Calm

Chapter 6: La mujer escondida bajo la mansión sabía quién había destruido mi familia

—¿Quién está ahí? —grité.

La voz no respondió de inmediato.

Escuchamos un roce metálico al otro lado de la puerta, seguido por una respiración agitada.

Daniel levantó la linterna.

—¡Abra la puerta! —ordenó—. ¡Sabemos que hay alguien ahí!

Esteban se interpuso.

—No lo hagas. No sabemos quién está del otro lado ni qué está ocurriendo.

Lo miré con dureza.

—Después de lo que acabas de confesar, no eres precisamente la persona indicada para decirnos de quién debemos desconfiar.

El abogado retrocedió.

Daniel buscó una llave entre las que estaban colgadas en un pequeño tablero junto a la pared. Probó dos sin éxito.

La tercera giró parcialmente, pero la cerradura se atascó.

Desde el interior, la mujer volvió a hablar.

—La llave no sirve. La cambiaron hace tres meses.

—¿Quién eres? —pregunté.

—Alguien que debió hablar hace mucho tiempo.

—Entonces empieza por decirme tu nombre.

La mujer respiró profundamente.

—Me llamo Patricia Beltrán.

Daniel me miró de inmediato.

La esposa de Tomás.

La mujer que aparecía vinculada con la fundación que había recibido dinero de una de las compañías investigadas.

La misma persona que podía ayudarnos a entender por qué mi esposo había escondido documentos dentro de su propia casa.

—¿Por qué estás encerrada ahí? —pregunté.

—No estoy encerrada. Estoy escondida.

—¿De quién?

—De las personas que llevan once años intentando borrar lo que ocurrió en aquella carretera.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Conociste a mi esposo?

—Sí. Y él me pidió que, si algún día usted encontraba esta habitación, le entregara algo.

Esteban se acercó a la puerta.

—Patricia, soy el licenciado Salgado. Necesitamos abrir para comprobar que estés bien.

Desde el otro lado se escuchó una risa amarga.

—¿Ahora te preocupa que esté bien, Esteban? ¿Después de todo lo que hiciste?

El abogado se quedó inmóvil.

Daniel giró hacia él.

—¿La conoces?

—He escuchado su nombre en las investigaciones —respondió Esteban—. No sabía que estaba aquí.

—¡No le crea! —gritó Patricia—. Él fue quien firmó la orden para cerrar esta zona.

Y no lo hizo porque fuera peligrosa. Lo hizo porque sabía lo que había detrás de la pared.

Miré al abogado.

—¿Qué hay detrás de esa puerta?

Esteban apretó los labios.

—No lo sé con certeza.

—Ya has utilizado esa respuesta demasiadas veces.

Daniel encontró una caja de herramientas en un armario cercano. Sacó una palanca y comenzó a revisar el marco de la puerta.

—Voy a abrirla.

—Ten cuidado —le dije.

Tras varios intentos, el mecanismo cedió con un chasquido.

La puerta se abrió unos centímetros.

Un olor a polvo, humedad y papel viejo salió de la habitación.

Daniel empujó con cuidado.

La luz de la linterna iluminó una estancia pequeña, sin ventanas, con estanterías metálicas y varias cajas apiladas contra las paredes. Había una mesa, una silla y un colchón estrecho.

Patricia estaba sentada junto a la mesa.

Tenía unos cincuenta años, el cabello recogido de manera descuidada y el rostro demacrado. Llevaba una blusa beige y un suéter oscuro que parecía demasiado grande para su cuerpo.

Cuando me vio, se levantó con dificultad.

—Señora Valdés.

No supe qué decir.

Ella dio un paso hacia mí y comenzó a llorar.

—Perdóneme.

—¿Por qué?

—Por no haber venido antes. Por haber permitido que pasaran tantos años. Por haber dejado que usted creyera que su esposo murió en un accidente sin que nadie supiera lo que realmente había ocurrido.

Sentí que las lágrimas me quemaban los ojos.

—¿Sabes quién mató a Alejandro?

Patricia cerró los párpados.

—Sé quién preparó las condiciones para que muriera. Sé quién se benefició después. Y sé que el hombre que todos culpan no fue quien tomó la decisión final.

Miré a Richard en mi memoria.

Después pensé en Mauricio.

Y finalmente en Esteban.

—Dime la verdad.

Patricia se sentó y nos indicó que hiciéramos lo mismo.

—Hace doce años, mi esposo, Tomás, trabajaba en el departamento de sistemas del Grupo Valdés. Tenía acceso a los servidores financieros y a los archivos de los proyectos más importantes. Al principio, todo era legal. Después comenzó a recibir órdenes de una persona que no aparecía en la estructura administrativa.

