Chapter 4: La firma apareció antes de que Mauricio regresara
A las seis de la mañana, el abogado Ramírez llamó para decirnos que alguien había intentado vender el futuro de Camila ocho meses antes de volver a presentarse como su padre.
Yo llevaba toda la noche despierto.
Tenía los documentos extendidos sobre la mesa, tres tazas de café frío y una pregunta que no dejaba de repetirse en mi cabeza: ¿cómo podía alguien utilizar la firma de una muchacha de diecisiete años sin que ella supiera que estaba entregando algo tan importante?
—Necesito que usted y su esposa vengan al despacho —dijo Ramírez—. Encontré una irregularidad adicional en el expediente.
—¿Qué clase de irregularidad?
—Prefiero explicársela personalmente. Y, si es posible, traigan a Camila. Hay preguntas que solamente ella puede responder.
Miré hacia las escaleras.
La puerta de su habitación seguía cerrada.
—No sé si quiera acompañarnos.
—Explíquele que no se trata de acusar a nadie. Necesitamos establecer los hechos antes de que alguien intente utilizar esos documentos.
Colgué justo cuando Mariana entró a la cocina.
Llevaba los ojos hinchados y el cabello recogido sin cuidado. Había pasado la madrugada entrando y saliendo de la habitación de Camila, pero nuestra hija no quiso hablar con ella.
—¿Era el abogado?
Asentí.
—Tenemos que ir los tres.
Mariana apoyó una mano en la mesa.
—¿Encontró algo más?
—Todavía no sé. Pero quiere hablar con Camila.
Ella miró hacia las escaleras.
—Después de lo que pasó ayer, va a pensar que queremos obligarla a elegir entre nosotros y Mauricio.
—No vamos a obligarla a elegir.
—Javier, tú no escuchaste cómo hablaba con él cuando creía que nadie la veía. Lo miraba como si estuviera esperando que por fin alguien le diera la explicación que llevaba dieciocho años buscando.
Me dolió porque sabía que era cierto.
Camila había pasado buena parte de su infancia intentando comprender por qué su padre biológico no aparecía. Yo podía comprarle un regalo, acompañarla a la escuela y abrazarla cuando lloraba, pero nunca podía contestar aquella pregunta.
¿Por qué no vino?
Durante años, me había negado a hablar mal de Mauricio. Pensaba que Camila tenía derecho a formarse su propia opinión sobre él.
Ahora empezaba a preguntarme si mi silencio había dejado un espacio demasiado grande para que otro hombre lo llenara con mentiras.
—No vamos a decirle qué tiene que sentir —respondí—. Pero sí vamos a darle la oportunidad de conocer los hechos.
Mariana se quedó callada.
Luego subió a buscarla.
Escuché que tocaba la puerta.
—Mija, ¿podemos hablar?
No hubo respuesta.
—El abogado encontró algo importante. Quiere explicarnos unos documentos.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
—¿Otro documento que dice que mi papá es un monstruo?
Mariana cerró los ojos.
—No sabemos qué significa todavía.
—Pues yo sí sé lo que significa para ustedes. Quieren demostrar que él es malo para que yo deje de verlo.
—Eso no es verdad.
—Entonces, ¿por qué no lo llamaron a él también?
Mariana no supo qué contestar.
Yo subí lentamente los escalones y me detuve a unos pasos de ambas.
—Porque primero necesitamos saber qué contienen los documentos, Camila. Después podrás decidir qué preguntas quieres hacerle.
Ella me miró.
Tenía el mismo gesto que hacía de niña cuando intentaba decidir si debía confiar en un adulto.
—¿Y si no quiero ir?
—No te vamos a arrastrar hasta allá.
Bajó la mirada.
—Voy a ir. Pero quiero que quede claro que no voy a dejar de hablar con él solamente porque ustedes estén enojados.
—Queda claro —le respondí.
Una hora más tarde llegamos al despacho de Ramírez.
Camila caminaba entre Mariana y yo, con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo. Llevaba el celular en la mano. Durante el trayecto había recibido dos mensajes de Mauricio, pero no nos contó qué decían.
