Calm

Chapter 2: «¿Por qué no fuiste, papá?»

Jasmine todavía llevaba puesta la toga cuando encontró a su padre sentado en el sofá, viendo la repetición del partido de Cameron, y comprendió que ni siquiera había intentado ocultar lo poco que le importaba su graduación.

David sostenía el control remoto en una mano y una taza de café en la otra.

Monique estaba sentada a su lado, revisando fotografías en su celular. Cameron permanecía cerca de la televisión, hablando emocionado sobre una jugada que había conseguido durante el segundo tiempo.

—Te lo dije, papá —decía el muchacho—. Si me hubieras visto desde el principio, habrías notado que el entrenador estaba cambiando la defensa.

David soltó una carcajada.

—¡Y tú encontraste la manera de aprovecharlo! Eso es lo que importa.

—La próxima semana va a ser todavía mejor.

—Ahí estaré.

Jasmine se quedó junto a la entrada.

Ahí estaba la respuesta que había buscado durante dos horas.

No había habido una emergencia.

No había ocurrido ningún accidente.

Su padre estaba perfectamente bien, celebrando el triunfo de Cameron como si no existiera ningún otro acontecimiento importante ese día.

—Papá.

David levantó la mirada.

—¿Qué pasó?

Jasmine miró la televisión y luego la fotografía que Monique seguía observando.

—¿Por qué no fuiste hoy?

David frunció el ceño.

—¿A dónde?

La pregunta fue tan absurda que Jasmine tardó unos segundos en reaccionar.

—A mi graduación.

David dejó la taza sobre la mesa.

—Ah, eso.

Jasmine sintió que algo se le encogía en el pecho.

Ah, eso.

Como si estuviera hablando de recoger un paquete o comprar leche.

—Sí, papá. Mi graduación. La ceremonia en la que recibí mi diploma después de estudiar durante años.

Monique levantó la cabeza.

Cameron dejó de hablar.

David suspiró.

—Jasmine, no empieces.

Ella miró su carpeta azul.

—No estoy empezando nada. Solo te estoy preguntando por qué no fuiste.

—Estaba ocupado. Ya te lo había dicho.

—¿Ocupado haciendo qué?

David apretó los labios.

—Tenía cosas que hacer.

Jasmine soltó una risa breve, sin alegría.

—¿Cosas que hacer?

Señaló la televisión.

—Porque yo te vi, papá. Vi las fotografías que publicaron del partido. Estabas ahí, en las gradas, gritando el nombre de Cameron.

David permaneció callado.

—Yo estuve dos horas buscando tu cara entre la gente —continuó Jasmine—. Cada vez que alguien entraba al auditorio, pensaba que eras tú. Cuando dijeron mi nombre, volví a mirar. Y cuando recibí mi diploma, seguí esperando que aparecieras.

La voz comenzó a quebrársele.

—Pero nunca llegaste.

David se frotó la frente.

—No sabía que ibas a hacer tanto drama por esto.

Jasmine sintió como si acabara de recibir una bofetada.

—¿Drama?

—Sí, drama. Te graduaste, ¿no? Tienes tu diploma. Todo salió bien.

—¿Todo salió bien?

Levantó la carpeta azul.

—¡Mi papá no estuvo ahí!

Su grito hizo que Cameron bajara la mirada.

Monique dejó el celular sobre sus piernas.

David se puso de pie.

—¡No me levantes la voz en mi casa!

Jasmine retrocedió un paso, sorprendida.

No había gritado para faltarle al respeto. Había gritado porque llevaba todo el día intentando no llorar.

—Perdón —murmuró—. No quería gritarte.

Respiró hondo.

—Solo quería que estuvieras ahí. Te lo pedí muchas veces. Me dijiste que ibas a ir.

—Y te dije que tenía otras responsabilidades.

—¿Qué responsabilidades, papá? ¿Gritarle a Cameron durante un partido?

Cameron se movió incómodo.

—Jasmine…

Ella lo miró.

—No es contigo.

El muchacho cerró la boca.

David señaló hacia él.

—Tu hermano tenía un partido importante. Su entrenador estaba evaluando a los jugadores para la siguiente etapa de la temporada.

—¿Y eso significa que mi graduación no era importante?

—No dije eso.

—Entonces, ¿por qué no fuiste?

David apretó la mandíbula.

