Chapter 2: La mujer que sabía demasiado
El mensaje de Elena seguía iluminando mi teléfono cuando Alejandro intentó quitármelo de las manos por segunda vez.
—Mariana, por favor. No hagas esto más grande de lo que es.
Me aparté.
—Mi hija estaba comiendo del suelo. Ya es suficientemente grande.
Él miró hacia la puerta, asegurándose de que su madre no estuviera escuchando.
—Hay cosas que no entiendes. Camila perdió a su mamá. Ha pasado por una situación muy difícil. Mi madre solamente quería que se sintiera querida.
—¿Y para que ella se sintiera querida había que hacer sentir abandonada a Valentina?
Alejandro bajó la voz.
—No fue así.
—Entonces explícame cómo fue.
No respondió.
Aquel silencio me dio la respuesta que él intentaba esconder.
Me agaché para recoger a Valentina, que ya había terminado su sándwich. La niña tenía los párpados pesados, pero seguía mirando la puerta con temor.
—Vamos a subir, mi amor. Te voy a preparar un baño y después descansaremos.
—¿Tú vas a dormir conmigo?
—Sí.
—¿Y mañana también vas a estar aquí?
Le besé la frente.
—Mañana, pasado mañana y todos los días que necesites que esté contigo.
Valentina me rodeó el cuello.
Alejandro intentó acariciarle la espalda, pero ella se encogió inmediatamente.
Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible.
Sin embargo, lo vi.
Él también lo notó.
Su mano quedó suspendida en el aire antes de caer a un costado.
—Vale, mi niña, papá está aquí —murmuró.
Valentina escondió la cara contra mi hombro.
No dijo nada.
Y aquella falta de respuesta pareció golpearlo más que cualquier reproche mío.
Subí con ella a nuestra habitación, cerré la puerta y aseguré el pestillo. Después llené la tina con agua tibia.
Cuando le quité el vestido sucio, descubrí que tenía las rodillas enrojecidas y pequeños raspones en las piernas. No eran heridas graves, pero bastaron para que me temblaran las manos.
—¿Te caíste, corazón?
Valentina asintió.
—¿Dónde?
—En la cocina.
—¿Y quién te ayudó?
La niña me miró como si la pregunta no tuviera sentido.
—Nadie.
Tragué saliva.
La lavé con cuidado, le puse su pijama favorito y la senté sobre la cama mientras desenredaba su cabello.
—¿Qué comiste hoy, mi amor?
Valentina contó con los dedos.
—Un poquito de pan en la mañana.
—¿Y al mediodía?
—Nada.
—¿Nada de nada?
Negó con la cabeza.
—La abuelita dijo que primero tenía que aprender a compartir.
Sentí un dolor tan intenso que tuve que apoyar el cepillo sobre la mesa.
—¿Compartir qué?
—Mi comida con Camila. Pero cuando yo tenía hambre, me decía que ya había comido.
Me senté frente a ella.
—¿Y tú le creías?
Valentina apretó los labios.
—Yo no quería que se enojara.
La abracé y respiré lentamente para no asustarla con mi propia rabia.
Después recordé el mensaje de Elena.
Tomé mi teléfono y escribí:
«Ya regresé. Necesito que me digas qué pasó. ¿Puedes venir a verme?».
La respuesta llegó casi de inmediato.
«No puedo entrar a tu casa mientras estén ellos ahí. Te espero en la cafetería de la esquina. Voy a llevar algo que grabé. Mariana, por favor, no les digas que vas a verme».
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
¿Algo que grabó?
Miré a Valentina, que se estaba acomodando bajo las cobijas.
—Voy a estar aquí, mi vida. Si necesitas algo, me llamas.
—¿No te vas a ir?
—No.
Le di un beso y esperé hasta que cerró los ojos.
Después bajé.
La cena había terminado. Los platos seguían sobre la mesa y el olor a comida caliente había sido reemplazado por el aroma de las velas que mi suegra encendía todas las noches.
Camila estaba sentada en el sofá, abrazando una muñeca.
Beatriz se encontraba junto a ella, acariciándole el cabello.
Cuando me vio, levantó la barbilla.
—Espero que ya estés más tranquila.
La miré sin detenerme.
—No estoy tranquila.
