Calm

Chapter 4: Mi madre pronunció el nombre que mi padre me había suplicado que buscara

—Si Gabriel Salgado te cuenta lo que pasó antes de que nacieras, vas a odiar a tu padre tanto como ahora me odias a mí.

Las palabras de Patricia quedaron suspendidas en el estudio.

Yo seguía sosteniendo la carta de mi papá. Daniela permanecía a mi lado, con una mano apoyada en mi espalda, lista para ayudarme si el susto o el cansancio me vencían.

Mi madre miró la caja metálica abierta.

Después miró la fotografía de ella con Ethan.

Y, por primera vez en toda mi vida, vi algo en su rostro que jamás habría imaginado encontrar allí.

No era vergüenza.

Era resentimiento.

Como si la verdadera ofendida fuera ella.

—¿Qué tiene que ver mi papá con todo esto? —pregunté—. ¿Por qué estaba investigando a mi esposo? ¿Y por qué me dijiste que lo conocías por negocios si ya tenías fotografías con él de años atrás?

Patricia apretó los labios.

—Las cosas no son como parecen.

—¡Acabo de encontrarte besándolo en mi casa! ¡No vuelvas a decirme eso!

Mi voz resonó en el estudio. Mi hija se movió dentro de mí y tuve que apoyar una mano en el escritorio para recuperar el equilibrio.

Daniela me sujetó inmediatamente.

—Siéntate un momento. No tienes que resolver todo esta noche.

Pero yo no podía sentarme.

Había pasado años creyendo que mi padre era un hombre honesto, que mi madre era una mujer que había sufrido mucho después de quedarse viuda y que Ethan era el hombre con quien construiría una familia.

Ahora los tres estaban unidos por secretos que yo no comprendía.

Y mi madre parecía conocerlos todos.

—¿Quién es Gabriel Salgado? —pregunté.

Patricia soltó una risa seca.

—Un hombre que siempre ha querido destruir a tu padre.

—Mi papá está muerto, mamá. ¿Qué gana ese hombre inventando historias sobre él?

—¡Porque hay personas que no soportan ver a una familia salir adelante!

—¿Y las transferencias bancarias? ¿También son inventos?

Su rostro se endureció.

—No entiendes esos documentos.

—Entonces explícame.

—No puedo.

—¿No puedes o no quieres?

Patricia apartó la mirada.

Ese gesto me recordó a mi padre durante aquella última cena familiar. La forma en que había observado a mi madre antes de bajar los ojos.

Por primera vez, pensé que quizá había querido advertirme algo y no había encontrado la manera de hacerlo sin destruir la imagen que yo tenía de ella.

—¿Qué pasó antes de que yo naciera? —pregunté finalmente.

Mi madre levantó la cabeza.

Durante un segundo pareció que iba a hablar.

Pero después miró mi vientre.

—No voy a discutir contigo en este estado.

—No uses mi embarazo para evitar contestarme.

—¡Soy tu madre!

—Y yo soy tu hija. Se supone que no deberías mentirme.

Patricia dio un paso hacia mí.

—Todo lo que hice fue para protegerte.

Aquella frase me hizo sentir una tristeza más profunda que la rabia.

Porque era exactamente lo que había dicho cuando yo era niña y me ocultaba que mi papá había perdido dinero en un negocio. También lo había dicho cuando él se enfermó y ella decidió que yo no debía visitarlo todos los días.

Siempre había tenido una explicación.

Siempre había existido una razón por la que yo debía dejar de hacer preguntas.

Y ahora pretendía que volviera a obedecer.

—Necesito que te vayas —le dije.

Mi madre abrió la boca, incrédula.

—¿Qué?

—No quiero que estés aquí.

—Esta también es mi casa.

—Ya no. Papá me dejó sus pertenencias y yo tengo las llaves. Si quieres discutir quién tiene derecho a entrar, lo haremos con un abogado. Pero esta noche no voy a escucharte.

Patricia me miró como si acabara de abofetearla.

—Te vas a arrepentir.

—Tal vez. Pero prefiero arrepentirme de hacer preguntas que de pasarme la vida fingiendo que no veo las respuestas.

Daniela abrió la puerta del estudio.

Mi madre recogió su bolso y salió al pasillo.

Antes de marcharse, se volvió hacia mí.

—Cuando sepas toda la verdad, vas a entender por qué hice lo que hice.

—Entonces deja de esconderla.

Patricia no respondió.

La escuchamos caminar hacia la entrada y cerrar la puerta con fuerza.

Me quedé inmóvil hasta que Daniela comprobó que se había ido.

Después me ayudó a sentarme.

Mis manos estaban heladas.

—No sé quién es mi mamá —susurré.

—Sí sabes quién ha sido contigo —respondió Daniela—. Lo que todavía no sabemos es qué más hizo.

Esa distinción me dolió porque era cierta.

Durante años había confundido el amor de mi madre con su necesidad de controlar todo lo que ocurría a nuestro alrededor.

Y ahora tenía que aceptar que ambas cosas podían haber existido al mismo tiempo.

