Chapter 5: La mujer que figuraba como muerta podía revelar quién había cambiado la identidad de Ryan
A las seis de la mañana, mi teléfono comenzó a sonar.
No había dormido más de una hora.
Lily estaba acostada junto a mí, abrazada a su conejo, y mi madre descansaba en la habitación de invitados después de una noche en la que apenas había podido cerrar los ojos.
Ryan había pasado la madrugada en la sala.
No intentó convencerme de regresar a nuestro dormitorio.
Tampoco volvió a mencionar que debíamos actuar como si nada hubiera ocurrido.
Cuando contesté, escuché una voz masculina.
—¿Señora Emily Thomas?
—Sí. ¿Quién habla?
—Mi nombre es Gabriel. Supongo que recibió mi carta.
Me incorporé lentamente para no despertar a Lily.
—Sí. ¿Cómo consiguió mi número?
—No fui yo quien se lo dio al abogado. Él tiene instrucciones de comunicarse con usted por otros medios.
—¿Por qué me está llamando?
Hubo una pausa.
—Porque alguien entró anoche a mi casa.
Sentí que el corazón comenzaba a latirme más rápido.
—¿Está bien?
—Sí. No me hicieron daño. Pero revolvieron mis documentos y se llevaron una carpeta que contenía copias de mi expediente de nacimiento.
Miré hacia la puerta.
—¿Cree que fue Arturo?
—No puedo asegurarlo. Pero necesito hablar con Ryan antes de que desaparezca el resto de las pruebas.
—¿Por qué no acudió a nosotros hace años?
Gabriel tardó en responder.
—Porque durante mucho tiempo creí que Thomas me había rechazado. Cuando descubrí que había dejado instrucciones para que yo recibiera cierta información después de su muerte, intenté encontrarlo. Entonces me dijeron que había fallecido y que mi reclamación no tenía fundamento.
—¿Quién se lo dijo?
—Arturo.
Me quedé en silencio.
—¿Y qué quiere de Ryan?
—Que sepa que no está solo en esto. Yo también he pasado toda mi vida intentando descubrir quién soy.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, escuché un ruido en el pasillo.
Ryan estaba de pie junto a la puerta.
Había escuchado mi conversación.
Le extendí el teléfono.
—Es Gabriel.
Mi esposo lo tomó.
—¿Por qué debería confiar en ti?
La respuesta llegó sin vacilaciones.
—No deberías hacerlo todavía. Ni en mí ni en nadie. Pero si quieres saber por qué tu registro de nacimiento fue modificado, necesitas hablar con la mujer que atendió tu parto.
Ryan frunció el ceño.
—¿Quién era?
—Una enfermera llamada Elena Robles. En los registros oficiales aparece como fallecida hace veintidós años.
Mi esposo palideció.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque la busqué durante años. Y hace dos semanas descubrí que sigue viva.
Ryan me miró.
Recordé inmediatamente la anotación de la libreta de mi padre.
La única persona que estuvo presente cuando nació Ryan.
Elena Robles.
—¿Dónde está? —preguntó Ryan.
—En un pueblo de Querétaro. No quiero darte la dirección por teléfono. Si Arturo tiene acceso a tus comunicaciones, podría adelantarse.
—¿Y cómo sabremos que no estás trabajando con él?
Gabriel suspiró.
—Porque no voy a pedirte dinero, ni documentos, ni que renuncies a nada. Solo quiero que escuches a Elena antes de que sea demasiado tarde.
La llamada terminó con una promesa de encontrarnos esa mañana.
Ryan me devolvió el teléfono.
—Voy a ir.
—Yo también.
—Emily, esto puede ser peligroso para ti.
Lo miré con cansancio.
—Mi madre fue atacada en mi propia casa. Mi hija ha estado recibiendo visitas de un hombre que nadie me ha presentado. Y tú llevas semanas ocultándome información sobre mi padre. No vuelvas a decidir qué puedo soportar.
Ryan bajó la mirada.
—Tienes razón.
Fue la primera vez desde que todo comenzó que lo escuché reconocer algo sin justificarse.
No bastaba para reparar lo ocurrido, pero al menos era un comienzo.
A las ocho, mi madre se reunió con nosotros en la cocina.
