Calm

Chapter 5: La madre de Vanessa reveló el secreto que podía destruir la boda

Elena llegó al departamento de Daniel con un sobre amarillo apretado contra el pecho y una expresión que él jamás le había visto.

No llevaba maquillaje, tenía los ojos hinchados y parecía haber envejecido varios años desde la noche anterior.

Daniel le abrió la puerta y se hizo a un lado.

—Pase, por favor.

Ella entró sin decir nada.

Durante unos segundos permaneció de pie en la sala, observando los documentos que él había dejado sobre la mesa.

—¿Vanessa ya te contó lo del dinero?

—Me contó una parte.

Elena cerró los ojos.

—Siempre hace eso. Cuenta la parte que le conviene y espera que los demás inventemos una explicación para el resto.

Daniel no respondió.

La mujer se sentó y colocó el sobre sobre sus piernas.

—No sé cómo llegamos a esto.

—Yo tampoco. Pero necesito que me diga la verdad.

Elena asintió.

Sacó del sobre varias hojas impresas, comprobantes bancarios y una copia de un documento firmado.

Daniel reconoció de inmediato la factura de cuarenta y ocho mil pesos.

Pero había otros papeles.

Uno de ellos contenía una lista de gastos personales. Otro era un resumen de transferencias realizadas durante los últimos cuatro meses.

Elena le entregó la primera hoja.

—Vanessa me pidió que guardara estos documentos porque decía que eran parte de la organización de la boda. Hace dos semanas, Emily vino a devolverme unas llaves y encontró el sobre abierto sobre la mesa.

Daniel examinó los papeles.

—¿Emily leyó todo esto?

—No lo sé. Cuando me di cuenta, ya estaba mirando los comprobantes.

—¿Y qué hizo?

Elena bajó la cabeza.

—Me preguntó por qué había transferencias a una cuenta personal. Yo le dije que seguramente eran gastos de Vanessa que después se iban a reembolsar.

—¿Y ella le creyó?

—No parecía convencida. Pero no discutió conmigo.

Daniel siguió leyendo.

Había movimientos por cantidades diferentes: seis mil pesos, nueve mil quinientos, catorce mil y otros montos que, sumados, representaban una cantidad considerable.

No todos tenían una explicación clara.

—¿De dónde salió todo este dinero? —preguntó.

Elena se frotó las manos.

—De la cuenta que ustedes utilizaban para pagar la boda.

Daniel sintió que la rabia volvía a crecer.

—¿Y usted sabía que Vanessa lo estaba usando para otras cosas?

—Al principio no. Después me pidió ayuda para cubrir algunos pagos y me di cuenta de que había problemas.

—¿Por qué no me llamó?

La mujer levantó la mirada, avergonzada.

—Porque es mi hija.

Daniel soltó el aire lentamente.

—Yo también la quiero, señora Elena. Por eso estaba dispuesto a casarme con ella.

—Lo sé.

—Pero querer a alguien no significa que tenga que aceptar que me mienta.

Elena comenzó a llorar en silencio.

Daniel le acercó una caja de pañuelos.

Esperó hasta que ella pudiera continuar.

—Hay algo más —dijo finalmente.

Sacó una última hoja del sobre.

Era una impresión de un correo electrónico enviado a una dirección que Daniel reconoció como la de Vanessa.

El asunto decía: «Aviso de vencimiento y saldo pendiente».

El documento indicaba que una deuda personal había alcanzado un monto considerable y que existía un plazo para regularizarla.

Daniel leyó la cifra dos veces.

Ciento ochenta y seis mil pesos.

—¿Vanessa debe todo esto?

Elena asintió.

—No sé cuánto ha pagado ni cuánto sigue pendiente. Me enteré hace unos meses, cuando una persona llamó a mi casa buscando hablar con ella.

Daniel dejó la hoja sobre la mesa.

—¿Y por qué no me lo dijo?

—Vanessa me suplicó que no interviniera. Me aseguró que iba a resolverlo antes de la boda.

—¿Con qué dinero?

Elena no contestó.

Daniel se levantó y caminó hasta la ventana.

Ahora entendía por qué Vanessa había querido controlar todos los gastos y por qué se había puesto tan nerviosa cuando él mencionó revisar las cuentas.

Pero había algo que seguía sin comprender.

—¿Qué tiene que ver Emily con todo esto?

Elena se secó las lágrimas.

