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Chapter 10: El abogado que conocía el secreto desde antes de que Camila naciera

El lunes por la mañana, Ramírez nos llamó para pedirnos que no firmáramos absolutamente nada y que, sobre todo, evitáramos enfrentarnos directamente con Roberto Salgado antes de revisar el expediente original.

Pero ya era demasiado tarde para fingir que aquel hombre era solamente un abogado que había cometido un error.

Su nombre aparecía en documentos de hacía décadas, en las autorizaciones que Mauricio había utilizado para acercarse a Camila y en los contratos que podían dejar a nuestra hija sin una parte importante de su herencia.

Y lo peor era que Salgado llevaba años entrando en reuniones familiares, tomando café con Mariana y preguntando por Camila como si no supiera nada de lo que estaba ocurriendo.

—Quiero hablar con él —dijo Camila en cuanto terminamos la llamada.

Estábamos desayunando en la cocina. El café se había enfriado y nadie había tocado las tortillas que Mariana había calentado.

—Ramírez nos pidió que no lo contactáramos todavía —le recordé.

—No quiero hablar con él a solas. Quiero que esté el abogado. Pero necesito mirarlo a la cara y preguntarle por qué aparece su firma en un documento que supuestamente firmó mi abuelo antes de morir.

Mariana dejó la taza sobre la mesa.

—Tu abuelo confiaba muchísimo en ese hombre.

—Entonces debería poder explicar lo que hizo —respondió Camila—. Si todo está en orden, no tiene nada que temer.

No discutí.

Mi hija había cambiado en los últimos días. Seguía teniendo momentos en los que se encerraba a llorar, pero ya no intentaba justificar automáticamente las acciones de Mauricio. Estaba aprendiendo a separar el amor que había sentido durante toda su infancia de las decisiones que los demás habían tomado aprovechándose de él.

Y eso, aunque le doliera, era un paso importante.

Ramírez nos recibió aquella misma tarde.

Sobre su escritorio tenía tres carpetas, copias de los contratos y un listado de los documentos que necesitaba solicitar al archivo notarial.

—Hay una diferencia importante entre que una persona aparezca como testigo y que haya intervenido como representante de una de las partes —nos explicó—. El documento que recibimos contiene inconsistencias que deben aclararse. No quiero adelantar conclusiones hasta que comparemos la copia con el registro original.

Camila se inclinó hacia adelante.

—¿Y si mi abuelo sí firmó?

—Entonces tendremos que conocer las condiciones completas del acuerdo. Una firma auténtica no significa necesariamente que todas las obligaciones que alguien le atribuye al documento sean válidas.

—¿Y si es falsa?

—La autenticidad tendrá que determinarse mediante las pruebas correspondientes.

Mariana mantenía la mirada fija en una fotografía antigua que habíamos llevado.

En ella aparecía su padre frente a la casa, vestido con una camisa de cuadros y con una sonrisa que Camila apenas recordaba.

—Mi papá jamás habría querido quitarle algo a su nieta —murmuró.

Ramírez no contradijo sus sentimientos.

—Eso es algo que podremos explorar a partir de los documentos y de los testimonios. Pero ahora necesitamos averiguar qué se hizo realmente con esa propiedad.

Nos explicó que la casa había quedado sujeta a un acuerdo relacionado con una deuda contraída años atrás. Sin embargo, no se había establecido todavía si la obligación seguía vigente, si había sido liquidada o si alguien estaba utilizando un documento antiguo para justificar una reclamación actual.

También había una cuestión que le preocupaba: la supuesta autorización firmada por Mariana se había incorporado al expediente mucho tiempo después del acuerdo original.

—Eso significa que no todo se originó con el contrato antiguo —concluyó—. Hay actuaciones posteriores que deben investigarse por separado.

Camila respiró profundamente.

—¿Podemos hablar con el señor Salgado?

Ramírez cerró una carpeta.

—Voy a enviarle una solicitud formal para que explique su intervención. Si accede a reunirse, lo haremos aquí y documentaremos el encuentro.

Camila asintió.

Apenas habíamos salido del despacho cuando mi hija recibió una llamada de un número desconocido.

Contestó sin apartarse de nosotros.

—¿Bueno?

Escuchó unos segundos.

Su expresión cambió.

—¿Quién habla?