—Pues deberías. Los problemas familiares se resuelven en familia, no con amenazas.
—¿Qué amenaza he hecho?
—Conozco esa mirada, Mariana. Estás pensando en llevarte a la niña y poner a Alejandro en nuestra contra.
Me detuve frente a ella.
—No necesito poner a nadie en contra de mi esposo. Él mismo se encargó de hacerlo cuando permitió que nuestra hija pasara hambre.
Beatriz apretó los labios.
—Siempre has sido demasiado orgullosa. Desde que empezaste a ganar tu propio dinero, crees que puedes hacer lo que quieras.
Me sorprendió que hablara de mi trabajo en aquel momento.
—¿Qué tiene que ver mi trabajo con esto?
—Todo. Nunca estás en casa. Siempre viajando, siempre ocupada.
¿Qué esperabas? ¿Que Alejandro se encargara de todo mientras tú juegas a ser una mujer importante?
Me quedé mirándola.
Durante años había soportado sus comentarios disfrazados de consejos. Había aceptado sus críticas sobre mi manera de cocinar, de vestir y de educar a Valentina.
Lo había hecho por Alejandro.
Por mantener la paz.
Por creer que, si yo cedía un poco, ella terminaría aceptándome.
Pero ya no.
—Mi trabajo paga esta casa, Beatriz. También paga la comida que hay en esa mesa. Y si alguna vez creí que podía confiarte a mi hija, fue porque tú misma me dijiste que la amabas.
Mi suegra soltó una carcajada seca.
—No confundas las cosas. Camila necesitaba ayuda.
—¿Y Valentina no?
—Valentina tiene a sus dos padres.
—¿Y de qué le sirvió tenerlos?
La sonrisa de Beatriz desapareció.
Alejandro apareció desde el pasillo.
—Ya estuvo. No vamos a seguir discutiendo.
Lo miré.
—Perfecto. Entonces quiero que me digas la verdad.
—¿Sobre qué?
—¿Desde cuándo sabías que tu madre estaba castigando a Valentina?
Él miró a Beatriz.
Fue apenas un segundo.
Pero bastó.
—No la estaba castigando —respondió.
—¿Entonces por qué mi hija se escondía debajo de la mesa?
—Mariana...
—¿Desde cuándo?
Alejandro respiró hondo.
—Desde la primera semana.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—¿La primera semana?
—Mi madre pensaba que era una etapa de adaptación. Valentina se ponía celosa cuando yo cargaba a Camila y...
—¡Es una niña de tres años! —lo interrumpí—. ¿Qué esperabas? ¿Que te felicitara por traer a otra hija a casa sin decirme nada?
Camila levantó la cabeza al escuchar nuestros gritos.
Beatriz la abrazó inmediatamente.
—No levantes la voz delante de ella.
Me volví hacia mi suegra.
—Tienes razón. No voy a hacerlo. Pero eso no cambia lo que le hicieron a mi hija.
Me dirigí hacia la entrada.
Alejandro me siguió.
—¿Adónde vas?
—A hablar con Elena.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué Elena?
—La vecina.
—No tienes nada que hablar con ella.
—Eso lo decido yo.
Él se colocó frente a la puerta.
—Mariana, escúchame. Elena no conoce toda la situación. Está resentida porque dejamos de contratarla para cuidar a Valentina.
—¿La despediste?
—Fue decisión de mi madre.
Miré hacia el comedor.
Beatriz permanecía inmóvil junto al sofá.
—¿Por qué?
Alejandro se pasó la lengua por los labios.
—Porque se metía demasiado.
—¿En qué?
—En cosas que no le correspondían.
Volví a recibir aquella respuesta vacía.
Era la misma que me había dado por teléfono durante las últimas semanas cuando le preguntaba por Valentina.
«No te preocupes, amor. Son cosas de la casa».
«Tu madre está ayudándome».
«La niña está perfectamente».
Mentiras.
Todas mentiras.
—Quítate de la puerta —le ordené.
—No voy a dejar que salgas en este estado.
—No necesito tu permiso para salir de mi casa.
Su rostro se endureció.
—Esta también es mi casa.
—Entonces compórtate como un padre y no como un hombre que tiene miedo de que descubran lo que hizo.
Por un instante pensé que me sujetaría.
En cambio, dio un paso atrás.
