Chapter 8: Encontré a la mujer que me dio la vida, pero su primera pregunta fue si yo sabía quién había pagado para separarnos
El viaje a Puebla fue el más largo de mi vida, aunque duró menos de tres horas.
Nadie hablaba demasiado.
Mi madre miraba por la ventana con los ojos enrojecidos. Ryan conducía con ambas manos aferradas al volante. Yo sostenía la dirección que la mujer del teléfono nos había dado, intentando convencerme de que no estaba a punto de conocer a una desconocida que, según los documentos, era mi madre biológica.
No sabía qué esperaba encontrar.
Tal vez una mujer que me abrazara y llorara al verme.
Tal vez alguien que negara todo.
O quizá una persona que me mirara con indiferencia, como si mi existencia fuera un error que prefería olvidar.
Cuando llegamos, encontramos una casa pequeña detrás de una tienda de abarrotes. Había macetas en la entrada y una silla de madera junto a la ventana.
Una mujer de cabello oscuro, ahora salpicado de canas, estaba barriendo la banqueta.
Al vernos, dejó la escoba en el suelo.
Sus ojos se detuvieron en mi rostro.
Después miró a Margaret.
—Así que finalmente viniste.
Mi madre biológica no me abrazó.
No lloró.
Simplemente me observó durante varios segundos, como si estuviera buscando en mis facciones algún recuerdo que se había negado a desaparecer.
—¿Eres Emily? —preguntó.
Asentí.
—Sí.
Ella se llevó una mano a la boca.
—Tienes los ojos de Thomas.
No supe qué responder.
La mujer abrió la puerta y nos invitó a pasar.
Dentro había fotografías familiares, un pequeño altar con una imagen de la Virgen de Guadalupe y una mesa cubierta con un mantel bordado.
Nos ofreció agua.
Nadie bebió.
Finalmente, se sentó frente a mí.
—Me llamo Lucía Herrera.
Mi garganta se cerró.
Había imaginado aquel momento cientos de veces desde que descubrimos su nombre, pero ninguna de mis fantasías se parecía a la realidad.
—¿Por qué me dejaste? —pregunté.
Lucía cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, estaban llenos de lágrimas.
—Nunca te dejé, hija.
La frase me hizo sentir una mezcla de alivio y rabia.
—Pero crecí con otra mujer.
Lucía miró a Margaret.
—Porque me dijeron que habías muerto.
Mi madre adoptiva bajó la cabeza.
Lucía continuó:
—Después del parto, una enfermera me dijo que uno de mis bebés había nacido sin vida. Yo había perdido mucha sangre y apenas podía mantenerme despierta. Cuando pedí ver a mi hija, me dijeron que ya la habían trasladado.
—¿Y Gabriel? —pregunté.
Lucía se llevó una mano al pecho.
—Me dijeron que mi hijo necesitaba cuidados especiales. Después desapareció también.
Sentí que las lágrimas me nublaban la vista.
—¿Nunca intentaste buscarnos?
Lucía soltó una risa triste.
—Durante años. Fui al hospital, hablé con abogados, pedí ayuda. Pero los documentos decían que mis hijos habían muerto. Cada vez que intentaba demostrar lo contrario, alguien me amenazaba con denunciarme por fraude.
Miró a Margaret.
—Y después descubrí que una mujer había firmado documentos relacionados con mi bebé.
Mi madre adoptiva empezó a llorar.
—Yo no sabía lo que estaba ocurriendo.
Lucía permaneció en silencio.
—Eso espero, Margaret. Porque durante muchos años te odié sin conocerte.
Margaret aceptó aquellas palabras sin defenderse.
—Tienes derecho a odiarme. Yo también me habría odiado si hubiera sabido lo que pasó.
Lucía miró nuevamente hacia mí.
—¿Qué te contaron sobre tu padre?
—Que Thomas era mi papá.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Thomas era el padre de Gabriel. Pero no era tu padre biológico.
Sentí que el corazón se detenía.
Ryan se acercó a la mesa.
—¿Cómo puede estar segura?
Lucía lo miró.
—Porque yo conocía a los dos hombres.