Daniela guardó los documentos en la caja y fotografió cada página. No queríamos llevarnos los originales sin saber qué valor legal podían tener, pero tampoco íbamos a dejar que alguien los hiciera desaparecer.

Yo volví a mirar la carta.

El nombre de Gabriel Salgado aparecía al final, acompañado de una dirección y un número de teléfono.

Marqué.

Contestó un hombre mayor después del cuarto tono.

—¿Bueno?

—¿El señor Gabriel Salgado?

—Sí. ¿Quién habla?

Tragué saliva.

—Me llamo Elena. Soy la hija de Roberto.

El silencio fue inmediato.

Tan prolongado que pensé que se había cortado la llamada.

—¿Elena? —preguntó finalmente.

—Sí.

Escuché una respiración temblorosa al otro lado.

—Tu padre me dijo que algún día llamarías.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué sabe de mi padre?

—Demasiadas cosas que debí contarte hace años.

—Mi mamá dice que usted quería destruirlo.

Gabriel soltó una risa triste.

—Patricia sigue contando la misma historia.

Me incorporé en la silla.

—Necesito saber qué pasó antes de que yo naciera.

El hombre guardó silencio unos segundos.

—¿Encontraste la caja?

Miré la caja metálica.

—Sí.

—Entonces también encontraste la fotografía.

No era una pregunta.

—La encontré.

—Escúchame con atención, Elena. No le entregues esos documentos a tu madre. Tampoco a Ethan.

Al escuchar el nombre de mi esposo en su boca, sentí que se me cerraba la garganta.

—¿Usted conocía a Ethan?

—Lo conozco desde hace muchos años.

—¿Por qué estaba en una fotografía con mi madre antes de conocerme?

Gabriel exhaló lentamente.

—Porque Ethan no apareció en tu vida por accidente. Pero antes de explicarte eso, necesito que entiendas algo sobre tu padre.

—¿Qué cosa?

—Roberto no era el hombre perfecto que tú recuerdas.

Me quedé helada.

Gabriel continuó:

—Pero tampoco era el monstruo que Patricia lleva años intentando hacerte creer que era.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—¿Qué hizo mi papá?

—No puedo explicártelo por teléfono. Necesito verte y revisar los documentos que encontraste. Hay cosas que no deben salir de contexto.

—¿Cuándo?

—Mañana, a las diez de la mañana. En mi oficina. Te mandaré la ubicación.

—Estoy embarazada de nueve meses. No puedo estar yendo de un lado a otro sin saber qué está pasando.

—Lo entiendo. Si no puedes venir, yo iré contigo. Pero hay algo que debes saber desde ahora.

Apreté el teléfono.

—¿Qué?

—La cuenta que Patricia mencionó no era una cuenta cualquiera. Tu padre la abrió para ti.

Miré a Daniela.

Ella dejó de ordenar los documentos.

—¿Para mí? —pregunté.

—Sí. Y durante años alguien hizo movimientos sin que tú lo supieras.

—¿Cuánto dinero había?

Gabriel tardó en responder.

—La última vez que Roberto me habló de esa cuenta, había suficiente para cambiar por completo tu futuro.

Sentí que el estómago se me encogía.

—¿Y quién tiene acceso?

—Eso es precisamente lo que debemos averiguar.

La llamada terminó poco después, con la promesa de que me enviaría la dirección.

Durante varios minutos no dije nada.

Mi padre había dejado una cuenta a mi nombre.

Mi madre había mencionado esa cuenta sin saber que yo ya conocía su existencia.

Y alguien había estado moviendo dinero que supuestamente estaba destinado a mí.

Daniela se sentó a mi lado.

—No vamos a sacar conclusiones antes de tener pruebas.

Asentí.

—Pero si mi mamá robó dinero de mi papá…

No pude terminar la frase.

Daniela me tomó la mano.

—Entonces tendrá que responder por lo que hizo. Igual que Ethan.

Esa noche regresamos a su departamento.

Yo apenas pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía la fotografía de mi madre con Ethan y recordaba la forma en que mi padre había bajado la mirada durante aquella cena.

A las siete de la mañana, desperté con una llamada.

Era un número desconocido.

Contesté sin incorporarme.

—¿Bueno?

—Elena, soy Gabriel. Perdona que te llame tan temprano.

Me senté de golpe.

—¿Pasó algo?

—Acabo de revisar unos documentos antiguos que conservé de tu padre. Hay un dato que cambia las cosas.

—¿Qué dato?

—La cuenta que abrió para ti fue vaciada parcialmente tres semanas después de su muerte.

Sentí un frío que me recorrió desde el cuello hasta las manos.

—¿Quién retiró el dinero?

—La operación se hizo con una autorización que lleva la firma de tu padre.

—Pero mi papá ya estaba muerto.

—Exactamente.

Me quedé sin palabras.

Gabriel respiró profundamente.

—Elena, hay algo más. Esa autorización no fue la única que apareció después de su muerte.

—¿Qué quiere decir?

—Se registraron otros movimientos, y todos apuntan a la misma persona.

Escuché el sonido de unos papeles al otro lado de la llamada.

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Después Gabriel pronunció el nombre.

—Ethan.

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