—Vanessa cree que Emily sabe más de lo que dice.

—¿Y usted qué cree?

La mujer tardó en responder.

—Creo que Emily encontró algo que Vanessa no quería que nadie viera.

Daniel volvió a sentarse.

—¿Qué era exactamente?

Elena abrió la carpeta y buscó una hoja que estaba doblada en cuatro.

—Esto.

Era un correo electrónico enviado por Vanessa a una empresa de préstamos.

En el mensaje, ella solicitaba información sobre la posibilidad de conseguir un préstamo utilizando documentación relacionada con los preparativos de la boda.

No había pruebas suficientes para concluir que hubiera obtenido ese préstamo, pero el correo dejaba claro que había considerado hacerlo.

Daniel sintió un escalofrío.

—¿Pensaba pedir dinero utilizando mi nombre?

—No lo sé.

—¿Usted cree que lo hizo?

Elena negó lentamente.

—No puedo asegurarlo.

Daniel volvió a leer el documento.

La fecha era de hacía tres semanas.

Vanessa había enviado aquel correo cuando ya estaba comprometida con él, cuando los preparativos de la boda estaban casi terminados y cuando ambos hablaban de construir una vida juntos.

—¿Por qué me está mostrando esto ahora? —preguntó.

Elena lo miró con una tristeza profunda.

—Porque anoche, cuando le pedí explicaciones por lo de Emily, Vanessa me dijo que si tú descubrías la verdad, perdería todo. No estaba hablando solamente de la boda.

Daniel permaneció en silencio.

Elena se inclinó hacia él.

—No quiero justificarla. Lo que le hizo a Emily estuvo mal. Pero necesito que entiendas que mi hija lleva meses tomando decisiones desesperadas y que yo cometí el error de ayudarla a ocultarlas.

—¿Emily sabe lo de la deuda?

—No estoy segura.

Daniel guardó los documentos en la carpeta.

—Necesito hablar con ella.

Elena asintió.

—Yo también.

A esa misma hora, yo estaba sentada en la mesa de mi departamento, intentando desayunar con la mano izquierda.

Había preparado un café y unas tostadas porque no tenía fuerzas para cocinar. Cada movimiento me resultaba incómodo, pero me negaba a pasar otra mañana entera sin comer.

Mi teléfono vibró.

Era Daniel.

«¿Cómo sigue tu hombro?».

Le respondí que seguía adolorido, pero que estaba siguiendo las indicaciones médicas.

Después llegó otro mensaje.

«Necesito preguntarte algo sobre un sobre que encontraste en casa de tu mamá hace dos semanas».

Me quedé inmóvil.

Miré hacia el cajón donde guardaba algunas fotografías, recibos y papeles que había recogido cuando ayudé a mi madre a ordenar su comedor.

Recordaba perfectamente aquel sobre amarillo.

Había visto varias facturas y una hoja con números escritos a mano. No me había detenido a leerlo todo porque no quería meterme en asuntos de Vanessa.

Sin embargo, algo me había llamado la atención.

Una transferencia aparecía repetida en dos documentos distintos.

La primera vez había pensado que era un error.

La segunda, me había preguntado por qué alguien necesitaba justificar el mismo gasto dos veces.

No había tomado fotografías.

No había guardado copias.

Solo había mencionado mi duda a mi madre, quien me pidió que no me preocupara por asuntos que no me correspondían.

Le escribí a Daniel.

«Recuerdo el sobre. Vi algunas facturas, pero no sé exactamente qué contenían».

Él respondió:

«¿Recuerdas algo que te pareciera extraño?».

Miré mi desayuno.

Después volví a escribir.

«Había una transferencia repetida. No quise revisar los documentos porque eran asuntos de Vanessa».

Daniel tardó unos segundos.

«¿Tu mamá te dijo algo sobre eso?».

Suspiré.

«Me dijo que no me metiera».

No esperaba recibir una llamada, pero el teléfono empezó a sonar inmediatamente.

Contesté.

—Hola, Daniel.

—Emily, perdona que te moleste. ¿Podrías contarme exactamente qué viste?

Le expliqué lo que recordaba.

No quería acusar a mi hermana sin pruebas, así que fui cuidadosa con mis palabras.

Daniel escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, guardó silencio durante unos segundos.

—Gracias por decírmelo.

—¿Está pasando algo con la boda?

—Sí.

Cerré los ojos.

