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Chapter 5: La mujer que creyó en Jasmine cuando su padre dejó de hacerlo

El primer desayuno de Jasmine fuera de casa fue tan silencioso que su tía Elena terminó apagando la radio para preguntarle si de verdad estaba bien.

Jasmine estaba sentada frente a un plato de huevos revueltos, con una taza de café con leche entre las manos. Había dejado la maleta junto a la pared y todavía llevaba puesta la pulsera que le habían entregado durante la graduación.

Elena no la presionó al principio.

Le sirvió unas tortillas calientes, puso salsa en un recipiente pequeño y se sentó frente a ella.

—Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites, mija.

Jasmine bajó la mirada.

—Gracias, tía.

—Y no tienes que fingir que estás bien conmigo.

Aquellas palabras bastaron para que Jasmine rompiera a llorar.

Elena se levantó y rodeó la mesa para abrazarla.

Jasmine escondió el rostro en su hombro.

—No entiendo por qué no fui suficiente para él.

Elena le acarició el cabello.

—Ay, mi niña. No confundas la incapacidad de alguien para demostrar amor con tu valor como persona.

Jasmine intentó respirar con normalidad.

—Yo solo quería que estuviera ahí.

—Lo sé.

—No necesitaba que me comprara nada. Ni siquiera quería una fiesta. Quería verlo sentado entre la gente, escucharlo gritar mi nombre y tomarme una foto con él.

Elena cerró los ojos.

Conocía aquella tristeza.

Después de la muerte de su hermana, había visto a David intentar reconstruir su vida. Durante un tiempo, lo había hecho bien. Se esforzaba por mantener una rutina, ayudaba a Jasmine con sus tareas y la llevaba a visitar la tumba de su madre en fechas especiales.

Pero cuando conoció a Monique, comenzó a concentrar su atención en la nueva familia que estaba formando.

Elena había notado los cambios.

También había cometido el error de creer que David acabaría corrigiéndolos por sí mismo.

—Tu mamá habría estado muy orgullosa de ti —dijo.

Jasmine se secó las lágrimas.

—Ojalá estuviera aquí.

—Yo también lo deseo.

Elena regresó a su silla.

—Pero tu mamá no habría querido que pasaras el resto de tu vida tratando de convencer a alguien de que mereces cariño.

Jasmine se quedó pensando en aquellas palabras.

Durante años había medido sus logros según la reacción de David.

Si sacaba una buena calificación, esperaba que él sonriera.

Si conseguía terminar un proyecto difícil, esperaba que le preguntara cómo lo había hecho.

Si tenía un mal día, esperaba que notara su tristeza sin que tuviera que explicársela.

Y cuando esas cosas no sucedían, buscaba una explicación que no lo hiciera parecer culpable.

Quizá estaba cansado.

Quizá tenía problemas económicos.

Quizá necesitaba tiempo para adaptarse a la familia.

Había pasado tanto tiempo defendiendo a su padre que casi había olvidado preguntarse cómo se sentía ella.

—Tía, ¿puedo preguntarte algo?

—Lo que quieras.

—¿Crees que estoy siendo egoísta por irme?

Elena negó con firmeza.

—No.

—Él dice que no puedo esperar que esté en todas partes.

—Eso es cierto. Ningún padre puede estar en todas partes.

Elena hizo una pausa.

—Pero sí puede ser honesto sobre sus prioridades. Y puede reconocer cuando lastima a alguien.

Jasmine miró la carpeta azul que había colocado sobre una silla.

—No quiero que deje de querer a Cameron. Nunca quise eso.

—Lo sé, mija.

—Pero cada vez que Cameron necesitaba algo, papá encontraba la manera. Si tenía un partido, cambiaba sus horarios. Si necesitaba equipo nuevo, buscaba dinero. Si se sentía triste, papá dejaba lo que estuviera haciendo para escucharlo.

Jasmine tragó saliva.

—Cuando yo necesitaba algo, me decía que era fuerte.

Elena sintió una punzada en el pecho.

