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Chapter 4: Los cuarenta y ocho mil pesos que Vanessa intentó esconder

Vanessa estaba tan desesperada por impedir que Daniel descubriera la verdad que cometió el error de llamar a la única persona que podía confirmar sus mentiras: su propia madre.

—Mamá, te lo estoy diciendo en serio. Si Emily habla con Daniel sobre ese sobre, estamos perdidas.

Su madre permaneció en silencio al otro lado de la línea.

—Vanessa, ¿qué hiciste con ese dinero?

—¡No hice nada malo!

—Entonces, ¿por qué tienes tanto miedo de que Daniel lo descubra?

Vanessa cerró los ojos y respiró profundamente.

Estaba en su habitación, rodeada de cajas con recuerdos de la boda, muestras de invitaciones y bolsas con accesorios que había comprado para la ceremonia. Sobre la cama descansaba el vestido que usaría para la cena familiar de aquella noche.

Todo estaba preparado para que su boda fuera perfecta.

Y ahora, por culpa de Emily, sentía que todo podía desmoronarse.

—El dinero era para cubrir unos gastos —respondió finalmente—. Solo lo moví de una cuenta a otra.

—¿De qué cuenta?

—De la cuenta de Daniel.

Su madre soltó una exclamación ahogada.

—¡Vanessa!

—¡No grites! —susurró ella—. Yo tenía acceso a esa cuenta porque él me pidió que me encargara de los pagos. No robé nada.

—¿Le dijiste que habías transferido cuarenta y ocho mil pesos a tu cuenta personal?

Vanessa no contestó.

Su silencio fue suficiente.

—Hija, eso no está bien.

—¡No empieces tú también! Necesitaba dinero para pagar unas cosas que él nunca habría aceptado.

—¿Qué cosas?

Vanessa apretó los labios.

Había facturas atrasadas, compras personales y una deuda que llevaba meses intentando ocultar. Durante mucho tiempo había mantenido una imagen de mujer organizada, exitosa y capaz de conseguir todo lo que quería.

Pero su situación económica no era tan perfecta como aparentaba.

Había comprado ropa, accesorios y muebles para el departamento que compartiría con Daniel. También había utilizado parte del dinero para cubrir una deuda de su tarjeta de crédito.

Se había convencido de que, después de casarse, podría devolverlo poco a poco.

Daniel ganaba bien. No le faltaría dinero.

Además, ella sería su esposa.

En su mente, aquello justificaba cualquier cosa.

—Te lo voy a explicar después —dijo—. Por ahora, necesito que hagas algo por mí.

—¿Qué cosa?

—Si Emily te pregunta por el sobre, dile que no recuerdas haberlo visto.

Su madre tardó en responder.

—No voy a mentir por ti.

Vanessa sintió que la rabia le subía por el pecho.

—¿Así me pagas todo lo que he hecho por esta familia?

—No mezcles las cosas.

—¡Siempre defiendes a Emily! ¡Siempre!

Colgó antes de escuchar la respuesta.

Luego arrojó el teléfono sobre la cama.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, con los ojos clavados en el techo.

Después recordó algo.

El sobre.

Lo había dejado en casa de su madre dos semanas antes, cuando ambas revisaban unos documentos relacionados con los preparativos de la boda.

Emily había llegado inesperadamente para devolver unas llaves.

No debía haber visto nada.

Pero había permanecido varios minutos junto a la mesa del comedor, donde estaban los papeles.

Vanessa recordaba perfectamente haber encontrado después el sobre abierto.

En aquel momento no le dio demasiada importancia.

Ahora, sin embargo, empezaba a preguntarse cuánto había leído su hermana.

Y si había guardado alguna prueba.

A las once y media de la mañana, Daniel recibió un correo de la empresa de decoración.

El documento confirmaba que solo habían recibido doce mil pesos de anticipo.

No existía ninguna factura por cuarenta y ocho mil pesos.

Tampoco había un servicio adicional registrado a nombre de Vanessa.

Daniel imprimió los documentos y los colocó sobre su escritorio.