—Daniel, no quiero que tomes decisiones por lo que me pasó. Lo de la piscina estuvo mal, pero no quiero que sientas que tienes que cancelar tu boda para defenderme.

Él respondió con una voz tranquila.

—No estoy tomando decisiones por ti, Emily. Estoy intentando decidir qué tipo de vida quiero tener.

No supe qué contestar.

—Lo siento mucho —murmuré—. Nunca quise causar problemas.

—Tú no causaste estos problemas.

Después de despedirnos, permanecí sentada durante varios minutos.

Había pasado tantos años tratando de evitar conflictos con Vanessa que me costaba aceptar que no todo dependía de mí.

Quizá mi hermana había cometido errores.

Quizá Daniel estaba enojado.

Pero yo no podía arreglar aquella situación sacrificando otra vez mi tranquilidad.

Por la tarde, Vanessa se presentó en casa de su madre sin avisar.

Encontró a Elena sentada a la mesa, con una taza de café y varios documentos extendidos frente a ella.

En cuanto vio el sobre amarillo, su expresión cambió.

—¿Qué haces con eso?

Elena levantó la mirada.

—Hablé con Daniel.

Vanessa dejó caer las llaves sobre la mesa.

—¿Qué hiciste?

—Le conté la verdad.

Por un momento, la habitación quedó en completo silencio.

Después Vanessa empezó a reír.

No era una risa alegre.

Era una risa nerviosa, amarga, casi incrédula.

—¿Le contaste todo?

—Le mostré los documentos.

Vanessa se llevó ambas manos a la cabeza.

—¡Mamá, te dije que no lo hicieras!

—No puedo seguir mintiendo por ti.

—¡Me vas a destruir!

Elena se puso de pie.

—No, Vanessa. Te estás destruyendo tú sola.

Mi hermana la miró con los ojos llenos de lágrimas.

—¿De verdad vas a ponerte del lado de Emily?

—Estoy del lado de la verdad.

Vanessa tomó el sobre.

—¿Dónde están las demás hojas?

—Daniel se llevó las copias.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Tiene los documentos, Vanessa.

Mi hermana retrocedió un paso.

Entonces sacó su teléfono y marcó mi número.

Yo estaba descansando cuando vi aparecer su nombre en la pantalla.

No contesté.

Volvió a llamar.

La segunda vez, respondí.

—¿Qué quieres, Vanessa?

Su voz sonaba extrañamente tranquila.

—Necesitamos hablar.

—No tengo ganas de discutir.

—No quiero discutir. Quiero arreglar las cosas entre nosotras.

Miré mi brazo inmovilizado.

Recordé el agua helada, el concreto bajo mis rodillas y su risa mientras yo intentaba respirar.

—¿Arreglar qué?

Vanessa respiró profundamente.

—Quiero que le digas a Daniel que te equivocaste con lo que viste en el sobre.

Me quedé helada.

—¿Qué?

—Solo dile que no recuerdas bien los documentos. Que seguramente confundiste las cantidades.

—Pero yo no he dicho nada que no recuerde.

Su voz cambió.

—Emily, por favor. Si haces esto, vas a destruir mi vida.

Apreté el teléfono con la mano izquierda.

—Yo no estoy haciendo nada.

—¡Tú siempre haces algo! ¡Siempre encuentras la manera de ponerme en problemas!

Me dolió escucharla, pero esta vez no bajé la mirada.

—Vanessa, yo no te empujé a la piscina. Tú me empujaste a mí.

Ella guardó silencio.

—Y no voy a mentir para protegerte.

Colgué.

Me quedé mirando el teléfono, con el corazón acelerado.

Había sido la primera vez que le decía que no sin intentar suavizar mis palabras.

Y aunque sentía miedo, también experimentaba algo nuevo.

Alivio.

Sin embargo, la tranquilidad duró poco.

Unos minutos después, recibí un mensaje de un número desconocido.

«Emily, soy Chloe, la amiga de Vanessa. Necesito verte. Hay algo que debes saber sobre lo que pasó en la piscina y sobre lo que tu hermana planeaba hacer después».

Debajo del mensaje había una fotografía.

En ella aparecía Vanessa junto a la piscina, tomada varios minutos antes de que comenzara la celebración.

No estaba sonriendo.

Estaba mirando directamente hacia mí.

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Y en su mano sostenía algo que yo no había visto aquella noche.

Un pequeño dispositivo negro.

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