Abrí la puerta y salí.
La cafetería estaba a menos de dos cuadras. Caminé deprisa, con el teléfono apretado entre los dedos y la imagen de Valentina buscando migajas clavada en la mente.
Elena me esperaba en una mesa del fondo.
Era una mujer de cincuenta y tantos años que vivía frente a nosotros desde antes de que compráramos la casa. Había cuidado a Valentina muchas tardes y siempre le llevaba pequeños regalos: cuentos para colorear, moños y galletas caseras.
Cuando me vio, se levantó para abrazarme.
—Ay, Mariana...
Su voz se quebró.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Elena me tomó las manos.
—Perdóname por no haberte contado antes.
—Necesito que me digas todo.
Ella sacó su teléfono y lo colocó sobre la mesa.
—Hace dos semanas, yo estaba regando las plantas de mi jardín cuando escuché llorar a Valentina. La ventana de la cocina estaba abierta.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué escuchaste?
—Tu suegra le decía que dejara de pedir comida. Que Camila había sufrido mucho y que ella tenía que aprender a no ser egoísta.
Cerré los ojos.
Elena continuó:
—Quise entrar, pero Alejandro me dijo que no me metiera en su familia. Me aseguró que todo estaba bajo control.
—¿Y entonces por qué no me llamaste?
Los ojos de Elena se llenaron de lágrimas.
—Lo hice, Mariana. Te llamé dos veces. Pero Alejandro contestó tu teléfono una de esas noches y me dijo que estabas ocupada, que no querías que te molestara con asuntos domésticos.
Sentí un frío terrible.
—Mi teléfono siempre estuvo conmigo.
Elena asintió lentamente.
—Lo sé. Después intenté escribirte, pero mis mensajes aparecían como no entregados. Pensé que me habías bloqueado.
Saqué mi celular.
Abrí la conversación con Elena y busqué su nombre.
No había mensajes recientes.
Pero al entrar en la lista de contactos bloqueados, encontré su número.
Se me secó la boca.
Yo nunca la había bloqueado.
Alejandro tenía acceso a mi teléfono cuando yo estaba de viaje. Le había dado mi contraseña años atrás para que pudiera revisar los documentos de nuestros seguros y resolver cualquier emergencia.
La confianza que había depositado en él acababa de volverse contra mí.
—¿Qué más sabes? —pregunté.
Elena desbloqueó su teléfono.
—Una tarde, escuché a Beatriz hablando por teléfono en el jardín. No sabía que yo estaba detrás de los arbustos.
Me mostró una grabación.
La imagen temblaba un poco, pero se distinguían claramente la voz de mi suegra y parte de la terraza de nuestra casa.
Beatriz hablaba con alguien.
«No podemos seguir permitiendo que esa niña se salga con la suya. Si Alejandro quiere que Camila se quede, Valentina tendrá que aprender cuál es su lugar».
Se me heló la sangre.
La grabación continuó.
«Mariana no se va a enterar. Está demasiado ocupada con sus viajes. Y cuando vuelva, Alejandro ya habrá arreglado todo».
La voz de la otra persona era difícil de distinguir.
Entonces escuché una frase que me hizo apretar los puños.
«¿Y si la niña le cuenta?».
Mi suegra soltó una risita.
«¿Quién le va a creer? Es una criatura. Además, Alejandro hará lo que yo le diga».
Elena detuvo el video.
No pude hablar durante varios segundos.
Aquella mujer había utilizado mi confianza para hacerle daño a mi hija y después se había burlado de la posibilidad de que yo lo descubriera.
—¿Tienes más grabaciones? —pregunté.
Elena asintió.
—Sí. Pero hay algo más, Mariana. Algo que descubrí el día que me despidieron.
Se inclinó hacia mí y bajó la voz.
—Beatriz no solamente quería que Camila se sintiera parte de la familia.
—¿Qué quieres decir?
Elena sacó una pequeña libreta de su bolso.
—Escuché a Alejandro hablar con un abogado. Discutían sobre la herencia de su padre, sobre unos documentos que necesitaban firmar y sobre el dinero que supuestamente le correspondía a Camila.
Me quedé inmóvil.
El padre de Alejandro había fallecido hacía cuatro años. Dejó propiedades, inversiones y una cantidad considerable de dinero.
