Calm

Chapter 8: La mujer de la fotografía sabía por qué Robert necesitaba tanto dinero

No dormí más de una hora aquella noche.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la fotografía que Maya describía: una mujer cuyo nombre podía ser Rebecca, una caja metálica escondida en la cochera y una cuenta que, según mi hija, nadie debía conocer.

No sabía si aquella mujer tenía alguna relación con las transferencias. Tampoco sabía si la fotografía pertenecía a un expediente financiero, a un documento personal o a algo completamente distinto.

Pero necesitaba averiguarlo.

A las siete de la mañana, la doctora nos informó que Maya continuaría bajo observación hasta que el equipo médico considerara seguro organizar su salida y el seguimiento posterior. Aunque algunos síntomas habían disminuido, todavía necesitaba atención y no existía una explicación definitiva para todo lo ocurrido.

Me tranquilizó verla comer un poco y conversar con Elena.

Sin embargo, cada vez que alguien mencionaba el regreso a casa, Maya se ponía tensa.

Por eso, antes de salir del hospital para una reunión con Patricia, confirmé que mi hermana se quedaría con ella.

—No tardes mucho, mamá —me pidió Maya.

Me incliné y le di un beso en la frente.

—Voy a hacer todo lo que pueda. Y si te sientes mal o necesitas algo, llama a tu tía o a la enfermera.

—¿Vas a hablar con papá?

—No. Voy a hablar con la abogada.

Maya asintió.

—Está bien.

La reunión con Patricia duró casi una hora.

Había revisado los documentos que el banco había proporcionado y estaba preparando nuevas solicitudes para obtener los registros completos de las operaciones.

—Hay indicios de que varias transferencias podrían estar relacionadas con una misma operación financiera —explicó—. Pero necesitamos confirmarlo con los documentos originales y la información de las entidades involucradas.

—¿Y la cuenta adicional?

—La apertura está siendo revisada. Todavía no podemos confirmar quién la solicitó ni si todos los datos fueron utilizados correctamente.

—¿Qué ocurre con mi firma?

Patricia abrió una carpeta.

—La entidad ha identificado una discrepancia que requiere verificación. Eso no significa automáticamente que la firma sea falsa. Podemos solicitar una revisión especializada y comparar el documento con otros registros.

—Quiero que lo hagan.

—Lo haremos. También le recomiendo que no intente entrar en la cochera ni buscar la caja metálica de su esposo sin considerar las consecuencias. Si existe información relevante, debemos obtenerla de manera legal.

Asentí.

Le conté lo que Maya recordaba sobre la mujer llamada Rebecca.

Patricia no pareció sorprendida, pero tomó nota.

—Por ahora, no podemos asumir que esa persona tenga relación con las operaciones. Si el nombre aparece en los registros que solicitemos, podremos investigar quién es y qué relación tiene con la cuenta.

Cuando salí de la oficina, recibí un mensaje de Vanessa.

«He recordado algo que podría ser relevante. ¿Puede hablar conmigo cuando su abogada esté disponible?».

Llamé a Patricia y le pedí que organizara una conversación con ella.

La reunión se realizó esa misma tarde en la oficina de la abogada.

Vanessa llegó con una carpeta delgada y una expresión de cansancio.

—Quiero aclarar algo antes de empezar —dijo—. No sé si Rebecca es la mujer de la que habló su hija. No he visto ninguna fotografía que pueda confirmar eso.

—Está bien —respondió Patricia—. Cuéntenos únicamente lo que conoce de primera mano.

Vanessa explicó que, meses atrás, había revisado una operación relacionada con una empresa que contrataba servicios financieros externos. Durante aquella revisión, encontró varias diferencias entre los importes registrados y los documentos de autorización.

—No podía afirmar que hubiera ocurrido algo ilegal —dijo—. Había errores que podían tener una explicación administrativa. Pero cuando pedí aclaraciones, recibí respuestas contradictorias.

Patricia tomó nota.

—¿Qué relación tenía Robert con esa operación?

—Él figuraba como contacto autorizado en algunos documentos. No puedo decir que controlara todo el proceso, pero era una de las personas que respondían a las preguntas.

—¿Y la segunda cuenta?

Vanessa abrió su carpeta.

—No tengo acceso a los movimientos completos. Sin embargo, vi una referencia a una cuenta separada que debía recibir determinados fondos antes de que terminara el trimestre.

Me incliné hacia delante.

—¿Cuánto dinero?

Vanessa consultó sus notas.

—La cantidad que recuerdo era de poco más de cuarenta mil dólares, pero no puedo confirmar que esa suma haya sido transferida ni que corresponda a la cuenta que ustedes están investigando.

Sentí que me faltaba el aire.

Mis ahorros eran una cantidad importante para nuestra familia, pero aquella cifra era mucho mayor de lo que había imaginado.