—Porque no podía estar en dos lugares al mismo tiempo.

—¡La ceremonia y el partido eran a la misma hora porque tú decidiste que el partido era al que ibas a asistir!

El silencio que siguió fue insoportable.

Monique se acomodó en el sofá.

—Jasmine, cariño, intenta comprender que Cameron también necesitaba el apoyo de su padre.

Jasmine giró lentamente hacia ella.

—¿Y yo no?

—No dije eso.

—Entonces, ¿por qué nadie pensó que yo también necesitaba a mi papá?

Monique abrió la boca, pero no respondió.

Jasmine miró a David.

—¿Sabes qué fue lo peor? Que ni siquiera me llamaste.

—Estaba ocupado.

—¿Todo el día?

—Sí, Jasmine. Todo el día.

La respuesta fue tan fría que ella dejó de llorar por un instante.

David no parecía avergonzado.

Parecía molesto porque lo estaban obligando a dar explicaciones.

Jasmine miró a Cameron.

El muchacho tenía los ojos fijos en el piso.

—Dime algo —le preguntó—. ¿Tú sabías que papá había prometido ir a mi graduación?

Cameron levantó la cabeza.

—Sí.

David se volvió hacia él.

—Cameron, no te metas.

Pero el muchacho ya había empezado.

—Papá me dijo que iba a intentar llegar a las dos cosas, pero que probablemente tendría que elegir.

Jasmine sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—¿Y qué pasó?

Cameron tragó saliva.

—Me dijo que no podía faltar a mi partido.

David se acercó a él.

—¡Ya basta!

Cameron retrocedió.

—Pero eso fue lo que pasó.

—¡Te dije que te callaras!

El muchacho guardó silencio, aunque su expresión había cambiado.

Jasmine miró a su padre con incredulidad.

—¿Por qué le gritas? Solo está diciendo la verdad.

David se pasó una mano por el cabello.

—Porque no necesito que mis asuntos familiares se conviertan en un interrogatorio.

—¿Tus asuntos familiares? ¡Soy tu hija!

—Y yo soy tu padre. No tengo que justificar cada decisión que tomo.

Jasmine sintió que las piernas le temblaban.

Durante años había esperado que su padre volviera a ser el hombre que la abrazaba cuando tenía pesadillas, el que le preparaba sándwiches cuando llegaba tarde de la escuela y el que le prometía que siempre podría contar con él.

Había pensado que quizá solo estaba distraído.

Que el trabajo lo tenía cansado.

Que adaptarse a una nueva familia era complicado.

Pero aquella tarde, frente al sofá donde tantas veces había visto películas con él, comenzó a preguntarse si había estado defendiendo a un hombre que ya no existía.

—No te estoy pidiendo que justifiques cada decisión —dijo despacio—. Te estoy pidiendo que entiendas que me lastimaste.

David apartó la mirada.

—Lo estás haciendo más grande de lo que es.

Jasmine apretó la carpeta.

—Para ti, tal vez.

Monique se levantó.

—Creo que todos estamos cansados. Podemos hablar de esto después, cuando estemos más tranquilos.

Jasmine negó con la cabeza.

—No. Siempre es después.

Miró a su padre.

—Cuando no puedes ir a mis reuniones, hablamos después. Cuando olvidas mis cumpleaños, dices que me vas a compensar después. Cuando te prometo que algo es importante para mí, me dices que lo entiendes y después haces lo que quieres.

Su voz se quebró.

—Estoy cansada de esperar ese después, papá.

David parecía dispuesto a responder, pero ella no le dio tiempo.

—Hoy me gradué. Terminé la escuela. Conseguí mi diploma. Y durante toda la ceremonia lo único que quería era encontrar tu cara entre la gente.

Una lágrima le resbaló por la mejilla.

—No necesitaba un regalo caro. No necesitaba una fiesta. Solo necesitaba que estuvieras ahí.

Cameron se acercó un poco.

—Jasmine, de verdad lo siento.

Ella lo miró con tristeza.

—Tú no tienes que disculparte por haber jugado un partido.

Después volvió a mirar a David.

—Él sí.

David cruzó los brazos.

—No voy a disculparme por apoyar a Cameron.

Jasmine se quedó inmóvil.

—¿Eso es lo que crees que te estoy pidiendo?

—Parece que quieres que me sienta culpable por haber estado con él.

