Chapter 7: Mi mejor amiga llegó a consolarme sin saber que yo ya había escuchado su confesión
—¿Elena? ¿Dónde estás, amiga?
La voz de Verónica Salas descendió por la escalera de piedra con la misma dulzura que yo había escuchado durante once años.
Aquella voz me había acompañado en mis peores momentos. Me había consolado cuando recibí la llamada del hospital. Había dormido en el sofá de mi casa durante la primera semana después del funeral de Alejandro, porque yo no soportaba quedarme sola.
Y ahora sabía que, en una grabación, esa misma voz había pedido que la muerte de mi esposo pareciera un accidente.
Sentí que las manos me temblaban.
Daniel se acercó a mí.
—Mamá, no tienes que hablar con ella.
—Sí, hijo. Tengo que hacerlo.
—¿Y si viene a llevarse los documentos?
Miré a Patricia.
—¿Hay otra salida de esta habitación?
Ella señaló una puerta estrecha detrás de los archivadores.
—Conduce al antiguo cuarto de mantenimiento. Desde ahí se puede llegar al pasillo de servicio.
—Daniel, acompaña a Patricia. Quiero que guarden una copia de todos los archivos y que nadie toque los originales.
Mi hijo negó con la cabeza.
—No voy a dejarte sola con esa mujer.
Le apreté la mano.
—No estaré sola. La seguridad está arriba y Verónica todavía cree que no sabemos nada. Necesito que hable antes de que comprenda cuánto hemos descubierto.
Daniel miró hacia la escalera.
Finalmente, asintió.
—Si escucho que levantas la voz, entro.
—De acuerdo.
Esperé hasta que él y Patricia desaparecieron por la puerta lateral.
Después guardé la memoria digital en el bolsillo interior de mi bolso y subí los escalones.
Verónica estaba en el vestíbulo.
Llevaba un abrigo color crema, unos pantalones oscuros y un pañuelo de seda alrededor del cuello. Su cabello estaba perfectamente peinado, aunque algunos mechones se habían soltado por el viento.
En cuanto me vio, abrió los brazos.
—¡Ay, amiga!
Se acercó para abrazarme.
Yo permití que me rodeara los hombros, pero no le devolví el abrazo.
Verónica se apartó y observó mi vestido húmedo.
Sus ojos se llenaron de una indignación que, hasta esa noche, yo habría considerado sincera.
—Me enteré de lo que hizo esa muchacha. ¡Qué vergüenza! ¿Cómo pudo tratarte así delante de todo el mundo?
No respondí.
Ella me tomó las manos.
—¿Estás bien? ¿Te lastimó? Dime dónde está Amelia. Voy a decirle unas cuantas cosas.
La miré detenidamente.
No había una sola señal en su rostro que revelara miedo. Parecía genuinamente preocupada, como si no tuviera nada que ocultar.
Eso era lo que más me dolía.
—Estoy bien, Verónica.
—No tienes por qué fingir conmigo.
Me acarició la mejilla.
—Después de todo lo que hemos pasado juntas, sabes que siempre voy a estar de tu lado.
Tuve que hacer un esfuerzo para no retirar la mano.
—¿De verdad?
Ella frunció el ceño.
—Claro que sí. ¿Por qué me preguntas eso?
Bajé la mirada hacia su pañuelo.
Recordé las tardes en que se sentaba conmigo a revisar fotografías de Alejandro. Recordé cómo me ayudó a organizar una misa en su memoria y cómo lloró cuando Daniel pronunció unas palabras durante el aniversario de su muerte.
¿Había sentido algo de verdad?
¿O solo había perfeccionado su papel durante once años?
—Porque hay cosas que una persona solo puede ocultar durante cierto tiempo —respondí.
Verónica soltó una risita nerviosa.
—No sé de qué hablas.
—Entonces explícame por qué querías venir a verme esta noche.
Su sonrisa se desvaneció por un instante.
Después volvió a aparecer.
—Me preocupé cuando escuché lo que pasó. Además, llevo días pensando en Alejandro. Hay algo que necesito contarte desde hace mucho tiempo.
El corazón me golpeó el pecho.
—¿Qué cosa?
Verónica miró hacia la escalera que conducía a la bodega.
Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible.
Pero lo vi.
—¿Está Esteban contigo? —preguntó.
—¿Por qué?
—Porque hay asuntos legales que quizá deba conocer. Si voy a contarte algo delicado, prefiero que no haya malentendidos.
—Esteban está ocupado.
Verónica apretó la correa de su bolso.
—¿Dónde?
—¿Por qué necesitas saberlo?
La pregunta la tomó desprevenida.
Durante un segundo, su rostro perdió aquella expresión amable que yo conocía tan bien.
—Elena, no empieces a desconfiar de todo el mundo por lo que pasó con Amelia. Estás alterada y es comprensible.
Casi sonreí.
Era exactamente la clase de frase que alguien utilizaría para hacerme dudar de mis propios ojos.