El abogado nos esperaba con una carpeta abierta.
No perdió tiempo en saludos.
—Señorita Camila, necesito preguntarle algo directamente. ¿Recuerda haber firmado un documento relacionado con la propiedad de su abuelo hace aproximadamente ocho meses?
—No.
—¿Nunca firmó una autorización para venderla, transferir sus derechos o recibir dinero a cambio?
—No.
Ramírez deslizó una hoja hacia ella.
—¿Reconoce esta firma?
Camila se inclinó sobre la mesa.
Su expresión cambió lentamente.
—Se parece a la mía.
Sentí que Mariana me apretaba el brazo.
—Pero no soy yo —añadió Camila—. Mi letra es diferente. Además, yo no firmaría mi nombre así.
El abogado tomó una segunda hoja.
—¿Alguien pudo obtener una muestra de su firma durante ese periodo?
Camila empezó a mover el pie debajo de la silla.
—Supongo. En la escuela firmaba documentos todo el tiempo. También llené solicitudes para unas becas.
—¿Alguien te ayudó con esas solicitudes?
Ella levantó la mirada.
Tardó unos segundos en responder.
—Mauricio.
Mariana dejó escapar un sonido de sorpresa.
Yo sentí que algo se me cerraba en el pecho.
—¿Cuándo? —pregunté.
Camila se volvió hacia mí.
—Antes de que cumpliera dieciocho.
—¿Cómo ocurrió?
Ella miró a Ramírez, que mantenía una expresión serena.
—Mi papá me escribió por redes sociales el año pasado. Me dijo que sabía que yo quería estudiar arquitectura y que podía ayudarme a conseguir una beca privada. Me mandó unos formularios.
Mariana palideció.
—¿Nunca me dijiste eso?
—Porque no quería que empezaras a decir que él estaba intentando comprarme.
—No habría dicho eso, Camila.
—¡No puedes saberlo!
Ramírez levantó una mano.
—Vamos a ir despacio. ¿Firmaste esos formularios delante de Mauricio?
—No. Me los mandó por correo. Los imprimí en casa de una amiga y se los devolví escaneados.
—¿Qué clase de información contenían?
Camila apretó los labios.
—Datos personales, calificaciones, información sobre mis estudios. Había una hoja donde tenía que firmar al final. Según él, era para autorizar que revisaran mi solicitud.
El abogado anotó algo.
—¿Conservas esos correos?
—Sí, creo que sí.
—¿Y los formularios?
—Tal vez.
Ramírez se inclinó hacia adelante.
—Camila, necesito que comprendas una cosa. No estamos afirmando que Mauricio haya falsificado tu firma. Estamos tratando de establecer si alguien utilizó tu identidad para realizar una operación que tú nunca autorizaste.
Camila se quedó mirando el documento.
—¿Y si el formulario que firmé era legal?
—Eso lo determinará la revisión. Pero si firmaste una solicitud de beca, esa firma no autoriza automáticamente la venta de una propiedad. Son asuntos distintos.
Por primera vez desde que llegamos, Camila pareció asustada de verdad.
—¿Entonces alguien pudo copiar mi firma de esos papeles?
—Es una posibilidad que debemos investigar.
Ella soltó la hoja.
—Quiero ver los correos.
Ramírez asintió.
—Es lo primero que haremos.
Camila sacó su celular y empezó a buscar. Pasó de una aplicación a otra, retrocedió por varias conversaciones y, finalmente, abrió un correo antiguo.
—Aquí está.
Nos mostró la pantalla.
El remitente aparecía bajo un nombre que no conocíamos: *Fundación Horizonte Joven*.
Mauricio había escrito el mensaje como si solamente estuviera intentando ayudarla.
Mi niña, encontré una oportunidad que puede cambiar tu vida. Llena estos documentos y mándamelos. Yo me encargo del resto. No quiero que te preocupes por cuestiones de adultos.
Camila tragó saliva.
—Eso fue lo que me dijo.
Ramírez le pidió que reenviara el mensaje y descargara los archivos adjuntos.
