Chapter 3: El hombre que ayudó a Vanessa a borrar la verdad
Logan tuvo que reproducir el video tres veces antes de aceptar lo que estaba viendo.
El hombre que entraba a la habitación de Noah detrás de Vanessa era Daniel Mercer, su hermano menor.
Daniel, el mismo que había pronunciado un brindis durante la fiesta de compromiso. El mismo que había abrazado a Logan frente a todos y le había dicho que, después de tantos años difíciles, por fin merecía ser feliz.
El mismo que había sostenido a Noah en brazos mientras Vanessa sonreía para las fotografías familiares.
Logan sintió una náusea violenta.
—¿Qué hacía Daniel en la habitación de mi hijo? —preguntó.
Marina permaneció junto a la computadora, pálida.
—No lo sé.
—¿Lo conocías?
—Lo vi algunas veces en la casa. Nunca hablé con él.
Logan volvió a reproducir el video.
Vanessa entraba primero. Miraba hacia el pasillo y hacía una seña a Daniel para que la siguiera. Él llevaba una carpeta bajo el brazo.
Ambos desaparecían dentro de la habitación.
Cuatro minutos después, Vanessa salía sola.
Daniel no aparecía de nuevo en la cámara hasta casi veinte minutos más tarde.
Durante ese intervalo, las imágenes mostraban un pasillo vacío.
Logan cerró la computadora.
—Tengo que volver a la mansión.
Marina lo sujetó del brazo.
—No vaya sin pensar.
—¡Mi hermano estuvo en la habitación de mi hijo mientras mi prometida borraba las cámaras! ¿Qué quieres que haga? ¿Que me siente a tomar café?
—Quiero que entienda que, si ellos hicieron algo, van a intentar ocultarlo.
Logan la miró.
La mujer tenía razón.
Había pasado toda su vida creyendo que los problemas podían resolverse enfrentándolos de frente. En los negocios, aquella estrategia le había dado resultados. En su familia, quizá lo había vuelto ciego.
—¿Qué propones?
Marina respiró profundamente.
—Que actúe como si no supiera nada.
—No pienso fingir que todo está bien.
—No por ellos. Por Noah. Si Vanessa sospecha que usted descubrió algo, podría llevárselo antes de que tengamos pruebas suficientes.
Logan sintió un golpe de miedo.
—No se atrevería.
Marina lo miró con una tristeza que le hizo bajar la voz.
—Ayer golpeó a una mujer delante de doscientas personas porque el niño la llamó mamá. ¿De verdad cree que no sería capaz de hacer algo peor cuando nadie la está mirando?
Logan no respondió.
Se acercó a la ventana y observó la calle.
Una madre caminaba con su hija de la mano. Un repartidor descargaba cajas frente a una tienda. Un perro dormía junto a una bicicleta.
El mundo seguía funcionando como si el suyo no estuviera a punto de derrumbarse.
—¿Por qué mi hermano? —murmuró.
Marina regresó a la mesa y abrió otra carpeta.
—Hay algo que necesita saber sobre Isabel.
Logan se volvió.
—Pensé que habíamos hablado de ella.
—Le dije que murió en un accidente. No le dije qué estaba haciendo antes de morir.
Marina sacó varios documentos, entre ellos copias de correos electrónicos impresos y una fotografía de una hoja firmada.
—Isabel trabajaba como asistente administrativa en una empresa vinculada a la fundación de su familia. Descubrió irregularidades en algunos pagos y se lo contó a Elena.
Logan frunció el ceño.
—¿Qué clase de irregularidades?
—Dinero destinado a tratamientos médicos, terapias y programas infantiles que terminaba en cuentas de empresas que no existían.
—Eso no tiene sentido. Mi fundación tenía auditorías.
—Isabel decía lo mismo. Por eso empezó a revisar los documentos.
Logan tomó una de las hojas.
Reconoció el membrete de Mercer Holdings.
Las cantidades eran elevadas. Aparecían transferencias a empresas registradas bajo nombres genéricos y autorizaciones firmadas por personas que él conocía.
Una de ellas era Daniel.
Otra llevaba la firma de Vanessa.
—¿Cuándo ocurrió esto?
—Hace dos años.
Logan miró la fecha.
Era la misma semana en que Elena había muerto.
Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Estás diciendo que mi esposa descubrió un fraude y que murió por eso?
—No estoy diciendo que Vanessa haya provocado su muerte. No tengo pruebas suficientes para afirmar algo así.
Marina hizo una pausa.
—Pero Isabel estaba convencida de que alguien quería silenciarla.
