Chapter 2: El hombre que quería llevársela a casa
Robert llegó al hospital cuarenta y tres minutos después de que yo recibiera su primera llamada.
No preguntó si Maya estaba consciente.
No preguntó qué habían encontrado los médicos.
Su primera frase fue:
—¿Qué hiciste ahora, Laura?
Estaba sentada junto a la cama de mi hija cuando vi su nombre aparecer en la pantalla. No contesté. Segundos después, volvió a llamar.
Y otra vez.
La cuarta llamada llegó acompañada de un mensaje.
«Me acabo de enterar de que te llevaste a Maya al hospital. Más te vale que no hayas armado un escándalo por nada».
Leí aquellas palabras varias veces.
Hasta ese momento, una parte de mí todavía esperaba que Robert se preocupara al descubrir que nuestra hija estaba enferma. Imaginaba que entraría en la habitación, le acariciaría la frente y le pediría perdón por haber sido tan duro.
Pero el mensaje destruyó esa esperanza.
Cuando levanté la vista, Maya me observaba.
—¿Es él?
No quise mentirle.
—Sí.
Sus dedos comenzaron a retorcer la esquina de la sábana.
—¿Qué te dijo?
Guardé el teléfono.
—Nada que tengas que resolver ahora.
—Mamá, por favor. No le digas dónde estamos.
—Ya lo sabe.
Maya palideció.
—Entonces va a venir.
Intenté convencerme de que estaba exagerando su preocupación. Robert era su padre. Tenía derecho a saber qué ocurría con ella.
Sin embargo, después de ver su reacción, ya no podía fingir que todo era normal.
—Estoy aquí —le repetí—. No tienes que hablar con él si no quieres.
Mi hija me miró con una expresión que parecía mezclar alivio y desesperación.
—¿De verdad?
—De verdad.
Unos minutos después, una enfermera entró con los primeros resultados de laboratorio. Explicó que el equipo médico necesitaba seguir investigando las causas del dolor abdominal y que Maya permanecería bajo observación.
No me dio un diagnóstico definitivo.
Tampoco lo esperaba.
Lo que sí me sorprendió fue que, antes de marcharse, preguntara si deseábamos que el personal limitara las visitas.
Miré a Maya.
Ella asintió tan rápido que apenas pude notarlo.
—Sí, por favor —respondí.
La enfermera tomó nota.
—De acuerdo. Por ahora, nadie entrará sin que lo autoricemos con ustedes.
Agradecí aquella medida sin saber cuánto la necesitaríamos.
A las once y veinte de la mañana, escuché pasos firmes acercándose por el pasillo.
Después oí la voz de Robert.
—¡Mi hija está aquí y nadie me deja pasar!
Me levanté de inmediato.
Maya se encogió bajo la sábana.
Abrí la puerta antes de que él pudiera entrar por la fuerza.
Robert llevaba su camisa azul de trabajo, la que siempre usaba cuando tenía reuniones importantes. Tenía las llaves de la camioneta en una mano y el teléfono en la otra.
Parecía furioso.
—¿Qué demonios está pasando? —exigió—. ¿Por qué hay una enfermera preguntándome si Maya tiene miedo de alguien?
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Quién te preguntó eso?
—¡No cambies el tema!
Miró por encima de mi hombro y vio a Maya en la cama.
Su expresión cambió.
No fue preocupación.
Fue irritación.
—Maya, levántate. Nos vamos a casa.
Mi hija se aferró a la sábana.
—No.
Robert parpadeó, sorprendido.
—¿Cómo que no?
—El doctor dijo que tengo que quedarme.
—El doctor no es tu padre.
Me interpuse entre ambos.
—Robert, está enferma. Necesita terminar sus estudios.
Él soltó una risa seca.
—¿Enferma de qué? ¿Alguien te ha dicho qué tiene? No.
Porque no tiene nada. Llevo semanas diciéndote que está fingiendo y tú decidiste convertirme en el villano de esta familia.
—No está fingiendo.
—¿Ah, no? Entonces dime qué tiene.
No pude responder.
Todavía no había un diagnóstico definitivo.
Robert aprovechó mi silencio.
—Eso pensé. La trajiste hasta Boise, seguramente vas a acumular una cuenta enorme y al final nos dirán lo mismo que yo te dije desde el principio.
Se acercó a la cama.
—Maya, ponte los zapatos.
Ella empezó a llorar.
—¡No quiero irme!
Robert se quedó inmóvil.
Yo jamás había escuchado a mi hija hablarle con tanta desesperación.
—Baja la voz —le ordenó—. Estás haciendo un espectáculo.
—¡Robert, basta! —grité.
Él se volvió hacia mí.
—¿Ahora también me vas a decir cómo tratar a mi propia hija?
—Voy a decirte que dejes de asustarla.
Por un instante, vi en su rostro una expresión que conocía demasiado bien. Era la misma mirada que aparecía cuando alguien lo contradecía delante de otras personas.
Una mezcla de orgullo herido y furia contenida.
—Te estás metiendo en un problema del que no vas a poder salir, Laura.
Antes de que pudiera contestar, una voz habló desde la entrada.
—Señor, tendrá que bajar la voz y respetar las indicaciones del personal.
Era el doctor Lawson.
Robert se acomodó la camisa y cambió de actitud en cuestión de segundos.
—Doctor, le agradezco que atienda a mi hija, pero mi esposa se ha alarmado demasiado. Maya suele tener molestias estomacales cuando está nerviosa. En casa podemos cuidarla mejor.
