Chapter 4: La voz de Elena reveló que el verdadero peligro dormía bajo el mismo techo
Logan escuchó su propia voz en la grabación y sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
No era una imitación. No era una coincidencia. Era él, hablando con Elena la noche en que su esposa murió.
Pero Logan estaba seguro de algo: aquella noche se encontraba en Europa, a miles de kilómetros de casa.
Volvió a reproducir el audio.
Primero se escuchó un golpe seco, después la respiración agitada de Elena y, finalmente, una voz masculina que decía:
—Dame los documentos, Elena. No tienes idea de lo que estás provocando.
La respuesta de su esposa llegó entrecortada.
—No voy a entregártelos. Logan tiene derecho a saberlo.
—Logan no necesita saber nada.
—¡Es su empresa! ¡Es su hijo!
Hubo un silencio.
Después, Elena pronunció aquellas palabras que hicieron que Logan se levantara de golpe.
—Tú no eres el hombre que mi esposo cree que eres.
La grabación terminó.
Logan se quitó los audífonos y los dejó sobre el escritorio. Tenía las manos tan frías que apenas podía sostener el teléfono.
La voz del hombre sonaba exactamente como la suya, pero había algo que no encajaba. La entonación era diferente. La forma de pronunciar las palabras tenía una dureza que él nunca utilizaba con Elena.
Alguien había imitado su voz.
O alguien había editado la grabación para hacerle creer que estaba escuchando una conversación que nunca había ocurrido.
Tomó el teléfono y llamó a Marina.
Ella contestó casi de inmediato.
—¿Ya lo escuchó?
—Sí. Necesito saber dónde encontraste ese archivo.
—En la memoria que estaba detrás del cajón de la habitación de Noah. Había otros documentos, pero el audio estaba dividido en varios fragmentos.
—¿Quién lo grabó?
—No lo sé.
Logan respiró hondo.
—Marina, escucha con atención. La voz que se oye al principio parece la mía, pero yo no estuve en casa esa noche.
—Lo sé.
Aquella respuesta lo desconcertó.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque Isabel también escuchó esa grabación. Me dijo que Elena estaba convencida de que alguien utilizaba una grabación de su voz para engañar a las personas que trabajaban con usted.
Logan cerró los ojos.
Todo comenzaba a encajar de una manera aterradora.
—¿Tienes los otros fragmentos?
—Solo uno. El resto estaba dañado.
—Envíamelo.
—Ya se lo envié, señor Mercer. Revise su teléfono.
Logan abrió el mensaje.
Había un segundo archivo de audio, de apenas treinta segundos.
Lo reprodujo.
Esta vez, la voz masculina sonaba más distante.
—Si entregas esos documentos, nadie tendrá que salir lastimado.
Elena respondió:
—Ya hice copias.
—¿Dónde?
—Donde nunca podrás encontrarlas.
Después se escuchó un ruido parecido al de una puerta cerrándose.
Y una última frase de Elena:
—Si algo me pasa, Logan sabrá quién eres realmente.
El archivo terminó.
Logan se quedó mirando la pantalla.
—Marina, necesito que me ayudes a encontrar esas copias.
—Eso es lo que Isabel intentó hacer antes de morir.
—¿Qué le pasó?
La mujer tardó en responder.
—La noche del accidente, mi hermana me llamó desde su automóvil. Estaba llorando. Me dijo que alguien la había seguido desde la oficina y que tenía miedo de volver a casa.
Logan sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué hiciste?
—Le pedí que fuera a la policía. Me dijo que primero tenía que dejar algo en un lugar seguro. Después escuché un ruido y se cortó la llamada.
Marina respiró temblorosamente.
—A la mañana siguiente me avisaron que había muerto.
Logan no encontró palabras para consolarla.
Él también había perdido a alguien. Sin embargo, durante dos años había vivido dentro de una versión de los hechos que le permitía levantarse cada mañana, atender sus negocios y fingir que el tiempo estaba arreglando las cosas.
Ahora comprendía que quizá había confundido sobrevivir con entender.
—Voy a investigar la muerte de Isabel —prometió—. Y también la de Elena.
—No me prometa nada que no pueda cumplir.
La frase lo golpeó.
Marina había pasado dos años buscando respuestas mientras él se refugiaba en el trabajo, los especialistas y una prometida que parecía tenerlo todo bajo control.
—Tienes razón —admitió—. No te pediré que confíes en mí. Voy a demostrarte que puedes hacerlo.
Cuando colgó, abrió el expediente financiero de la fundación.
Había una transferencia que se repetía cada mes durante los seis meses anteriores a la muerte de Elena. El dinero salía de una cuenta destinada a tratamientos infantiles y terminaba en una empresa registrada a nombre de un intermediario.
La última autorización llevaba la firma de Daniel.
Pero la transferencia más reciente había sido aprobada por Vanessa.
Logan llamó a su abogado personal, el licenciado Herrera.
—Necesito una auditoría independiente de la fundación. Nadie debe saber que la solicité.
—¿Hay algún problema, señor Mercer?
—Todavía no lo sé. Pero quiero que revisen todas las transferencias de los últimos tres años, las autorizaciones y los cambios en los registros.
—Eso podría tomar varios días.
—Tómese el tiempo necesario. Necesito resultados, no explicaciones apresuradas.
