Calm

Chapter 5: El hombre que decía proteger a Emiliano estaba ocultando algo mucho peor

Ricardo conocía a Daniel desde hacía casi ocho años.

No eran amigos, pero habían coincidido en reuniones escolares, cumpleaños y algunas conversaciones tensas sobre la manutención de Emiliano. Ricardo siempre lo había considerado un hombre irresponsable, de esos que prometen mucho cuando quieren recuperar la confianza de alguien y desaparecen cuando llega el momento de cumplir.

Jamás habría imaginado que Daniel pudiera estar relacionado con una persona de su propia familia.

—¿Quién más sabía de los mil ochocientos dólares? —preguntó mientras estacionaba frente a la casa.

Mariana negó con la cabeza.

—Nadie. Daniel me pidió que no lo comentara porque, según él, quería demostrar que podía resolver sus problemas sin que yo tuviera que involucrar a otras personas.

—¿Y tú aceptaste?

—Sí.

Ricardo golpeó suavemente el volante con los dedos.

—¿Ni siquiera se lo contaste a tu hermana?

Mariana lo miró de inmediato.

—¿Por qué mencionas a mi hermana?

—Porque en el mensaje dice que alguien le pidió a Daniel que enviara el dinero. Quiero saber quién sabía que tú estabas pasando por dificultades.

Mariana abrió la puerta.

—No voy a acusar a nadie sin pruebas.

—No te estoy pidiendo que acuses a nadie. Te estoy preguntando quién pudo saberlo.

Ella bajó de la camioneta sin responder.

Ricardo la siguió hasta la entrada. Antes de abrir, escucharon a Emiliano reír desde la sala. El niño estaba jugando con Mateo, que le enseñaba cómo acomodar los colores nuevos en una caja.

La escena hizo que ambos se detuvieran.

Mateo le había prestado la mitad de sus lápices a Emiliano.

Ninguno parecía recordar la discusión de la mañana.

—¿Ves? —murmuró Mariana—. Ellos no están pensando en quién pagó cada lápiz. Solo quieren jugar.

Ricardo miró a los niños.

—Eso no significa que los adultos podamos ignorar los números.

—No. Pero sí significa que tenemos que aprender a resolverlos sin hacerlos sentir culpables.

Él no respondió.

Entraron y encontraron a Sofía preparando una cartulina para un proyecto escolar. Había escrito el título con letras grandes y decorado los bordes con recortes de revistas.

—¿Ya hablaron con la directora? —preguntó.

—Sí, mi amor —respondió Mariana—. Vamos a entregar los documentos corregidos.

Sofía asintió, aunque su expresión seguía siendo preocupada.

Ricardo se acercó a ella.

—Quiero que sepas algo. Lo que pase con la beca no va a cambiar el valor de tu trabajo. ¿Entendido?

La niña lo miró sorprendida.

—Sí.

—Y no tienes que devolver nada de lo que compraste con el dinero de la casa.

Sofía tragó saliva.

—Gracias.

Ricardo se apartó antes de que la niña notara que aquellas palabras le costaban más de lo que parecía.

No estaba acostumbrado a hablar con los hijos de Mariana de esa manera. Siempre había tratado de mantener cierta distancia, convencido de que involucrarse demasiado complicaría la relación con Mateo.

Pero ahora comprendía que la distancia también podía convertirse en una forma de rechazo.

Y no quería que Mateo aprendiera a mirar a sus hermanos como competidores.

Aun así, el mensaje de Daniel no lo dejaba tranquilo.

Sacó el teléfono y escribió una respuesta.

«Necesito que expliques a qué te refieres. Si tienes pruebas de algo, envíalas. No involucres a los niños».

Daniel contestó casi de inmediato.

«No voy a discutir por mensajes. Mañana a las seis. Solo tú y yo».

Ricardo mostró la respuesta a Mariana.

Ella negó con la cabeza.

—No vayas.