Cuando le expliqué que buscaríamos a Elena, abrió la libreta azul y revisó una página que yo no había leído.
—Aquí está la dirección de una clínica donde trabajaba —dijo—. Tu padre anotó el nombre completo y el año en que dejó de ejercer.
Ryan se inclinó sobre la mesa.
—¿Por qué papá investigaba a la enfermera?
Margaret negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé. Pero hay otra anotación.
Me señaló una frase escrita al margen.
«Elena no cambió al bebé. Elena evitó que lo cambiaran».
Ryan se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
Mi madre cerró la libreta.
—Que quizá llevamos todo este tiempo haciendo la pregunta equivocada.
No salimos inmediatamente.
Primero llevé a Lily con mi hermana, quien aceptó cuidarla sin hacer preguntas. Le expliqué a mi hija que necesitaba pasar el día resolviendo un asunto familiar.
Lily me abrazó con fuerza.
—¿Vas a regresar por mí?
Le besé la frente.
—Siempre, mi amor.
Después nos dirigimos hacia Querétaro.
Ryan conducía. Mi madre iba en el asiento trasero y yo revisaba las copias de los documentos.
A mitad del camino, recibí una llamada de un número desconocido.
Contesté con cautela.
—¿Bueno?
Una mujer habló en voz baja.
—¿Es usted la hija de Thomas?
—Sí. ¿Quién habla?
—No puedo decirle mi nombre por teléfono. Solo necesito advertirle que no busque a Elena.
Miré a Ryan.
—¿Por qué?
—Porque si ella habla, varias personas van a perderlo todo.
—¿Quién es usted?
La mujer respiró con dificultad.
—Alguien que firmó un documento que no debía firmar.
La llamada se cortó.
Ryan se orilló en cuanto le conté lo ocurrido.
—¿Te amenazó?
—No exactamente. Parecía asustada.
Mi madre se inclinó hacia delante.
—Pregúntale si tiene alguna relación con el registro de nacimiento.
Intenté devolver la llamada, pero el teléfono estaba apagado.
Guardé el número.
No íbamos a permitir que otra advertencia nos hiciera cambiar de rumbo.
Llegamos al pueblo poco antes del mediodía.
La dirección nos llevó a una casa modesta, pintada de amarillo, con macetas de geranios junto a la entrada.
Una mujer de cabello blanco estaba regando las plantas.
Al vernos, dejó la manguera en el suelo.
Ryan se acercó lentamente.
—¿Elena Robles?
La mujer lo observó de pies a cabeza.
Después miró a mi madre.
Y el agua continuó corriendo sobre las piedras mientras ella se llevaba una mano a la boca.
—No puede ser —susurró.
Ryan tragó saliva.
—Me llamo Ryan. Nací hace treinta y siete años en el Hospital San Gabriel. Mi madre es Diane.
Elena dejó escapar un sonido ahogado.
—Pensé que nunca vendrías.
Mi madre se acercó.
—¿Por qué aparece como fallecida en los registros?
Elena cerró la llave del agua.
—Porque alguien necesitaba que desapareciera.
Nos hizo pasar.
La casa olía a café recién preparado y a madera vieja. Sobre una repisa había fotografías familiares, un crucifijo y una imagen de la Virgen de Guadalupe.
Elena nos ofreció asiento, pero ninguno parecía capaz de quedarse quieto.
Finalmente, Ryan preguntó:
—¿Usted estuvo presente cuando nací?
Elena asintió.
—Sí.
—¿Y qué ocurrió?
La mujer se sentó frente a nosotros.
Durante varios segundos, acarició el borde de una taza sin beber.
—Tu madre llegó al hospital de madrugada. Estaba acompañada por un hombre que no era su esposo. Thomas había hablado conmigo unos días antes y me pidió que, si nacía un niño, registrara cuidadosamente cada procedimiento. Me dijo que existía un conflicto familiar y que no confiaba en Arturo Salcedo.
Ryan apretó las manos.
—¿Mi padre estuvo allí?
—Thomas llegó después. No pudo entrar a la habitación porque tu madre no quería que nadie lo viera.
Mi madre palideció.
—¿Y el padre que lo crio?
Elena bajó la mirada.
—También estaba allí.
