Calm

Chapter 7: El hombre del pasado regresó para cobrar una deuda que Jessica jamás se atrevió a confesar

David miró el nombre escrito en el cuaderno y sintió que los recuerdos de su matrimonio comenzaban a encajar de una manera aterradora.

—Dime exactamente quién es ese hombre, Emily.

Su hijastra tragó saliva.

—Se llama Richard Coleman.

David no reaccionó inmediatamente. El nombre le resultaba familiar, pero no conseguía ubicarlo. Habían pasado años desde que conoció a las amistades de Jessica, y durante mucho tiempo había preferido confiar en las personas que ella decía conocer.

—¿Dónde lo viste antes? —preguntó Marcus.

Emily apretó el cuaderno contra su pecho.

—Hace unos ocho años. Yo todavía estaba en la preparatoria. Mamá estaba buscando trabajo y decía que necesitaba resolver unos problemas económicos. Richard venía a verla algunas veces, pero ella siempre me decía que era un antiguo compañero de negocios.

David frunció el ceño.

—Cuando conocí a Jessica, ella me dijo que trabajaba como administradora en una pequeña empresa.

—Así era —respondió Emily—. Pero antes de eso, tuvo un negocio con Richard. Vendían muebles y artículos para oficinas. Cerraron después de una discusión.

—¿Qué clase de discusión?

Emily negó con la cabeza.

—Nunca me lo explicó. Solo recuerdo que, después de que el negocio cerró, Richard empezó a llamarla y ella se ponía muy nerviosa. Una noche discutieron tan fuerte que tuve que encerrarme en mi cuarto.

Marcus miró la fotografía que su padre había recibido.

El hombre sentado frente a Jessica tenía el rostro de alguien que conocía demasiado bien el lugar donde estaba.

No parecía un desconocido que hubiera llegado por casualidad.

—¿Y por qué nunca nos contaste esto? —preguntó David.

Emily bajó la cabeza.

—Porque mamá me hizo prometer que no hablaría de Richard. Me dijo que había sido una etapa vergonzosa de su vida y que no quería que nadie la juzgara.

David se sentó lentamente.

Había conocido a Jessica años después de aquella supuesta sociedad comercial. Ella le había contado que atravesó dificultades económicas antes de conocerlo, pero nunca mencionó que un antiguo socio siguiera formando parte de su vida.

—¿Crees que Richard le prestó los quince mil dólares? —preguntó Marcus.

—No lo sé —respondió Emily—. Pero si volvió a buscarla después de tantos años, seguramente no fue para preguntarle cómo estaba.

David tomó su teléfono y volvió a observar el mensaje.

La cita de las nueve de la mañana estaba planteada como una exigencia. El remitente quería los documentos originales de la propiedad y había amenazado con involucrarlo en el préstamo.

David comprendió que no debía presentarse solo ni entregar nada sin asesoría.

—Mañana iremos primero con el abogado —decidió—. No voy a reunirme con ese hombre hasta saber qué documentos existen y qué derechos tenemos.

Marcus asintió.

—¿Y si intenta venir aquí?

—No le abriremos para discutir asuntos económicos. Si tiene una reclamación legítima, tendrá que presentarla por los canales correspondientes.

Emily parecía aliviada, pero el alivio desapareció cuando escucharon un ruido en el piso superior.

Jessica estaba bajando las escaleras.

Se detuvo al ver el cuaderno abierto sobre el escritorio.

—¿De dónde sacaron eso?

Nadie contestó de inmediato.

Jessica caminó hacia ellos y extendió la mano.

—Dámelo.

David cerró el cuaderno.

—No.

—¡Es mío!

—Entonces tendrás que explicar por qué escribiste que Marcus aceptó ayudarte con una deuda de ocho mil dólares.

Jessica miró a su hijastra.

—¿Tú también te pusiste en mi contra?

Emily comenzó a llorar.

—Mamá, ya no quiero mentir.

—¡No sabes lo que estás diciendo!

—Sé que papá no firmó ese préstamo. Sé que le cobraste dinero a Marcus y que no pagaste la hipoteca. Y sé que Richard volvió a buscarte.

Al escuchar aquel nombre, Jessica perdió el control de su expresión.

David lo notó.

—Así que sí lo conoces.

Jessica respiró profundamente.

—Sí, conozco a Richard.

—¿Desde cuándo?

—Hace muchos años.

—¿Y qué relación tienes con él ahora?

Jessica miró el cuaderno y luego a su esposo.

—No es lo que estás pensando.

David soltó una risa amarga.

—Me sorprende que sigas utilizando esa frase después de todo lo que ha pasado.

—¡Porque siempre sacas conclusiones antes de escucharme!

—Llevo horas escuchándote y todavía no me has dicho toda la verdad.

Jessica apretó los labios.

Finalmente se sentó frente a él.

—Richard y yo tuvimos un negocio juntos. Cuando cerró, quedaron deudas pendientes. Yo pensé que habíamos terminado de arreglarlas hace años.

—¿Qué deudas?

—Dinero que él había invertido.

—¿Cuánto?

Jessica bajó la mirada.

—No recuerdo la cantidad exacta.

Marcus no pudo contenerse.

—¿Cómo puedes no recordar una deuda que supuestamente quedó resuelta?

Jessica se volvió hacia él.

—¡Porque no estaba tratando de ocultarte nada en ese momento!

—¿Y ahora sí?

David levantó una mano.

—Jessica, quiero que me cuentes qué ocurrió cuando cerraste ese negocio. Sin cambiar de tema y sin culpar a Marcus.

Ella tardó unos segundos en responder.