—Voy a ir.

—Daniel sabe cómo provocarte. Si te lleva a una discusión, después puede usarla para hacerse la víctima.

—Entonces no voy a discutir. Voy a escuchar.

—¿Y si te acusa de algo?

—Le pediré pruebas.

Mariana se quedó mirándolo.

—No sabes cuánto quisiera que todo esto fuera tan sencillo.

—No es sencillo. Pero alguien tiene que dejar de ocultar las cosas.

Aquella tarde, Ricardo regresó a su departamento y comenzó a revisar los movimientos de su cuenta bancaria.

Encontró la transferencia de 600 dólares que había enviado a Mariana, además de varios depósitos anteriores destinados a los gastos de Mateo.

En su registro personal había anotado las fechas, las cantidades y el motivo de cada envío.

Hasta entonces nunca había considerado que esos datos pudieran ser importantes para algo más que su propio presupuesto.

Ahora quería saber si alguien había utilizado su nombre para justificar dinero que él nunca había entregado.

Abrió una hoja de cálculo y comparó las fechas.

Los depósitos a Mariana eran irregulares. Algunos meses había enviado 400 dólares; otros, 600. En dos ocasiones había pagado directamente la colegiatura de Mateo.

No existía una aportación fija de 600 dólares mensuales para toda la familia.

La declaración de la escuela era incorrecta.

Pero había otra cosa.

Seis meses antes, Ricardo había recibido una llamada de un número desconocido. Un hombre le había preguntado si podía ayudar a Daniel a resolver un problema económico.

Ricardo había colgado después de decir que no quería involucrarse en las deudas de otras personas.

No recordaba el nombre del hombre.

Sin embargo, recordaba perfectamente una frase:

«Esto también le conviene a Mateo».

En aquel momento había pensado que se trataba de una forma de manipularlo.

Ahora se preguntaba si aquella llamada había tenido relación con los mil ochocientos dólares.

Buscó el registro telefónico y encontró el número.

No estaba guardado en sus contactos.

Lo copió en una nota y siguió revisando.

Entonces apareció una transferencia que no recordaba haber autorizado.

No había salido de su cuenta. Era un depósito de 50 dólares que alguien había enviado a su cuenta meses atrás, con el concepto «apoyo familiar».

La cantidad era pequeña, pero la fecha coincidía con la semana en que Daniel había recibido el dinero.

Ricardo abrió los detalles.

El banco mostraba un nombre parcial del remitente.

Solo podía leer el primer nombre y una inicial del apellido.

*Patricia M.*

Ricardo se quedó inmóvil.

Patricia era su hermana.

Una mujer con la que llevaba casi un año sin hablar por una discusión relacionada con la herencia de su madre.

No tenía sentido que ella enviara dinero a su cuenta sin explicarle por qué.

Tampoco entendía qué podía tener que ver con Daniel.

La llamó.

Patricia contestó después del cuarto tono.

—¿Qué pasó, Ricardo?

Su voz sonaba cansada.

—Necesito preguntarte algo. ¿Hace seis meses enviaste cincuenta dólares a mi cuenta?

Hubo un silencio.

—¿Por qué?

—Porque aparece un depósito con tu nombre.

—Ah. Sí. Te debía dinero de una compra que hicimos para mamá.

Ricardo recordó la compra. Había pagado unas medicinas y Patricia le había dicho que se lo devolvería cuando cobrara.

—Eso fue hace casi un año.

—Lo sé. Me tardé.

—¿Y qué tiene que ver Daniel Herrera contigo?

El silencio al otro lado de la línea fue mucho más largo.

—¿Qué?

—Daniel. El papá de Emiliano. ¿Lo conoces?

Patricia soltó el aire.

—Lo conozco de vista. ¿Por qué?

—Porque hay una transferencia de mil ochocientos dólares relacionada con Mariana y él dice que alguien le pidió que la enviara. También tengo un mensaje que sugiere que esa persona quería que el dinero desapareciera de la conversación.