Después hizo otra llamada.
Esta vez, al director de la clínica que había atendido a Noah.
El médico, el doctor Salinas, aceptó recibirlo esa misma tarde.
Cuando Logan llegó, el especialista lo esperaba con el expediente del niño sobre la mesa.
—Quiero hacerle una pregunta que debí haber hecho desde el principio —dijo Logan—. ¿El silencio de mi hijo podría estar relacionado con algo que le ocurrió en casa?
El doctor Salinas se acomodó los lentes.
—No puedo establecer una causa sin evaluar al niño y revisar toda la información. Pero sí puedo decirle que algunos menores reducen o pierden temporalmente habilidades de comunicación cuando atraviesan experiencias que les generan miedo intenso.
—¿Y si un niño se asusta cada vez que escucha los pasos de una persona?
El médico lo observó con seriedad.
—Eso merece atención inmediata. No debemos asumir que se trata de una simple conducta difícil.
Logan bajó la mirada.
—¿Y si esa persona es alguien que se supone que debe cuidarlo?
El doctor Salinas cerró el expediente.
—Entonces es importante proteger al niño, documentar lo que se observe y evitar cualquier interrogatorio que pueda aumentar su angustia. Necesita sentirse seguro para comunicarse a su propio ritmo.
Logan agradeció la explicación.
Por primera vez, alguien le había dicho que no tenía que obligar a Noah a hablar para demostrar que estaba mejorando.
Tenía que escuchar incluso cuando su hijo no encontraba las palabras.
Cuando regresó a Mercer House, Vanessa lo esperaba en la sala.
Había preparado café y colocado sobre la mesa un álbum con fotografías de su compromiso.
—Tenemos que decidir la fecha de la boda —dijo con una sonrisa—. No quiero seguir aplazando nuestros planes por una noche desagradable.
Logan dejó las llaves en la mesa.
—¿No te parece que tenemos problemas más importantes?
La sonrisa de Vanessa se debilitó.
—¿Sigues con eso?
—Estoy preocupado por Noah.
—Siempre estás preocupado por Noah.
Logan la miró sin responder.
Vanessa abrió el álbum.
—Mira esta fotografía. Estábamos tan felices. Quiero que volvamos a ser esa pareja.
—¿Y qué hay de mi hijo? ¿También quieres que vuelva a ser el niño que era antes de que empezara a tener miedo?
Vanessa cerró el álbum de golpe.
—No voy a permitir que conviertas un problema de desarrollo en una acusación contra mí.
—Nadie te ha acusado de nada.
—Pero lo estás pensando.
Se puso de pie y caminó hacia la ventana.
—Te conozco, Logan. Cuando algo te duele, necesitas encontrar un culpable. No soportas aceptar que hay cosas que no puedes controlar.
Logan sintió el impulso de mostrarle la grabación.
Pero recordó la advertencia de Marina.
Si Vanessa estaba involucrada, una confrontación prematura podía darle tiempo para destruir las pruebas.
Así que guardó silencio.
—Puede que tengas razón —dijo.
Vanessa se volvió hacia él, sorprendida por la respuesta.
—¿Qué?
—Quizá he estado buscando respuestas de la manera equivocada.
Ella se acercó y le tomó la mano.
—Lo único que quiero es ayudarte.
Logan permitió que lo abrazara.
Su perfume le resultó insoportablemente familiar.
Durante meses había encontrado consuelo en aquel aroma. Ahora solo podía pensar en las grabaciones borradas, el pañuelo robado y el miedo de su hijo.
Vanessa apoyó la cabeza en su pecho.
—Debemos dejar de hablar de esa mujer. Prométeme que no volverás a buscarla.
Logan le acarició el cabello.
—No puedo prometerte eso.
Ella levantó la cara.
—¿Por qué?
—Porque necesito entender qué pasó con Noah.
La expresión de Vanessa cambió.
Fue apenas un parpadeo, pero Logan vio la furia que se escondía detrás de sus ojos.
—Entonces espero que estés preparado para las consecuencias.
Se apartó de él y salió de la sala.
Logan esperó unos segundos antes de subir al dormitorio de su hijo.
Noah dormía con una pequeña lámpara encendida. Junto a la cama estaba el pañuelo de la flor azul que alguien había devuelto sin que Logan supiera cómo.
El niño lo sostenía entre los dedos.
Logan se sentó a su lado y le acarició la frente.
—Voy a descubrir qué pasó, campeón. Te lo prometo.
Noah abrió los ojos.
Lo miró durante unos segundos y susurró:
—Tío.
Logan dejó de respirar.
—¿Qué dijiste?
El niño apretó el pañuelo.
—Tío… puerta.
Logan sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
Su hermano había estado en la habitación aquella noche.
Y su hijo acababa de relacionarlo con una puerta.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, Noah se encogió bajo la cobija.
Logan no insistió.
Se limitó a tomarle la mano y permanecer junto a él hasta que volvió a dormirse.
Pero aquella noche, por primera vez, decidió que Daniel no volvería a acercarse a su hijo sin que él estuviera presente.
No sabía todavía qué había ocurrido en aquella habitación.
May you like
Lo que sí sabía era que su hermano le había mentido.
Y que Vanessa tenía miedo de que él descubriera por qué.
Related Stories