Calm

Chapter 5: La reunión donde Andrés intentó destruirla

A las cuatro de la tarde, Mariana llegó a las oficinas de la empresa con una carpeta bajo el brazo y una determinación que no había sentido en años.

En la entrada, varios empleados la saludaron con incomodidad.

Algunos bajaron la mirada.

Otros fingieron estar ocupados.

La noticia de que Andrés quería destituirla ya había recorrido el edificio.

Durante once años, Mariana había sido la persona que resolvía los problemas cuando los proveedores amenazaban con cancelar entregas, cuando faltaba dinero para cubrir la nómina y cuando algún cliente importante se retrasaba con los pagos.

Ahora, en los pasillos, la gente hablaba de ella como si fuera una mujer que había perdido el control de sus emociones.

Andrés había comenzado a construir esa imagen antes de que ella pudiera defenderse.

Al entrar al despacho principal, encontró a su esposo sentado junto a Valeria.

Los dos estaban impecablemente vestidos.

Valeria llevaba un traje color crema y un collar que Mariana le había regalado en su último cumpleaños.

Andrés tenía frente a sí una carpeta negra.

Al ver a Mariana, se levantó.

—Qué bueno que viniste.

Ella no respondió.

Valeria se acomodó en la silla y cruzó las piernas.

—Espero que hayas venido dispuesta a escuchar, no a hacer un escándalo.

Mariana dejó su carpeta sobre la mesa.

—Vine a escuchar las propuestas de la reunión y a ejercer los derechos que me correspondan como socia.

Andrés intercambió una mirada con su abogado.

—Nadie está intentando quitarte nada, Mariana. Estamos tratando de salvar la empresa.

—Entonces no tendrás problema en explicar las transferencias.

La sonrisa de Andrés desapareció por un instante.

—Ya hablamos de eso.

—No. Tú me advertiste que no revisara los documentos. Es distinto.

Valeria soltó un suspiro exagerado.

—¿Ves? Esto es exactamente lo que te decía. Está convencida de que todos estamos conspirando contra ella.

Mariana se volvió hacia su hermana.

—No necesito convencerme de nada. Tengo los registros de las transferencias y las copias de las autorizaciones que llevan mi firma.

—Tú aprobaste los permisos del sistema —intervino Andrés—. No puedes responsabilizarme por cada movimiento de la empresa.

—No te estoy responsabilizando por cada movimiento. Te estoy preguntando por los casi cuatro millones de pesos que terminaron en sociedades relacionadas con Ricardo Salgado.

El abogado de Andrés levantó la cabeza.

—¿Quién le proporcionó esa información?

Mariana lo miró.

—¿Importa quién me la proporcionó o importa que el dinero salió de la empresa?

El hombre cerró su libreta.

—Las operaciones tienen explicaciones comerciales.

—Perfecto. Preséntenlas.

Andrés se inclinó hacia ella.

—Mariana, por favor. No hagamos esto delante de todos.

—Tú convocaste la reunión.

—Porque necesito tomar decisiones.

—¿Como vender propiedades sin informar a los demás socios?

Andrés apretó la mandíbula.

La puerta se abrió.

Entraron Ernesto, el contador, y dos miembros del consejo administrativo. Detrás de ellos apareció Laura, con una carpeta de documentos.

Andrés frunció el ceño.

—¿Qué hace ella aquí?

—Me acompaña como asesora legal —respondió Mariana—. Tengo derecho a recibir asesoría antes de una decisión que puede afectar mi participación en la empresa.

El abogado de Andrés consultó sus papeles.

—La presencia de una asesora externa no invalida la reunión, siempre que se respeten las reglas internas.

Laura tomó asiento.

—Estamos de acuerdo. Precisamente por eso solicitamos que conste en el acta que existen operaciones cuestionadas y documentos cuya autenticidad debe verificarse antes de aprobar cualquier disposición extraordinaria de activos.

Andrés miró a Ernesto.

—¿Tú le diste esos documentos?

El contador se puso pálido, pero no retrocedió.

—Entregué información contable que considero relevante para proteger a la empresa.

—¿Después de todo lo que hice por ti?

Ernesto tragó saliva.

—Mi trabajo es llevar las cuentas, señor. No encubrir operaciones que no puedo justificar.

Valeria se rio con desprecio.

—Qué conveniente. Ahora todos son expertos en moral.

Mariana sintió una oleada de rabia.

Pero no iba a permitir que su hermana la arrastrara a una discusión personal.

—Comencemos con los hechos —dijo.

Abrió la carpeta y repartió copias de los movimientos financieros.

En la primera hoja aparecía la transferencia por un millón doscientos mil pesos.

En la segunda, el millón adicional.

En las siguientes, los demás pagos.

Los miembros del consejo revisaron los documentos en silencio.

Uno de ellos, el señor Ramírez, se quitó los lentes.

—Andrés, ¿estas operaciones fueron aprobadas por el consejo?

—Fueron movimientos de inversión.

—No respondas con una descripción. ¿Fueron aprobadas?

