Chapter 3: La prueba de ADN que nadie debía ver
A las cinco y cuarenta de la mañana, mientras Alejandro seguía dormido a mi lado, tomé una decisión que cambiaría para siempre a nuestra familia.
No iba a enfrentarlo sin saber la verdad.
La frase de Daniela seguía grabada en mi mente: «Mañana voy a llevarle la prueba de ADN».
¿Prueba de ADN de quién?
¿Del bebé que esperaba?
¿Y por qué había dicho que no podía seguir mintiendo sobre la identidad del padre?
Miré a Alejandro.
Dormía de espaldas a mí, con una mano debajo de la almohada. Su rostro parecía tranquilo, casi inocente. Recordé todas las mañanas en las que había despertado antes que él para prepararle café, y me pregunté cuántas veces habría fingido amor mientras calculaba cómo quedarse con mi casa.
Me levanté sin hacer ruido.
En la cocina preparé café de olla. El olor a canela llenó el espacio, pero no consiguió tranquilizarme.
A las seis y cuarto, Alejandro apareció vestido para ir a trabajar.
—¿Ya estás despierta? —preguntó, sorprendido.
—No pude dormir.
Me miró unos segundos.
—¿Sigues enojada por lo de ayer?
Le serví una taza de café.
—Estoy pensando.
—Pues deja de hacerlo tanto. A veces te haces daño tú sola.
Aquella respuesta habría parecido una broma cruel si no hubiera venido de un hombre que había ocultado documentos falsificados en su escritorio.
—¿A qué hora regresas hoy? —pregunté.
—No sé. Tengo una reunión.
—¿Con Daniela?
La taza se detuvo a medio camino de sus labios.
—¿Otra vez con eso?
—Solo hice una pregunta.
—Y yo ya te dije que no tienes motivos para desconfiar.
Dejó la taza sobre la mesa y tomó las llaves.
—Voy a llegar tarde. No me esperes.
Cuando salió, no fui a la ventana para verlo marcharse.
Abrí mi computadora.
Había pasado buena parte de la noche revisando las fotografías que tomé de los documentos. No entendía todos los términos legales, pero una cosa estaba clara: alguien pretendía utilizar mi casa para garantizar una deuda que yo no había autorizado.
No podía permitirlo.
Llamé a la licenciada Teresa Robles, una abogada que había ayudado a mi empresa con un contrato meses atrás.
Me contestó después del segundo timbre.
—¿Mariana? ¿Todo bien?
—Necesito una consulta urgente. Es sobre mi casa y unos documentos que podrían tener una firma falsificada.
Su tono cambió.
—No firmes nada más. Guarda los originales, no alteres los archivos y no confrontes a nadie hasta que revisemos lo que tienes.
Le expliqué brevemente la situación.
No le conté todavía lo del embarazo. Necesitaba separar los problemas y evitar que mis emociones me hicieran perder de vista lo más importante.
—¿Las escrituras están a tu nombre? —preguntó.
—Sí. La compré antes de casarme.
—Eso es importante, pero necesitamos revisar los documentos y las circunstancias. Tráeme las copias esta mañana.
Después de colgar, fotografié las hojas una vez más y guardé los archivos en una memoria que llevaba conmigo.
A las nueve, me reuní con Teresa en su despacho.
La abogada tenía unos cincuenta años, cabello corto y una manera de mirar que hacía imposible esconderle algo.
Revisó cada página sin interrumpirme.
Cuando llegó a la autorización para utilizar mi casa como garantía, dejó los documentos sobre el escritorio.
—¿Reconoces esta firma?
—No.
—¿Alguna vez autorizaste a tu esposo a tramitar este crédito?
—No.
—¿Le entregaste copias de tus escrituras?
—Sí. Para un trámite del seguro de la casa, hace unos meses.
Teresa asintió.
—Eso no demuestra quién elaboró estos documentos ni cómo se utilizaron, pero tenemos que actuar con cuidado. Primero obtendremos copias certificadas de los registros pertinentes y verificaremos si existe una solicitud formal. También conviene revisar si alguien ha intentado inscribir algún movimiento sobre la propiedad.
