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Chapter 2: El hombre que llegó con la carpeta azul

El funcionario de admisiones todavía no había terminado de hablar cuando Vanessa intentó arrebatarle el documento de las manos.

—Esto es un asunto privado —dijo ella, forzando una sonrisa—. No tiene por qué discutirlo delante de nuestros invitados.

El señor Bennett apartó la carpeta antes de que pudiera tocarla.

—Señora Mitchell, he venido precisamente porque hay información que no coincide con los registros de nuestra universidad.

Richard se colocó junto a Zoria.

—Mi hija acaba de decirme que usted recibió una carta en la que ella rechazaba una beca. ¿Es correcto?

—No exactamente, señor Mitchell.

El funcionario abrió la carpeta y sacó varias hojas impresas.

—Zoria fue seleccionada para una beca académica integral después de un proceso competitivo. Sus calificaciones, sus ensayos y sus resultados en las entrevistas fueron sobresalientes. La oferta incluía la colegiatura completa durante el periodo establecido en la carta, sujeta a los requisitos académicos habituales.

Zoria sintió que las piernas le temblaban.

Escuchar a otra persona confirmar que no había imaginado nada le provocó una mezcla de alivio y tristeza.

Durante semanas había dudado de sí misma.

Vanessa le había repetido tantas veces que no estaba preparada, que no merecía aquella oportunidad y que aceptar la beca sería una traición, que algunas noches había terminado preguntándose si realmente era tan egoísta como su madrastra aseguraba.

El señor Bennett continuó:

—La oferta se envió a la cuenta personal de Zoria. Posteriormente recibimos un mensaje en el que se nos informó que la estudiante deseaba rechazarla.

Richard apretó los puños.

—¿Ese mensaje lo escribió mi hija?

El funcionario no contestó de inmediato.

Miró a Zoria con una expresión de cautela.

—Eso es precisamente lo que estamos investigando.

Vanessa soltó una carcajada breve.

—¡Qué absurdo! La muchacha decidió que no quería ir. Ahora está arrepentida y pretende culparme porque no sabe aceptar las consecuencias de sus decisiones.

—¡Yo nunca envié ese mensaje! —gritó Zoria.

—¡Baja la voz!

—¡No voy a volver a callarme para que tú quedes bien!

Un murmullo recorrió a los invitados.

La tía de Richard, que había permanecido cerca de la mesa del pastel, se llevó una mano al pecho.

Dos vecinos intercambiaron miradas.

Hasta el hombre encargado de servir las bebidas dejó de acomodar los vasos.

Vanessa notó que estaba perdiendo el control de la situación.

Y eso la enfureció todavía más.

—Richard, ¿de verdad vas a creerle a una adolescente que está haciendo un berrinche? —preguntó—. Yo he sido quien ha estado aquí todos los días. Yo sé lo que necesita esta familia.

—Entonces explícame por qué no me dijiste que había conseguido la beca.

—Porque ya estaba resuelto.

—¿Resuelto por quién?

—¡Por ella!

—¡Acaba de decir que nunca rechazó nada!

Vanessa abrió la boca, pero no encontró una respuesta que pudiera sostenerse.

El señor Bennett aprovechó el silencio para sacar otro documento.

—Hay algo más que debemos aclarar. La comunicación de rechazo no llegó desde la dirección electrónica habitual de Zoria. Se recibió desde una cuenta secundaria que incluía su nombre, pero que no estaba registrada originalmente en su expediente.

Richard frunció el ceño.

—¿Una cuenta secundaria?

—Sí. Además, el mensaje solicitaba que no se contactara a la estudiante por teléfono, alegando que su familia ya había tomado una decisión definitiva.

Zoria sintió un escalofrío.

—Yo jamás pedí eso.

El funcionario asintió.

—Por eso intentamos comunicarnos contigo por otros medios. Cuando recibimos respuestas contradictorias, decidimos revisar el expediente antes de cerrar el caso definitivamente.

Vanessa se cruzó de brazos.

—Cualquiera puede crear una cuenta de correo. Eso no demuestra nada.

—Tiene razón —respondió Bennett—. Una cuenta por sí sola no demuestra quién envió un mensaje. Por eso hemos conservado los registros pertinentes y estamos verificando el procedimiento utilizado para presentar el rechazo.

Richard lo miró con urgencia.

—¿Todavía hay posibilidades de que mi hija conserve la beca?