—A veces los adultos cometen el error de creer que el hijo que menos reclama es el que menos necesita.

—Y yo le hice creer eso.

—No, Jasmine. Tú intentaste comprenderlo. Él tenía la responsabilidad de comprenderte a ti.

La joven guardó silencio.

Después sacó su celular.

Tenía tres llamadas perdidas de David y varios mensajes.

No los abrió.

Todavía no estaba preparada.

Elena la observó con delicadeza.

—¿Quieres que hable con él?

Jasmine negó con la cabeza.

—No. Si vas a decirle algo, quiero que sea porque tú quieres hacerlo. No porque yo te lo pida.

Elena asintió.

—Está bien.

Después del desayuno, Jasmine sacó sus documentos y los colocó sobre la mesa.

Tenía una lista de tareas: confirmar su inscripción universitaria, enviar los documentos pendientes, revisar los requisitos de alojamiento y calcular cuánto dinero necesitaría durante las primeras semanas.

Elena se sentó a su lado.

—Vamos a revisar esto juntas.

Jasmine sonrió.

—¿No tienes que trabajar?

—Entro más tarde. Y aunque tuviera que salir ahora, encontraríamos la manera.

Aquella frase, tan sencilla, hizo que Jasmine sintiera algo que llevaba mucho tiempo extrañando.

La tranquilidad de saber que podía pedir ayuda sin tener que demostrar primero que se la merecía.

Abrió el correo de la universidad.

La beca seguía confirmada.

Sin embargo, había un mensaje nuevo de la coordinadora del programa, la doctora Patricia Morales, solicitando una conversación para revisar algunos documentos y conocer sus planes académicos.

Jasmine respondió de inmediato.

La llamada quedó programada para esa misma tarde.

Cuando terminó, Elena señaló otro nombre que aparecía en la carpeta.

—¿Quién es la señora Patricia?

Jasmine sonrió por primera vez aquella mañana.

—Fue mi orientadora académica durante el último año. Ella me ayudó a buscar las becas.

—¿Y por qué no me habías hablado de ella?

—Porque no quería emocionarme demasiado hasta que todo estuviera confirmado.

Jasmine acarició la carpeta.

—Cuando le conté que me interesaba estudiar trabajo social, me dijo que tenía una habilidad para escuchar a las personas que no todos desarrollan. Me ayudó a preparar los ensayos y a organizar mis documentos.

Elena sonrió.

—Parece que encontraste a alguien que sí supo ver lo que tienes.

Jasmine bajó la mirada.

—Sí.

A las tres de la tarde, la llamada de la doctora Morales llegó puntualmente.

Jasmine se sentó frente a la computadora de Elena, se acomodó el cabello y respondió.

—Buenas tardes, doctora.

—¡Jasmine! Primero que nada, felicidades por tu graduación.

La joven sonrió.

—Muchas gracias.

—Vi las fotografías que compartiste con la escuela. Te ves muy contenta.

La sonrisa de Jasmine se volvió más pequeña.

—Fue un día complicado, pero estoy feliz de haber terminado.

La doctora Morales no insistió en preguntarle qué había ocurrido.

En cambio, abrió los documentos y comenzó a revisar los requisitos.

Hablaron de las calificaciones, del ensayo personal y de los plazos para completar la inscripción.

Jasmine contestó cada pregunta con seguridad.

Había trabajado durante meses para conseguir aquella oportunidad.

Conocía sus documentos, sus metas y las razones por las que quería estudiar trabajo social.

Al terminar, la doctora Morales sonrió.

—Quiero que sepas algo. Tu solicitud destacó por tu desempeño académico, pero también por la manera en que explicaste tu interés en ayudar a otras personas.

Jasmine sintió un nudo en la garganta.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme por reconocer tu esfuerzo. Tú hiciste el trabajo.

La doctora revisó una última página.

—Solo necesito confirmar un detalle. En el apartado de apoyo familiar, escribiste que habías desarrollado mucha independencia durante el último año. ¿Quieres ampliar esa respuesta en una entrevista posterior?

Jasmine se quedó quieta.