Andrés se acomodó en la silla.

—No todas requerían autorización del consejo.

—Pero varias aparecen registradas con una doble aprobación —dijo Mariana—. Una de ellas lleva mi firma.

Laura deslizó una hoja hacia el centro de la mesa.

—Mi clienta niega haber autorizado estas operaciones. Solicitamos que se preserven los registros electrónicos y que se obtenga una revisión independiente de las firmas y los accesos.

El abogado de Andrés intervino.

—La empresa cuenta con procedimientos internos para resolver discrepancias.

—Entonces utilicémoslos —respondió Laura—. Una revisión independiente es razonable cuando existen dudas sobre operaciones de esta magnitud.

Andrés golpeó la mesa con la palma.

—¡Esto es absurdo! ¿Van a detener todo el negocio porque mi esposa decidió creerle a un contador resentido?

El silencio fue inmediato.

Mariana sintió que todos los ojos se dirigían hacia ella.

Durante años, Andrés había sabido cómo hacerla dudar de sí misma. Si algo salía mal, la acusaba de exagerar. Si ella encontraba una contradicción, él le decía que estaba cansada. Si insistía, le recordaba todo lo que habían construido juntos.

Pero esta vez no estaba sola.

—No estoy pidiendo que detengan el negocio —dijo con calma—. Estoy pidiendo que expliquen las operaciones. Si todo es legítimo, una revisión independiente lo demostrará.

Ramírez asintió lentamente.

—Estoy de acuerdo.

Otro miembro del consejo levantó la mano.

—Yo también.

Andrés miró a Valeria.

Ella dejó de sonreír.

—No pueden hacer esto —murmuró.

—Sí podemos revisar las cuentas de nuestra propia empresa —respondió Ramírez—. Y, mientras se aclaran las operaciones, considero prudente posponer la venta de los activos.

La votación se realizó unos minutos después.

La mayoría aceptó suspender temporalmente la decisión sobre la venta de las propiedades y solicitar una revisión independiente de las transferencias cuestionadas, conforme a las facultades y procedimientos internos.

Andrés había convocado la reunión para apartar a Mariana.

En cambio, acababa de perder el control inmediato de las decisiones que quería tomar.

Pero todavía no estaba dispuesto a rendirse.

Sacó un documento de su carpeta negra.

—Antes de terminar, hay otro asunto que debemos resolver.

Mariana sintió que el estómago se le contraía.

Andrés colocó una hoja frente a los miembros del consejo.

—Solicito la revisión de la conducta de Mariana como directora administrativa. Hay indicios de que compartió información confidencial de la empresa con terceros sin autorización.

Mariana lo miró con incredulidad.

—¿Qué terceros?

—Personas que no forman parte de la empresa.

Laura intervino.

—Mi clienta está recibiendo asesoría legal sobre documentos que la identifican como responsable de operaciones financieras. Eso no constituye, por sí mismo, una conducta indebida.

Andrés ignoró la respuesta.

—Además, tengo razones para creer que ha estado utilizando recursos de la empresa para resolver asuntos personales relacionados con su familia.

Mariana sintió que la sangre le subía al rostro.

—¿Qué recursos?

Andrés sacó una segunda hoja.

Era una factura de un despacho jurídico.

La dirección correspondía a la oficina de Laura.

Mariana comprendió de inmediato lo que estaba intentando hacer.

—Esa factura no la pagó la empresa.

—Aparece en un expediente contable.

Ernesto tomó el documento.

Lo examinó durante unos segundos.

—Esta factura no está registrada como gasto de la compañía.

Andrés se volvió hacia él.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—Porque yo llevo la contabilidad.

Valeria se levantó de golpe.

—¡Esto es una vergüenza! Mariana está utilizando a todos para vengarse de su esposo porque lo encontró con otra mujer.

La sala quedó en silencio.

Mariana sintió que le ardían las mejillas.

Había querido mantener la infidelidad fuera de aquella reunión. No porque le avergonzara lo que había hecho Andrés, sino porque no quería que su vida privada se convirtiera en un espectáculo.

Pero Valeria acababa de utilizarla como arma.

—Tienes razón en una cosa —dijo Mariana, mirándola fijamente—. Encontré a mi esposo contigo.

Valeria palideció.

—No tienes pruebas de nada.

—No necesito discutir mi matrimonio aquí. Pero sí tengo pruebas de que utilizaste documentos relacionados con la casa de mamá y de que tu nombre aparece en una empresa vinculada con las transferencias.

Andrés se levantó.

—¡Basta!

—No —respondió Mariana—. Ya estuvo. Durante años me pediste que confiara en ti mientras tomabas decisiones a mis espaldas. Ahora tendrás que explicar esas decisiones como cualquier otra persona.

Por primera vez, Andrés no encontró una respuesta inmediata.

Ramírez pidió que se continuara con el orden del día y que cualquier acusación personal quedara fuera del acta, salvo que estuviera respaldada por hechos pertinentes a la administración.

La reunión terminó sin que se aprobara la destitución de Mariana.

