Chapter 4: La mujer que conocía el secreto de Mauricio
Adriana llegó a la cafetería con una carpeta escondida debajo del suéter y una expresión de terror que me hizo comprender que Mauricio no era el único hombre al que debía temerle.
Eran las diez con siete minutos de la mañana.
Yo estaba sentada junto a la ventana, con una taza de café que ya se había enfriado y las manos apretadas alrededor del bolso. Rosa había insistido en acompañarme, pero Patricia, mi abogada, nos recomendó mantener el encuentro discreto y evitar cualquier confrontación innecesaria.
Así que mi hermana esperaba en una mesa al fondo, fingiendo leer el periódico.
Cuando Adriana entró, reconocí su rostro por una fotografía que Patricia había encontrado en unos documentos empresariales. Era una mujer de unos cuarenta años, de cabello castaño y ojos cansados. Llevaba tenis blancos, pantalones negros y una bolsa de tela que parecía pesar demasiado.
Miró hacia la puerta.
Después revisó las mesas.
Cuando me encontró, no sonrió.
Se acercó y se sentó frente a mí.
"¿Usted es Elena Vargas?""
"Sí. Gracias por venir".
"No me dé las gracias todavía. Si Mauricio se entera de que estoy aquí, podría perder lo poco que me queda".
Me enderecé.
"¿Qué sabe de él?""
Adriana dejó la bolsa sobre sus piernas y miró a nuestro alrededor.
"Trabajé para Mauricio durante casi cuatro años. Primero como asistente administrativa y después llevando parte de la documentación de sus negocios".
"¿Y qué tiene que ver eso con mi casa y con la cuenta de Valeria?""
Adriana apretó los labios.
"Todo empezó hace unos meses. Mauricio se acercó a mí porque necesitaba recuperar unos documentos de una operación antigua. Dijo que quería arreglar asuntos familiares antes de que su hija entrara a la universidad".
Hizo una pausa.
"Al principio le creí. Después vi los papeles".
Sacó una carpeta amarilla de su bolsa.
Dentro había copias de transferencias, correos impresos y varias hojas con sellos.
"Esta es la empresa que constituyó hace tres semanas", explicó, señalando una hoja.
"Se llama Inversiones Salgado del Centro. En apariencia, se dedica a la administración de propiedades y a proyectos comerciales".
"¿En apariencia?""
Adriana me miró directamente.
"El negocio que pretende realizar necesita dinero rápido. Mauricio tiene deudas que no ha podido cubrir y varios compromisos con personas que ya no están dispuestas a esperar".
Sentí un escalofrío.
"¿Cuánto debe?""
"No conozco la cifra exacta. Pero sé que ha ofrecido la misma propiedad a más de una persona".
Me quedé helada.
"¿Mi casa?""
Ella asintió.
"Hay un contrato preliminar relacionado con su inmueble. También existe una propuesta de inversión respaldada por el valor de esa propiedad".
"Pero la casa sigue a mi nombre".
"Por eso necesita que el poder sea aceptado y que la operación avance antes de que usted pueda impugnarlo".
Miré las hojas que había sobre la mesa.
Todo parecía demasiado complicado para una mujer que solo quería conservar la casa donde había criado a una niña.
"¿Y Valeria?"", pregunté.
"¿Por qué la involucró?""
Adriana bajó la mirada.
"Porque necesitaba una razón para acercarse a usted sin despertar sospechas. Y porque sabía que Valeria sería más fácil de convencer si creía que estaba recuperando algo que le pertenece".
Sentí que las lágrimas comenzaban a formarse detrás de mis ojos.
"Le dijo que yo le había robado".
"Sí".
"Le dijo que yo quería apartarla de él".
"Sí".
"¿Y también le dijo que tenía derecho al dinero de su educación?""
Adriana sacó otra hoja.
"Le enseñó una proyección financiera en la que aparece una cantidad mayor a la que realmente existe en su cuenta. Le aseguró que, cuando se concretara la operación, podría utilizar ese dinero para pagar sus estudios y comprar un departamento".
Me llevé una mano a la boca.
Valeria siempre había soñado con estudiar arquitectura en la Ciudad de México. Desde niña dibujaba casas, edificios y habitaciones con ventanas enormes. Yo había ahorrado cada peso pensando en ayudarla a cumplir ese sueño.
