Chapter 7: La tía que había ayudado a preparar la trampa
El nombre que aparecía en el expediente era el de Patricia Andrade, la hermana menor de Mariana, la mujer a quien Camila había llamado tía Paty desde que aprendió a hablar.
Durante varios segundos, nadie en nuestra casa se movió.
Yo seguía sosteniendo el celular, con el mensaje del abogado Ramírez abierto en la pantalla. Mariana estaba sentada junto a Camila en el comedor. Mi hija todavía tenía los ojos hinchados por lo ocurrido con Mauricio, pero cuando leyó el nombre, se incorporó tan rápido que la silla rechinó contra el piso.
—No —susurró—. No puede ser ella.
Mariana me quitó el teléfono de las manos.
Leyó el mensaje completo.
Después volvió a leerlo, como si las letras fueran a acomodarse hasta formar otro nombre.
—Patricia no haría algo así —dijo finalmente.
Su voz no sonaba convencida. Sonaba desesperada.
Patricia era la única hermana de Mariana. Había estado con nosotros en cumpleaños, Navidad y reuniones familiares. Había ayudado a preparar la primera fiesta de Camila, conocía sus gustos y hasta conservaba una fotografía de mi hija dormida sobre su hombro cuando apenas tenía unos meses.
No vivía con nosotros, pero aparecía tan seguido que tenía una taza propia en la alacena.
Y, sobre todo, había estado presente durante los años más difíciles de Mariana.
Cuando Mauricio desapareció, Patricia acompañó a mi esposa a realizar trámites, la ayudó a conseguir una guardería económica y, en más de una ocasión, se quedó con Camila para que Mariana pudiera trabajar.
Si alguien sabía dónde guardábamos los documentos, era ella.
Si alguien conocía las dificultades económicas que habíamos atravesado, también.
Y si alguien podía entrar a nuestra casa sin que nadie sospechara, era la tía Paty.
—Tenemos que hablar con ella —dije.
Mariana se levantó.
—Voy a llamarla ahora mismo.
—Espera. Primero debemos confirmar qué significa su firma.
—¡Javier, el abogado acaba de decirnos que recogió una copia certificada en nombre mío! ¿Qué más necesitamos confirmar?
Camila seguía mirando la pantalla.
—Tía Paty nunca me ha hecho daño.
Me acerqué a ella.
—No estamos diciendo que haya hecho todo lo que aparece en los documentos. Necesitamos escucharla.
—Pero si su firma está ahí…
No terminó la frase.
Mariana tomó el celular y marcó el número de su hermana.
El teléfono sonó cuatro veces.
Después, Patricia contestó con su habitual tono alegre.
—¡Mana! Precisamente iba a marcarte. ¿Cómo sigue Camila?
Mi esposa cerró los ojos.
—Necesito preguntarte algo.
—Dime.
—¿Hace cuatro años recogiste unos documentos legales relacionados con la propiedad de papá?
Del otro lado hubo un silencio.
No fue largo.
Apenas dos o tres segundos.
Pero fue suficiente para que mi esposa palideciera.
—¿Por qué me preguntas eso? —respondió Patricia.
—Porque tu nombre aparece en un expediente.
—Ah, sí. Ahora que lo mencionas, creo que fui por unos papeles. No me acuerdo bien.
Mariana apretó el teléfono.
—¿A qué papeles fuiste?
—Ay, Mariana, han pasado años. Tuviste tantos asuntos con esa propiedad…
—No me cambies el tema. ¿Fuiste a recogerlos?
Patricia suspiró.
—Sí. Mauricio me pidió que le hiciera el favor.
Camila se llevó una mano a la boca.
Mariana permaneció inmóvil.
—¿Mauricio te pidió que los recogieras?
—Sí, pero no fue nada malo. Me dijo que necesitaba una copia de unos documentos para revisar la deuda. Según entendí, tú ya estabas enterada.
—¡Yo jamás te pedí que le entregaras nada!
—¡No me grites! —contestó Patricia—. Yo solamente quise ayudar.
Mariana se volvió hacia mí, temblando de rabia.
—¿A quién le entregaste los documentos?
—A Mauricio.
—¿Y qué te dio a cambio?
Patricia guardó silencio.
Esta vez, nadie pudo fingir que no había escuchado.
—¿Mana? —preguntó ella finalmente—. ¿Por qué me estás preguntando esas cosas?
—Porque alguien utilizó una autorización que yo nunca firmé. Porque Camila aparece relacionada con una operación que no conocía. Y porque tu nombre está en el registro de la persona que recogió los documentos que hicieron posible todo esto.
Patricia comenzó a llorar.
No hizo ruido al principio. Sólo escuchamos su respiración entrecortada.
—No sabía que iba a terminar así.
Mariana soltó una risa incrédula.
—¿Qué hiciste, Patricia?
