Calm

Chapter 2: La oferta que ninguna empleada de limpieza podía rechazar

Abigail recibió la llamada a las siete y doce de la mañana siguiente.

Estaba en la cocina de su pequeño departamento, preparando café instantáneo y tratando de decidir cuál de las facturas podía retrasar sin que la situación empeorara demasiado.

La renta vencía al día siguiente.

La clínica de rehabilitación de su padre había dejado tres mensajes.

Y Ethan le había enviado un texto asegurándole que podía tomarse un semestre libre, aunque ambos sabían que, si abandonaba la universidad, quizá nunca encontraría la manera de regresar.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Número desconocido.

Abby contestó con la esperanza absurda de que fuera alguien ofreciendo trabajo adicional.

—¿Señorita Mercer?

La voz era masculina, firme y perfectamente educada.

—Sí, soy yo.

—Habla Daniel Reed, asistente del señor Julian Cross. Necesitamos que venga hoy al penthouse a las diez de la mañana.

Abigail dejó la cuchara.

—¿Pasó algo con la limpieza?

—No exactamente.

—¿Se rompió algo? Porque ayer no toqué nada que no estuviera en mi lista.

—No se trata de eso, señorita Mercer.

El silencio que siguió fue suficiente para que Abby sintiera un nudo en el estómago.

—¿Me van a despedir?

Daniel tardó un segundo en contestar.

—El señor Cross desea hablar con usted personalmente.

Abby cerró los ojos.

Por supuesto.

Los trescientos mil dólares.

Quizá había una cámara. Quizá alguien había interpretado sus movimientos como un intento de robo. Tal vez el hombre había decidido que dejar una nota no era suficiente para demostrar su inocencia.

—Puedo ir —dijo—. Pero quiero aclarar algo desde ahora. No tomé absolutamente nada.

—El señor Cross está enterado de lo ocurrido.

Aquella respuesta no la tranquilizó.

Al contrario.

Significaba que él sabía exactamente lo que había pasado y aun así quería verla.

—Estaré ahí a las diez.

Colgó.

Durante los siguientes veinte minutos, Abigail permaneció sentada sin tocar el café.

Después se levantó, se lavó la cara y abrió el armario.

Solo tenía dos blusas apropiadas para una reunión formal. Una estaba descolorida y la otra tenía un botón distinto a los demás.

Eligió la segunda.

Se recogió el cabello, guardó su identificación en el bolso y metió el viejo plumero en un bolsillo lateral de su mochila.

Antes de salir, pasó por la habitación de su padre.

Robert Mercer dormía de lado, con una almohada colocada cuidadosamente debajo del brazo izquierdo. La rehabilitación lo dejaba agotado, y aquella mañana parecía más cansado que de costumbre.

Abby se acercó y acomodó la manta.

—Voy a resolver unas cosas, papá.

Él abrió los ojos.

—¿Otra vez vas a trabajar?

—Solo tengo una reunión.

Robert intentó incorporarse.

—No quiero que sigas cargando con todo, Abigail.

Ella sonrió, aunque le ardían los ojos.

—Entonces ponte fuerte para que me ayudes a cargar las bolsas del supermercado.

Su padre soltó una risa débil.

—Siempre haciendo bromas.

—Alguien tiene que hacerlo.

Cuando llegó al edificio de Julian Cross, el guardia de recepción la saludó por su nombre.

Aquello la desconcertó.

Normalmente, los empleados de limpieza entraban por una puerta lateral y mostraban su identificación sin intercambiar más de dos palabras con nadie.

Esta vez, un hombre la acompañó hasta el elevador privado.

Abby sintió que todos los ojos estaban puestos en sus zapatos gastados.

Cuando las puertas se abrieron, encontró a Daniel esperándola en el vestíbulo.

—Por aquí, por favor.

La condujo hasta un despacho amplio, decorado con cuadros abstractos y estanterías llenas de libros que parecían demasiado nuevos para haber sido leídos.