—¿Quién? —preguntó Daniel.

—Una mujer.

Esteban frunció el ceño.

—¿Qué mujer?

Patricia lo miró.

—La misma que convenció a Tomás de utilizar sus credenciales para ocultar ciertas transferencias.

—¿Cuál era su nombre? —insistí.

Patricia bajó la mirada.

—No lo supe hasta mucho después. Tomás la llamaba «la señora de los contratos». Nunca me dijo su nombre verdadero.

—¿Y qué hacía?

—Creaba sociedades intermediarias, desviaba dinero de proyectos inmobiliarios y luego lo regresaba a las cuentas con documentos aparentemente legales. Todo parecía una operación comercial normal hasta que alguien intentaba seguir el rastro del dinero.

Daniel se inclinó hacia delante.

—¿Y mi papá descubrió el fraude?

—Sí. Alejandro encontró varias discrepancias en los estados financieros. Hizo una revisión privada y descubrió que parte del dinero destinado a una obra de infraestructura había terminado en cuentas que no tenían relación con el proyecto.

—¿La carretera? —pregunté.

Patricia asintió.

—El contrato de esa carretera era uno de los negocios utilizados para mover el dinero. Mauricio Rivas era el intermediario. Richard Whitmore proporcionaba cobertura empresarial y Tomás manipulaba los registros digitales.

Esteban bajó la cabeza.

—Eso explica las transferencias —murmuró.

—No —respondió Patricia—. Solo explica una parte.

Abrió una caja metálica y sacó varias carpetas envueltas en plástico.

—Alejandro encontró algo peor. Descubrió que la persona que dirigía la operación no estaba robando dinero para enriquecerse. Estaba intentando comprar, mediante sociedades ocultas, propiedades y participaciones estratégicas de empresas que podían competir con un consorcio privado.

—¿Qué consorcio? —pregunté.

Patricia me entregó una hoja.

En ella aparecían varios nombres de empresas, algunas de las cuales reconocí como antiguos socios comerciales de mi esposo.

Pero una destacaba sobre las demás.

*Consorcio Horizonte.*

El nombre me resultó inquietantemente familiar.

Era la misma palabra que aparecía en la fundación de Patricia.

—¿Qué tiene que ver mi mansión con todo esto?

—La propiedad está construida sobre un terreno que Alejandro adquirió antes de crear el grupo empresarial. Los documentos originales de la compra y ciertos registros de las primeras sociedades se guardaron aquí porque él sospechaba que alguien intentaría reclamarlos.

Miré alrededor.

La habitación no parecía un simple almacén.

Tenía archivadores, cajas numeradas y una computadora antigua conectada a una batería de respaldo.

—¿Y qué documentos guardó?

Patricia señaló una estantería.

—Los originales que demuestran quién financió la primera operación del Consorcio Horizonte. Si esos papeles desaparecen, será mucho más difícil establecer cómo comenzó todo.

Daniel se levantó.

—Entonces, ¿Richard quería comprar la mansión para destruir las pruebas?

—En parte —respondió Patricia—. Pero no fue idea suya. Recibió instrucciones.

—¿De quién?

Patricia apretó las manos.

—De la mujer que dirigía la operación.

Yo miré a Esteban.

—¿Sabes de quién está hablando?

—No —respondió rápidamente.

Patricia soltó una risa sin humor.

—Sigues mintiendo, Esteban. Incluso ahora.

El abogado dio un paso hacia ella.

—Patricia, no sabes lo que estás diciendo.

—Sé exactamente lo que digo. Tú recibiste los documentos que Alejandro quería proteger. Sabías que Richard estaba implicado y aceptaste guardar silencio. Pero no eras el único que conocía la verdad.

Me levanté.

—Patricia, basta de rodeos. ¿Quién es esa mujer?

Ella abrió otra carpeta.

Dentro había una fotografía tomada en una sala de juntas. Aparecían seis personas alrededor de una mesa. Reconocí a Richard y a Mauricio. También reconocí a Tomás, mucho más joven.

En el extremo derecho había una mujer de cabello oscuro, con un vestido azul y una expresión seria.

La imagen parecía haber sido tomada hacía más de una década.

Patricia colocó el dedo sobre el rostro de la mujer.

—Ella organizó las reuniones. Ella autorizó las transferencias. Ella sabía cuándo Alejandro iba a revisar los archivos y cuándo debía desaparecer la documentación.

Me incliné para observarla mejor.

Entonces dejé de respirar.

Conocía aquel rostro.

No porque hubiera trabajado con ella.

