Chapter 7: El teléfono de un hombre que llevaba años muerto
—¿Richard Bennett? —repitió Nick, mirando a Patricia—. Quiero que me digas exactamente qué escuchaste.
La mujer apretó el bolso contra su cuerpo.
—No escuché toda la conversación. Vanessa estaba en su despacho y yo pasaba por el pasillo cuando respondió el teléfono. Al principio pensé que era una llamada de trabajo, pero después la escuché preguntar: «¿Cómo es posible que usted tenga ese número?».
Eleanor se levantó de golpe.
—¿Y luego?
Patricia miró hacia la puerta, como si temiera que alguien pudiera estar escuchándola desde el otro lado.
—Vanessa se puso muy pálida. Le preguntó a la persona si aquello era una broma. Después dijo: «Mi padre me aseguró que usted había muerto».
Nick soltó una exclamación ahogada.
Yo sentí un escalofrío.
No conocía a Richard Bennett. Solo había visto fotografías suyas en la casa de Martha y escuchado las pocas historias que Nick compartía sobre su infancia.
Sin embargo, sabía que mi esposo había sufrido mucho cuando su padre murió.
No podía imaginar lo que significaría para él descubrir que alguien había utilizado aquel nombre para manipular a Vanessa.
—¿Escuchaste la voz? —preguntó Arturo.
Patricia negó con la cabeza.
—Solo escuché las respuestas de Vanessa. Ella cerró la puerta y yo no volví a verla hasta que salió con una carpeta. Parecía aterrada.
—¿Le preguntaste qué había pasado? —intervine.
—Sí. Me dijo que, si alguien preguntaba por ella, yo no sabía nada. Antes de irse me entregó una llave y me pidió que recogiera este sobre.
Sacó una pequeña llave plateada del bolsillo de su saco.
—También me dijo algo que no entendí. Me pidió que no permitiera que la señora Martha llegara primero a la caja de seguridad.
Nick tomó la llave.
—¿Qué caja de seguridad?
—No lo sé, señor. Vanessa solo me dijo que tenía que ver con su padre.
Arturo extendió la mano.
—Déjeme verla.
La examinó durante unos segundos y después la colocó sobre el escritorio.
—Podría abrir un casillero bancario, un archivo privado o alguna cerradura de seguridad. No tenemos suficiente información para saberlo.
Nick sacó su teléfono.
—Voy a llamar a la policía.
—Puedes reportar que Vanessa está desaparecida y que temes por su seguridad —respondió Arturo—. Pero tenemos que distinguir entre una desaparición voluntaria y una situación en la que alguien corre peligro. No debemos sacar conclusiones antes de conocer los hechos.
—¡Acaba de recibir una llamada de alguien que utiliza el nombre de mi padre!
—Y precisamente por eso debemos actuar con cuidado.
Nick caminó hasta la ventana.
Lo vi cerrar los ojos y apoyar una mano contra el vidrio.
—Mi papá está muerto —dijo, casi para sí mismo—. Yo estuve en su funeral. Vi cómo enterraron su ataúd. No existe ninguna manera de que me esté llamando ahora.
Eleanor se acercó a él.
—Nadie está diciendo que Richard haya llamado personalmente. Patricia no escuchó la voz. Solo vio una reacción que no comprendió.
—Pero Vanessa dijo que alguien le aseguró que estaba muerto.
—Eso significa que alguien le hizo creer algo —respondió Eleanor—. Y quizá ahora está tratando de corregirlo o de usar esa mentira para asustarla.
Nick volvió hacia nosotros.
Su expresión había cambiado.
Ya no parecía un hombre que intentaba comprender una traición familiar. Parecía alguien que acababa de descubrir que sus recuerdos más dolorosos podían haber sido utilizados como herramientas por personas que conocía desde la infancia.
—Arturo, revisa esa memoria —ordenó—. Encuentra cualquier cosa que nos lleve a Vanessa. Voy a informar que no podemos localizarla.
El abogado asintió.
Después tomó la USB que Patricia había entregado y la conectó a un equipo aislado de su red habitual.
La memoria contenía una carpeta con varios archivos, capturas de estados de cuenta y fotografías de documentos.
Arturo abrió primero un archivo de texto.
Era una lista de movimientos bancarios. Varias transferencias aparecían vinculadas a distintas empresas, pero una cuenta se repetía con frecuencia.
Terminaba en los números 4817.
Eleanor se inclinó sobre el escritorio.
—Esa cuenta no estaba en los registros que encontré hace años.
Arturo amplió la imagen.
—Aquí hay una referencia al nombre de Richard Bennett. No aparece como titular directo, pero figura como beneficiario de una estructura fiduciaria.
Nick frunció el ceño.
—¿Una estructura fiduciaria?
—Una forma de mantener y administrar ciertos bienes bajo condiciones específicas. Si se creó correctamente, los fondos podrían estar sujetos a reglas distintas de las que aparecen en los documentos de la empresa familiar.
—¿Y por qué nadie me habló de ella?
Arturo siguió revisando.
—Porque no figura en el resumen patrimonial que tu madre utilizó para justificar la modificación del testamento.
Eleanor palideció.
—Entonces existía otra parte de la herencia.
—O una cuenta que debía utilizarse para una finalidad concreta —aclaró el abogado—. Todavía no sabemos cuánto dinero contiene ni quién controla el acceso.
Nick golpeó el escritorio con los dedos.
—¿Y la llave?
Arturo observó la pequeña pieza plateada.