Logan apretó los documentos.
—¿Y por qué nunca acudieron a la policía?
—Isabel sí lo intentó. Fue a una oficina de denuncias dos días antes de morir. Después recibió una llamada y cambió de opinión.
—¿De quién?
Marina negó con la cabeza.
—No lo sabemos.
Logan recordó el accidente de Isabel.
Había ocurrido en una carretera mojada, de madrugada. La noticia apareció en una pequeña nota local. Según el informe, había perdido el control del automóvil.
Nunca había relacionado aquel suceso con la muerte de Elena.
Tampoco había pensado que la misma mujer que ahora trabajaba en su casa hubiera estado cerca de su familia desde antes de que él la conociera.
—¿Cómo supiste que Noah estaba en peligro?
Marina se quedó mirando una fotografía de Isabel.
—Mi hermana me llamó la noche antes de morir. Me dijo que, si algo le pasaba, debía buscar a Elena y ayudarla a proteger al niño.
—Pero Elena ya había muerto.
—Cuando fui a buscarla, me enteré del accidente. Nadie quiso decirme nada. La casa estaba cerrada, usted estaba fuera y Vanessa ya se encargaba de todo.
Logan cerró los ojos.
Recordó aquellos días.
Había pasado semanas en Europa intentando salvar una negociación que podía mantener a flote la empresa. Elena había insistido en que viajara, prometiéndole que ella y Noah estarían bien.
Luego llegó la llamada.
Un accidente.
Una ambulancia.
Un médico pronunciando palabras que Logan todavía escuchaba en sueños.
Había regresado a casa destrozado y había encontrado a Vanessa esperándolo con una carpeta de documentos, una lista de especialistas y una promesa.
«Yo me encargo de todo, Logan. Tú solo necesitas recuperarte».
Él le había entregado las llaves de la casa, las contraseñas de las cámaras y el control de buena parte de la rutina de Noah.
Creyó que estaba aceptando ayuda.
Tal vez había entregado su hogar a la persona equivocada.
Al regresar a Mercer House, Logan actuó como si nada hubiera sucedido.
Vanessa estaba en el jardín, supervisando la instalación de nuevas flores para una cena que celebraría el fin de semana.
Al verlo, sonrió.
—Por fin. ¿Dónde estabas?
—Tenía asuntos de trabajo.
—¿Todo bien?
Logan la observó con atención.
Cada movimiento de su rostro parecía ensayado. Cada palabra estaba medida. Incluso su preocupación sonaba perfecta.
—Sí. Solo necesitaba pensar.
Vanessa se acercó y le acomodó el cuello de la camisa.
—Sé que lo de anoche fue difícil. Pero tenemos que dejar atrás ese incidente. Esa mujer no puede volver a acercarse a Noah.
Logan sostuvo su mirada.
—Estoy de acuerdo.
Vanessa pareció relajarse.
—Me alegra que lo entiendas.
—Por cierto, Daniel llamó. Dice que necesita hablar conmigo sobre unos documentos de la fundación.
La mano de Vanessa se detuvo sobre su hombro.
Fue apenas un segundo.
—¿Qué documentos?
—No lo sé. No quiso explicármelo por teléfono.
Vanessa apartó la mano.
—Tu hermano siempre ha sido muy desordenado con esas cosas.
—¿Ah, sí?
—Claro. Pero no te preocupes. Yo puedo revisar lo que necesites.
Logan sonrió sin mostrar los dientes.
—No hace falta. Quiero hablar directamente con él.
Vanessa lo miró fijamente.
—Como quieras.
Después se alejó hacia el jardín.
Logan esperó hasta que ella desapareció tras los rosales antes de subir a la habitación de Noah.
El pequeño estaba sentado en la alfombra, rodeado de bloques de colores. La niñera permanecía junto a la ventana, revisando su teléfono.
Cuando Logan entró, Noah levantó la cabeza.
El padre se arrodilló a cierta distancia.
—Hola, campeón.
El niño no respondió, pero tampoco se apartó.
Logan sacó del bolsillo una pequeña pelota amarilla y la hizo rodar lentamente por el suelo.
Noah la observó.
Después la empujó de vuelta.
Logan sintió una alegría tan intensa que casi le dolió.
—Muy bien, hijo.
Jugaron durante varios minutos.
Entonces Noah se quedó quieto.
Miró hacia la puerta.
Se escucharon los tacones de Vanessa en el pasillo.
El niño dejó caer la pelota y se llevó las manos a los oídos.
Logan lo observó, horrorizado.