Podría haber hablado de las ausencias de David.

Podría haber contado lo que había ocurrido durante su graduación.

Pero no quería que su historia familiar se convirtiera en la razón principal por la que alguien la aceptara.

—Prefiero hablar de cómo aprendí a organizarme y resolver problemas —respondió—. No quiero que mis circunstancias familiares definan mi solicitud.

La doctora Morales asintió.

—Me parece una decisión muy madura.

Después de despedirse, Jasmine cerró la computadora y se quedó mirando la pantalla oscura.

Elena se acercó.

—¿Cómo te fue?

—Bien. Todo sigue en orden.

—¿Y cómo te sientes?

Jasmine pensó antes de responder.

—Como si estuviera empezando algo que me da miedo, pero que también me emociona.

Elena le apretó la mano.

—Así se sienten muchas cosas importantes.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, David estaba descubriendo cuánto desconocía sobre la vida de su hija.

Había regresado a casa después de dejarla con Elena y había encontrado a Monique en la cocina.

Ella preparaba café, pero se detuvo al verlo entrar.

—¿Cómo está Jasmine?

David dejó las llaves sobre la mesa.

—No lo sé. No quiso decirme mucho.

Monique se quedó callada.

—Voy a llamarla más tarde —añadió él—. Pero esta vez no voy a presionarla.

Ella asintió lentamente.

—Me alegra.

David la miró.

—¿De verdad?

Monique levantó los ojos.

—Claro que sí.

Él se sentó.

—He estado pensando en todo lo que pasó. En cómo traté a Jasmine durante estos últimos años.

Monique dejó la cafetera.

—David, los dos cometimos errores.

—No quiero repartir culpas para sentirme mejor.

La respuesta la sorprendió.

—No estoy diciendo que seas una mala persona, Monique. Pero necesito entender por qué empezamos a tratar las necesidades de Jasmine como si fueran menos urgentes.

Monique se sentó frente a él.

—Quizá porque siempre parecía estar bien.

David soltó una risa triste.

—Eso mismo me dijo Cameron.

Monique bajó la mirada.

—Y quizá porque yo tenía miedo de que nunca termináramos de ser una familia.

David frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Monique respiró hondo.

—Cuando nos casamos, sentía que Jasmine seguía siendo el centro de tu vida. Lo entiendo ahora, pero en aquel momento me costaba aceptarlo. Ella tenía recuerdos de tu primera esposa, fotografías por toda la casa y una relación contigo que yo nunca podría reemplazar.

David la escuchó sin interrumpirla.

—Después nació una rutina entre Cameron y tú. Los partidos, las prácticas, las tareas. Era fácil sentir que estábamos construyendo algo juntos. Yo quería que esa relación fuera especial.

Monique apretó las manos.

—No me di cuenta de que estaba permitiendo que Jasmine quedara fuera.

David la miró con tristeza.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque pensé que lo entenderías por tu cuenta.

Él negó lentamente.

—Eso mismo hizo Jasmine conmigo.

La frase dejó a Monique sin respuesta.

David se levantó y caminó hacia la ventana.

—Todos esperábamos que alguien más se diera cuenta de lo que estaba pasando. Mientras tanto, ella era la que tenía que adaptarse.

Monique comenzó a llorar.

—Nunca quise hacerle daño.

David se volvió.

—Lo sé. Pero no basta con no querer hacer daño. También tenemos que hacernos responsables de lo que hacemos.

Monique se secó las mejillas.

—¿Crees que algún día nos perdone?

David miró hacia la calle.

—Espero que sí. Pero no voy a exigirle que lo haga para que yo pueda sentirme mejor.

Esa tarde, Cameron regresó de entrenar y encontró a su madre sentada en la sala, mirando una fotografía de Jasmine.

Se sentó junto a ella.

—¿Estás triste?

Monique asintió.

—Mucho.

Cameron se quedó callado.

—Yo también la extraño.

Monique lo abrazó.

—Lo sé, mi amor.

El muchacho se apartó para mirarla.

