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Chapter 5: La transferencia que nadie debía descubrir

A las once y cuarenta y tres de la mañana, Richard recibió un correo del banco con la confirmación de que la solicitud de movimientos del fondo de Zoria había sido aceptada, y por primera vez tuvo una fecha concreta para descubrir qué había ocurrido con el dinero de su hija.

Estaba sentado en el comedor de un pequeño restaurante cercano a las oficinas del abogado Morales.

Frente a él, Zoria removía distraídamente un vaso de agua.

No había querido regresar a casa después de la discusión de la mañana. Tampoco quería hablar de Vanessa, aunque ambos sabían que todo lo que estaba sucediendo giraba alrededor de ella.

—¿Te arrepientes de haber contado lo que pasó? —preguntó Richard.

Zoria levantó la mirada.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Me arrepiento de haber esperado tanto tiempo para hacerlo.

Richard dejó el teléfono sobre la mesa.

—No tienes que cargar con esa culpa.

—Pero yo sabía que algo estaba mal. Sabía que mamá no quería que me fuera a estudiar. Sabía que siempre encontraba una razón para hacerme sentir mal cuando conseguía algo importante.

Se quedó mirando el agua.

—A veces pensé que, si era más amable con ella, cambiaría. Si ayudaba más en la casa, si sacaba mejores calificaciones, si dejaba de pedir cosas... quizá algún día estaría orgullosa de mí.

Richard sintió un dolor profundo.

—Hija, el cariño no debería ser un premio que tienes que ganarte.

Zoria se limpió una lágrima.

—Entonces, ¿por qué parecía que Kendra sí podía ganárselo?

Richard tardó en responder.

—No lo sé. Y no voy a inventarte una explicación solo para que duela menos.

La joven asintió.

Era la primera respuesta honesta que recibía en mucho tiempo.

No solucionaba nada, pero al menos no la hacía sentir culpable por preguntar.

El teléfono de Richard vibró de nuevo.

Era el licenciado Morales.

—Ya recibí una parte de los documentos que solicitamos —dijo el abogado—. Necesito que vengas a mi oficina con Zoria. Hay una transferencia que debemos revisar.

Richard se puso de pie.

—¿De cuánto?

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—Dieciocho mil quinientos dólares.

Richard sintió que se le entumecían los dedos.

—¿A dónde fue el dinero?

—La transferencia salió de la cuenta vinculada al fondo educativo y llegó a una cuenta cuyo titular aparece parcialmente oculto en la copia inicial. El banco está verificando los datos completos.

—¿Cuándo se hizo?

—Hace dos años y ocho meses.

Richard miró a Zoria.

Ella había escuchado lo suficiente para entender que acababan de encontrar algo importante.

—Vamos para allá —respondió él.

La oficina del licenciado Morales estaba en el segundo piso de un edificio discreto, con ventanas que daban a una avenida llena de árboles.

Sobre su escritorio había varias carpetas, una computadora portátil y una copia de la documentación bancaria.

El abogado saludó a Richard y a Zoria antes de invitarlos a sentarse.

—Quiero que quede claro que todavía estamos en una etapa inicial —explicó—. Tenemos un movimiento bancario que requiere aclaración, pero aún no contamos con el historial completo ni con todas las autorizaciones originales.

Richard señaló la cifra.

—Dieciocho mil quinientos dólares. Vanessa dijo que el fondo de Elena prácticamente no existía.

—Eso es lo que debemos comprobar. Según este documento, el fondo contenía una cantidad superior a la que ella les hizo creer.

Zoria miró el papel.

—¿Pueden decirme si ese dinero se utilizó para mi educación?

El abogado negó suavemente con la cabeza.

—Todavía no. La descripción de la transferencia no es suficiente para determinar el destino final.

Richard respiró hondo.

—¿Qué necesitamos?

—El comprobante completo, la identificación de la cuenta receptora, las autorizaciones de administración y cualquier documento relacionado con el propósito del movimiento.

Morales giró la computadora para mostrarles una línea del registro.

En la descripción de la transferencia aparecían las palabras «servicios educativos y preparación académica».

Zoria sintió un escalofrío.

—Eso parece el pago de los cursos de Kendra.

Richard no respondió inmediatamente.

Recordaba que Vanessa había insistido en que aquellos cursos eran indispensables para que Kendra pudiera ingresar a una buena universidad. Le había dicho que los gastos habían sido cubiertos con dinero de sus ahorros personales.