Julian estaba de pie junto a la ventana.

Llevaba un traje azul oscuro y sostenía una taza de café negro.

No parecía un hombre que hubiera dormido mal.

Pero había algo distinto en su expresión.

Menos arrogancia, quizá.

O simplemente curiosidad.

—Señorita Mercer —dijo sin extender la mano—. Siéntese.

Abigail eligió la silla más cercana a la puerta.

—Gracias, señor.

Julian tomó asiento frente a ella.

Durante varios segundos, ninguno habló.

Finalmente, él señaló una carpeta colocada sobre el escritorio.

—¿Sabe por qué está aquí?

—Supongo que por el dinero que encontré ayer.

—¿Y qué piensa que debería hacer al respecto?

Abigail parpadeó.

—¿Perdón?

—Le hice una pregunta sencilla. Encontró trescientos mil dólares en mi dormitorio. Podría haber tomado una parte y probablemente nadie lo habría notado. ¿Por qué no lo hizo?

Abby sintió que las mejillas le ardían.

—Porque no era mío.

—Esa es la respuesta correcta en una entrevista de trabajo.

—No sabía que estaba en una entrevista.

—No lo estaba.

Julian abrió la carpeta.

—Era una prueba.

Abigail se quedó mirándolo.

—¿Una prueba?

—He trabajado con muchas personas a lo largo de los años. Algunas eran brillantes, otras tenían excelentes referencias y varias parecían absolutamente confiables. Descubrí que las palabras no sirven de mucho cuando alguien tiene la oportunidad de hacer algo deshonesto sin consecuencias.

Abby lo miró con incredulidad.

—¿Puso trescientos mil dólares en una habitación para ver si yo los robaba?

—Exactamente.

Ella soltó una risa breve, sin humor.

—¿Y eso le parece normal?

Julian endureció la mandíbula.

—Me parece práctico.

—Pues a mí me parece cruel.

Daniel, que permanecía junto a la puerta, levantó ligeramente las cejas.

Julian no estaba acostumbrado a que sus empleados le hablaran así.

—¿Cruel? —repitió.

Abigail apretó las manos sobre su bolso.

—Usted tiene más dinero del que podría gastar en muchas vidas. Yo trabajo limpiando su casa porque necesito pagar las terapias de mi padre y ayudar a mi hermano a estudiar. ¿Y se le ocurre poner una fortuna frente a mí para descubrir si soy una ladrona?

—No sabía que su situación fuera tan complicada.

—Ese es precisamente el problema, señor Cross. No lo sabía. Ni siquiera se molestó en preguntarlo.

El silencio cayó sobre el despacho.

Abigail se dio cuenta de que estaba hablando con un hombre que podía dejarla sin empleo con una sola llamada.

Bajó la mirada.

—Lo siento. No debí hablarle así.

Julian se inclinó hacia delante.

—No se disculpe por decir lo que piensa.

Ella levantó la cabeza, desconfiada.

—¿Entonces por qué me llamó?

Julian deslizó una hoja sobre el escritorio.

—Quiero ofrecerle un puesto nuevo.

Abby miró el documento.

No lo tocó.

—¿Qué clase de puesto?

—Asistente personal de mi madre.

Aquello sí la tomó por sorpresa.

—¿Su mamá?

—Mi madre vive en una propiedad a las afueras de la ciudad. Desde que sufrió una caída, necesita ayuda para organizar sus citas, supervisar a los cuidadores y mantener en orden sus asuntos cotidianos. La persona que desempeñaba ese trabajo renunció hace dos semanas.

—Yo soy empleada de limpieza, señor.

—Lo sé.

—No tengo experiencia como asistente personal.

—Tiene referencias excelentes. Es puntual, discreta y, según los registros, nunca ha recibido una queja formal. Mi madre necesita a alguien que no la trate como una anciana incapaz de decidir por sí misma.

Abigail leyó la cifra del salario.