Mi esposo se quedó inmóvil.
—¿A qué dos hombres?
Lucía se levantó y fue hasta un armario.
Regresó con un álbum de fotografías.
Lo abrió en una página marcada con una cinta.
En una imagen aparecía ella junto a Thomas.
En otra, junto a un hombre de cabello oscuro, más joven y con una sonrisa que me resultó extrañamente familiar.
Era Arturo Salcedo.
Lucía señaló la fotografía.
—Antes de conocer a Thomas, tuve una relación con Arturo. Él me prometió que se casaría conmigo, pero cuando supo que estaba embarazada, desapareció durante varias semanas.
Ryan palideció.
—¿Arturo era mi padre?
Lucía no contestó inmediatamente.
Miró a mi esposo con una tristeza profunda.
—No puedo asegurarlo sin una prueba genética. Pero Arturo me dijo que, si nacía un niño, se encargaría de él.
Ryan retrocedió.
—Entonces, ¿por qué Thomas creía que yo era su hijo?
—Porque Arturo le aseguró que el bebé de Diane era suyo. Pero cuando naciste, algo cambió. Thomas comenzó a sospechar que las fechas no coincidían.
Mi madre biológica pasó una mano sobre la fotografía.
—Arturo quería controlar la empresa. Si Thomas tenía un heredero reconocido, tendría que compartir parte de su patrimonio. Por eso necesitaba que todo pareciera confuso.
—¿Y tú qué hiciste? —preguntó Ryan.
Lucía lo miró con tristeza.
—Intenté proteger a mis hijos. Pero no sabía que Arturo había decidido utilizarte para ocultar su propio secreto.
Ryan se sentó lentamente.
Durante toda su vida había creído que el hombre que lo crio era su padre biológico. Después pensó que podía ser hijo de Thomas. Ahora se enfrentaba a la posibilidad de que Arturo fuera su padre.
Pero había algo que no encajaba.
—Si Arturo es mi padre, ¿por qué la prueba que encontramos en el sobre indicaba que Thomas no lo era?
Lucía cerró el álbum.
—Porque quizá era verdad. Pero eso no significa que el informe fuera auténtico ni que la conclusión que sacaron de él fuera correcta.
Elena había dicho lo mismo.
Necesitábamos una prueba independiente.
Lucía nos contó que, después de abandonar el hospital, recibió ayuda de una mujer llamada Beatriz, quien trabajaba en la oficina administrativa de la clínica privada donde la habían trasladado.
Beatriz le advirtió que Arturo había pagado a varias personas para modificar registros y mantener separados a los niños.
Pero la información más importante había llegado años después.
Beatriz le entregó una carta escrita por Thomas.
En ella, Thomas afirmaba que sospechaba que Arturo había alterado las pruebas de paternidad y que necesitaba encontrar a Gabriel para protegerlo.
No mencionaba a Ryan por su nombre.
Solo escribía que el niño nacido de Diane podía estar atrapado en una mentira que no había elegido.
—¿Y por qué no acudiste a las autoridades? —pregunté.
Lucía me miró.
—Lo hice. Pero cada vez que presentaba un documento, aparecía otro que lo contradecía. No tenía dinero para continuar una batalla legal. Y cuando finalmente reuní pruebas suficientes, Beatriz desapareció.
Ryan levantó la cabeza.
—¿Beatriz sigue viva?
Lucía asintió.
—No lo sé. Hace unas semanas recibí una llamada de alguien que decía tener noticias suyas.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
«No crean todo lo que Lucía les está diciendo. Ella también recibió dinero de Thomas».
Miré a mi madre biológica.
Ella había visto mi expresión.
—¿Qué pasó?
Le mostré el mensaje.
Lucía se puso pálida.
—Ya empezaron otra vez.
—¿Es verdad? —pregunté—. ¿Recibiste dinero de mi padre?
Lucía bajó la cabeza.
—Sí.
Margaret soltó un suspiro.
Ryan se levantó.
—¿Cuánto?
—Doscientos mil pesos.
La cantidad era idéntica a la que Diane había admitido recibir.
Pero Lucía continuó antes de que pudiéramos reaccionar.