Mariana y yo intercambiamos una mirada.

Camila apretó el celular.

—No, no voy a ir sola a ninguna parte.

Se quedó callada.

Después contestó con una frialdad que no le conocía.

—Si tiene algo que decirme, puede hacerlo delante de mi abogado.

Colgó.

—Era Salgado —explicó—. Dice que necesita hablar conmigo urgentemente.

—¿Qué quería? —pregunté.

—Según él, Mauricio no me ha contado toda la historia. Dice que hay cosas sobre mi abuelo que podrían cambiarlo todo.

Mariana se puso pálida.

—¿Y qué más dijo?

Camila guardó el teléfono.

—Que si quiero conocer la verdad, debo dejar de escuchar a las personas que llevan años intentando controlar mi vida.

La frase nos dejó helados.

Era exactamente la clase de argumento que Mauricio había utilizado para intentar separarla de nosotros.

Salgado parecía estar haciendo lo mismo.

—No vas a reunirte con él sin que Ramírez esté presente —dijo Mariana.

Camila asintió.

—Ya le dije que no.

Aquella noche, mientras preparábamos la cena, Patricia volvió a llamar.

Mariana miró el teléfono durante largo rato antes de contestar.

—¿Qué quieres?

La voz de su hermana sonaba agotada.

—Encontré algo entre los papeles de papá. Algo que creo que puede ayudar.

—¿Qué cosa?

—Un recibo antiguo y una carta. Estaban dentro de una caja que me llevé cuando vaciamos la casa de papá después de su muerte.

Mariana cerró los ojos.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no sabía si tenían relación con lo que está pasando. Y porque me daba miedo que descubrieras cuánto tiempo llevo guardando cosas que debí entregarte.

—¿Qué dice la carta?

Patricia tardó en contestar.

—Habla de un préstamo. Papá escribió que ya estaba pagado y que no quería volver a tratar con el abogado que lo había ayudado a formalizarlo.

Me volví hacia Mariana.

Ella me miró con una mezcla de esperanza y desconfianza.

—¿Estás segura de que la carta es de nuestro padre?

—Reconozco su letra. También encontré un recibo con un sello antiguo. Quiero entregárselos al abogado, pero no quiero ir sola.

Mariana apretó el teléfono.

—Te mandaré la dirección del despacho. Entrégaselos directamente a Ramírez.

—¿No quieres verme?

La pregunta sonó tan dolorosa que mi esposa cerró los ojos.

—Todavía estoy muy enojada contigo, Patricia. No voy a fingir que eso cambió. Pero, si tienes pruebas que pueden ayudar a Camila, entrégalas.

Al día siguiente, Patricia llegó al despacho con una caja de cartón.

La colocó sobre la mesa y sacó un sobre amarillento, varias hojas dobladas y un recibo bancario.

Ramírez revisó cada documento sin hacer comentarios durante varios minutos.

Después levantó la mirada.

—¿Dónde encontró esto?

—En una caja que mi padre guardaba en el clóset de su estudio. Yo la conservé cuando murió porque no quería tirar sus cosas.

El abogado examinó el recibo.

En la parte superior aparecía el nombre de la institución financiera que había participado en el préstamo original. Debajo se registraba un pago que parecía corresponder a la liquidación de una obligación relacionada con la propiedad.

La fecha era anterior a la muerte del abuelo de Camila.

Mariana se llevó una mano a la boca.

—Entonces papá sí pagó la deuda.

Ramírez levantó una mano para pedir prudencia.

—El documento parece relevante, pero debemos verificar su autenticidad y establecer qué obligación cubría exactamente. También necesitamos comparar los datos con el expediente original.

Patricia sacó entonces la carta.

Estaba dirigida al abuelo de Camila y firmada por Roberto Salgado.

El texto era breve.

Salgado confirmaba haber recibido instrucciones para gestionar la cancelación de una deuda. También mencionaba que, una vez liquidada la obligación, la propiedad debía quedar libre de cualquier reclamación derivada de aquel acuerdo.

Camila leyó la carta dos veces.

—¿Entonces por qué aparece otro documento años después diciendo que la propiedad seguía comprometida?

Ramírez guardó la hoja en una funda transparente.

—Ésa es la pregunta que debemos responder.

Patricia empezó a llorar.