—Maya necesita completar su evaluación —respondió el médico—. Por el momento, no recomiendo que se retire.
—Soy su padre.
—Y yo soy el médico responsable de su atención. Necesitamos terminar los estudios antes de tomar decisiones.
Robert apretó la mandíbula.
—¿Está insinuando que no cuido de mi hija?
—No estoy insinuando nada. Estoy explicando el plan médico.
Mi esposo me miró.
—¿Ves lo que provocaste? Ahora un médico cree que soy un mal padre porque tú no puedes controlar tus emociones.
Por primera vez, no intenté defenderme.
No le dije que lo sentía.
No le pedí que se calmara.
Simplemente me quedé entre él y la cama de Maya.
Robert dio un paso hacia mí.
—Quítate.
—No.
La palabra salió de mi boca antes de que pudiera pensarla.
Él pareció no reconocerme.
—¿Qué dijiste?
—Que no.
Durante dieciséis años, yo había confundido la paz con el silencio. Había cedido en discusiones pequeñas para evitar que las grandes destruyeran nuestras noches. Había aceptado explicaciones que no me convencían y había aprendido a medir cada palabra para que Robert no se sintiera cuestionado.
Pero mi hija estaba detrás de mí, temblando.
Y yo ya no podía fingir que el problema era una simple discusión matrimonial.
—Maya se queda aquí —dije—. Cuando los médicos digan que puede irse, hablaremos de lo demás.
Robert me sostuvo la mirada durante varios segundos.
Después sacó su teléfono.
—Perfecto. Entonces voy a llamar a mi abogado.
—Haz lo que quieras.
—También voy a llamar a tu hermana para que sepa lo que estás haciendo.
Aquello sí me sorprendió.
Mi hermana Elena vivía en Nampa y era una de las pocas personas que conocían las dificultades de nuestro matrimonio. Durante años me había aconsejado que no permitiera que Robert decidiera todo por mí.
Pero yo siempre encontraba una excusa para defenderlo.
Robert sabía que podía utilizarla para avergonzarme.
—Dile lo que quieras —respondí.
Su rostro se endureció.
—Te vas a arrepentir de haberme humillado.
Se dio la vuelta y salió de la habitación.
No intenté detenerlo.
Cuando la puerta se cerró, escuché un sollozo detrás de mí.
Me acerqué a Maya y me senté a su lado.
—Lo siento —murmuró ella.
La miré, desconcertada.
—¿Por qué me pides perdón?
—Porque ahora papá está enojado contigo por mi culpa.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—Escúchame bien, mi amor. Tú no eres responsable de las decisiones de los adultos. No tienes que protegerme de los sentimientos de tu papá. Y nunca debes pensar que enfermarte es una forma de hacerle daño a alguien.
Maya se cubrió la cara con las manos.
La abracé con cuidado, sin apretarle el abdomen.
Lloramos juntas durante varios minutos.
Cuando por fin se tranquilizó, me dijo algo que no esperaba.
—Mamá, ¿te acuerdas del dinero que guardabas en la caja de madera?
Asentí.
Era una pequeña caja que mi madre me había regalado antes de morir. Guardaba ahí documentos importantes, algunas joyas familiares y el dinero que había ahorrado para los gastos escolares de Maya.
—Sí. ¿Por qué?
Maya comenzó a temblar otra vez.
—Papá me hizo sacar unos papeles de ahí hace unas semanas.
Me aparté apenas para verle el rostro.
—¿Qué papeles?
—No sé. Había muchas hojas. Me dijo que no te contara porque estabas cansada y que era algo de adultos.
—¿Cuándo ocurrió?
—La noche en que empezaron los dolores más fuertes.
La habitación pareció encogerse a mi alrededor.
—¿Por qué te pidió que lo hicieras?
Maya negó con la cabeza.
—No me explicó. Después me preguntó si había leído algo. Le dije que no.
—¿Y luego?
Sus ojos se desviaron hacia la puerta.
—Se enojó mucho.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué hizo, Maya?
Ella abrió la boca, pero no consiguió pronunciar una palabra.
En ese momento, el doctor Lawson regresó con una carpeta en la mano.
—Señora, necesitamos hablar sobre los resultados preliminares.
Me levanté.
—¿Encontraron algo?
El médico asintió lentamente.
—Hay un hallazgo que requiere una valoración especializada. Todavía no tenemos una explicación completa, pero no sería prudente atribuir los síntomas de Maya al estrés ni enviarla a casa sin terminar los estudios.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Qué significa eso?
—Significa que vamos a seguir investigando. Y hay algo más: quiero que una trabajadora social del hospital hable con ustedes para asegurarnos de que Maya tenga el apoyo necesario.
Miré a mi hija.
Ella me apretó la mano.
—¿Tengo que hablar con alguien? —preguntó con voz quebrada.
—Solo si te sientes preparada. Podemos hacerlo paso a paso —respondió el doctor—. Nadie debería obligarte a contar algo antes de que estés lista.
Maya respiró profundamente.
Después me miró con una seriedad que no correspondía a sus quince años.
—Mamá, hay otra cosa que no te he dicho.
Me incliné hacia ella.
—Te escucho.
—Papá me dijo que, si tú descubrías lo de los papeles, yo tendría que decir que los había perdido.
Sentí un frío intenso en la espalda.
—¿Qué papeles, Maya?
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Ella comenzó a llorar otra vez.
—Los que tenían tu firma.
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