Calm

Chapter 8: La habitación cerrada donde Richard guardó sus secretos

Naomi no durmió aquella noche.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la fotografía de Graham junto a su padre y leía la frase escrita en el reverso.

La noche en que tu hija fue concebida, Graham no estuvo donde te dijo.

La nota podía ser una mentira.

Podía ser una provocación de Vanessa.

También podía ser la pieza que faltaba para comprender por qué Richard había investigado a Naomi y por qué alguien seguía interesado en el pasado de Maisie.

A las seis de la mañana, Naomi llamó a Mariana.

La abogada llegó a su casa una hora después y examinó la fotografía sin tocarla demasiado.

—No podemos saber quién la tomó ni cuándo fue impresa —dijo—. Pero la dirección podría ayudarnos a localizar documentos.

Naomi señaló el nombre de la clínica.

—Yo fui atendida aquí.

Mariana levantó la vista.

—¿Estás segura?

—Sí. Era un centro pequeño. Cerró hace dos años, después de que su director se jubilara.

—Entonces vamos a empezar por los registros que puedan consultarse legalmente. No iremos a buscar respuestas por nuestra cuenta ni vamos a entregar documentos originales a personas desconocidas.

Naomi asintió.

No quería correr riesgos.

Pero tampoco podía ignorar la posibilidad de que alguien estuviera utilizando una verdad incompleta para destruir a su familia.

Mariana llamó a Arturo Salcedo y le explicó lo que habían encontrado.

El abogado acordó revisar los antecedentes de la clínica y contactar a los responsables de custodiar los expedientes médicos.

Mientras tanto, Graham recibió una llamada de su madre.

—Necesito que vengas a la mansión —dijo Eleanor—. Encontré algo en el despacho de tu padre.

Graham se quedó inmóvil.

—¿Qué encontraste?

—Una llave y una nota. Creo que tienen relación con lo que está pasando.

Llegó a la mansión antes del mediodía.

Eleanor lo esperaba en el antiguo estudio de Richard, una habitación que había permanecido cerrada desde su muerte.

Las paredes estaban cubiertas de libreros oscuros. Sobre el escritorio había una lámpara de bronce, una fotografía familiar y un reloj que llevaba años detenido a las nueve con diecisiete.

Eleanor sostuvo una llave pequeña.

—La encontré dentro de una caja de documentos que estaba en el armario del fondo.

Graham la reconoció.

Era la llave del archivero privado de su padre.

—¿Lo abriste?

—No. Quería que estuvieras aquí.

Graham introdujo la llave en la cerradura.

El cajón se abrió con un sonido seco.

Dentro había carpetas ordenadas por fecha, sobres sellados y una libreta de tapas negras.

Eleanor tomó uno de los sobres.

En el frente aparecía escrito el nombre de Naomi.

—Dios mío —susurró.

Graham abrió la carpeta.

La primera hoja era un informe sobre la situación económica de Naomi antes del nacimiento de Maisie. Había registros de alquiler, datos laborales y notas sobre las personas que la habían ayudado durante el embarazo.

Más adelante aparecían fotografías de la clínica.

Graham sintió una mezcla de rabia y vergüenza.

Su padre había investigado la vida de Naomi como si fuera una amenaza para la empresa.

Pero lo que encontró después fue todavía más inquietante.

Entre los documentos había una copia de un consentimiento médico firmado por Naomi y un informe administrativo de la clínica. Algunos datos estaban cubiertos con tinta negra.

No se podía saber si Richard había tenido acceso a los resultados completos o si alguien se los había resumido.

Sin embargo, había una nota escrita a mano.

No utilizar esta información sin verificar los registros originales.

Graham la leyó varias veces.

—Mi padre sabía que podía estar equivocado —murmuró.

Eleanor se sentó lentamente.

—Richard tenía miedo de perder el control sobre ti. Cuando sentía que algo escapaba de sus manos, buscaba la manera de recuperarlo.

—¿Sabías que había hecho esto?

Su madre negó con la cabeza.

—Sabía que no quería que te casaras con Naomi. Pensé que eran discusiones propias de un padre autoritario. Nunca imaginé que hubiera llegado tan lejos.

Graham cerró la carpeta.

—Y yo lo defendí durante años.

Eleanor le tomó el brazo.

—No eres responsable de todas las decisiones de tu padre. Pero sí eres responsable de lo que haces ahora que conoces la verdad.

Él asintió.

Entonces encontró un sobre más pequeño, escondido detrás de la libreta.

En el frente decía: Para Graham, si alguna vez descubres lo que hice.

Sus manos comenzaron a temblar.