—Yo sabía que mi padre había discutido con Salgado antes de morir, pero nunca supe por qué. Pensé que se trataba de un desacuerdo por honorarios.

Mariana la miró con dolor.

—Y mientras tanto, tú estabas ayudándolo a obtener nuestros documentos.

Patricia bajó la cabeza.

—Sí.

No intentó defenderse.

Ramírez solicitó permiso para conservar copias de todo y nos recomendó entregar los originales mediante un procedimiento documentado.

Antes de salir del despacho, Camila se detuvo junto al escritorio.

—Licenciado, quiero preguntarle algo.

—Adelante.

—Si la deuda se pagó, ¿por qué Mauricio necesitaba que yo firmara una venta?

Ramírez tardó unos segundos en responder.

—No puedo atribuirle una intención sin conocer todas las pruebas. Pero, si el pago corresponde a la obligación que aparece en el expediente, la empresa tendría que explicar qué fundamento tiene para reclamar los derechos que pretende adquirir.

Camila asintió.

—Entonces quiero que se lo pregunten.

—Así lo haremos.

Esa tarde, Ramírez recibió una respuesta de Salgado.

Aceptaba presentarse en el despacho, pero exigía que Camila acudiera sin sus padres.

El abogado rechazó esa condición y le recordó que ella tenía derecho a contar con asesoría independiente.

Salgado accedió finalmente a una reunión para el jueves.

Durante los dos días siguientes, Camila intentó concentrarse en sus solicitudes universitarias. Yo la ayudé a ordenar sus documentos y a revisar las fechas de los exámenes. Mariana volvió a cocinar sus platillos favoritos, aunque ninguna de las dos parecía tener demasiado apetito.

A veces, nuestra hija se detenía en mitad de una tarea y miraba una fotografía de cuando era pequeña.

En ella estaba sentada sobre mis hombros, durante una feria escolar.

—¿Te acuerdas de ese día? —me preguntó una noche.

Sonreí.

—Claro. No querías bajarte de mis hombros porque decías que desde ahí podías ver el mundo entero.

Camila observó la fotografía.

—Yo siempre pensé que mi vida habría sido diferente si Mauricio hubiera estado conmigo.

Me senté a su lado.

—Tal vez habría sido diferente. Pero eso no significa que tu vida haya sido menos valiosa.

Ella guardó silencio.

—A veces me siento culpable por seguir queriéndolo.

—No tienes que dejar de quererlo de golpe. Lo que necesitas es decidir qué lugar puede tener en tu vida sin permitir que vuelva a lastimarte.

Camila asintió lentamente.

Después apoyó la cabeza en mi hombro.

No me llamó papá.

No hizo falta.

El jueves por la mañana, llegamos al despacho de Ramírez diez minutos antes de la reunión.

Salgado ya estaba ahí.

Llevaba un traje gris, una carpeta de piel y la misma expresión tranquila con la que había saludado a nuestra familia tantas veces.

Cuando vio a Camila, se puso de pie.

—Has crecido mucho —dijo.

Mi hija no respondió al saludo.

Se sentó frente a él, con las manos unidas sobre la mesa.

—Quiero saber por qué su nombre aparece en documentos que podrían hacerme perder mi herencia.

Salgado miró al abogado Ramírez.

Después volvió la vista hacia Camila.

—Tu abuelo y yo teníamos una relación que nunca comprendiste del todo.

—Entonces explíquemela.

Él abrió la carpeta.

Sacó una fotografía antigua.

En ella aparecían el abuelo de Camila, Roberto Salgado y otro hombre al que ninguno de nosotros reconoció inmediatamente.

La fotografía había sido tomada frente a la misma casa.

Salgado deslizó el retrato hacia nosotros.

—Antes de que nacieras, Camila, tu abuelo confió en mí para administrar ciertos asuntos de su patrimonio. Pero cometió un error que afectó a varias personas.

Mariana se inclinó hacia delante.

—¿Qué error?

Salgado miró la fotografía y después a mi esposa.

—No fue el préstamo lo que puso en peligro la propiedad. Fue la forma en que se distribuyeron los derechos sobre ella.

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Señaló al hombre desconocido.

—Y si quieren saber por qué Mauricio apareció tantos años después, primero tendrán que averiguar quién es la tercera persona de esta fotografía.

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