—¡Quería que estuvieras conmigo también!

—No puedo darte todo lo que quieres, Jasmine.

Ella lo observó como si acabara de conocerlo.

—Nunca te pedí todo.

Su padre no contestó.

Jasmine bajó la mirada hacia el diploma. El borde de la carpeta se había doblado porque llevaba horas apretándola con demasiada fuerza.

Lo alisó con los dedos.

Después dijo algo que había estado guardando desde que salió del auditorio.

—Hoy entendí algo.

David frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Que puedo graduarme con honores, esforzarme durante años y hacer todo lo que se supone que debo hacer… y aun así no ser suficiente para que mi propio padre se presente.

—Eso no es justo.

—¿No es justo? ¿Sabes qué no es justo? Ver a todos mis compañeros abrazar a sus papás mientras yo fingía que el mío estaba atrapado en el tráfico.

David abrió la boca.

Jasmine continuó:

—No me rompiste el corazón porque te perdiste una ceremonia. Me lo rompiste porque me hiciste darme cuenta de que todavía sigo esperando que me elijas.

Cameron levantó los ojos.

Monique palideció.

David se quedó quieto.

Por un instante, Jasmine pensó que finalmente había conseguido atravesar la pared que él había levantado entre los dos.

Pensó que tal vez iba a acercarse, abrazarla y decirle que lo sentía.

Pero David miró el control remoto sobre la mesa.

Luego miró a Cameron.

Y finalmente dijo:

—No voy a permitir que conviertas esto en una competencia entre tú y él.

Jasmine dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Nunca fue una competencia para mí, papá.

Se secó las lágrimas.

—Tú la convertiste en una.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta principal.

David reaccionó tarde.

—¿Adónde vas?

Jasmine se detuvo.

No quería irse.

Quería que él le pidiera que se quedara.

Quería escuchar que su ausencia había sido un error, que su graduación sí importaba y que todavía tenía un lugar en aquella casa.

Pero cuando se volvió, David seguía de pie junto al sofá, con el rostro endurecido.

—Me voy a donde no tenga que rogarle a nadie que me quiera —respondió.

—¡Jasmine, no exageres!

Ella abrió la puerta.

—No estoy exagerando, papá. Estoy dejando de fingir que no me duele.

Salió y cerró con firmeza.

El golpe de la puerta resonó en la sala.

Durante varios segundos, nadie habló.

David se quedó mirando la entrada.

Monique se acercó y le puso una mano en el brazo.

—Dale tiempo. Se le va a pasar.

Cameron levantó la cabeza.

—No, mamá. No creo que se le pase.

David lo miró con severidad.

—No necesito tu opinión.

—Pero es mi hermana.

—Entonces deberías dejar de meterte donde no te llaman.

Cameron apretó los labios.

Monique intentó intervenir.

—David, tal vez deberías ir a buscarla.

Él soltó una risa incrédula.

—¿Para qué? ¿Para seguir escuchando que soy el peor padre del mundo?

—No dijo eso —murmuró Cameron.

David lo señaló.

—Una palabra más y te vas a tu cuarto.

Cameron no discutió.

Subió las escaleras con la cabeza baja, pero antes de desaparecer en el pasillo miró hacia la puerta por la que Jasmine se había marchado.

En el exterior, Jasmine caminaba sin saber adónde ir.

El cielo comenzaba a oscurecer.

Todavía llevaba la toga puesta, y cada vez que pasaba junto a una ventana podía ver su reflejo: una joven graduada con un diploma bajo el brazo y lágrimas que no conseguía contener.

Sacó su celular.

Abrió la conversación con su padre.

Buscó el mensaje de la noche anterior.

Voy a estar ahí, hija.

Lo leyó tres veces.

Después escribió:

No tenías que darme el mejor día de mi vida. Solo tenías que cumplir tu promesa.

Se quedó mirando el mensaje antes de enviarlo.

Finalmente, presionó la pantalla.

El mensaje apareció como enviado.

Jasmine guardó el celular y siguió caminando.

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No sabía que, dentro de la casa, Cameron acababa de descubrir algo que podía cambiar por completo la forma en que su padre había justificado aquella decisión.

Y tampoco sabía que, antes de que terminara la noche, David recibiría una llamada que lo obligaría a enfrentarse a una verdad mucho más incómoda que la decepción de su hija.

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