—Necesito explicártelo en persona.
—Entonces ven.
—Mariana…
—¡Ven a mi casa y explícame qué hiciste!
La llamada terminó.
Mi esposa dejó el celular sobre la mesa y se cubrió el rostro.
Camila se levantó lentamente.
—¿Mi tía ayudó a mi papá a engañarme?
Nadie respondió.
Mi hija miró hacia las escaleras, como si necesitara escapar de aquella conversación. Después volvió a sentarse.
—No quiero que venga.
Mariana la miró con tristeza.
—Mija, necesito escucharla.
—¿Y si vuelve a mentir?
La pregunta quedó flotando entre nosotros.
Me senté junto a Camila.
—Entonces tendremos que distinguir entre lo que dice y lo que podamos comprobar.
Ella apoyó la frente en mis manos.
—¿Por qué todos los adultos que quiero terminan ocultándome cosas?
Sentí que no existía una respuesta capaz de aliviarla.
Quise decirle que el mundo no funcionaba así, que no todos iban a traicionarla, que todavía podía confiar en quienes la querían.
Pero acabábamos de descubrir que una persona que había ayudado a cuidarla también podía haber participado en una de las peores decisiones de su vida.
Así que sólo le acaricié el cabello.
Cuarenta minutos después, el timbre sonó.
Patricia estaba en la puerta.
No llevaba maquillaje, tenía el cabello recogido a toda prisa y sostenía una bolsa de tela contra el pecho. En cuanto vio a Mariana, empezó a llorar.
—Por favor, déjame explicar.
Mi esposa no se hizo a un lado.
—Primero quiero que contestes algo. ¿Mauricio te pagó?
Patricia bajó la mirada.
Ese gesto fue más doloroso que cualquier confesión.
—Sí.
Camila soltó un pequeño sonido de incredulidad.
Mariana se quedó mirando a su hermana.
—¿Cuánto?
—No quiero hablar de eso.
—Yo sí. ¿Cuánto valía para ti ayudar al hombre que abandonó a mi hija?
Patricia levantó la cabeza de golpe.
—¡No sabía que iba a utilizarla!
—¿Entonces para qué aceptaste?
—Porque necesitaba el dinero.
El silencio fue absoluto.
Patricia apretó la bolsa contra el cuerpo.
—El negocio que tenía quebró. Me quedé con deudas que no podía pagar. Me daba vergüenza contártelo. Mauricio se enteró y me dijo que podía ayudarme a cambio de un favor.
—¿Qué clase de favor? —pregunté.
Patricia me miró por primera vez.
—Me pidió que recogiera una copia certificada de los documentos de la propiedad. Dijo que necesitaba revisar el expediente para proponer una solución a la deuda. Me aseguró que Mariana estaba enterada y que ustedes no querían involucrarse porque estaban cansados del asunto.
—Eso es mentira —respondió mi esposa.
—Lo sé ahora.
Mariana soltó una carcajada amarga.
—No. Lo sabías entonces. Conocías perfectamente mi situación.
Patricia empezó a negar con la cabeza.
—No entendí todo lo que estaba pasando. Me pidió que firmara un recibo y que dejara los papeles con su abogado. Eso fue todo.
—¿Le diste una autorización firmada por mí?
Patricia tardó en responder.
—Me dijo que necesitaba demostrar que tú no te oponías a que revisaran el expediente.
—¡Pero yo nunca firmé nada!
—Lo sé.
Camila se levantó de la silla.
—¿Entonces por qué permitiste que usaran el nombre de mi mamá?
Patricia la miró.
—Mi niña…
—¡No me digas así!
La tía abrió los brazos, pero Camila retrocedió.
—Tú estabas en mis cumpleaños —dijo mi hija—. Me ayudaste cuando entré a la secundaria. Estuviste conmigo cuando me operaron de las amígdalas. ¿Cómo pudiste hacer algo así?
Patricia lloró con más fuerza.
—Nunca quise hacerte daño.
—Pero lo hiciste.
Camila salió de la habitación.
Escuchamos sus pasos subir las escaleras y después el cierre de su puerta.
Patricia se cubrió la cara.
Mariana se quedó inmóvil, con lágrimas silenciosas deslizándose por las mejillas.
—¿Sabías que Mauricio quería vender la propiedad? —pregunté.
Patricia negó con la cabeza.
—No al principio.
—¿Cuándo lo supiste?
Ella no contestó.
—Patricia, necesito que seas honesta. ¿Cuándo supiste que había una operación de venta?
Mi cuñada abrió la bolsa de tela y sacó una carpeta pequeña.
Dentro había fotocopias de documentos, recibos bancarios y una tarjeta de presentación.
—Unas semanas después de recoger los papeles —confesó—. Mauricio me pidió que le firmara otro recibo. Dijo que necesitaba justificar unos gastos relacionados con el expediente. Entonces vi el nombre de Grupo Altavida.