Ahora Mauricio le estaba ofreciendo el futuro que yo había intentado construir, utilizando dinero que no le pertenecía y una casa que tampoco era suya.
"¿Ella sabía que el dinero se había transferido a la empresa?""
Adriana no respondió inmediatamente.
Esa pausa me asustó más que cualquier explicación.
"Creo que sí sabía que había autorizado una transferencia", dijo finalmente.
"Pero no sé si entendía que el dinero sería utilizado para cubrir obligaciones de Mauricio".
"¿Cómo pudo sacar el dinero?""
"Con una autorización electrónica. La operación se hizo desde un dispositivo que estaba registrado a su nombre".
Sentí una mezcla de rabia y desesperación.
"Entonces sí lo hizo".
"Sí, pero hay algo que usted necesita saber. Mauricio le dijo que la transferencia era temporal. Le prometió que el dinero regresaría a la cuenta en cuanto se firmara la venta de la propiedad".
Me quedé mirando el borde de la mesa.
Valeria había tomado una decisión.
Aunque lo hubiera hecho engañada, había aceptado participar.
"¿Cuánto dinero transfirió?""
Adriana pronunció la cantidad.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Era una parte considerable de mis ahorros.
No toda la cuenta, pero sí lo suficiente para poner en riesgo años de sacrificio.
"¿Puede recuperar ese dinero?"", pregunté.
"Eso tendrá que investigarlo su abogada. Yo no puedo prometerle nada".
Adriana abrió la carpeta y me mostró una serie de correos impresos.
En uno de ellos, Mauricio le escribía a una persona cuyo nombre había sido cubierto con tinta negra.
El mensaje decía que la operación debía concluir antes de que Elena solicitara una revisión de los documentos.
En otro correo, mencionaba que Valeria ya estaba convencida de que su madrastra había manipulado la situación durante años.
Sentí una punzada en el pecho.
"¿Él escribió esto?""
"Sí. Lo imprimí antes de que me despidiera".
"¿Por qué la despidió?""
Adriana apretó los dedos alrededor de su taza.
"Porque me negué a modificar una fecha en uno de los documentos".
"¿Qué fecha?""
"Una fecha relacionada con el poder que usted firmó".
Me incliné hacia ella.
"¿El poder fue alterado?""
"No puedo asegurar que se haya falsificado. Pero sí puedo decirle que la copia que vi en la oficina no era idéntica a la que aparecía en el expediente anterior".
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
"¿Y tiene pruebas?""
Adriana sacó una memoria USB pequeña de la bolsa.
"Guardé copias de algunos archivos. No todo está aquí, pero hay suficiente para que su abogada investigue".
No tomé la memoria inmediatamente.
"¿Por qué hace esto por mí?""
Adriana bajó la mirada.
"Porque yo también creí en Mauricio".
Su voz se quebró.
"Me prometió una participación en el negocio. Me dijo que estaba construyendo algo para su hija, que quería recuperar los años perdidos. Después descubrí que había utilizado mi nombre para tramitar un crédito que nunca me explicó".
Se limpió una lágrima con el pulgar.
"Perdí mi trabajo y ahora tengo una deuda que no puedo pagar. No quiero que otra persona termine como yo".
Tomé la memoria USB.
Era tan pequeña que resultaba absurdo pensar que pudiera contener información capaz de cambiar nuestras vidas.
"Voy a entregársela a mi abogada".
"Por favor, hágalo. Y no confronte a Mauricio todavía".
"¿Por qué?""
Adriana miró hacia la puerta.
"Porque él cree que tiene todo bajo control. Si sospecha que yo hablé, va a intentar destruir cualquier prueba que pueda perjudicarlo".
En ese momento, mi celular vibró.
Era un mensaje de Valeria.
"Papá dice que tienes hasta las cinco para aceptar la propuesta. Si no firmas, perderé la oportunidad de entrar a la universidad".
Le mostré la pantalla a Adriana.
Ella cerró los ojos.
"Eso es exactamente lo que está haciendo. Está utilizando el sueño de su hija para obligarla a usted a ceder".
Sentí una rabia tan profunda que por primera vez en días dejé de sentirme indefensa.
"Pues no voy a firmar".