—Tienes razón —dije—. He pasado demasiados años confiando sin hacer preguntas.
Verónica me observó en silencio.
Después se acercó un poco más.
—Amiga, lo que voy a decirte es muy serio. Hace once años, la noche en que murió Alejandro, yo recibí una llamada de él.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué?
—Me llamó desde su automóvil. Estaba preocupado y me pidió que hablara contigo si algo salía mal.
La miré fijamente.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
Verónica bajó la cabeza.
—Porque me pidió que no lo hiciera hasta que estuvieras preparada.
—¿Preparada para qué?
—Para descubrir que su muerte no fue un accidente.
Me apoyé en la mesa del vestíbulo.
La mentira era tan parecida a la verdad que, de no haber escuchado la grabación, quizá habría caído en ella.
—¿Quién lo mató, Verónica?
Ella respiró profundamente.
—Richard Whitmore estuvo involucrado. Mauricio también. Pero Alejandro había descubierto algo que podía destruir a varias personas, incluida gente que tú considerabas tu familia.
—¿Qué gente?
Verónica me sostuvo la mirada.
—No puedo decírtelo aquí.
—¿Por qué no?
—Porque no sabemos quién puede estar escuchando.
Miró hacia la escalera otra vez.
Esta vez, no intentó disimularlo.
—Necesito que me lleves al archivo privado de Alejandro. Sé que guardaste allí ciertos documentos. Si los revisamos juntas, podré explicarte todo.
Comprendí entonces por qué había venido.
No quería confesar.
Quería saber cuánto habíamos encontrado.
Y, si podía, recuperar las pruebas antes de que las utilizáramos.
—No sé a qué documentos te refieres —dije.
Verónica me apretó la mano.
—Elena, por favor. No tenemos tiempo.
—¿Tiempo para qué?
Su expresión cambió.
—Para impedir que destruyan lo que Alejandro dejó.
—¿Quién quiere destruirlo?
Verónica abrió la boca.
Pero no respondió.
En ese instante, Daniel apareció en el pasillo superior.
No bajó las escaleras. Se quedó observándonos desde la barandilla.
—Buenas noches, Verónica.
Ella se volvió rápidamente.
—Daniel, cariño. No sabía que estabas aquí.
—Es mi casa también cuando mamá necesita ayuda.
La mujer intentó sonreír.
—Me alegra verte. He estado muy preocupada por ti.
—Qué curioso —respondió él—. Porque en los últimos meses apenas has contestado mis llamadas.
Verónica palideció ligeramente.
—He tenido mucho trabajo.
—Claro.
Daniel descendió dos escalones.
—¿Qué querías contarle a mi mamá sobre mi papá?
Ella me miró, buscando una explicación.
Yo no se la ofrecí.
—Solo le estaba diciendo que su muerte fue más complicada de lo que todos creímos —respondió finalmente.
—¿Y por qué nunca dijiste nada?
—Porque tenía miedo.
Daniel soltó una risa amarga.
—Todos tenían miedo. Mi mamá también. Pero ella tuvo que levantarse cada mañana y seguir adelante mientras ustedes guardaban sus secretos.
Verónica se llevó una mano al pecho.
—No sabes cuánto he sufrido por esto.
—Entonces imagina cómo se sintió mi mamá cuando descubrió que su mejor amiga podía estar involucrada en la muerte de su esposo.
La mujer quedó inmóvil.
Yo no había pronunciado aquellas palabras.
Daniel sí.
Y su reacción me confirmó algo.
Verónica sabía que estábamos cerca de la verdad.
—¿De qué estás hablando? —susurró.
Mi hijo bajó el último escalón.
—De una grabación.
El rostro de Verónica perdió todo el color.
—¿Qué grabación?
—La que contiene tu voz diciendo que mi papá debía morir en un accidente.
Ella retrocedió.
—Eso es imposible.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Porque nunca imaginaste que Alejandro hubiera guardado una copia?
Verónica comenzó a negar con la cabeza.
—No entiendes lo que escuchaste.
—Entonces explícamelo.
—¡No fue así!
Su voz resonó por todo el vestíbulo.
Daniel se acercó a mí.
—¿Vas a seguir mintiendo?
Verónica miró hacia la puerta principal.
Los guardias seguían en sus puestos.
Después volvió la mirada hacia la escalera.
Sabía que Patricia estaba abajo.
Sabía que el archivo había sobrevivido.
Y comprendió que ya no podía controlar la conversación.
—Yo nunca quise que Alejandro muriera —dijo finalmente.
La escuché sin interrumpirla.
—Todo comenzó con el consorcio. Al principio, solo eran operaciones financieras. Richard y Mauricio me aseguraron que el dinero se utilizaría para adquirir terrenos y desarrollar proyectos inmobiliarios. Me dijeron que Alejandro lo aprobaría cuando viera los resultados.
—Pero él no lo aprobó —respondí.
—No. Empezó a investigar.
Verónica se secó las lágrimas.