No porque fuera una antigua socia de mi esposo.

Sino porque había compartido mi mesa durante años.

La mujer de la fotografía era Verónica Salas, mi amiga más cercana desde la universidad. La mujer que me había acompañado al funeral de Alejandro, que me había abrazado cuando Daniel no podía dejar de llorar y que había permanecido a mi lado durante cada aniversario de su muerte.

La mujer que, apenas unas horas antes, me había enviado un mensaje deseándome suerte en la fiesta de compromiso de mi hijo.

—No —susurré.

Patricia me miró con tristeza.

—Lo siento.

Negué con la cabeza.

—Verónica no pudo hacer esto. Ella me ayudó a criar a Daniel después de la muerte de Alejandro. Ha estado en mi casa cientos de veces.

—Precisamente por eso sabía dónde buscar —respondió Patricia—. Conocía sus costumbres, sus documentos, sus horarios. Sabía qué empleados tenían acceso a la propiedad y qué reuniones podía organizar sin levantar sospechas.

Sentí que las paredes se acercaban.

No quería creerlo.

No podía creerlo.

Verónica había sido la persona que me sostuvo cuando yo no tenía fuerzas para levantarme de la cama. Había cocinado para Daniel, me había acompañado a las reuniones de la empresa y me había recordado que todavía había personas en las que podía confiar.

¿Todo había sido una mentira?

—¿Tienes pruebas? —pregunté.

Patricia asintió.

Sacó una memoria digital de una caja y la colocó sobre la mesa.

—Aquí hay correos, registros de acceso y grabaciones de reuniones. Tomás los guardó antes de desaparecer. Pero hay algo que necesita escuchar antes de verlos.

Conectó la memoria a la computadora.

Apareció una lista de archivos de audio.

El último tenía una fecha correspondiente a dos días antes del accidente de Alejandro.

Patricia presionó reproducir.

Primero escuchamos la voz de Richard.

—Alejandro ya sospecha. Si sigue investigando, todo se vendrá abajo.

Después se oyó a Mauricio.

—Entonces hay que detenerlo antes de que entregue los documentos.

Un silencio.

Y finalmente, la voz de una mujer.

Clara.

Serena.

Inconfundible.

—No quiero que lo maten. Quiero que parezca un accidente. Si Alejandro habla, todos perderemos demasiado. Y yo no pienso sacrificar lo que construí por un hombre que ya no sabe obedecer.

Me llevé una mano a la boca.

Daniel se quedó paralizado.

La grabación continuó.

Richard preguntó:

—¿Y si algo sale mal?

La mujer respondió:

—Entonces asegúrense de que la culpa recaiga sobre alguien que no pueda defenderse.

El archivo terminó.

Durante varios segundos, nadie se movió.

Yo miraba la pantalla, incapaz de aceptar que aquella voz perteneciera a la mujer que consideraba mi hermana.

Patricia se acercó y bajó el volumen.

—Hay más —dijo—. Pero antes necesito que me prometa algo.

La miré.

—¿Qué?

—No confronte a Verónica todavía. Ella no sabe que estos archivos sobrevivieron. Si descubre que los tenemos, hará desaparecer las pruebas restantes.

Daniel apretó los dientes.

—¿Dónde está ahora?

Patricia revisó su teléfono.

—No lo sé. Pero hace una hora recibí un mensaje suyo. Me dijo que necesitaba hablar con Elena esta misma noche.

Mi teléfono vibró casi al mismo tiempo.

En la pantalla apareció el nombre de Verónica.

*«Amiga, me enteré de lo que pasó en la fiesta. Estoy preocupada por ti. Voy para la mansión. Necesitamos hablar a solas, porque hay algo sobre Alejandro que nunca me atreví a contarte».*

Leí el mensaje dos veces.

Después levanté la mirada hacia Daniel.

Mi hijo entendió de inmediato.

Verónica venía hacia nosotros.

Y no tenía la menor idea de que, bajo la mansión que pretendíamos proteger, acabábamos de escuchar su voz ordenando que la muerte de mi esposo pareciera un accidente.

Patricia apagó la computadora.

—Señora Elena —susurró—, cuando llegue, no deje que entre sola a esta habitación.

Pero antes de que pudiera responder, escuchamos pasos en la escalera.

Alguien acababa de abrir la puerta de la bodega.

Y una voz familiar llamó desde el pasillo:

—¿Elena? ¿Estás aquí abajo?

Era Verónica.

Y esta vez, yo sabía exactamente qué debía preguntarle.

May you like

No quién había matado a mi esposo.

Sino por qué había pasado once años fingiendo que lloraba su muerte.

Related Stories

Other posts