Rompió el sello.

La carta estaba fechada varios meses antes de la muerte de Richard.

En ella, su padre admitía que había presionado a Naomi para que se alejara, que había investigado sus tratamientos médicos y que había permitido que terceras personas buscaran información que pudiera desacreditarla.

También reconocía que, después de conocer el embarazo, había recibido un informe incompleto de la clínica.

El documento no confirmaba ninguna irregularidad relacionada con la paternidad de Maisie.

Richard había sospechado, pero nunca había encontrado pruebas.

Y, en lugar de aceptar que no sabía la verdad, había utilizado sus sospechas para intentar controlar a los demás.

Graham dejó la carta sobre el escritorio.

—No tenía derecho a hacer esto.

Eleanor se secó una lágrima.

—No.

Él continuó leyendo.

La última parte de la carta mencionaba a Claudia Ríos.

Richard afirmaba que la mujer había trabajado para una consultora contratada para revisar información relacionada con Naomi. Sin embargo, también advertía que Claudia había abandonado el proyecto después de descubrir que algunos documentos se estaban utilizando para fines distintos de los acordados.

Graham levantó la cabeza.

—Claudia ya había trabajado con mi padre.

—Entonces Vanessa no llegó a ella por casualidad —dijo Eleanor.

Graham sintió que todas las piezas comenzaban a encajar.

Vanessa había encontrado una conexión antigua, la había utilizado para investigar a Naomi y después había intentado convertir la información en un arma para obtener la custodia de Maisie.

Pero aún faltaba saber qué había ocurrido realmente en la clínica.

Esa tarde, Arturo Salcedo recibió una llamada de una persona que había trabajado en la administración del antiguo centro médico.

La mujer, la licenciada Irene Pacheco, aceptó reunirse con él y con Mariana en un despacho neutral.

No entregó expedientes médicos ni reveló información confidencial que no estuviera autorizada a compartir. Sin embargo, confirmó que la clínica había tenido problemas administrativos durante aquellos años y que algunos documentos históricos se habían archivado de forma incompleta.

—Recuerdo a Naomi —dijo Irene—. Era una paciente joven que atravesaba una situación emocional complicada. Pero no puedo hablar de detalles clínicos sin los permisos correspondientes.

Mariana asintió.

—No le pedimos que revele información privada. Solo queremos saber si alguien solicitó documentos sobre ella de manera irregular.

Irene frunció el ceño.

—Hubo una solicitud de información hace años. La presentó un representante que decía trabajar para la familia Mercer.

Arturo se inclinó hacia adelante.

—¿Tiene algún registro?

—No aquí. Pero recuerdo que la solicitud fue rechazada porque no incluía una autorización válida de la paciente.

Naomi sintió que el pecho se le aflojaba un poco.

—¿Y después?

Irene hizo memoria.

—Unos meses más tarde, recibimos otra solicitud, esta vez mediante un despacho externo. Tampoco se entregó el expediente completo. Se proporcionó únicamente una constancia administrativa general, sin información clínica detallada.

—¿Quién la solicitó? —preguntó Mariana.

Irene revisó una nota que había preparado.

—El despacho estaba vinculado a la empresa de investigación que trabajaba para Richard Mercer.

Arturo intercambió una mirada con Mariana.

La conexión era cada vez más clara.

Richard había intentado obtener información médica de Naomi.

Pero no había conseguido el expediente completo.

Eso significaba que cualquier afirmación sobre el nacimiento de Maisie basada en aquellos documentos podía ser incompleta o deliberadamente distorsionada.

—¿Existe algún procedimiento para que Naomi solicite una copia de su propio expediente? —preguntó Mariana.

—Sí. Podemos orientarla para que haga la solicitud formal a la entidad que conserva los archivos.

Naomi asintió.

—Quiero hacerlo.

Irene le explicó los pasos y le entregó los datos de contacto correspondientes.

Antes de despedirse, añadió algo que llamó la atención de todos.

—Hay otra cosa. Hace unas semanas, una mujer llamó para preguntar por expedientes antiguos relacionados con una paciente de apellido Mercer.

Naomi sintió un escalofrío.

—¿Vanessa?

—No puedo asegurar que fuera ella. La persona no se identificó con ese nombre. Pero preguntó específicamente por documentos que pudieran aclarar la identidad del padre de una niña nacida hace cuatro años.

Graham apretó los puños.

La llamada coincidía con el inicio de las acusaciones.

Vanessa no había descubierto la información por accidente.

La había buscado.

Esa noche, Graham volvió a la mansión y encontró a Vanessa esperándolo en la sala.