Contó que Richard había aportado capital para comprar mercancía y alquilar un local. Durante los primeros meses, el negocio funcionó razonablemente bien. Después tuvieron problemas con los proveedores, perdieron clientes y comenzaron a acumular deudas.

Según Jessica, Richard quería continuar invirtiendo, mientras que ella prefería cerrar antes de perder más dinero.

La discusión terminó con el negocio cerrado y ambos culpándose mutuamente.

—Yo creía que ya no le debía nada —dijo Jessica—. Él se quedó con parte de la mercancía y con el dinero que quedaba en la cuenta. No volví a tener noticias suyas durante años.

David la observó con escepticismo.

—¿Y entonces apareció hace cinco meses para prestarte quince mil dólares?

—Sí.

—¿Por qué?

Jessica se llevó las manos al rostro.

—Porque yo estaba desesperada. Había perdido mis ahorros y necesitaba recuperar el dinero.

—¿Le contaste que yo tenía una casa?

Ella no respondió.

—Jessica.

—Sí.

David se levantó.

—¿Y le dijiste que podías utilizarla como garantía?

—Solo le expliqué que vivíamos en una propiedad cuyo valor era suficiente para respaldar un préstamo.

—¡La casa está a mi nombre!

—¡Ya lo sé!

—Entonces, ¿cómo pensabas utilizarla sin mi autorización?

Jessica comenzó a llorar.

—Richard dijo que podía arreglar la documentación. Me aseguró que solo necesitaba una copia de la escritura y algunos datos. Yo no sabía que iba a utilizar tu nombre de esa manera.

David la miró fijamente.

—¿Le entregaste mis datos personales?

Jessica guardó silencio.

Aquello fue suficiente para que David comprendiera que había más información que todavía no conocía.

Marcus se acercó al escritorio.

—¿Qué pasó con el dinero que Richard te prestó?

Jessica apretó las manos.

—Intenté recuperar lo que había perdido. Pagué algunas deudas y cubrí parte de los gastos de la casa.

—¿Y el resto?

—Lo perdí.

David cerró los ojos.

La historia parecía una sucesión interminable de malas decisiones, cada una utilizada como excusa para justificar la siguiente.

Pero todavía faltaba explicar algo.

—¿Por qué escribiste que Marcus había aceptado ayudarte con ocho mil dólares?

Jessica miró a su hijastro.

—Richard necesitaba saber si podía recuperar el dinero. Le dije que mi familia podía ayudarme.

—Yo nunca acepté pagar esa cantidad —respondió Marcus.

—Pensé que podrías ayudarme cuando tuvieras más dinero.

Marcus se quedó mirándola.

—¿Pensaste que podrías comprometerme con una deuda sin preguntarme?

—¡No era un contrato!

David tomó el cuaderno y lo abrió en la página correspondiente.

—Entonces explícame por qué escribiste esa frase.

Jessica bajó la cabeza.

—Richard me pidió que le demostrara que tenía una forma de pagarle. Escribí que Marcus podía contribuir porque sabía que tenía trabajo y ahorros.

Marcus sintió una indignación que le costó contener.

—¡No soy tu plan de emergencia! ¡No puedes decidir que mi dinero te pertenece solo porque vivo aquí!

—No dije que te perteneciera.

—Escribiste que yo acepté ayudarte.

Jessica no respondió.

David se apartó de la mesa.

—Esto se acabó. Mañana el abogado revisará el documento, y nadie va a asumir ninguna deuda sin verificarla. Si Richard ha utilizado mi nombre sin autorización, tendrá que explicarlo.

Jessica se levantó con desesperación.

—Si haces eso, él va a venir por mí.

David se detuvo.

—¿Qué significa eso?

Ella comenzó a temblar.

—Richard no acepta un no por respuesta. Cuando alguien le debe dinero, no deja de llamar hasta que consigue lo que quiere.

—Entonces deberías haberme dicho la verdad desde el principio.

—Tenía miedo.

—¿Y por eso decidiste cobrarle más a mi hijo?

Jessica se quedó callada.

David tomó los documentos y se dirigió al despacho.

—Esta noche quiero que todos conserven cualquier mensaje, recibo o papel relacionado con Richard. Mañana veremos qué hacemos.

Marcus acompañó a su padre.

Emily permaneció en la sala, llorando.

Jessica se quedó junto a la escalera, mirando cómo su familia se alejaba.

Por primera vez, había perdido el control de la situación.

Sin embargo, lo que ninguno de ellos sabía era que Richard no pensaba esperar hasta la mañana.

A las once y cuarenta y siete de la noche, un automóvil se detuvo frente a la casa.

Marcus lo vio desde la ventana de su habitación.

Un hombre salió del vehículo y miró directamente hacia la entrada.

Era Richard.

No llamó al timbre.

En cambio, sacó su teléfono y envió un mensaje.

El teléfono de Jessica vibró en la sala.

Ella lo leyó y se quedó completamente inmóvil.

«Sé que David ya vio los documentos. Tienes hasta mañana para entregarme el original de la escritura. Si no lo haces, le contaré quién me ayudó a preparar el préstamo».

Jessica miró hacia el piso superior.

Después miró hacia la puerta principal.

Y tomó una decisión que podía cambiar el destino de todos.

Bajó las escaleras sin hacer ruido, entró en el despacho de David y abrió el cajón donde él guardaba sus documentos más importantes.

La escritura original estaba dentro de una carpeta azul.

Jessica la sacó.

Pero cuando estaba a punto de cerrar el cajón, escuchó una voz detrás de ella.

—¿Qué estás haciendo con los papeles de mi papá?

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Marcus estaba parado en la puerta.

Y esta vez no iba a permitir que Jessica se marchara con nada.

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