—Descubrió que algunas transferencias eran ilegales y amenazó con denunciarlo todo. Richard entró en pánico. Mauricio dijo que podían convencerlo de guardar silencio, pero…
—Pero tú diste la orden.
Ella me miró con desesperación.
—Yo dije que había que detenerlo. Nunca dije que lo mataran.
—Acabamos de escuchar tu voz.
—¡No sabes lo que significa esa grabación!
—Significa que sabías que estaban preparando algo.
Verónica empezó a temblar.
—Alejandro era como un hermano para mí.
—Entonces debiste protegerlo.
—¡Lo intenté!
El grito me hizo retroceder.
Durante un instante, vi a la mujer que había conocido en la universidad. La joven que compartía conmigo un café después de clases, que me ayudaba a estudiar y que soñaba con crear una empresa propia.
Pero aquella mujer ya no existía.
O quizá nunca había existido de la manera en que yo creía.
—¿Qué pasó aquella noche? —pregunté.
Verónica apretó los puños.
—Richard y Mauricio organizaron una reunión para asustarlo. Querían recuperar los documentos. Yo les dije que no lo tocaran. Después recibí una llamada de Richard diciendo que había ocurrido algo terrible.
—¿Y fuiste a la carretera?
Ella negó.
—No.
—¿Estás segura?
Verónica no respondió.
Daniel se acercó a la mesa.
—Tenemos una fotografía de Esteban junto al automóvil de mi papá.
La mujer cerró los ojos.
—Entonces Esteban les contó lo que vio.
—Todavía no nos ha contado todo —dije—. Pero tú sí puedes hacerlo.
Verónica respiró profundamente.
—Cuando llegué, Alejandro ya estaba muerto.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Llegaste después de que murió?
—Sí.
—¿Quién estaba allí?
Ella me miró.
Y entonces dijo algo que me hizo comprender que todavía nos faltaba la parte más importante de la historia.
—Tomás Beltrán.
Daniel frunció el ceño.
—¿El antiguo director de sistemas?
Verónica asintió.
—Tomás fue quien encontró a Alejandro primero. Y fue él quien retiró la carpeta del automóvil.
—¿Por qué?
—Porque contenía una prueba que podía destruir a todos.
—¿Qué prueba? —pregunté.
Verónica me sostuvo la mirada.
—Un documento que demostraba que el dinero del consorcio no pertenecía a Richard, ni a Mauricio, ni a mí.
Hizo una pausa.
—El dinero provenía de una cuenta vinculada a la familia Valdés.
El silencio fue insoportable.
Daniel me miró.
Yo negué lentamente con la cabeza.
—Eso es imposible.
—No, Elena. Alejandro lo descubrió. Alguien había utilizado una de tus empresas para financiar las primeras operaciones del consorcio. Por eso necesitaba recuperar los documentos antes de que la investigación llegara hasta ti.
—¿Quién utilizó mi empresa?
Verónica bajó la mirada.
—No lo sé.
—¡Mírame cuando me hables!
Levantó la cabeza, sobresaltada.
Por primera vez, mi voz no tenía tristeza.
Tenía rabia.
—Has mentido durante once años. No me debes lágrimas ni disculpas vacías. Me debes la verdad.
Verónica se quedó en silencio.
Entonces Daniel sacó su teléfono y le mostró una fotografía de la carpeta gris que Patricia había encontrado entre los archivos.
—¿Es esto lo que estás buscando?
La mujer observó la imagen.
Sus labios comenzaron a temblar.
—¿Dónde encontraron eso?
—Eso no importa —respondió Daniel—. Lo que importa es lo que contiene.
Verónica retrocedió hasta chocar con una silla.
—No pueden abrirla.
—¿Por qué? —pregunté.
Ella me miró con desesperación.
—Porque si abren esa carpeta, descubrirán que la persona que financió el consorcio no fue un socio comercial. Fue alguien que llevaba años viviendo de tu confianza.
Me acerqué lentamente.
—¿Quién?
Verónica tragó saliva.
—Tu hermana, Elena.
Sentí que el mundo se detenía.
Mi hermana menor, Lucía, había muerto cuando yo tenía veintiocho años.
Al menos, eso era lo que me habían dicho.
Una enfermedad repentina. Un funeral privado. Una tumba que yo visitaba cada año.
Durante décadas había llorado su ausencia.
Y ahora Verónica aseguraba que mi hermana había financiado el consorcio.
—Lucía está muerta —susurré.
Verónica negó lentamente con la cabeza.
—No, Elena. Tu hermana está viva.
Antes de que pudiera preguntarle dónde estaba, un fuerte estruendo sacudió la entrada principal.
Las luces del vestíbulo se apagaron.
Daniel me tomó del brazo.
Desde la escalera llegó la voz de Patricia.
—¡Elena! ¡Los archivos! ¡Alguien está intentando llevárselos!
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Y, en medio de la oscuridad, escuché a Verónica susurrar:
—Ya es demasiado tarde. Ella sabe que la encontraste.
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