No quería tomar decisiones basándose en sospechas, pero cada nueva pieza de información apuntaba en la misma dirección.

Llamó a Vanessa.

Ella contestó al segundo tono.

—Mi amor, justo iba a marcarte.

Daniel sintió una punzada de decepción al escucharla utilizar aquel apodo como si nada hubiera sucedido.

—Necesito hablar contigo sobre los gastos de la boda.

Hubo una pausa.

—Claro. ¿Qué pasó?

—¿Puedes venir a mi departamento?

—¿Ahorita?

—Sí.

Vanessa miró el vestido extendido sobre la cama.

—Tengo que reunirme con la organizadora.

—Entonces podemos vernos después.

—No, no. Voy para allá.

Colgó y se quedó mirando su reflejo en el espejo.

Tenía que controlar la situación.

Daniel podía estar molesto por lo de Emily, pero todavía no tenía motivos para cancelar la boda. Si conseguía que dejara de investigar los pagos, podría devolver el dinero antes de que se diera cuenta de lo ocurrido.

Se maquilló, se puso unos aretes y eligió un vestido que sabía que a él le gustaba.

Antes de salir, revisó su teléfono.

No había mensajes de Daniel.

Tampoco de Emily.

Eso le dio una pequeña sensación de alivio.

Quizá su hermana estaba demasiado ocupada lamentándose para hacer algo más.

Vanessa tomó su bolso y salió.

Daniel la esperaba en la sala.

Sobre la mesa había tres documentos, una computadora portátil y dos tazas de café que ya se habían enfriado.

Vanessa entró sonriendo.

—Hola, amor.

Se inclinó para besarlo, pero Daniel se apartó lo suficiente para evitar el beso.

La sonrisa de ella desapareció.

—¿Qué pasa?

—Siéntate.

Vanessa obedeció lentamente.

Daniel deslizó una factura hacia ella.

—¿Reconoces este documento?

Ella lo miró.

Durante una fracción de segundo, su rostro perdió todo color.

Después recuperó la compostura.

—Sí. Es una factura de la decoración.

—¿De qué servicio?

—De unas cosas adicionales que pedí.

—La empresa dice que nunca emitió esta factura.

Vanessa levantó la mirada.

—¿Qué?

—Llamé directamente al proveedor. Solo recibieron doce mil pesos. No hay ningún registro de los cuarenta y ocho mil que aparecen aquí.

Ella soltó una risa nerviosa.

—Debe haber un error administrativo.

—¿Un error que terminó en tu cuenta personal?

Vanessa se quedó callada.

Daniel abrió otro documento.

—La transferencia salió de la cuenta que utilizamos para los gastos de la boda. Quiero que me expliques por qué.

Ella respiró hondo.

—Daniel, puedo explicártelo.

—Te escucho.

—Había algunos gastos personales que necesitaba cubrir. Pensé que podía utilizar ese dinero temporalmente y devolverlo después.

Daniel la miró sin parpadear.

—¿Utilizaste el dinero de la boda para pagar tus deudas?

—¡No es como suena!

—Entonces explícame cómo suena.

Vanessa apretó las manos sobre las rodillas.

—Yo estaba organizando todo. Tú me dijiste que me encargara de los pagos. Estaba bajo mucha presión y cometí un error.

—¿Un error?

—Sí. Pero pensaba devolverlo.

—¿Cuándo?

—Pronto.

—¿Antes o después de la boda?

Ella bajó la mirada.

Daniel se levantó y caminó hasta la ventana.

Durante meses había imaginado su vida con Vanessa. Había pensado en comprar una casa, viajar, tener hijos y construir una familia.

No esperaba que su relación fuera perfecta.

Pero sí esperaba poder confiar en la mujer con la que iba a compartir su vida.

—Vanessa, ¿hay más dinero que no me hayas explicado?

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Daniel volvió a sentarse.

—Voy a revisar todos los movimientos relacionados con la boda. Si hay alguna otra transferencia que no reconozca, quiero saberlo antes de tomar cualquier decisión.

Vanessa se puso rígida.