—Podría estar relacionada con esos documentos. Pero no la utilicen hasta que sepamos qué abre.
Pasó al siguiente archivo.
Era una fotografía de una página escrita a mano. La letra era irregular, pero Nick la reconoció de inmediato.
—Es de mi papá.
La hoja estaba fechada varios meses antes de la muerte de Richard.
Decía:
Si llegan a presentar una modificación después de mi muerte, no se basen únicamente en las copias que entregue Martha. Comprueben la cuenta de reserva y contacten a la persona que conserva el registro original.
Debajo aparecía una inicial.
G.
Eleanor se llevó una mano al pecho.
—Gabriel Ríos.
—¿Estás segura? —pregunté.
—Richard y Gabriel utilizaban esa inicial en las notas relacionadas con las cuentas de la fundación. Si alguien encontró este documento, sabía que había otra parte de la historia.
Arturo continuó leyendo el texto.
Al final, había una segunda anotación:
Si Gabriel no puede entregar el registro, busquen a mi hija antes de que sea demasiado tarde.
Nick se apartó del escritorio.
—¿Su hija?
Eleanor miró a Arturo.
El abogado no levantó la vista del documento.
—Richard tuvo una hija antes de casarse con Martha. Yo nunca la conocí personalmente, pero recuerdo que existía una carpeta confidencial con ese nombre.
Nick parecía incapaz de procesar la información.
—Mi papá nunca me dijo que tenía una hermana.
—No sé si se refería a una hija biológica, a una persona bajo su protección o a alguien a quien consideraba familia —dijo Eleanor—. No quiero que interpretemos una sola frase como si fuera una prueba definitiva.
Arturo revisó los metadatos del archivo.
—La fotografía fue tomada hace poco. El documento parece auténtico, pero eso deberá comprobarse. Lo importante es que quien lo fotografió quería que encontráramos esta referencia.
Nick regresó a la silla.
—¿Vanessa sabe quién es esa mujer?
Patricia se removió, incómoda.
Todos la miramos.
—¿Qué pasa? —preguntó Nick.
Ella bajó la cabeza.
—Escuché a Vanessa hablar de una hermana hace meses. Creí que se refería a una prima, porque en la familia Whitmore también utilizaban esa palabra para hablar de algunas parientes.
—¿Recuerdas su nombre?
Patricia cerró los ojos, concentrándose.
—Creo que dijo Isabel.
Eleanor frunció el ceño.
—Isabel…
—¿La conoces? —pregunté.
La mujer negó lentamente con la cabeza.
—No personalmente. Pero recuerdo que Gabriel tenía una hija llamada Isabel. Era pequeña cuando yo trabajaba en la fundación.
Nick se quedó mirando la hoja.
Si aquella Isabel era la persona mencionada por Richard, podía ser la única que supiera dónde estaba el registro original.
Y si Vanessa conocía su existencia, quizá su desaparición no tenía nada que ver con un simple conflicto entre su madre y Nick.
Arturo tomó el teléfono y comenzó a hacer llamadas para verificar los datos disponibles.
Mientras hablaba, Nick recibió un mensaje de un número desconocido.
Lo abrió.
Solo contenía una fotografía.
Era una imagen reciente de Vanessa sentada en una banca de una estación de autobuses, con una bolsa de viaje junto a los pies.
Debajo, alguien había escrito:
*«Deja de buscarla. Tu padre también quiso saber la verdad y mira cómo terminó»*.
Nick se puso de pie tan bruscamente que la silla cayó hacia atrás.
—¡Esto es una amenaza!
Arturo tomó el teléfono y examinó la imagen.
—No respondas. Vamos a guardar el mensaje y reportarlo.
Eleanor se acercó a la fotografía.
—Mira su mano.
Amplié la imagen.
Vanessa sostenía un papel doblado. Solo se alcanzaba a ver una esquina y parte de un sello.
Pero el sello era idéntico al que aparecía en los documentos de la fundación Bennett.
—Alguien quiere que creamos que tiene los documentos —dijo Nick.
—O quiere que dejemos de buscarlos —respondió Arturo.
Mi esposo me tomó la mano.
Sentí que estaba haciendo un esfuerzo enorme por mantener la calma.
—Emily, no pienso detenerme.
Lo miré.
—Yo tampoco.
Porque ya no se trataba únicamente del dinero de Richard.
Había una mujer desaparecida, una cuenta oculta, documentos que podían haber sido falsificados y una persona dispuesta a utilizar el nombre de un hombre muerto para infundir miedo.
Y si Martha y Helen creían que podían detenernos con otra mentira, estaban a punto de descubrir que ya no éramos los mismos que habían controlado durante años.
Antes de salir del despacho, Arturo volvió a mirar la fotografía.
—Hay algo que no me cuadra —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Nick.
El abogado señaló el reloj que aparecía al fondo de la imagen.
—Esta fotografía fue tomada después de las nueve de esta mañana. Pero la estación que aparece aquí cerró temporalmente su acceso principal por obras hace dos semanas.
Nick comprendió primero.
—Entonces la imagen podría haber sido tomada en otro lugar.
—O alguien quiere que pensemos que Vanessa está ahí —respondió Arturo.
Mi esposo apretó la mandíbula.
—¿Y si nunca salió de la casa de su madre?
Nadie respondió.
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Porque de pronto, la pregunta más aterradora ya no era quién había llamado utilizando el nombre de Richard Bennett.
Era quién estaba mintiendo sobre el paradero de Vanessa Whitmore.
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