Nunca había mencionado el fondo de Elena.

—¿Hay forma de confirmar si ese dinero llegó a la empresa que impartió los cursos? —preguntó.

—Sí. Pero necesitaremos los documentos correspondientes y, si fuera necesario, solicitar información adicional por las vías adecuadas.

El abogado guardó silencio un instante.

—Hay otro asunto que me preocupa. Si alguien utilizó recursos destinados a Zoria para cubrir gastos de otra persona, debemos determinar si existía autorización para hacerlo. No quiero asumir que hubo una irregularidad antes de revisar las condiciones de la herencia.

Richard asintió.

Zoria, en cambio, estaba mirando una fecha impresa en el documento.

—Papá, ese día fue cuando mamá me dijo que no podíamos pagar una computadora nueva para la escuela.

Richard volvió la cabeza.

—¿Recuerdas la fecha?

—Sí. Mi computadora se apagaba constantemente y necesitaba una para terminar un proyecto. Mamá me dijo que no había dinero, que tendría que ahorrar de mi mesada y que no debía pedirte nada porque ya estabas pagando muchas cuentas.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Por eso empecé a trabajar los fines de semana en una cafetería. Quería ahorrar para comprar una usada.

Richard se llevó una mano a la frente.

La cifra que aparecía en la pantalla era suficiente para comprar muchas computadoras.

Y, sin embargo, su hija había trabajado durante meses para conseguir una que le permitiera estudiar.

—No debiste pasar por eso —dijo.

—No sabía que había otra opción.

El abogado interrumpió con delicadeza.

—Entiendo que esto es difícil, pero debemos seguir revisando los hechos. No podemos determinar todavía si la transferencia fue autorizada ni quién tomó la decisión final.

Richard asintió.

—Lo entiendo.

Pero por dentro sentía que cada documento estaba arrancando una parte de la confianza que había depositado en su esposa.

Cuando salieron de la oficina, Zoria se detuvo en la banqueta.

—Papá, necesito preguntarte algo.

—Dime.

—Si descubres que mamá tomó ese dinero, ¿qué vas a hacer?

Richard la miró con atención.

No quería prometer una reacción impulsiva ni utilizar a su hija para decidir qué hacer con su matrimonio.

—Voy a protegerte. Voy a asegurarme de que tus derechos sean respetados y de que tengamos toda la información antes de actuar. Y no voy a pedirte que guardes silencio para proteger a nadie.

Zoria respiró lentamente.

—Eso es todo lo que necesito.

Se abrazaron antes de subir al automóvil.

Ninguno de los dos vio a la mujer que, desde una cafetería al otro lado de la calle, los observaba mientras hablaba por teléfono.

Era Vanessa.

Había seguido a Richard después de que él saliera de casa.

Cuando vio que padre e hija abandonaban el edificio del abogado, se levantó rápidamente, dejó dinero sobre la mesa y caminó hacia su automóvil.

Tenía que adelantarse.

Si Richard conseguía el historial completo, descubriría que los dieciocho mil quinientos dólares no habían sido el único movimiento.

Y había una transferencia posterior que le resultaba mucho más peligrosa.

Aquella tarde, Kendra estaba sentada en su habitación cuando escuchó que Vanessa cerraba la puerta principal.

Su madre subió las escaleras con pasos apresurados y entró sin tocar.

—Necesito que me hagas un favor.

Kendra dejó el teléfono sobre la cama.

—¿Qué favor?

Vanessa cerró la puerta.

—Si tu padre te pregunta por los cursos que tomaste hace dos años, dile que yo los pagué con mis ahorros.

Kendra frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque así fue.

—Pero ayer dijiste que no sabías de qué dinero estaba hablando.

Vanessa apretó los labios.

—No pongas palabras en mi boca.

—Mamá, estoy intentando entender lo que pasa.

—No tienes que entenderlo. Solo tienes que decir la verdad.

Kendra se puso de pie.

—¿Cuál verdad? ¿La que me contaste ayer o la que me estás contando ahora?

Vanessa la miró como si acabara de traicionarla.

—¿De verdad vas a ponerte del lado de Zoria?

—No se trata de estar de su lado. Se trata de saber si alguien usó su dinero.

—¡Yo he hecho todo por ti!

Kendra sintió que la frase le apretaba el pecho.