Vanessa entró sonriendo.
—Hola, mi amor.
Se inclinó para acariciarle el cabello.
Noah retrocedió de inmediato y chocó contra las piernas de su padre.
La sonrisa de Vanessa se endureció.
—Otra vez con lo mismo.
—Está asustado —dijo Logan.
—Está manipulándote.
—Tiene dos años.
—Y por eso necesita que le enseñemos límites desde ahora.
Vanessa extendió los brazos para cargarlo.
Noah comenzó a llorar.
Logan se interpuso.
—Yo me encargo.
Su prometida lo miró con una expresión que nunca le había visto.
No era tristeza.
Era odio.
—Estás cometiendo un error, Logan.
—Puede ser.
—No tienes idea de lo que necesita ese niño.
Logan sostuvo su mirada.
—Entonces explícame por qué tiene tanto miedo de ti.
Vanessa abrió la boca, pero no respondió.
Por primera vez, Logan vio algo parecido al pánico en sus ojos.
Ella se dio la vuelta y salió de la habitación.
El niño siguió llorando durante varios minutos.
Logan lo abrazó con cuidado, sin obligarlo a levantar la cabeza.
—Lo siento, hijo. Lo siento tanto.
Noah apoyó la frente en su pecho.
Después, con una voz pequeña y temblorosa, pronunció algo que Logan jamás olvidaría.
—No… puerta.
El padre se quedó inmóvil.
—¿Qué pasa con la puerta, mi amor?
Noah apretó su camisa.
—No… cerrar.
Logan sintió que el corazón se le detenía.
—¿Alguien te encerró?
El niño comenzó a temblar.
No dijo nada más.
Pero Logan ya no necesitaba que pronunciara una frase completa para comprender que el silencio de su hijo no era un misterio médico aislado de todo lo demás.
Había algo detrás de aquel miedo.
Algo que su hijo intentaba comunicar con las pocas palabras que podía reunir.
Esa tarde, Daniel llegó a la mansión sin avisar.
Entró al despacho de Logan con una sonrisa amplia y una botella de whisky bajo el brazo.
—Hermano, tenemos que celebrar. La empresa cerró el acuerdo con los inversionistas.
Logan no se levantó.
—Siéntate.
Daniel dejó la botella sobre la mesa.
—¿Qué sucede?
Logan abrió una carpeta y deslizó una copia del video hacia él.
Daniel miró la pantalla.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—¿De dónde sacaste esto?
—Esa es mi pregunta.
Daniel se quedó mirando la imagen congelada en la que aparecía entrando a la habitación de Noah.
Después soltó una risa nerviosa.
—Ah, esto. Vanessa me pidió que revisara unos documentos mientras tú estabas fuera. No hay nada extraño.
—¿Qué documentos?
—Papeles de la fundación.
—¿A las tres de la madrugada?
Daniel se acomodó en la silla.
—No recuerdo la hora exacta.
Logan abrió otra carpeta.
—¿Conoces a una mujer llamada Isabel Salgado?
Daniel dejó de moverse.
La reacción fue inmediata.
Sus dedos se cerraron alrededor del borde de la silla y sus ojos buscaron una salida.
—No.
—Tengo documentos que relacionan su muerte con una investigación sobre la fundación.
—Entonces deberías hablar con tus abogados.
—Lo haré. Pero primero quiero escuchar a mi hermano.
Daniel se levantó.
—No sé qué te está diciendo esa empleada, pero no puedes creerle a una desconocida por encima de tu familia.
Logan también se puso de pie.
—¿Mi familia? ¿Te refieres a ti? ¿A Vanessa? ¿A las personas que entraban a la habitación de mi hijo mientras yo intentaba descubrir por qué había dejado de hablar?
Daniel palideció.
—No sabes lo que pasó.
La frase salió de su boca antes de que pudiera detenerla.
Logan sintió un golpe de adrenalina.
—Entonces sí sabes algo.
Daniel apretó los labios.
—No puedo hablar de esto.
—¿Por qué?
—Porque si te digo la verdad, vas a perderlo todo.
Logan se acercó lentamente.
—¿Qué significa eso?
Daniel lo miró con desesperación.
—Vanessa no es la única persona que cometió errores. Tú también.
Logan frunció el ceño.
—Explícate.
Daniel bajó la voz.
—La noche en que Elena murió, ella llamó a la casa. Quería hablar contigo. Yo contesté.
El despacho quedó en silencio.
Logan sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué?
—Me pidió que te avisara que había descubierto algo sobre Vanessa. Dijo que era urgente.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste?