Había colocado dos copas de vino sobre la mesa y llevaba un vestido elegante, como si quisiera reconstruir la imagen de la pareja feliz que habían presentado durante la boda.

—Tenemos que hablar —dijo ella.

Graham dejó las llaves.

—Sí.

Vanessa se acercó.

—He estado pensando mucho. Creo que todo se nos salió de las manos, pero podemos arreglarlo.

Él no respondió.

—Podemos empezar de nuevo —continuó—. Tú y yo, sin discusiones, sin que Naomi interfiera en nuestro matrimonio.

Graham la miró con cansancio.

—Naomi no es el problema de nuestro matrimonio.

Vanessa apretó los labios.

—Siempre la defiendes.

—Estoy hablando de tus decisiones. De las fotografías. De los documentos.

De la llamada al kínder. De Claudia.

Al escuchar ese nombre, Vanessa perdió el color.

Graham lo notó.

—Ya sé que tuviste contacto con ella antes de la boda.

Vanessa intentó sonreír.

—Claudia es una conocida. No significa nada.

—¿Por qué le pediste información sobre Naomi?

—Porque quería saber si mi hijastra estaba bien.

—No es tu hijastra, Vanessa. Es la hija de tu esposo. Y no estabas intentando cuidarla. Estabas intentando separar a su madre de ella.

Vanessa retrocedió.

—¡Tú no entiendes lo que es vivir a la sombra de otra mujer!

Graham permaneció inmóvil.

—Entonces explícame qué tiene que ver eso con el expediente médico de Naomi.

Vanessa abrió la boca, pero no encontró una respuesta inmediata.

Él continuó:

—Mi padre intentó conseguir esa información hace cuatro años. No obtuvo el expediente completo. ¿Cómo supiste que existía?

Vanessa comenzó a respirar más rápido.

—Yo no sabía nada de tu padre.

—Entonces, ¿por qué alguien llamó a la clínica preguntando por la paternidad de Maisie justo antes de que empezaras a enviar documentos contra Naomi?

Vanessa miró hacia la puerta.

Graham sintió una profunda decepción.

—Te estoy dando la oportunidad de decir la verdad.

Ella levantó la barbilla.

—¿Y si te digo que Naomi sí está ocultando algo?

—Lo investigaré con los procedimientos adecuados. Pero no voy a permitir que conviertas una sospecha en una acusación.

Vanessa soltó una risa amarga.

—Claro. Porque ella siempre tiene una explicación para todo.

Graham negó lentamente.

—No. Porque tú llevas semanas mintiendo.

Vanessa se acercó a él.

—¿Y qué pasa si te digo que, cuando descubras toda la verdad, vas a arrepentirte de haberla defendido?

Graham la miró sin parpadear.

—Entonces escucharé la verdad cuando existan pruebas. No cuando tú decidas usarla para hacer daño.

Vanessa sintió que perdía el control.

Tomó una de las copas y la arrojó contra el fregadero de la cocina. El cristal se rompió, pero Graham ni siquiera se movió.

—¡Todo esto es culpa tuya! —gritó ella—. ¡Si me hubieras dado mi lugar desde el principio, nada de esto habría ocurrido!

Graham habló en voz baja.

—No vuelvas a culpar a Maisie por tus decisiones.

Vanessa se quedó inmóvil.

Él tomó las llaves.

—Voy a quedarme unos días fuera de la casa. Arturo se comunicará contigo para organizar los asuntos pendientes. No intentes contactar a Naomi ni a la niña mientras aclaramos esta situación.

—¿Me estás dejando?

Graham la miró por última vez.

—Estoy dejando de fingir que esto es un matrimonio normal.

Salió sin escuchar la respuesta.

Vanessa permaneció sola en la sala.

Durante unos minutos, no hizo nada.

Después tomó el teléfono y marcó un número que no aparecía guardado en sus contactos.

—Necesito que hagas algo por mí —dijo cuando contestaron—. Quiero que encuentres el documento original.

Hubo una pausa.

—¿Qué documento?

Vanessa miró hacia el estudio de Richard.

—El que demuestra quién es realmente el padre biológico de Maisie.

Colgó.

Y no vio que, desde el pasillo, Eleanor había escuchado cada palabra.

La mujer permaneció escondida detrás de la pared, con una mano sobre el pecho y la otra apretando la barandilla.

No sabía qué contenía aquel documento.

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Pero ahora sabía que Vanessa estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para encontrarlo.

Y si el papel existía, podía convertirse en la prueba que destruyera definitivamente a la mujer que había intentado conquistar a la familia Mercer mediante el miedo.

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