—Entonces, ¿por qué sigues hablando del fideicomiso?
Emily respiró hondo.
—Porque es mío.
El silencio que siguió fue tan largo que sentí ganas de salir del armario y enfrentarme a Victoria.
Pero no podía hacerlo.
Todavía no.
—Tu abuela te dejó ese dinero porque estaba convencida de que nosotros te cuidaríamos —dijo Victoria—. Jamás imaginó que usarías su regalo para destruirnos.
—La abuela me lo dejó porque sabía que algún día ustedes intentarían controlarme.
Victoria soltó una exclamación de indignación.
—¡Qué vergüenza! ¡Después de todo lo que hemos hecho por ti!
—¿Como quitarme mi teléfono? ¿Como impedirme salir? ¿Como decidir qué puedo comer?
Hubo un golpe contra la mesa.
—¡Basta!
Emily dejó de hablar.
Victoria bajó la voz.
—Mañana vendrá el doctor. Vas a cooperar con él y vas a firmar los documentos que te entregue tu hermano.
—No.
—No te estoy preguntando.
—No voy a firmar nada.
Escuché el sonido de unos pasos acercándose al armario.
Me quedé inmóvil.
Victoria estaba registrando la habitación.
Abrió un cajón, después otro. Escuché el golpe de una caja contra el suelo y el tintineo de unas perchas.
—¿Dónde guardaste las cartas de tu abuela?
—No sé de qué cartas hablas.
—Las que estaban en el escritorio.
—Papá se las llevó.
—¿Cuándo?
Emily tardó demasiado en responder.
—Hace unos días.
Victoria soltó una maldición entre dientes.
Después escuché algo que me hizo apretar los ojos.
—Richard debió quemarlas desde el principio.
No era una acusación.
Era una confesión.
Si Victoria quería que esas cartas desaparecieran, significaba que podían demostrar algo que la familia no quería que nadie conociera.
Y quizá explicaran por qué el fideicomiso de Emily les importaba tanto.
—Levántate —ordenó Victoria.
—¿Adónde vamos?
—A hablar con tu padre.
—Estoy cansada.
—No me interesa.
Escuché que Emily se levantaba lentamente.
Antes de abandonar la habitación, Victoria añadió:
—Y ni se te ocurra intentar hablar con Claire otra vez.
Se me helaron las manos.
Emily no contestó.
La puerta se cerró.
Esperé.
Un minuto.
Dos.
Cinco.
Cuando finalmente abrí el armario, la habitación estaba vacía.
Emily había dejado la lámpara encendida y varias hojas esparcidas por el suelo. Me arrodillé para recogerlas.
Eran copias de informes médicos.
En la primera página aparecía el nombre de Emily Mercer, seguido de una serie de observaciones sobre su supuesta inestabilidad emocional.
Sin embargo, la fecha del examen era anterior a la fecha en que Emily me había dicho que había visto al médico por primera vez.
Había otra anomalía.
El documento llevaba la firma de un psiquiatra que supuestamente la había atendido en una clínica privada de Boston.
Pero, en el apartado correspondiente a la evaluación presencial, alguien había escrito que la consulta se realizó por videollamada.
Emily me había asegurado que nunca había hablado a solas con aquel especialista.
Fotografié todas las páginas.
Después guardé la computadora y los papeles como estaban.
Necesitaba salir de la casa y conseguir ayuda profesional antes de que Victoria descubriera que había estado allí.
Me deslicé hasta la puerta.
El pasillo estaba desierto.
Avancé por las escaleras de servicio y llegué a la cocina. Desde allí escuché a Richard hablando por teléfono en su despacho.
—No, todavía no firmó —decía—. Victoria está perdiendo la paciencia. Daniel también.
Hice una pausa antes de continuar.
—Necesitamos que el doctor deje claro que no puede tomar decisiones por sí misma. Si el informe queda bien sustentado, tendremos tiempo para resolver el fideicomiso.
Me apoyé contra la pared.
No hablaban de ayudar a Emily.
Hablaban de cómo quitarle el derecho a decidir sobre su propia vida.
Richard continuó:
—Y no quiero que aparezca el nombre de Claire en ningún documento. Daniel asegura que ella no sospecha nada.
Cerré los ojos.
Mi prometido había mentido a su familia sobre mí o, peor todavía, había decidido que yo era tan ingenua que nunca descubriría la verdad.
Di otro paso.
Una tabla del suelo crujió bajo mi zapato.
La conversación se interrumpió.
—¿Quién está ahí? —preguntó Richard.
Me quedé helada.
Escuché cómo empujaba su silla.
—¿Quién anda en la cocina?
Retrocedí hacia una pequeña despensa y me oculté detrás de la puerta justo cuando él apareció en el pasillo.
Richard llevaba una carpeta negra bajo el brazo.
Miró hacia un lado y hacia el otro.
Después caminó directamente hacia la puerta de servicio.
Yo contuve el aliento.
Si salía por ahí, me encontraría.
Entonces sonó su teléfono.
—¿Qué pasa? —contestó irritado.
Hubo una pausa.
—¿Qué quieres decir con que llegó?
Se volvió hacia el despacho.
—Está bien. Voy para allá.
Regresó apresuradamente.
Aproveché aquellos segundos para salir de la despensa, atravesar la cocina y llegar a la puerta lateral.
La abrí apenas lo suficiente para deslizarme fuera.
El aire frío de octubre me golpeó el rostro.
Caminé hasta el lugar donde había estacionado mi automóvil, sin correr para no llamar la atención. Una vez dentro, cerré los seguros y marqué el número de Emily.