Daniel cerró los ojos.
—Porque Vanessa me convenció de que Elena estaba confundida. Dijo que atravesaba una crisis y que necesitaba descansar. Me pidió que no te molestara mientras estabas en Europa.
Logan lo agarró del brazo.
—¿Y después qué pasó?
Daniel tragó saliva.
—Después recibí la llamada de que había tenido el accidente.
Logan lo soltó.
Durante varios segundos no pudo hablar.
Su hermano no había admitido haber provocado nada. Tampoco había demostrado que Vanessa estuviera detrás de la muerte de Elena.
Pero había confirmado algo mucho peor de lo que Logan esperaba.
Elena había intentado advertirle.
Y él nunca había recibido el mensaje.
—¿Qué había descubierto? —preguntó Logan.
Daniel negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¡No me mientas!
—¡No lo sé! Vanessa guardó algunos documentos, pero yo nunca los revisé.
Logan retrocedió.
—Vete de mi casa.
Daniel se quedó inmóvil.
—Logan…
—¡Fuera!
Su hermano tomó la botella y salió sin despedirse.
Logan se quedó solo en el despacho, respirando con dificultad.
Entonces escuchó un ruido en el pasillo.
La puerta estaba entreabierta.
Alguien había estado escuchando.
Logan salió de inmediato.
Vanessa estaba al final del corredor, con el teléfono pegado a la oreja. Al verlo, bajó lentamente el aparato.
—¿Cuánto escuchaste? —preguntó él.
Vanessa levantó la barbilla.
—Lo suficiente para entender que tu hermano está tratando de destruirnos.
—¿Nosotros?
—Nuestra familia, Logan. Nuestro futuro.
Él la miró con incredulidad.
—Elena intentó advertirme sobre ti la noche en que murió.
Vanessa palideció.
Después soltó una carcajada.
—¿Eso te dijo Daniel? ¿El hombre que ha pasado años ocultando sus propios errores?
—¿Qué descubrió Elena?
Vanessa dio un paso hacia él.
—Tu esposa estaba enferma de celos, Logan. Sospechaba de todo el mundo. Se obsesionó con la fundación y empezó a inventar historias sobre personas que intentaban ayudarla.
—¿Y las grabaciones de Noah?
—Ya te expliqué que eran privadas.
—No me has explicado nada.
Vanessa lo miró durante un largo instante.
Después sonrió.
Era una sonrisa pequeña, helada, que no tenía nada que ver con la mujer con la que Logan pensaba casarse.
—Ten cuidado con lo que buscas —susurró—. Porque si encuentras la verdad sobre la noche en que murió Elena, tal vez descubras que no soy la única persona a la que deberías odiar.
Se dio la vuelta y se alejó.
Logan permaneció inmóvil hasta que sus pasos desaparecieron.
Luego regresó a su despacho y cerró la puerta.
Sobre la mesa seguían los documentos de Isabel, la copia del video y una fotografía de Elena sosteniendo a Noah recién nacido.
Tomó la fotografía entre sus manos.
Por primera vez en dos años, no intentó apartar el dolor.
Dejó que llegara.
Dejó que la culpa lo atravesara.
Y se prometió que no volvería a permitir que nadie decidiera qué verdades podía soportar su hijo.
Entonces su teléfono vibró.
Era un mensaje de Marina.
«Encontré algo más en la memoria. No se lo enseñé porque tenía miedo. Es una grabación de Elena, hecha la noche de su muerte».
Debajo había un archivo de audio.
Logan se puso los audífonos y presionó reproducir.
La voz de su esposa llenó el despacho.
Sonaba cansada, asustada, pero completamente lúcida.
—Si alguien está escuchando esto, significa que no pude hablar con Logan a tiempo. Vanessa sabe lo que descubrí. Y Daniel…
La grabación se interrumpió.
Logan intentó reproducirla otra vez.
El archivo terminaba allí.
Pero unos segundos después apareció un segundo mensaje de Marina.
«Hay otra parte. Se escucha el nombre de la persona que estaba con Elena cuando ocurrió el accidente».
Logan abrió el archivo adjunto.
La voz de su esposa regresó, apenas un susurro.
—La persona que me está siguiendo no es Vanessa. Es alguien que Logan considera incapaz de hacerme daño.
Se escuchó un golpe.
Después, una voz masculina pronunció una frase.
Logan reconoció aquella voz al instante.
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Era la suya.
Y lo que Elena dijo a continuación cambió para siempre todo lo que creía saber sobre la muerte de su esposa.
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