Ryan se puso de pie.
—¿Mi papá sabía que yo podía ser hijo de Thomas?
—Tu padre legal sabía que existían dudas. Pero cuando llegaste al mundo, ocurrió algo que cambió todo.
—¿Qué cosa?
Elena miró hacia una pequeña caja de madera sobre una repisa.
—Tu madre dio a luz a un niño. Pero esa misma noche, otra mujer tuvo un bebé en el hospital.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Está diciendo que hubo dos bebés?
Elena asintió.
—Dos niños nacidos con pocas horas de diferencia. Uno era hijo de Diane. El otro pertenecía a una mujer cuyo nombre desapareció del registro original.
Ryan se quedó inmóvil.
—¿Nos cambiaron al nacer?
—No exactamente —respondió Elena—. Yo impedí que eso ocurriera. Pero alguien intentó hacerlo.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
—¿Quién?
Elena se levantó y abrió la caja de madera.
Sacó un cuaderno antiguo, varias hojas amarillentas y una pulsera de identificación hospitalaria.
En la pulsera estaba escrito el nombre de Ryan.
Debajo aparecía otro número.
Elena lo señaló.
—Este es el número de la muestra que se utilizó para la prueba genética que ustedes encontraron en el sobre.
Ryan tomó la pulsera.
—¿Cómo sabe que es la misma?
—Porque yo conservé los registros originales. Y porque la prueba que les entregaron no corresponde a una muestra de Thomas.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—¿Entonces a quién pertenece?
Elena miró directamente a Ryan.
—A Arturo Salcedo.
Mi esposo retrocedió.
—Eso es imposible.
—No. Lo imposible es que alguien haya logrado mantener este secreto durante tantos años.
Elena sacó otra hoja.
Era una copia de un análisis genético realizado muchos años atrás.
El resultado indicaba una coincidencia biológica entre Ryan y Arturo.
Pero en la parte inferior aparecía una anotación manuscrita:
«No entregar al paciente. Esperar instrucciones».
Ryan comenzó a respirar con dificultad.
—¿Arturo es mi padre?
Elena negó lentamente con la cabeza.
—No puedo asegurarlo solo con este documento. Lo que sí puedo decirte es que Arturo proporcionó una muestra para una prueba que nunca debió hacerse en tu nombre.
—¿Por qué?
—Porque alguien quería que creyeras que Thomas era tu padre, mientras otra persona necesitaba demostrar lo contrario.
Mi madre tomó la hoja y la examinó.
—¿Quién ordenó la prueba?
Elena no respondió.
Abrió el cuaderno por una página marcada con una cinta roja.
Allí había una firma.
La firma era idéntica a la que aparecía en la declaración de paternidad del expediente.
Mi madre palideció.
—Esa firma sí es mía.
La miré horrorizada.
—¿Qué?
Margaret comenzó a llorar.
—Yo nunca firmé el documento del expediente. Pero esta firma sí la hice hace treinta y siete años.
Ryan la observó.
—¿Por qué?
Mi madre se llevó las manos al rostro.
—Porque Thomas me pidió que ayudara a una mujer que estaba en peligro. Me dijo que su bebé necesitaba protección y que, por un tiempo, nadie debía saber quién era su familia.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Qué mujer, mamá?
Margaret levantó la cabeza.
Sus ojos estaban llenos de una tristeza que jamás había visto.
—La mujer que dio a luz al otro niño.
Elena se acercó a la ventana y apartó la cortina.
—Y ahora que ustedes saben que existieron dos bebés, debo contarles lo que ocurrió después.
Nos miró uno por uno.
—Uno de esos niños salió del hospital con la familia que le correspondía. El otro fue entregado a una mujer que había perdido a su bebé esa misma noche.
Ryan se quedó sin palabras.
—¿A quién entregaron al otro niño?
Elena cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, miró directamente a mi madre.
—A Margaret.
Mi madre soltó un grito ahogado.
Yo retrocedí.
—No. Eso no puede ser.
Elena asintió con tristeza.
—La mujer que perdió a su bebé era la madre biológica de Emily.
Y el niño que recibió Margaret aquella noche no era Ryan.
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Era otro bebé.
Uno cuya identidad había sido ocultada desde el primer día.
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