Tuvo que hacerlo dos veces.

Era casi cuatro veces lo que ganaba en su puesto actual.

Además, el contrato incluía seguro médico, días de descanso y un anticipo salarial que podía utilizar para cubrir gastos urgentes.

—Esto no tiene sentido —murmuró.

—¿Por qué?

—Ayer me puso a prueba. Hoy quiere darme un trabajo que no sé hacer. ¿Cómo sé que no se trata de otra prueba?

Julian guardó silencio.

Por primera vez, pareció considerar que quizá ella tenía razones legítimas para desconfiar de él.

—No puedo pedirle que confíe en mí —dijo al fin—. Solo puedo ofrecerle condiciones claras. Tendrá una semana de prueba remunerada. Si el trabajo no le conviene, podrá marcharse sin penalización.

—¿Y si a su madre no le agrado?

—Mi madre tiene una habilidad extraordinaria para hacérselo saber a la gente.

A pesar de sí misma, Abby sonrió.

Julian notó la sonrisa y, durante una fracción de segundo, su expresión se suavizó.

—No le estoy pidiendo que me agradezca nada —añadió—. Su trabajo será cuidar de una persona, no demostrarme lealtad.

Abby volvió a mirar el salario.

Pensó en las facturas, en las sesiones de rehabilitación y en Ethan, que fingía no estar asustado.

La oferta podía cambiarlo todo.

Pero una pregunta seguía molestándola.

—¿Por qué yo?

Julian apoyó los codos sobre el escritorio.

—Porque ayer tuvo la oportunidad de tomar algo que necesitaba desesperadamente y decidió no hacerlo.

Abigail sintió una punzada de enojo.

—No sabe lo que necesito.

—Tiene razón.

La respuesta fue tan inesperada que ella guardó silencio.

Julian respiró hondo.

—No lo sé. Pero quiero darle la oportunidad de dejar de cargar con tantas cosas sola, si usted está dispuesta a aceptar.

Abby miró por la ventana.

Desde aquella altura, los automóviles parecían juguetes. La gente caminaba apresurada por las banquetas, sin saber que una mujer sentada en un despacho estaba decidiendo entre la seguridad de lo conocido y la posibilidad de un futuro diferente.

—Necesito leer el contrato —dijo.

—Por supuesto.

—Y quiero hablar con su madre antes de aceptar definitivamente.

—Me parece razonable.

—También quiero que el anticipo sea un adelanto de mi salario, no un regalo. No quiero deberle nada que no pueda pagar trabajando.

Julian la observó durante varios segundos.

—De acuerdo.

Abigail tomó el documento.

Sus manos ya no temblaban.

—Entonces aceptaré la semana de prueba.

Daniel se acercó para entregarle una copia del contrato.

Mientras Abby firmaba, Julian recibió una notificación en su teléfono.

Era un mensaje de su abogado.

«Encontré una coincidencia en los registros antiguos que solicitaste. Necesito hablar contigo en persona. Se trata de Eleanor y de la familia Mercer».

Julian leyó el mensaje una vez.

Luego otra.

Eleanor era el nombre de su madre.

Y Mercer era el apellido de Abigail.

—¿Todo bien, señor? —preguntó Daniel.

Julian bloqueó la pantalla.

—Sí.

Pero no estaba bien.

Había pedido revisar los antecedentes de Abigail por simple curiosidad. No había esperado encontrar su apellido en un archivo confidencial relacionado con una disputa empresarial de hacía casi veinte años.

Y, sobre todo, no esperaba que el documento estuviera firmado por su padre.

Mientras Abigail guardaba el contrato en su bolso, Julian tomó una decisión.

No le hablaría todavía de aquel descubrimiento.

Primero necesitaba saber si la coincidencia era real.

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Porque, si lo era, Abigail Mercer no había entrado en su vida por casualidad.

Y su madre llevaba años ocultando algo que podía destruir la imagen que él tenía de su propia familia.

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