—¿De dónde iba a salir ese dinero? —pregunté.

—No lo sé. En los documentos que vi, había referencias a varias obligaciones financieras y a una garantía vinculada a una propiedad. Pero no puedo afirmar que se trate de su casa.

Patricia levantó la mano suavemente.

—Necesitamos mantener separadas las cosas que Vanessa vio y las conclusiones que todavía no podemos confirmar.

Asentí.

Vanessa continuó.

—También recuerdo que Robert preguntó si una cuenta podía permanecer activa aunque el titular no hubiera recibido personalmente toda la documentación. Le explicaron que dependía del tipo de cuenta y de los requisitos de verificación. Después de eso, dejó de hacer preguntas delante de mí.

—¿Mencionó a una mujer llamada Rebecca? —preguntó Patricia.

Vanessa frunció el ceño.

—No recuerdo ese nombre. Pero había otra persona que se comunicaba con él por correo. No sé si era una mujer ni si su nombre era Rebecca.

Patricia le pidió que no intentara acceder a sistemas internos ni buscar información para la que no tuviera autorización.

Vanessa aceptó.

Antes de marcharse, dejó constancia de los registros que podía identificar y se comprometió a responder a cualquier solicitud formal.

Cuando se cerró la puerta, miré a Patricia.

—¿Cree que Robert estaba intentando sacar dinero de nuestra casa?

—Creo que hay suficientes discrepancias para justificar una investigación. Pero todavía no podemos determinar el propósito de la operación.

—¿Y si utilizó nuestra vivienda como garantía?

—Lo comprobaremos mediante los registros correspondientes.

Me quedé callada.

Había pasado años creyendo que el mayor problema de nuestro matrimonio era que Robert no sabía escuchar.

Ahora empezaba a comprender que quizá no conocía la verdadera situación financiera de mi propia familia.

Al salir de la oficina, llamé a Elena.

—¿Cómo está Maya?

—Ha comido un poco. Está cansada, pero tranquila. La doctora pasó hace un rato y explicó que seguirán observándola antes de decidir los siguientes pasos.

—¿Preguntó por mí?

—Varias veces.

Sentí un nudo en la garganta.

—Voy para allá.

Cuando regresé al hospital, encontré a Maya dibujando en el cuaderno que le había llevado.

Había dibujado nuestra casa, el árbol del patio y a las dos sentadas en el porche.

Pero en el dibujo no aparecía Robert.

No quise preguntarle por qué.

Me senté junto a ella.

—Me gusta cómo dibujaste el árbol.

Maya sonrió apenas.

—Lo hice más grande porque ya casi tapa la ventana de mi cuarto.

—Tu papá decía que debíamos podarlo.

La sonrisa desapareció.

—Mamá, ¿vamos a volver a vivir juntos?

La pregunta me tomó desprevenida.

No quería prometerle algo que no sabía si sería posible.

—No lo sé, mi amor. Ahora tenemos que concentrarnos en tu salud y en asegurarnos de que estés tranquila. Después veremos qué decisiones debemos tomar.

Maya asintió.

—Creo que no quiero volver a esa casa.

Me senté más cerca.

—No tienes que decidirlo todo hoy. Vamos a buscar ayuda para entender qué opciones tenemos.

Ella dejó el lápiz.

—¿Puedo contarte algo sin que me preguntes muchas cosas?

Sentí que el corazón se me apretaba.

—Claro.

Maya miró el dibujo.

—La noche en que papá me pidió los papeles, yo fui a la cochera porque quería devolverle una llave. La puerta de la caja metálica estaba abierta. Vi una fotografía y una tarjeta.

—¿La tarjeta tenía el nombre Rebecca?

—Sí. Ahora me acuerdo mejor.

—¿Y qué decía la tarjeta?

—No alcancé a leer todo. Solo vi un apellido que empezaba con H. Y debajo había una dirección.

Me quedé inmóvil.

—¿Recuerdas la dirección?

Maya negó con la cabeza.

—No. Pero papá entró y me preguntó qué estaba haciendo. Me quitó la tarjeta y me dijo que no volviera a tocar sus cosas.

No insistí.

Le dije que había hecho bien en contármelo y que no necesitaba buscar más información ni intentar averiguar quién era aquella mujer.

Lo último que quería era que Maya sintiera que debía convertirse en investigadora para protegerme.

A las seis de la tarde, Patricia me llamó.

—Laura, hemos recibido una respuesta preliminar del registro de la propiedad.

Me levanté de la silla.

—¿Qué encontraron?

—Hay una consulta reciente relacionada con la vivienda y una solicitud de documentación financiera. Todavía no hay confirmación de que se haya registrado una nueva obligación contra la propiedad, pero debemos revisar el expediente completo.

Cerré los ojos.