Patricia tardó en responder.

—Ricardo, no sé de qué estás hablando.

—Entonces no tendrás problema en explicarme por qué me llamaste hace seis meses para preguntarme si yo estaba ayudando económicamente a Mariana.

Al otro lado de la línea se escuchó un ruido.

Después, una respiración agitada.

—Yo solo quería saber cómo estaban Mateo y los otros niños.

—¿Por qué?

—Porque alguien me dijo que Mariana estaba teniendo problemas.

—¿Quién?

Patricia guardó silencio.

Ricardo se levantó de la silla.

—Patricia, no tengo ganas de jugar. Hay tres niños en medio de esto. Si sabes algo, necesito que me lo digas.

—No es tan sencillo.

—Hazlo sencillo.

Su hermana soltó un suspiro.

—Daniel me llamó hace meses. Me dijo que Mariana estaba desesperada por conseguir dinero y que tú no querías ayudarla. Me preguntó si yo podía convencerte de que le mandaras algo.

Ricardo sintió que la sangre le subía al rostro.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que no me correspondía meterme en sus asuntos.

—¿Y después?

—Después me contó que tenía una forma de ayudarla sin que tú tuvieras que enterarte.

Ricardo cerró los ojos.

—¿Qué forma?

Patricia comenzó a llorar.

—No lo sé todo, Ricardo. Te lo juro. Me dijo que iba a conseguir dinero para Emiliano y que, si tú preguntabas, Mariana podría decir que él había cumplido con su responsabilidad.

—¿Por qué tendría que ocultármelo?

—Porque tú habías dicho que no querías que nadie utilizara el dinero de Mateo para mantener a otros niños.

Ricardo sintió que aquellas palabras le caían encima como una piedra.

Era cierto. Lo había dicho muchas veces.

Pero nunca había autorizado a nadie a organizar una mentira a su alrededor.

—¿Tú ayudaste a Daniel a enviar ese dinero?

—No. Solo le di tu número de teléfono.

Ricardo se quedó helado.

—¿Le diste mi número?

—Me dijo que necesitaba hablar contigo sobre una oportunidad de trabajo. No sabía que iba a involucrar a Mariana.

—¿Y por qué me depositaste cincuenta dólares justo esa semana?

Patricia sollozó.

—Porque Daniel me pidió que te enviara una cantidad pequeña para comprobar que la cuenta podía recibir transferencias. Dijo que era parte de un trámite.

Ricardo apretó el teléfono.

—¿Y aceptaste?

—Sí. Fue una estupidez. Me arrepiento todos los días.

Durante unos segundos, Ricardo no pudo hablar.

Su hermana había participado en algo que no entendía, pero había aceptado entregar información y mover dinero sin preguntar demasiado.

—¿Sabes de dónde salieron los mil ochocientos dólares? —preguntó.

—No.

—¿Sabes qué quería Daniel a cambio?

Patricia dudó.

—Me dijo que necesitaba demostrar que podía mantener a Emiliano para solicitar un cambio en el acuerdo de custodia.

Ricardo se quedó inmóvil.

Ahora entendía por qué Daniel había enviado aquel dinero y por qué después había presentado documentos sobre sus contribuciones económicas.

No se trataba únicamente de ayudar a Emiliano.

Daniel quería construir una imagen de padre responsable.

Y estaba dispuesto a utilizar la situación económica de Mariana para hacerlo.

—¿Te pidió que mintieras sobre algo? —preguntó Ricardo.

—No me pidió que mintiera. Me pidió que no hablara del asunto hasta que estuviera resuelto.

—Eso no es lo mismo que decir la verdad.

Patricia lloró más fuerte.

—Lo sé.

Ricardo terminó la llamada sin despedirse.

Se quedó sentado, mirando el teléfono.