Sentí un poco de alivio.
Por primera vez desde la tarde anterior, alguien me hablaba sin tratarme como si estuviera exagerando.
—¿Puedo perder mi casa?
—No voy a prometerte que todo será sencillo. Pero una firma que tú niegas haber hecho debe investigarse. No firmes una ratificación, un poder ni ningún documento nuevo. Y no entregues originales a tu esposo ni a tu hermana.
Asentí.
Antes de irme, le mostré la fotografía de la nota que había encontrado en el cajón.
«Cuando Mariana firme la ratificación, todo estará listo. D. se encargará de convencerla».
Teresa leyó la frase dos veces.
—¿Sabes quién escribió esto?
—No.
—Entonces no lo afirmemos todavía. Conserva la imagen y anota dónde encontraste el documento. Cada detalle puede importar.
Salí del despacho con una carpeta bajo el brazo y una sensación extraña en el pecho.
Tenía miedo, pero ya no me sentía indefensa.
A las once y veinte, recibí una llamada de mi mamá.
—Mariana, ¿qué está pasando entre tú y Daniela?
Cerré los ojos.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Tu hermana vino a verme llorando. Dice que la corriste de tu casa y que la trataste como si fuera una desconocida.
Por supuesto.
Daniela había llegado primero a contar su versión.
—Mamá, encontré a Daniela sentada en las piernas de Alejandro.
Hubo un silencio.
—Ay, hija. Tal vez solo estaban bromeando.
Me quedé mirando la calle desde la ventana del despacho de Teresa.
—¿Tú también vas a decirme que estoy exagerando?
—No dije eso. Pero Daniela está embarazada y necesita apoyo.
El mundo pareció detenerse.
—¿Cómo sabes que está embarazada?
—Me lo contó esta mañana.
Apreté el teléfono.
—¿Te dijo quién es el padre?
Mi mamá tardó en responder.
—Dijo que todavía no estaba segura.
La misma historia.
La misma mentira, repetida por dos personas distintas.
—Mamá, necesito que me escuches. Hay documentos relacionados con mi casa que no he firmado. Y encontré registros de que Daniela ha estado entrando de madrugada durante semanas.
—¿Qué documentos?
—No puedo explicártelo todo por teléfono. Pero necesito que no firmes nada que ella o Alejandro te pidan.
—Mariana, ¿qué estás insinuando?
—Nada. Te estoy pidiendo que tengas cuidado.
Mi mamá suspiró.
—No puedes destruir a tu familia por sospechas.
Sentí una tristeza tan profunda que me costó hablar.
—Yo no estoy destruyendo nada, mamá. Estoy intentando averiguar quién lo hizo.
Colgué antes de perder la calma.
A mediodía, regresé a casa para buscar una copia del contrato de compra de la propiedad. No esperaba encontrar a nadie.
Pero Daniela estaba sentada en la cocina.
Tenía los ojos hinchados y una carpeta blanca sobre las piernas.
Al verme, se puso de pie.
—Tenemos que hablar.
No le ofrecí asiento.
—Habla.
Daniela apretó la carpeta contra su pecho.
—Estoy embarazada.
—Eso ya lo sé.
Sus ojos se abrieron.
—¿Quién te dijo?
—No importa. ¿Por qué le escribiste a Alejandro que tenías que llevarle una prueba de ADN?
Se quedó inmóvil.
La carpeta resbaló un poco entre sus manos.
—¿Leíste sus mensajes?
—No cambies el tema.
Daniela se sentó lentamente.
Por primera vez, parecía realmente asustada.
—Mariana, las cosas se complicaron.
—¿Qué cosas?
—Yo no quería hacerte daño.
Me reí sin ganas.
—Esa frase debe ser la más repetida de esta familia.
Ella bajó la mirada.
—Al principio solo iba a verlo para hablar.
—¿A quién?
No contestó.
—¿A Alejandro?
Su silencio fue suficiente para que sintiera otra vez aquel dolor en el pecho.
Daniela empezó a llorar.