El hombre hizo una pausa.

—La oferta fue suspendida administrativamente mientras verificamos la autenticidad de la renuncia. No puedo prometer un resultado hasta terminar la revisión, pero la suspensión no significa que hayamos determinado que Zoria rechazó personalmente la beca.

Zoria soltó el aire que había estado conteniendo.

No era una solución.

Todavía podía perder su oportunidad.

Pero al menos alguien estaba dispuesto a escucharla.

Richard se volvió hacia ella.

—¿Por qué no me llamaste, hija?

La pregunta le salió con tanta tristeza que Zoria sintió que algo se rompía dentro de ella.

—Lo intenté, papá.

—¿Cuándo?

—La noche en que recibí la carta. Después, cuando mamá me dijo que tenía que rechazarla. Te llamé tres veces, pero tu teléfono estaba apagado porque estabas en una obra sin señal.

Richard cerró los ojos.

Recordaba aquel viaje.

Había estado supervisando una construcción a varias horas de casa y había pasado casi dos días sin cobertura telefónica.

Cuando finalmente revisó sus mensajes, Vanessa le había dicho que Zoria estaba cansada y que no quería hablar con nadie.

Él le había creído.

—Después intenté mandarte un correo —continuó Zoria—, pero mamá me dijo que si te contaba lo que estaba pasando, tú pensarías que yo quería destruir nuestra familia. Me dijo que ya tenías suficientes problemas en el trabajo y que no debía hacerte escoger entre ella y yo.

Richard sintió que la culpa le apretaba el pecho.

Había estado tan orgulloso de mantener a su familia que no se había dado cuenta de que una persona dentro de su propia casa estaba enseñándole a su hija a tener miedo de hablar con él.

—Debí escucharte —murmuró.

—Yo solo quería que estuvieras orgulloso de mí.

—Siempre lo he estado.

—Entonces, ¿por qué nadie me defendió?

La pregunta dejó a Richard sin palabras.

No podía culpar únicamente a Vanessa por cada lágrima de su hija.

Él también había estado ausente.

Había confiado en explicaciones cómodas porque eran más fáciles que hacer preguntas difíciles.

Se acercó a Zoria y le tomó las manos.

—No puedo cambiar lo que pasó, hija. Pero no voy a permitir que vuelvas a enfrentar esto sola.

Vanessa puso los ojos en blanco.

—Qué conmovedor. Ahora todos somos monstruos porque una niña no consiguió lo que quería.

Kendra levantó la cabeza.

Tenía las mejillas mojadas.

—Mamá, ya basta.

Vanessa se quedó mirándola, sorprendida.

—¿Perdón?

—Dije que ya basta. No sabía que Zoria había conseguido la beca, pero tú me dijiste que ella ni siquiera estaba entre las mejores estudiantes.

—Kendra, no sabes de qué estás hablando.

—También me dijiste que su fiesta era una exageración y que yo merecía tener el mejor lugar porque mis amigos vendrían a verme.

Zoria miró a su hermanastra.

Por primera vez en mucho tiempo, Kendra no parecía estar compitiendo con ella.

Parecía avergonzada.

—Yo no te pedí que hicieras esto —dijo Kendra, dirigiéndose a Zoria—. Te lo juro.

Zoria tragó saliva.

—Pero tampoco preguntaste por qué estaba sirviendo comida.

Kendra bajó la mirada.

La frase le dolió porque sabía que era cierta.

Había visto a su hermanastra caminar de mesa en mesa con una charola y había preferido pensar que se trataba de una decisión voluntaria.

Era más cómodo disfrutar de su propia celebración que preguntarse por qué Zoria parecía a punto de llorar.

—Lo siento —susurró.

Zoria no respondió.

No porque quisiera castigarla, sino porque todavía no sabía qué hacer con tantas emociones.

El señor Bennett carraspeó suavemente.

—Hay otra razón por la que decidí venir personalmente.

Richard volvió a mirarlo.

—¿Cuál?

El funcionario sacó un sobre sellado de la parte trasera de la carpeta.

En el frente aparecía el nombre completo de Zoria, escrito con tinta negra.

—Durante la revisión del expediente encontramos una segunda solicitud relacionada con su beca. No fue presentada por Zoria, pero incluía información sobre sus circunstancias familiares y económicas.

Vanessa retrocedió un paso.

Richard lo notó.

—¿Qué decía esa solicitud?

Bennett abrió el sobre.