Durante meses había pensado que Mariana era la única persona que estaba tomando decisiones sin consultarlo.

Ahora descubría que su propia hermana también había participado en un asunto que afectaba a su hijo, aunque quizá no comprendiera todas las consecuencias.

Y Daniel había utilizado la necesidad económica de Mariana para preparar algo mucho más grande.

A las seis de la tarde del día siguiente, Ricardo llegó al restaurante donde Daniel había propuesto encontrarse.

Daniel estaba sentado en una mesa del fondo, con una carpeta de documentos junto a su vaso de agua.

Se levantó cuando lo vio.

—Gracias por venir.

Ricardo no le estrechó la mano.

—No estoy aquí para hacer amigos. Quiero saber por qué utilizaste a Mariana y qué estás intentando demostrar con esos documentos.

Daniel se acomodó la camisa.

—Yo no utilicé a nadie.

—Entonces explícame los mil ochocientos dólares.

Daniel abrió la carpeta y sacó varios papeles.

—Quería ponerme al corriente con Emiliano. Eso es todo.

—¿Y por qué después afirmaste que habías enviado más dinero del que realmente transferiste?

Daniel apretó la mandíbula.

—Mariana está confundida. No sabe administrar el dinero.

—Tengo los comprobantes bancarios.

—Los comprobantes no cuentan toda la historia.

Ricardo se inclinó hacia delante.

—Pues cuéntala.

Daniel miró alrededor antes de bajar la voz.

—Mariana recibió ese dinero porque yo necesitaba demostrar que podía hacerme cargo de mi hijo. Ella estuvo de acuerdo en ayudarme.

—¿A cambio de qué?

Daniel no respondió.

Ricardo golpeó la mesa con un dedo.

—¿A cambio de qué?

Daniel sacó una última hoja.

Era una declaración firmada por Mariana en la que aceptaba que él había entregado una cantidad de dinero para gastos de Emiliano.

Pero la fecha no coincidía con la transferencia.

Y, en la parte inferior, aparecía una cláusula que Ricardo no esperaba encontrar.

Daniel deslizó el papel hacia él.

—Mariana sabía que necesitaba presentar esto. Si ahora quiere decir que no estaba de acuerdo, tendrá que explicar por qué firmó.

Ricardo leyó la cláusula dos veces.

No era una simple constancia de manutención.

Era un acuerdo preliminar que mencionaba la posibilidad de modificar el lugar de residencia de Emiliano.

Levantó la mirada.

—¿Qué le hiciste firmar?

Daniel sonrió apenas.

—Eso tendrás que preguntárselo a ella.

Ricardo tomó una fotografía del documento.

Entonces notó algo todavía más extraño.

La firma de Mariana parecía auténtica, pero debajo había una fecha escrita con tinta diferente.

Y esa fecha era posterior al día en que ella aseguraba haber recibido el dinero.

Ricardo guardó el teléfono.

—No voy a discutir esto contigo hasta que un abogado revise los documentos.

La sonrisa de Daniel desapareció.

—Haz lo que quieras. Pero recuerda algo: si Mariana intenta demostrar que yo no cumplí con Emiliano, yo también puedo demostrar que ella aceptó mi dinero y mis condiciones.

Ricardo se levantó.

—Si tienes pruebas legítimas, preséntalas. Pero no vuelvas a utilizar a los niños para amenazar a su mamá.

Daniel lo miró con frialdad.

—No te preocupes por mí, Ricardo. Preocúpate por lo que Mariana todavía no te ha contado.

Ricardo salió del restaurante con la fotografía del documento guardada en el teléfono.

Por primera vez, no estaba seguro de quién estaba diciendo la verdad.

Pero sí sabía que Daniel no había terminado.

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Y cuando regresó a su camioneta, encontró un mensaje de su hermana.

«Ricardo, acabo de recordar algo. Daniel no fue quien me pidió tu número. Fue tu mamá, unos días antes de morir».

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