—Yo estaba sola. Él me escuchaba. Me decía que tú estabas demasiado ocupada con tu negocio y que nunca tenías tiempo para él.
Me quedé mirándola.
—¿Y tú le creíste?
—No fue tan sencillo.
—¿Qué parte de sentarte en las piernas de mi esposo es complicada de entender?
Daniela se cubrió la cara.
—Lo siento.
No le respondí.
—Me enamoré de él —confesó finalmente.
Aquellas palabras me atravesaron con más fuerza que cualquier insulto.
Mi hermana no había sido una mujer engañada que llegó por accidente a una situación incómoda.
Había elegido participar.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
—Hace varios meses.
—¿Cuántos?
—Cinco.
Cinco meses.
Durante cinco meses, Daniela había venido a mi casa, había comido en mi mesa y me había abrazado al despedirse. Durante cinco meses había escuchado mis planes, mis preocupaciones y mis sueños.
Y durante cinco meses había sabido exactamente qué estaba haciendo.
—¿El bebé es de Alejandro? —pregunté.
Ella no respondió.
—Daniela, necesito una respuesta.
—No lo sé.
Me aparté de la mesa.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Estuve con otra persona antes de que todo se complicara con Alejandro.
La miré, incrédula.
—¿También estabas viendo a alguien más?
—No era una relación seria.
—¿Y Alejandro lo sabe?
Daniela se secó las lágrimas.
—Sabe que existe la posibilidad de que el bebé no sea suyo.
Me apoyé en la encimera.
Ahora entendía el mensaje. Alejandro no estaba solamente ocultando una relación. También podía estar intentando averiguar si era el padre de un niño que todavía no había nacido.
Pero faltaba una pregunta.
—¿Por qué vienes a mi casa de madrugada?
Daniela apretó los labios.
—Porque él me dijo que era más seguro.
—¿Más seguro para qué?
—Para hablar de la casa.
Sentí que la sangre se me helaba.
—Explícate.
Daniela miró hacia la puerta, como si temiera que Alejandro pudiera aparecer en cualquier momento.
—Él me dijo que necesitaba que firmaras unos documentos. Que después iba a vender la casa y que ustedes se separarían.
—¿Y qué tienes tú que ver con eso?
No contestó.
—¡Daniela!
Se sobresaltó.
—Me prometió que me daría una parte del dinero.
La miré durante varios segundos.
Mi hermana había aceptado ayudar a mi esposo a poner en riesgo mi patrimonio a cambio de una parte del dinero de la venta.
—¿Y por eso me mentiste durante meses?
—Yo necesitaba empezar de nuevo.
—¡Yo te ayudé a empezar de nuevo! Te di dinero cuando no tenías trabajo. Te abrí mi casa. Te defendí frente a mamá.
—¡Ya sé!
—No. No lo sabes. Si lo supieras, no estarías aquí pidiéndome comprensión después de intentar quitarme lo que construí con mis propias manos.
Daniela se puso de pie.
—Alejandro dijo que tú ibas a firmar. Que era solo un trámite.
—¿Y nunca se te ocurrió preguntarte por qué necesitaba engañarme?
Ella comenzó a llorar otra vez.
—No pensé que llegaría tan lejos.
—Pero llegaste.
Se hizo un silencio.
Entonces Daniela dejó la carpeta blanca sobre la mesa.
—Por eso vine hoy. Quería contarte algo antes de que él lo hiciera.
La miré con desconfianza.
—¿Qué cosa?
Abrió la carpeta y sacó una hoja doblada.
Era un informe preliminar de laboratorio relacionado con una prueba de paternidad prenatal.
Mi vista recorrió las primeras líneas. No entendía todos los términos médicos, pero reconocí los nombres de las personas involucradas.
El de Daniela.
Y el de Alejandro.
Debajo aparecía una conclusión que indicaba una probabilidad muy alta de paternidad.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Esto es real? —pregunté.
Daniela asintió, temblando.
—Alejandro me pidió que consiguiera la prueba. Quería estar seguro antes de tomar una decisión.
—¿Y el otro hombre?