—¿Robert puede vender la casa sin que yo lo sepa?

—No puedo responder sin conocer la titularidad, los documentos y las normas aplicables a su situación. Por eso estamos verificándolo.

Me dio instrucciones para solicitar copias oficiales y revisar cualquier trámite pendiente.

Después me preguntó si tenía acceso a las declaraciones de impuestos familiares.

—Algunas. Robert suele encargarse de presentar los documentos.

—Necesitamos revisarlas con cuidado. Si hay cuentas u operaciones que usted no reconoce, podrían aparecer referencias relevantes.

Colgué y me quedé mirando el teléfono.

Aquella noche, Elena se ofreció a dormir en el hospital para que yo pudiera regresar a casa, descansar unas horas y reunir los documentos que Patricia había solicitado.

Acepté, pero antes de marcharme me despedí de Maya.

—Regreso temprano.

Ella me abrazó.

—Te quiero, mamá.

—Yo también te quiero, más que a nada.

Cuando llegué a Meridian, la casa estaba silenciosa.

No había señales de Robert.

Preparé café y abrí el archivador del comedor, donde guardábamos las declaraciones de impuestos y los documentos del seguro.

Revisé las carpetas una por una.

Encontré las declaraciones de los últimos tres años, los recibos de la hipoteca y varios estados de cuenta.

Entonces vi un sobre que no recordaba haber guardado.

Estaba dirigido a Robert, pero había llegado a nuestra casa y alguien lo había abierto.

Dentro había una carta de una empresa de servicios financieros que mencionaba una obligación pendiente y un número de referencia.

Busqué ese número en los documentos que había recibido del banco.

Coincidía con el código de una de las transferencias que no reconocía.

Me senté lentamente.

La carta no demostraba que Robert hubiera utilizado el dinero para sí mismo. Tampoco explicaba quién era Rebecca ni por qué aparecía su nombre en los recuerdos de Maya.

Pero sí demostraba que había una obligación financiera que yo desconocía.

Tomé fotografías y las envié a Patricia.

Después seguí revisando el archivador.

Al fondo encontré un pequeño cuaderno negro.

Era de Robert.

Lo había visto utilizarlo en ocasiones, pero nunca le había prestado atención.

No quería invadir su privacidad, así que estuve a punto de dejarlo donde estaba.

Entonces vi mi nombre escrito en una página que había quedado abierta.

Debajo aparecían varias fechas y una lista de cantidades.

La última línea decía:

«Si Laura pregunta por Rebecca, negar que la conoce».

Sentí que el café se me revolvía en el estómago.

No sabía si aquella anotación era reciente, si se refería a la misma mujer o si tenía alguna explicación inocente.

Pero ya no podía ignorarla.

Tomé una fotografía de la página y cerré el cuaderno.

En ese instante, escuché un automóvil detenerse frente a la casa.

Miré por la ventana.

Era Robert.

Había llegado antes de lo que esperaba.

Guardé el teléfono en el bolsillo y me quedé en el comedor, junto al archivador.

La puerta se abrió.

Robert entró con el rostro tenso y dejó las llaves sobre la mesa.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a buscar documentos.

Sus ojos recorrieron el comedor.

—¿Qué documentos?

—Los míos.

Robert se acercó al archivador y vio las carpetas abiertas.

Después miró el cuaderno negro que yo había dejado sobre la mesa.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Abriste eso?

—Encontré una página con mi nombre.

Él tomó el cuaderno y lo cerró de golpe.

—No tienes derecho a revisar mis cosas.

—Y tú no tienes derecho a utilizar mi firma en documentos que no reconozco.

Robert me miró fijamente.

Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.

Entonces pronuncié el nombre que había escuchado de Maya.

—¿Quién es Rebecca?

La reacción de mi esposo fue tan rápida que no pude confundirla.

Su rostro perdió el color.

Después apretó el cuaderno contra el pecho.

—¿Quién te habló de ella?

No respondí.

Robert dio un paso hacia mí.

—Laura, necesito que me digas quién te habló de Rebecca.

Su voz ya no sonaba enojada.

Sonaba asustada.

Y esa fue la primera vez que comprendí que aquella mujer podía ser la pieza que faltaba para entender por qué mi esposo había estado dispuesto a poner en riesgo nuestros ahorros, nuestra casa y la tranquilidad de nuestra hija.

Pero antes de que pudiera hacer otra pregunta, Robert miró hacia el teléfono que yo sostenía.

—Si Patricia ya vio esos documentos, estamos en problemas.

Me quedé helada.

No había mencionado a la abogada.

Ni una sola vez.

—¿Cómo sabes que Patricia tiene los documentos? —pregunté.

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Robert cerró los ojos.

Y en aquel silencio comprendí que acababa de revelar mucho más de lo que pretendía.

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