Chapter 3: La firma falsa y el hombre que conocía todos sus secretos
Michael reconoció la dirección de inmediato.
Era la de su taller mecánico.
El negocio que había levantado con sus propias manos.
El lugar donde había pasado noches enteras reparando motores, donde había aprendido a vivir sin depender de nadie y donde guardaba la fotografía de Emily que llevaba pegada detrás del escritorio.
Alguien había usado una computadora de aquel lugar para solicitar un crédito a su nombre.
—Eso no tiene sentido —murmuró—. No solicité ningún préstamo. Ni siquiera tengo deudas personales.
Daniel cerró la carpeta.
—Necesito que pienses con calma. ¿Quién tenía acceso a la computadora?
Michael se pasó la lengua por los labios.
—Mi socio, Tom. Yo. A veces entraba el contador. Y Sarah tenía la contraseña porque me ayudaba con las facturas cuando empezamos.
—¿Cuándo fue la última vez que Sarah estuvo en el taller?
Michael intentó recordar.
—Unos diez días antes de mi arresto. Dijo que necesitaba unas copias para la declaración de impuestos.
Daniel no apartó la mirada.
—¿Fue sola?
—Sí. Yo estaba trabajando debajo de una camioneta y Tom había salido a comprar refacciones.
El abogado anotó la fecha.
—¿Cuánto tiempo estuvo ahí?
—No lo sé. Veinte minutos, quizá media hora.
—¿Notaste algo extraño después?
Michael se quedó callado.
Entonces recordó una conversación que había olvidado casi por completo.
Tom se había acercado a él con una carpeta en la mano.
—Oye, Mike, ¿por qué estás pidiendo otro crédito?
Michael había levantado la cabeza desde el motor que estaba reparando.
—¿Qué crédito?
Tom le mostró un correo electrónico que acababa de llegar a la dirección administrativa del taller. El mensaje mencionaba una oferta de financiamiento empresarial.
Michael le había respondido que no estaba interesado.
Pensó que se trataba de publicidad y no volvió a preocuparse.
Ahora comprendía que tal vez el correo era una señal de algo mucho más grave.
—Tom vio una notificación —dijo—. Creyó que yo estaba buscando financiamiento. Le dije que no.
Daniel hizo una última anotación.
—Voy a solicitar los registros electrónicos. No podemos presentar sospechas como si fueran pruebas, pero sí podemos seguir el rastro de esa solicitud.
Michael asintió.
Los oficiales anunciaron que había terminado el receso.
Al levantarse, sintió un tirón en las muñecas. Las esposas seguían allí, recordándole que todavía no tenía libertad ni siquiera para moverse sin permiso.
—Daniel, necesito que encuentres a mi hija.
—Emily está con la trabajadora social.
—No me refiero a eso. Necesito saber qué está pasando con ella mientras yo estoy aquí.
El abogado suavizó la expresión.
—Voy a solicitar que se permita una entrevista independiente. Sin Sarah presente. Una persona especializada hablará con Emily y determinará qué recuerda y si alguien la ha presionado.
Michael apretó los labios.
—No quiero que la obliguen a decir nada.
—Ni yo. Pero tampoco permitiré que tu esposa sea la única persona que explique lo que tu hija siente.
Regresaron a la sala.
Sarah estaba de pie, revisando algunos documentos. Cuando vio a Michael, guardó rápidamente las hojas en una carpeta azul.
Daniel lo notó.
También notó que Sarah evitaba mirar la mejilla de su esposo, donde el corazón rojo había quedado parcialmente borrado.
El juez ocupó su lugar y pidió a las partes que continuaran.
La fiscal se levantó primero.
—Su señoría, antes de proceder, queremos dejar constancia de que la presencia de la menor durante la audiencia fue un episodio emocionalmente perturbador. Consideramos que el padre pudo haber contribuido, directa o indirectamente, a que la niña desarrollara una percepción distorsionada de los hechos.
Michael quiso levantarse.
Daniel le apretó el antebrazo para detenerlo.
La fiscal continuó:
—El señor Michael tiene antecedentes de conducta agresiva. Su apariencia, sus reacciones y la dependencia emocional de la niña son factores que no podemos ignorar.
—Protesto —dijo Daniel—. Mi cliente está siendo juzgado por hechos concretos, no por el aspecto de sus brazos ni por una historia de hace más de una década. Además, no existe evidencia de que haya influido en la declaración de su hija.
El juez miró a la fiscal.
—Señorita, limite sus argumentos a las pruebas presentadas.
Sarah inclinó la cabeza.
Por un momento, Michael creyó que estaba a punto de protestar otra vez.
Pero su esposa permaneció en silencio.
La fiscal pidió entonces que Sarah describiera los acontecimientos de la noche del arresto.
Sarah se sentó en el estrado.
Puso las manos sobre el regazo y adoptó una expresión de angustia.
—Yo solo quería que Emily estuviera a salvo —comenzó—. Michael había estado muy irritable. Discutía por cualquier cosa. Esa noche me sujetó de la muñeca y me empujó contra el mueble.
Michael sintió que las palabras le golpeaban el pecho.
—¡Eso no pasó! —exclamó.
—¡Señor Michael! —advirtió el juez.
Daniel se levantó.
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—Mi cliente solicita que conste en acta su objeción. La versión de la señora contradice los testimonios iniciales de los dos vecinos que ingresaron a la casa.
La fiscal sostuvo que aquellos vecinos habían
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