—No aceptó hacerse la prueba.
Volví a mirar el informe.
—¿Cuándo se hizo?
—Hace una semana.
Una semana.
Mientras yo organizaba pedidos, pagaba facturas y planeaba una cena para celebrar nuestro octavo aniversario, mi esposo y mi hermana ya tenían una respuesta que podía cambiarlo todo.
Levanté la mirada.
—¿Alejandro es el padre?
Daniela comenzó a llorar con más fuerza.
—Eso dice el informe.
No sentí ganas de gritar.
Sentí un vacío insoportable.
Mi esposo no solo había tenido una relación con mi hermana. Ahora existía una probabilidad muy alta de que fuera el padre del hijo que ella esperaba.
Y aun así, había dormido a mi lado, me había dicho que me amaba y había intentado convencerme de que todo estaba en mi cabeza.
Cerré la carpeta.
—Vete.
—Mariana, por favor…
—¡Vete de mi casa!
Daniela tomó su bolso, pero antes de salir se volvió hacia mí.
—Hay algo más.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
Su rostro perdió el color.
—Alejandro no quiere solamente vender la casa. Quiere que tú firmes los documentos antes de que nazca el bebé.
—¿Por qué?
Daniela tragó saliva.
—Porque necesita el dinero para pagar una deuda. Y si no lo consigue, hay alguien que va a revelar lo que hizo con la empresa.
La miré fijamente.
—¿Qué hizo?
Ella negó con la cabeza.
—No puedo decírtelo aquí.
—¿Por qué no?
Daniela se acercó a la puerta y bajó la voz.
—Porque esa deuda no es de un millón de pesos, Mariana.
Hizo una pausa.
—Es de casi cuatro millones.
En ese instante, escuchamos una llave girando en la cerradura.
Alejandro estaba entrando.
Daniela se puso blanca.
Yo tomé el informe y lo guardé en mi bolso.
Alejandro apareció en la cocina, miró a Daniela y después me miró a mí.
Su expresión cambió cuando vio la carpeta abierta sobre la mesa.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó a Daniela.
Mi hermana retrocedió.
—Yo…
Él se volvió hacia mí.
—Mariana, dame esa carpeta.
Apreté el bolso contra mi cuerpo.
—¿Por qué? ¿Qué contiene que no deba ver?
Alejandro avanzó un paso.
—No entiendes lo que estás haciendo.
—Entonces explícamelo.
Su mandíbula se tensó.
—Dame la carpeta.
Negué con la cabeza.
—Primero vas a decirme quién es el padre del bebé.
Durante un segundo, su rostro quedó completamente vacío.
Después miró a Daniela.
Y ella, con lágrimas en los ojos, pronunció las palabras que ninguno de los dos esperaba escuchar:
—Díselo, Alejandro. Dile que no solamente eres el padre de mi bebé. Dile también que tú fuiste quien falsificó su firma para hipotecar su casa.
Alejandro se quedó inmóvil.
Yo sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Pero lo que hizo después fue todavía peor.
No negó la acusación.
Miró hacia la puerta, calculó la distancia hasta el escritorio y sacó su teléfono.
—Está bien —dijo con una calma aterradora—. Si ya sabe todo, entonces también debe saber quién más está involucrado.
Marcó un número.
Cuando alguien respondió, pronunció un nombre que me hizo comprender que la traición era mucho más grande de lo que había imaginado.
—Soy yo. Necesito que vengas ahora. Mariana ya encontró los documentos.
Hizo una pausa.
Después agregó:
—Y dile a su mamá que traiga el contrato original. Porque si ella también empieza a hablar, los tres vamos a terminar en problemas.
Miré a Daniela.
Ella negó desesperadamente con la cabeza, como si quisiera decirme que no sabía nada de aquello.
Pero yo ya no podía creerle a nadie.
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Porque, por primera vez, comprendí que quizá mi hermana y mi esposo no eran las únicas personas que habían estado mintiéndome.
Y la persona que estaba a punto de entrar por aquella puerta era alguien a quien yo había amado y protegido desde que tenía memoria.
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