—Se afirmaba que Zoria tenía acceso a recursos económicos suficientes para pagar la universidad sin ayuda y que otra integrante de la familia enfrentaba una situación mucho más urgente.

Kendra dejó escapar un pequeño grito.

—¿Otra integrante?

El funcionario asintió.

—La solicitud recomendaba que los fondos se reasignaran a una candidata que, según el mensaje, no podría continuar sus estudios sin apoyo financiero.

Richard miró lentamente a Vanessa.

—¿Estás hablando de Kendra?

Vanessa levantó la barbilla.

—No tengo que justificar cada conversación privada que mantengo con una universidad.

—No es una conversación privada si usaste el nombre de mi hija para intervenir en su beca.

—¡Yo solo intentaba ayudar!

—¿Ayudar a quién?

Vanessa señaló a Kendra.

—¡A mi hija! ¡Alguien tenía que pensar en ella!

Kendra se quedó inmóvil.

—Mamá, yo ni siquiera había solicitado esa beca.

El patio quedó en silencio.

Vanessa volvió la cabeza tan rápido que casi derramó su copa.

—¿Qué acabas de decir?

Kendra se limpió las mejillas.

—Yo había solicitado otra ayuda económica, pero me rechazaron. Nunca te pedí que hicieras nada con la beca de Zoria.

Richard miró al funcionario.

—¿La solicitud incluía el nombre de Kendra?

—Sí. Pero hay un detalle importante: la persona que la presentó aseguró que ambas estudiantes habían acordado la transferencia de los fondos.

Zoria sintió que se le helaban las manos.

—Eso es mentira.

—Lo sé —respondió Bennett—. Porque no encontramos ninguna autorización firmada por ti.

Vanessa apretó los labios.

Durante un instante pareció considerar una nueva excusa.

Entonces vio que varios familiares habían comenzado a sacar sus teléfonos, no para grabarla, sino para alejarse de la discusión y llamar a sus propios familiares.

Su imagen de esposa perfecta, madre dedicada y anfitriona impecable se estaba deshaciendo delante de todos.

—Esto es una conspiración —dijo—. Alguien está intentando destruir mi matrimonio.

Richard la miró con una frialdad que jamás le había mostrado.

—No necesitas ayuda de nadie para destruirlo. Lo estás haciendo tú sola.

El señor Bennett colocó los documentos dentro de la carpeta.

—Señor Mitchell, debo advertirle que todavía no puedo compartir información confidencial de otros solicitantes. Sin embargo, hay un registro adicional que sí afecta directamente a Zoria y que necesito verificar con ustedes.

—¿Qué registro? —preguntó Richard.

El funcionario miró a Vanessa.

—Un documento firmado que supuestamente acredita que Zoria renunció voluntariamente a la beca después de una reunión familiar.

Zoria negó con la cabeza.

—Nunca firmé eso.

—Entonces, ¿quién lo hizo? —preguntó Kendra.

Bennett sacó una copia.

En la parte inferior aparecía una firma que se parecía a la de Zoria, pero la joven reconoció de inmediato que algo no estaba bien.

La letra inicial era demasiado grande.

La última curva estaba trazada en la dirección equivocada.

Y el apellido terminaba con un trazo que ella nunca utilizaba.

—Esa no es mi firma —dijo.

Richard tomó la hoja.

La observó durante varios segundos y después levantó la mirada hacia su esposa.

Vanessa ya no intentaba sonreír.

—¿Tú hiciste esto? —preguntó él.

—No tienes pruebas.

El señor Bennett intervino antes de que Richard pudiera responder.

—Precisamente por eso estamos aquí. La universidad ha conservado el documento original y solicitará una revisión formal de su autenticidad.

Después volvió a guardar la copia en la carpeta.

Pero antes de cerrarla, sacó una última hoja.

—Hay una circunstancia más que considero importante. La persona que envió el mensaje original también solicitó que cualquier correspondencia posterior se dirigiera a un domicilio distinto del registrado por Zoria.

Richard sintió que el aire se volvía pesado.

—¿A qué domicilio?

El funcionario miró el papel.

Luego levantó los ojos.

—A una dirección que no pertenece a esta familia.

Vanessa se llevó una mano al cuello.

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Y, por primera vez, Zoria comprendió que su madrastra no solo había intentado quitarle una beca.

Había preparado todo para que nadie pudiera descubrirlo a tiempo.

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