—¿Y no preguntaste qué estaba haciendo? —dijo Mariana.
—Sí pregunté. Me dijo que quería vender una parte de los derechos para pagar una deuda antigua. También me aseguró que Camila recibiría una cantidad para la universidad.
—¿Y le creíste?
Patricia apretó los labios.
—Quise creerle.
La sinceridad de aquella respuesta nos dejó a todos en silencio.
Porque no sonaba como la explicación de alguien inocente.
Sonaba como la confesión de una persona que había visto suficientes señales para sospechar, pero decidió mirar hacia otro lado.
—¿Cuánto dinero te dio? —pregunté de nuevo.
Patricia sacó un recibo.
—Veinticinco mil pesos al principio.
Mariana retrocedió un paso.
—¿Veinticinco mil?
—Después me entregó otros quince mil para pagar unos intereses. No me pidió nada más durante mucho tiempo.
Mi esposa negó con la cabeza.
—Cuarenta mil pesos, Patricia. Eso fue lo que valió nuestra confianza.
—Sé que estuvo mal.
—No. No lo sabes. Si lo supieras, habrías venido a contármelo hace cuatro años.
Patricia no encontró respuesta.
Yo tomé la carpeta y revisé el contenido. Había copias de depósitos, una nota manuscrita y un recibo con la firma de mi cuñada.
Uno de los comprobantes correspondía a un pago realizado por una empresa relacionada con Mauricio.
La fecha era de tres semanas antes de que recogiera los documentos de Mariana.
—¿Y esto? —pregunté, señalando el comprobante.
Patricia se inclinó para verlo.
—Ése fue el primer pago.
—Pero dijiste que Mauricio se enteró después de tus problemas económicos.
Ella apartó la mirada.
Comprendí entonces que la historia todavía tenía otra parte.
—Patricia, ¿cómo conociste a Mauricio?
Mi cuñada permaneció callada tanto tiempo que Mariana acabó levantando la voz.
—¡Contesta!
Patricia cerró los ojos.
—Él me buscó antes de que quebrara mi negocio.
Sentí que el cuerpo se me enfriaba.
—¿Antes de que tuvieras deudas? —pregunté.
Ella asintió lentamente.
—Me dijo que estaba intentando arreglar las cosas con Mariana y que necesitaba información sobre la propiedad. Quería saber qué documentos conservabas, qué abogado habías consultado y si todavía tenías las copias originales.
Mariana se llevó una mano al pecho.
—¿Me estuviste investigando?
—No lo vi así en ese momento.
—¿Cómo lo viste, entonces?
Patricia empezó a llorar otra vez.
—Como un favor entre personas que se conocían.
Mariana se acercó a la puerta.
—Vete.
—Por favor…
—¡Vete de mi casa!
Patricia recogió la bolsa con movimientos torpes.
Antes de salir, se volvió hacia mí.
—Javier, hay algo que no les he contado.
Mariana no la dejó continuar.
—No queremos escuchar nada más.
—Es importante.
—¡Fuera!
Patricia bajó la cabeza y cruzó la puerta.
Mi esposa la cerró con fuerza.
Después apoyó la frente contra la madera y comenzó a llorar.
No intenté consolarla inmediatamente.
También yo estaba intentando entender cómo alguien podía convertir años de confianza en una herramienta para obtener dinero.
Unos minutos después, Camila bajó las escaleras.
Había escuchado parte de la conversación.
—¿Qué quiso decir con que Mauricio la había buscado antes de que tuviera deudas?
Mariana se secó la cara.
—No lo sé, mija.
Camila se quedó mirando la carpeta que yo había dejado sobre la mesa.
—Sí saben algo. Todos saben algo menos yo.
Se acercó, tomó los papeles y empezó a revisarlos.
Entre los recibos encontró una hoja doblada en cuatro partes.
La abrió.
Era una nota escrita a mano, con una fecha de hacía cuatro años.
La letra de Mauricio era inconfundible.
Camila la leyó en voz alta, y cada palabra pareció hacer más pesada la habitación.
—«Patricia, recuerda que este asunto debe quedar resuelto antes de que la muchacha cumpla dieciocho. Cuando llegue el momento, yo me encargaré de que firme. Tú solamente necesitas ayudarme a obtener los documentos. Nadie tiene por qué salir perjudicado».
Mi hija dejó la hoja sobre la mesa.
Mariana empezó a llorar otra vez.
Yo miré la fecha.
Mauricio había escrito aquella nota cuando Camila todavía tenía catorce años.
Mucho antes de su cumpleaños.
Mucho antes de las rosas blancas.
Mucho antes de las promesas de recuperar el tiempo perdido.
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Y al final de la página había una última frase, escrita con una tinta ligeramente distinta.
*«Si Mariana pregunta, dile que nunca me viste».*
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