También quedó asentada la solicitud de revisar las operaciones financieras.

Andrés salió primero.

Valeria lo siguió, lanzándole a Mariana una mirada llena de odio.

Antes de cruzar la puerta, su hermana se detuvo.

—Crees que ganaste —susurró.

Mariana recogió sus documentos.

—No. Creo que por fin dejé de perder.

Valeria se acercó un poco más.

—No sabes lo que estás haciendo. Si sigues escarbando, vas a destruir algo que no podrás recuperar.

—¿Qué cosa?

Su hermana apretó los labios.

—La verdad sobre papá.

Mariana se quedó inmóvil.

Valeria pareció darse cuenta de que había dicho demasiado.

—¿Qué sabes de papá? —preguntó Mariana.

—Nada que te importe.

—Entonces, ¿por qué lo mencionaste?

Valeria retrocedió.

—Olvídalo.

Salió sin despedirse.

Mariana se quedó mirando la puerta cerrada.

Laura se acercó.

—¿Qué quiso decir?

—No lo sé.

Pero sí sabía una cosa.

Valeria estaba asustada.

Y no era solamente por el dinero.

Aquella tarde, Mariana regresó a casa de su madre y le contó lo sucedido. La mujer escuchó con las manos entrelazadas sobre la mesa.

Cuando Mariana mencionó la amenaza relacionada con su padre, su mamá se puso pálida.

—Tu hermana no debería estar hablando de eso.

Mariana levantó la cabeza.

—¿Por qué?

Su madre se levantó, caminó hasta un armario y sacó una caja de fotografías.

La abrió sobre la mesa.

Entre imágenes de cumpleaños, vacaciones y reuniones familiares había un sobre pequeño que Mariana nunca había visto.

—Tu papá me pidió que guardara esto después de una discusión con Valeria —explicó su madre—. Me dijo que solo te lo entregara si algún día la familia se encontraba en una situación grave.

Mariana abrió el sobre.

Dentro había una copia de un informe financiero de hacía quince años y una hoja con varios nombres.

Uno de ellos era Ricardo Salgado.

Otro era Arturo Beltrán.

El tercero era Andrés.

Mariana sintió que el corazón se le detenía.

—¿Cómo es posible? —susurró.

Su madre se sentó frente a ella.

—Tu papá descubrió que Andrés había trabajado con Ricardo antes de conocerte.

Mariana sintió que el aire desaparecía de la habitación.

—¿Qué?

—No sé cuánto tiempo. Tu papá nunca me dio detalles. Pero me dijo que había algo en esa relación que no le gustaba.

Mariana observó la hoja.

La fecha era anterior a su boda.

Andrés no había aparecido en la vida de su padre como un desconocido.

Había existido una relación profesional previa.

Y su padre la había considerado suficientemente importante como para dejar un informe escondido.

—¿Por qué no me lo dijo? —preguntó Mariana, con lágrimas en los ojos.

Su madre le tomó la mano.

—Porque te amaba. Y porque, en ese momento, creía que todavía podía estar equivocado.

Mariana cerró los ojos.

Recordó cómo Andrés había insistido en conocer a su padre antes de la boda. Recordó que ambos habían conversado durante horas en el patio, mientras ella preparaba café con su mamá.

Su padre había regresado a la casa con una expresión seria.

Cuando Mariana le preguntó si todo estaba bien, él le respondió que solamente estaba cansado.

Ella nunca volvió a preguntarle.

Ahora deseaba haberlo hecho.

Su teléfono vibró.

Era un correo de Ernesto.

Había adjuntado el resultado preliminar de una búsqueda de registros mercantiles.

Mariana abrió el archivo.

La empresa que había recibido parte del dinero estaba vinculada a otra sociedad creada años atrás.

Y en los documentos antiguos aparecían los nombres de Ricardo Salgado y Arturo Beltrán.

Pero el tercer socio no era Andrés.

Era Valeria.

Mariana sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.

Su hermana había participado en aquella estructura empresarial antes de que las transferencias sospechosas comenzaran.

No podía asegurar que eso demostrara un delito, pero sí significaba que Valeria conocía a las personas involucradas mucho antes de lo que había admitido.

En la parte inferior del informe había una anotación de Ernesto:

«Encontré una referencia a una cuenta de inversión que no aparece en los estados financieros habituales. El beneficiario registrado no es Andrés ni Valeria. Es una persona que falleció hace cuatro años».

Mariana leyó la línea una vez.

Después otra.

La persona que había fallecido hacía cuatro años era su padre.

Y la cuenta estaba relacionada con el mismo fideicomiso que ahora intentaban utilizar para comprometer la casa de su madre.

Mariana levantó la mirada hacia la fotografía de su padre.

Por primera vez, comenzó a preguntarse si su muerte había dejado asuntos pendientes que alguien llevaba años intentando ocultar.

No tenía pruebas de que hubiera ocurrido algo irregular.

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Pero tenía suficientes motivos para exigir respuestas.

Y estaba decidida a encontrarlas.

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