Cuando abrió el segundo documento, vi que Mariana se llevaba una mano a la boca.
No era una solicitud de beca.
Era un formulario de autorización para consultar datos financieros y patrimoniales.
En la parte superior aparecía el nombre de la fundación. En la parte inferior, una cláusula permitía compartir determinada información con empresas asociadas.
Camila recorrió el texto con los ojos.
—Yo no leí todo esto.
—¿Te explicaron para qué serviría? —preguntó Ramírez.
—Me dijo que era para comprobar que yo cumplía con los requisitos de la beca.
El abogado mantuvo la voz tranquila.
—Necesitaremos revisar el formulario completo y los registros correspondientes. Por ahora, no podemos sacar conclusiones.
Camila se dejó caer contra el respaldo.
—¿Mi papá me mintió?
Nadie respondió de inmediato.
Mariana quiso acercarse, pero Camila levantó la mano.
—No. Déjenme pensar.
Yo conocía aquella expresión. Era la misma que ponía cuando algo le dolía demasiado para llorar delante de otros.
Ramírez cerró la carpeta.
—Quiero revisar también la identidad de la fundación y la relación que tiene con la empresa interesada en la propiedad. Si hay alguna conexión, la documentaremos.
En ese momento, Camila recibió una llamada.
El nombre de Mauricio apareció en la pantalla.
Ella nos miró.
—Voy a contestar.
Se apartó hacia un rincón del despacho.
—Hola, papá.
No escuchamos lo que él dijo al principio.
Luego la voz de Camila se volvió más tensa.
—¿Por qué no me dijiste que había una firma mía en el expediente de la casa?
Pausa.
—No, no estoy hablando de eso. Estoy hablando de un documento que supuestamente firmé hace ocho meses.
Otra pausa.
Camila empezó a caminar lentamente.
—Era un formulario de beca. Tú me dijiste que era para estudiar arquitectura.
De pronto se quedó inmóvil.
—¿Cómo que autorizaba otras cosas?
Mariana me apretó el brazo con tanta fuerza que me dolió.
Camila escuchó durante unos segundos.
Después su rostro se endureció.
—No me importa quién te dijo que lo hicieras. Tenías que explicármelo.
Colgó.
Nadie habló.
Camila regresó a la mesa y dejó el celular junto a la carpeta.
—Dice que no hizo nada malo. Dice que la fundación necesitaba verificar mi situación familiar para saber si yo calificaba para recibir la beca.
—¿Y la firma de la propiedad? —preguntó Ramírez.
Camila negó con la cabeza.
—Dice que no sabe nada de eso.
El abogado asintió, sin mostrar sorpresa.
—Entonces tendremos que comprobarlo.
Al salir del despacho, Camila caminó varios pasos delante de nosotros.
Mariana intentó alcanzarla.
—Mija, sé que esto es difícil.
—No quiero hablar.
—Solamente quiero que sepas que nunca intentamos ocultarte nada para hacerte daño.
Camila se detuvo.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Pero sí me ocultaste cosas.
Mariana no lo negó.
—Sí. Y estuvo mal. Debí explicarte lo que estaba pasando con esa propiedad hace mucho tiempo.
Camila se limpió la cara con la manga.
—No sé en quién confiar.
Miró hacia mí.
Por un segundo pensé que me pediría que la abrazara.
Pero solamente dijo:
—Necesito que me dejen decidir por mí misma.
Y se marchó hacia el estacionamiento.
Me quedé con Mariana bajo el sol de la mañana, viendo cómo nuestra hija se alejaba.
Mi esposa lloraba en silencio.
Yo quería decirle que todo iba a arreglarse, que encontraríamos la verdad y que Camila terminaría comprendiendo lo que habíamos hecho por ella.
Pero ya no podía prometerlo.
Porque, al otro lado del estacionamiento, Camila había recibido otro mensaje.
No alcanzamos a leerlo.
Sólo vimos que se detuvo, abrió la conversación y empezó a llorar de nuevo.
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Y esta vez, en lugar de regresar con nosotros, subió a un automóvil que acababa de estacionarse frente a la entrada.
Era Mauricio.
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