Durante años había escuchado aquellas palabras cada vez que quería tomar una decisión que Vanessa desaprobaba.

Si quería estudiar una carrera distinta, su madre le recordaba cuánto había sacrificado.

Si quería salir con sus amigas, le enumeraba las tareas que hacía en casa.

Si Zoria recibía una felicitación, Vanessa se encargaba de señalar algo que Kendra había conseguido y que merecía más reconocimiento.

Kendra había creído que aquello era amor.

Ahora comenzaba a preguntarse si era una forma de mantenerla atada a su madre.

—No te pedí que hicieras nada con el dinero de Zoria —dijo—. Ni siquiera sabía que existía.

Vanessa dio un paso hacia ella.

—Escúchame bien. Si tu padre comienza a hacer preguntas, puedes perder muchas cosas. Tu casa, tus estudios, la estabilidad que siempre has tenido.

Kendra retrocedió.

—¿Me estás amenazando?

—Estoy intentando protegerte de las consecuencias de tu propia ingratitud.

Kendra la miró con incredulidad.

—Yo no hice nada.

—Entonces no tendrás ningún problema en decir lo que te estoy pidiendo.

Vanessa salió de la habitación y cerró la puerta con fuerza.

Kendra permaneció inmóvil durante varios minutos.

Después abrió el cajón inferior de su escritorio.

Dentro guardaba una carpeta con documentos de sus cursos de preparación universitaria. Los había conservado porque algunos certificados eran necesarios para sus solicitudes de ingreso.

Comenzó a revisarlos.

Encontró recibos, horarios, evaluaciones y una carta de agradecimiento que había escrito después de terminar el programa.

Pero al fondo había una hoja doblada que no recordaba haber guardado.

Era una copia de un formulario de pago.

En la parte superior aparecía el nombre de la empresa que había impartido los cursos.

Debajo figuraba una referencia bancaria.

Kendra acercó el papel a la lámpara.

La descripción del movimiento decía: «Transferencia desde fondo educativo de Zoria Mitchell».

Sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

El documento tenía una fecha de hacía dos años y ocho meses.

La misma fecha que Richard había mencionado durante una llamada que Kendra había escuchado parcialmente desde el pasillo.

No sabía cómo había llegado aquella hoja a su carpeta.

Tampoco sabía si el documento era suficiente para demostrar algo.

Pero entendió que ya no podía fingir que se trataba de una discusión entre su madre y su hermanastra.

Tomó una fotografía de la hoja y se la envió a Richard con un mensaje.

«Papá, encontré esto entre mis documentos. No sé por qué está aquí. No quiero ocultarte nada».

Después guardó el original en un sobre y bajó a buscar a Zoria.

La encontró sentada en la sala, mirando una carta de la universidad.

Kendra se detuvo en la entrada.

—Necesito hablar contigo.

Zoria levantó la vista.

—¿Qué pasó?

Kendra se sentó a su lado y le mostró la fotografía.

La joven leyó la descripción una vez.

Después volvió a leerla.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Esto significa que mi dinero pagó tus cursos?

—Parece que sí, pero no sé cómo ocurrió. Te juro que no lo sabía.

Zoria la observó durante varios segundos.

Una parte de ella quería enfadarse.

Otra parte recordaba a la niña con la que había compartido películas, cumpleaños y tardes de juegos antes de que la competencia impuesta por Vanessa contaminara su relación.

—Te creo —dijo finalmente—. Pero necesito que me ayudes a descubrir la verdad.

Kendra asintió, llorando.

—Lo haré.

Entonces el teléfono de Zoria vibró.

Era un mensaje del señor Bennett.

La universidad había terminado una primera revisión de los documentos relacionados con su beca.

Habían identificado una discrepancia adicional que requería su declaración formal.

Y había algo más.

El equipo de admisiones había encontrado un registro que sugería que alguien intentó modificar la información de contacto de Zoria antes de que se enviara el rechazo.

El cambio se había solicitado desde un dispositivo que, según los registros disponibles, había estado conectado a la red de la casa familiar.

Zoria levantó la mirada hacia Kendra.

Ninguna de las dos habló.

Porque ahora ya no se trataba únicamente de dinero.

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Alguien había utilizado los recursos de Zoria, había intentado quitarle su beca y había manipulado los datos necesarios para impedir que la universidad se comunicara directamente con ella.

Y esa persona había tenido acceso a todo desde el interior de su propia casa.

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