—¿Me estás investigando?

—Estoy revisando mi dinero.

—¡Soy tu prometida!

—Precisamente por eso esperaba que pudieras decirme la verdad.

Ella se levantó de golpe.

—¡Todo esto es culpa de Emily! Desde que llegó a la fiesta, no has hecho otra cosa que defenderla.

Daniel la miró con incredulidad.

—¿Emily hizo la transferencia?

—No, pero…

—¿Emily falsificó la factura?

Vanessa apretó los labios.

—No.

—¿Emily te pidió que la empujaras a una piscina?

—¡Ya basta!

Daniel se quedó callado.

Vanessa respiraba agitadamente.

Había querido convertir aquella conversación en otra discusión sobre mi comportamiento, pero por primera vez él no estaba dispuesto a seguirle el juego.

—Voy a devolverte el dinero —dijo ella finalmente—. Te lo prometo.

—Eso no resuelve todo.

—¿Qué más quieres?

Daniel tardó unos segundos en responder.

—Quiero saber por qué me mentiste.

Vanessa lo miró como si él hubiera cometido una injusticia imperdonable.

—Porque sabía que reaccionarías así.

—¿Así cómo?

—Como si fuera una delincuente.

Daniel apartó los documentos.

—No necesito llamarte nada, Vanessa. Necesito decidir si puedo confiar en ti.

Ella comenzó a llorar.

Al principio, las lágrimas parecían sinceras. Se cubrió la cara con ambas manos y dejó escapar varios sollozos.

Daniel no se acercó.

—Estoy aterrada —murmuró ella—. Siento que voy a perderlo todo.

Él la observó con tristeza.

—Lo que me preocupa es que sigas pensando que el problema es perder algo.

Vanessa levantó la cabeza.

—¿Qué significa eso?

—Que todavía no te he escuchado decir que lamentas haber lastimado a Emily.

Ella abrió la boca, pero él continuó.

—No me has preguntado cómo está. No te has preocupado por su recuperación. Lo único que te importa es la luna de miel, el dinero y lo que la gente piensa de ti.

—¡Eso no es verdad!

—Entonces dime algo que hayas hecho desde anoche para reparar el daño.

Vanessa se quedó inmóvil.

No tenía respuesta.

Daniel recogió los documentos y los guardó en una carpeta.

—Necesito tiempo.

—¿Para qué?

—Para pensar si todavía quiero casarme contigo.

Vanessa sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—No puedes hacerme esto a pocos días de la boda.

—No te estoy haciendo nada. Estoy intentando entender quién eres.

Ella tomó su bolso.

—Te vas a arrepentir.

Daniel no respondió.

Vanessa caminó hacia la puerta, pero antes de salir se volvió una última vez.

—Emily no es tan inocente como crees.

Daniel levantó la mirada.

—¿Qué significa eso?

Ella dudó.

Había querido lanzar aquella frase para sembrar dudas, pero comprendió que podía terminar empeorando las cosas.

—Nada. Olvídalo.

Salió dando un portazo.

Daniel permaneció solo.

Unos segundos después, su teléfono vibró.

Era un mensaje de su futura suegra.

«Daniel, por favor, no tomes decisiones precipitadas. Vanessa está desesperada. Hay cosas de las que no sabes nada».

Él escribió una sola pregunta.

«¿Qué cosas?».

La respuesta no llegó.

En cambio, recibió una llamada de un número desconocido.

—¿Daniel? —preguntó una voz femenina—. Soy la señora Elena, la madre de Vanessa. Necesito hablar contigo en persona.

Él se enderezó.

—¿Sobre qué?

La mujer respiró profundamente.

—Sobre el dinero que Vanessa utilizó y sobre el verdadero motivo por el que estaba tan preocupada de que Emily viera aquellos documentos.

Daniel miró la carpeta sobre la mesa.

—¿Qué había en ese sobre?

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La respuesta de Elena lo dejó helado.

—No eran solamente facturas, Daniel. También había un documento que demuestra que Vanessa llevaba meses ocultándote algo mucho más grave.

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