—Thomas me dio ese dinero para que pudiera pagar un tratamiento médico de Gabriel y mudarme a otra ciudad. No era para guardar silencio. Era para que Arturo no pudiera encontrarme.
—¿Por qué no lo dijiste antes? —pregunté.
Lucía me miró con lágrimas en los ojos.
—Porque me avergonzaba haber aceptado dinero de un hombre que también había ayudado a separarme de mis hijos. No sabía si estaba comprando mi silencio o intentando protegernos.
Me senté frente a ella.
Por primera vez, comprendí que aquella historia no estaba llena de villanos y víctimas perfectamente definidos. Había personas que habían tomado decisiones equivocadas por miedo, otras que habían mentido para protegerse y algunas que habían utilizado el dolor ajeno para conseguir poder.
Pero nada de eso cambiaba el hecho de que yo había crecido sin conocer mis orígenes.
—Quiero una prueba genética —dije—. De todos los que estén dispuestos a participar. Quiero saber quiénes son mis padres biológicos y quién es el padre de Ryan.
Lucía asintió.
—Estoy de acuerdo.
Ryan también.
—Y quiero encontrar a Gabriel.
Lucía apretó los labios.
—Gabriel ha estado buscando a Thomas durante años. Pero hay algo que deben saber sobre él.
—¿Qué cosa? —pregunté.
Lucía miró hacia la ventana.
—Hace unos meses, Gabriel me llamó. Me dijo que había encontrado una copia del testamento de Thomas. Según ese documento, una parte importante de la herencia debía dividirse entre sus hijos biológicos.
Ryan se quedó inmóvil.
—¿Cuántos hijos reconocía el testamento?
Lucía tragó saliva.
—Tres.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
Yo miré a Ryan.
—¿Quién era el tercero?
Lucía sacó una hoja de un cajón.
En ella aparecían tres nombres.
Gabriel Herrera.
Ryan, con el apellido legal que había llevado toda su vida.
Y Emily Thomas.
Mi padre había reconocido legalmente a los tres como sus hijos, aunque no todos fueran biológicamente suyos.
Sentí que las piernas me temblaban.
—¿Por qué me incluyó?
Lucía negó con la cabeza.
—No lo sé. Quizá porque te amaba como a una hija. Quizá porque conocía la verdad sobre tu nacimiento y quería asegurarse de que nadie pudiera apartarte de la familia.
Ryan tomó la hoja.
—Entonces, si Arturo falsificó los documentos, pudo haberlo hecho para controlar la herencia.
Lucía asintió.
—Y para impedir que ustedes se conocieran.
En ese momento, alguien golpeó la puerta.
Tres golpes firmes.
Lucía palideció.
—No abran.
Ryan se acercó a la ventana.
Un hombre de traje oscuro estaba en la entrada.
Lo reconocí por la fotografía que había visto en los documentos.
Arturo Salcedo.
El hombre que podía ser el padre biológico de Ryan.
El hombre que había estado presente cuando nacimos.
El hombre que había tenido décadas para ocultar la verdad.
Arturo miró directamente hacia la ventana.
Después levantó una carpeta y sonrió.
Lucía comenzó a temblar.
—No puede ser. Me prometió que nunca volvería.
Ryan se colocó frente a la puerta.
—¿Qué quiere?
La voz de Arturo llegó desde el otro lado.
—Vine a terminar con esta historia antes de que ustedes cometan un error irreversible.
Mi esposo apretó los puños.
—No vamos a abrir.
Arturo respondió con una tranquilidad aterradora.
—Está bien. Entonces les dejaré algo para que lo lean.
Escuchamos el sonido de una hoja deslizándose por debajo de la puerta.
Ryan la recogió.
Era una copia de un análisis genético.
En la parte superior aparecía su nombre.
Debajo, el nombre de Arturo Salcedo.
Y al final, una conclusión que nos dejó sin aliento.
*Probabilidad de paternidad: 99.98 %.*
Pero lo más inquietante era la fecha del análisis.
May you like
Se había realizado hacía apenas cuatro días.
Y la persona que había solicitado la prueba era Gabriel.