—Mamá, quiero decirte algo. No quiero que vuelvas a ponerme en medio de una situación como la de ayer.

Monique frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—No quiero que tengas que convencer a papá de elegirme a mí. Quiero que vaya a mis partidos porque quiere apoyarme, no porque alguien le diga que debe hacerlo para demostrar que me quiere.

Monique bajó la cabeza.

—Tienes razón.

Cameron respiró hondo.

—Y tampoco quiero que Jasmine crea que yo le quité algo.

Su madre lo abrazó con más fuerza.

—Nunca debiste sentir que tenías que competir con ella.

—Pero lo hicimos.

Monique no pudo negarlo.

Esa noche, David decidió escribirle una carta a Jasmine.

No un mensaje rápido.

No una invitación a cenar.

Una carta en la que pudiera expresar lo que todavía no sabía decir sin justificarse.

Se sentó en la mesa de la cocina, tomó una hoja y comenzó a escribir.

Jasmine:

He pasado el día pensando en lo que me dijiste. Al principio quería explicarte por qué fui al partido de Cameron. Después comprendí que cada explicación era otra manera de evitar reconocer que te fallé.

Se detuvo.

Tachó una frase.

Volvió a escribir.

Te prometí que estaría en tu graduación y no cumplí. No hay ninguna excusa que pueda cambiar eso.

Siguió escribiendo durante casi una hora.

Cuando terminó, dobló la hoja y la guardó en un sobre.

No quería enviársela de inmediato. Había comprendido que incluso una disculpa podía convertirse en otra exigencia si esperaba una respuesta instantánea.

Sin embargo, antes de guardar el sobre, encontró algo debajo de la libreta donde había escrito la carta.

Era una copia de un documento que Jasmine había dejado sobre la mesa meses atrás.

Una autorización para recibir información sobre su inscripción universitaria.

David la había firmado sin leerla, mientras respondía un mensaje de Cameron sobre un entrenamiento.

Ahora vio el nombre completo de la institución.

Y descubrió que la universidad a la que Jasmine había sido aceptada estaba a casi cinco horas de distancia.

Debajo del nombre aparecía una fecha: la orientación para estudiantes de nuevo ingreso sería en menos de dos semanas.

David se sentó lentamente.

Su hija no estaba hablando de marcharse algún día.

Tenía una fecha.

Un destino.

Una beca.

Y un futuro que estaba organizando sin él.

Tomó el sobre con la carta y escribió el nombre de Jasmine en el frente.

Después sacó el celular y llamó a Elena.

Ella contestó al tercer tono.

—¿Bueno?

—Soy David. No quiero molestar a Jasmine ni pedirte que la convenzas de regresar.

Elena guardó silencio.

—Solo quiero preguntarte algo —continuó él—. ¿Está bien?

La tía de Jasmine tardó unos segundos en responder.

—Está triste, David. Pero está tranquila.

Él cerró los ojos.

—Me alegra.

—Y está empezando a sentirse orgullosa de sí misma sin esperar que tú se lo confirmes.

David apretó el teléfono.

—Lo entiendo.

Elena suspiró.

—Ojalá sea cierto.

—No te voy a pedir que la presiones. Solo quiero que sepas que estoy intentando cambiar.

—Entonces hazlo aunque Jasmine tarde en notarlo.

David asintió, aunque ella no pudiera verlo.

—Lo haré.

Cuando colgó, guardó la carta en el cajón de su escritorio.

Todavía no sabía cuándo se la entregaría.

Pero aquella noche tomó una decisión: dejaría de intentar que Jasmine regresara a la vida que él conocía y comenzaría a aprender cómo apoyar la vida que ella estaba construyendo.

No sabía que, al día siguiente, una llamada de la universidad pondría a prueba aquella decisión.

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Porque Jasmine acababa de recibir una noticia que podía obligarla a elegir entre aceptar la oportunidad por la que había trabajado durante meses o renunciar a ella para resolver un problema familiar que nadie esperaba.

Y, por primera vez, David tendría la posibilidad de demostrarle que podía estar presente sin exigir que ella volviera a depender de él.

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