No contestó.
Lo intenté otra vez.
Nada.
Entonces apareció un mensaje desde un número desconocido.
No vuelvas a esta casa. Sabemos que estuviste aquí.
Sentí un vacío en el estómago.
El mensaje no tenía firma.
Pero no necesitaba una.
Arranqué el automóvil y conduje hasta mi departamento.
Durante el trayecto, mi teléfono vibró varias veces.
Daniel me había llamado.
Luego me envió un mensaje.
Amor, ¿ya estás dormida? Te extraño.
Me detuve en un semáforo y leí aquellas palabras.
Quise responderle con una pregunta sencilla.
¿Sabes que tu hermana está encerrada?
Pero no lo hice.
Si Daniel sospechaba que tenía pruebas, podía alertar a sus padres y destruir todo lo que Emily había conseguido guardar.
Cuando llegué a mi departamento, hice dos copias de la memoria USB y guardé una en un cajón cerrado. Después busqué el nombre de Thomas Reed en los documentos que había fotografiado.
Encontré su despacho en el centro de Boston.
Era un abogado especializado en sucesiones y fideicomisos. También aparecía como testigo en varios documentos firmados por Eleanor Mercer, la abuela de Emily.
A las once y media de la noche, le envié un correo breve.
Le expliqué que había encontrado pruebas de posibles irregularidades relacionadas con el fideicomiso de su antigua clienta y que necesitaba hablar con él cuanto antes.
No mencioné el nombre de Daniel.
No todavía.
Luego revisé los archivos de la memoria.
Había más de cincuenta correos electrónicos, algunos de meses atrás.
En uno de ellos, Richard mencionaba una transferencia de fondos a una empresa con sede en Delaware.
En otro, Daniel pedía que se prepararan documentos para autorizar movimientos adicionales.
Pero lo que me llamó la atención fue un archivo con el nombre de mi futura suegra.
Lo abrí.
Contenía un intercambio entre Victoria y el médico que aparecía en los informes de Emily.
El mensaje de Victoria era corto.
Necesitamos que tu evaluación sea clara. Emily no puede tener acceso directo al dinero. Daniel está a punto de casarse y no podemos permitir otro escándalo.
La respuesta del médico decía:
El informe debe ser coherente con las observaciones previas. Sin una evaluación directa suficiente, no puedo garantizar que resista una revisión independiente.
Victoria había respondido:
No te preocupes. La familia se hará cargo de tus honorarios adicionales.
Me levanté de la silla.
No podía asegurar que hubiera una falsificación médica solo con aquellos correos, pero sí tenía motivos suficientes para sospechar que estaban intentando influir en la evaluación de Emily.
Y eso era grave.
Tomé mi teléfono y busqué el número de Daniel.
Antes de que pudiera marcarlo, recibí una llamada de un número privado.
Contesté.
—¿Bueno?
Durante unos segundos solo escuché respiración.
Después reconocí la voz de Emily.
—Claire, tienes que escucharme.
—¿Dónde estás? ¿Estás bien?
—No puedo hablar mucho tiempo.
Su voz sonaba apagada, como si estuviera intentando no llorar.
—Mi mamá me quitó las llaves de mi habitación. Mi papá dice que mañana viene el abogado para que firme.
—No firmes nada sin recibir asesoría independiente.
—No voy a hacerlo. Pero hay algo que todavía no sabes.
Se escuchó un ruido al otro lado.
Emily bajó la voz.
—Encontré la carta original de mi abuela. No está en la caja azul.
—¿Entonces dónde está?
—Daniel la tiene.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—¿Estás segura?
—Sí. Lo vi sacarla de su portafolio cuando fue a mi habitación hace unos días.
Emily respiró con dificultad.
—La carta dice quién debe recibir el fideicomiso si yo quedo incapacitada. Y Claire...
—¿Qué?
Su respuesta me hizo agarrar el teléfono con ambas manos.
—Si Daniel consigue que me declaren incapaz, el dinero no pasa a mis padres.
—¿A quién pasa?
Emily permaneció en silencio.
Después susurró:
—A mi futuro cuñado. Y ese cuñado es el esposo de una mujer llamada Claire Bennett.
Tardé varios segundos en comprender lo que acababa de decirme.
No era mi prometido quien recibiría el dinero.
Era yo.
O, más exactamente, el matrimonio que Daniel pretendía construir conmigo.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, escuché la voz de Victoria al fondo.
—¿Con quién estás hablando?
Emily soltó un grito ahogado.
La llamada se cortó.
Volví a marcar, pero el teléfono ya estaba apagado.
Me quedé en medio de la sala, con la memoria USB sobre la mesa y la sensación de que mi vida acababa de convertirse en algo irreconocible.
Si Emily decía la verdad, el plan era mucho más perverso de lo que había imaginado.
Daniel no solo quería aprovecharse de su hermana.
Había elegido casarse conmigo porque, según el testamento de Eleanor Mercer, yo podía convertirme en la beneficiaria de su patrimonio.
Y necesitaba que Emily pareciera incapaz de decidir por sí misma.
Miré el anillo de compromiso que llevaba en la mano.
El diamante brillaba bajo la lámpara.
Por primera vez desde que Daniel me lo había entregado, no vi una promesa de amor.
Vi una pieza de un engaño cuidadosamente calculado.
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Y decidí que, antes de que llegara el día de mi boda, todos los Mercer tendrían que enfrentar la verdad.
Aunque eso significara destruir al hombre que yo había amado.
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