Yo sabía que Alejandro había heredado parte de esos bienes, pero nunca me había metido en los detalles.
—¿Qué tiene que ver Camila con la herencia?
Elena abrió la libreta y me mostró una fotografía impresa de una hoja con varias anotaciones.
—No pude leer todo. Pero escuché a Beatriz decir que, si Valentina seguía siendo la única hija reconocida en ciertos documentos, Camila podría quedarse sin una parte importante del patrimonio.
Me quedé mirando aquellas palabras.
Una parte del patrimonio.
De pronto, las piezas empezaron a encajar de una manera aterradora.
El secreto de Alejandro.
La llegada repentina de Camila.
La obsesión de Beatriz por obligar a Valentina a compartir.
Y el miedo de mi esposo cuando supo que Elena tenía pruebas.
—¿Crees que todo esto tiene que ver con el dinero? —pregunté.
Elena no respondió inmediatamente.
—Creo que tu suegra está intentando controlar algo que no le pertenece. Y creo que Alejandro sabe más de lo que te ha contado.
Guardé silencio.
Entonces mi teléfono comenzó a sonar.
Era Alejandro.
Rechacé la llamada.
Volvió a llamar.
La rechacé de nuevo.
Al tercer intento, contesté.
—¿Qué quieres?
Su voz sonaba desesperada.
—Mariana, tienes que regresar a casa ahora mismo.
—Estoy hablando con Elena.
Al otro lado de la línea hubo un silencio.
Después escuché una voz de mujer.
Beatriz.
—¡Dile que no toque esos documentos!
Alejandro intentó cubrir el micrófono, pero ya era demasiado tarde.
Me incorporé de golpe.
—¿Qué documentos?
Él volvió a hablar.
—Mariana, por favor, no hagas nada sin escucharme primero.
—¿Qué documentos, Alejandro?
Su respiración se volvió agitada.
Y entonces pronunció una frase que hizo que Elena me mirara con alarma.
—Mi mamá encontró el testamento de mi papá. Y si lo lees, vas a entender por qué Camila tenía que venir a vivir con nosotros.
La llamada se cortó.
Me quedé mirando la pantalla.
Elena tomó mi mano.
—Mariana, no regreses sola.
Pero yo ya estaba pensando en otra cosa.
Si existía un testamento que explicaba la llegada de Camila, también podía explicar por qué mi suegra estaba dispuesta a humillar a una niña de tres años para conseguir lo que quería.
Me levanté y guardé el teléfono.
—Tengo que volver por Valentina.
Elena se puso de pie conmigo.
—Voy contigo.
—No quiero ponerte en peligro.
—No me importa. Esa niña necesita que alguien diga la verdad.
Salimos de la cafetería.
Al acercarnos a la casa, vi que la puerta principal estaba entreabierta.
Me detuve.
Había una maleta junto a la entrada.
La mía.
La que había dejado al llegar.
Ahora estaba abierta y varias prendas estaban esparcidas por el piso.
Entré corriendo.
—¡Valentina!
No escuché respuesta.
Subí las escaleras de dos en dos y abrí la puerta de mi habitación.
La cama estaba vacía.
Las cobijas habían sido retiradas y el cajón donde guardaba la ropa de mi hija estaba abierto.
Entonces vi a Alejandro en el pasillo, sosteniendo una mochila rosa.
—¿Dónde está mi hija? —grité.
Él palideció.
—Mariana, cálmate.
—¡¿Dónde está Valentina?!
Mi suegra apareció detrás de él.
Tenía una carpeta de documentos apretada contra el pecho.
—La niña está bien —dijo—. Pero tú y Alejandro necesitan resolver sus problemas antes de que vuelvas a verla.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué acabas de decir?
Beatriz levantó la barbilla.
—No puedes llevártela mientras no entiendas las consecuencias de lo que estás haciendo.
Me acerqué a Alejandro.
—¿Dónde está mi hija?
Él miró hacia la escalera.
Y en ese instante escuché un pequeño sollozo detrás de la puerta del cuarto de servicio.
Corrí hacia ella.
Estaba cerrada con llave.
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Desde el otro lado, la voz de mi niña llegó débil y asustada.
—¡Mami! ¡Mami, ven por mí!
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