Adriana asintió.
"Entonces prepárese. Mauricio no va a quedarse de brazos cruzados".
Antes de irse, me entregó una última hoja.
Era una copia de una conversación entre Mauricio y otra persona.
En ella se hablaba de una reunión programada para esa misma tarde, en una notaría. También aparecía una frase que me hizo sentir un frío insoportable.
"Una vez ratificada la operación, la señora Vargas ya no podrá detenernos sin enfrentar una demanda".
Guardé el papel.
"¿Qué significa esto?""
"Que están intentando adelantarse a usted".
Llamé a Patricia desde la cafetería y le expliqué lo ocurrido. Me pidió que no me moviera del lugar hasta que pudiera revisar los archivos de la memoria USB.
Una hora después, nos recibió en su despacho.
Rosa llegó conmigo.
Patricia conectó la memoria a su computadora y comenzó a revisar las carpetas. Había correos, versiones de documentos y una hoja de cálculo con varios movimientos de dinero.
A medida que avanzaba, su expresión se volvía más seria.
"Esto es importante", dijo finalmente.
"¿Qué encontró?""
"Hay indicios de que se utilizaron versiones distintas del poder. También encontré un correo en el que el señor Salgado solicita que se prepare una ratificación con carácter urgente".
"¿Pueden hacerlo sin mí?""
"Depende de lo que realmente autorice el documento, de la validez de las firmas y de los procedimientos que estén intentando utilizar. No voy a especular, pero sí tenemos motivos para actuar de inmediato".
Patricia comenzó a redactar una solicitud formal para revisar los antecedentes de la operación y proteger mis derechos sobre el inmueble.
También me pidió que solicitara al banco una investigación de la transferencia.
"Y, por favor, no borre ningún mensaje. No responda a provocaciones. Todo lo que tenga puede ser relevante".
Yo asentí.
Pero antes de salir, la abogada abrió una última carpeta de la memoria USB.
Contenía un archivo de audio.
Adriana había guardado una grabación de una conversación de trabajo.
Patricia pidió que la escucháramos con atención.
Primero se oyó la voz de Mauricio, hablando de la venta de la propiedad.
Después, la voz de un hombre que preguntaba si Valeria estaba enterada de los riesgos.
Mauricio respondió sin vacilar:
"Valeria hará lo que yo le diga. Lleva toda la vida esperando que vuelva. No va a cuestionar nada si le doy lo que quiere".
Sentí que se me revolvía el estómago.
La grabación continuó.
"¿Y Elena?"", preguntó el otro hombre.
Mauricio soltó una risa.
"Elena siempre ha sido demasiado sentimental. Mientras crea que está salvando a la niña, va a terminar haciendo lo que le pida".
Rosa me tomó de la mano.
Yo no podía apartar la mirada de la computadora.
Durante diez años, había pensado que Mauricio era un hombre irresponsable, egoísta y cobarde.
Nunca imaginé que hubiera planeado utilizar mi amor por Valeria como una herramienta.
La grabación terminó con una frase que me dejó sin respiración.
"Cuando todo termine, la muchacha tendrá dinero, yo habré resuelto mis deudas y Elena no tendrá otra opción que marcharse. Y si Valeria descubre la verdad, para entonces ya será demasiado tarde".
Patricia detuvo el archivo.
Nadie habló durante varios segundos.
Finalmente, la abogada cerró la computadora.
"Elena, tenemos que movernos hoy mismo".
Miré a mi hermana.
Después pensé en Valeria.
No sabía si mi hija había escuchado esa conversación. No sabía si conocía el verdadero propósito de su padre. Ni siquiera sabía si alguna parte de ella todavía recordaba las promesas que nos hacíamos cuando era pequeña.
Pero sí sabía algo.
Mauricio estaba dispuesto a destruir nuestra relación para conseguir dinero.
Y si yo quería salvar lo poco que quedaba de mi familia, primero tendría que impedir que él terminara de destruirla.
Sin embargo, cuando Patricia revisó la hora de la reunión notarial, descubrió algo que nos dejó a todas sin palabras.
La ratificación estaba programada para las cuatro de la tarde.
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Y la persona que debía presentarse para confirmar una de las operaciones no era Mauricio.
Era Valeria.
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