Chapter 5: La mujer que sabía demasiado sobre mi matrimonio
A las ocho de la mañana, mi padre ya había llamado a dos personas para averiguar dónde se encontraba Richard Harrington.
No obtuvo una respuesta inmediata.
El hombre llevaba años alejado de las operaciones de la empresa familiar y, según los registros disponibles, había dejado de participar en las reuniones corporativas mucho antes de que yo conociera a Daniel.
Sin embargo, algo no encajaba.
Si Richard se había marchado por voluntad propia, ¿por qué alguien afirmaba que había descubierto un plan contra mí?
La señora Bennett llegó poco después de las nueve.
Llevaba una carpeta nueva y una expresión que no conseguí interpretar.
—He revisado los correos que recibiste —me dijo—. No podemos confirmar todavía quién los envió ni si todos los documentos son auténticos. Pero hay suficiente información para justificar una investigación más amplia.
—¿Y si Daniel intenta borrar las pruebas?
—Por eso debemos preservar los mensajes y solicitar formalmente los documentos relevantes. No vamos a depender de lo que él decida contarnos.
Mi padre se sentó junto a ella.
—¿Encontraste algo sobre Richard?
La abogada abrió la carpeta.
—Hace seis años, Richard era uno de los responsables de las operaciones comerciales de Harrington. Después de una disputa interna, dejó su puesto. Sin embargo, hay registros de que siguió participando en ciertas reuniones durante varios meses.
—¿Y luego?
—Su nombre desaparece de los documentos principales. Pero eso no significa que desapareciera de la empresa.
La miré.
—¿Qué significa?
—Que pudo haber seguido participando a través de otra sociedad. Todavía no sabemos cuál era su función exacta.
Mi padre se recostó en la silla.
—¿Tiene relación con Northbridge Holdings?
La abogada asintió.
—Es una de las posibilidades que estamos verificando.
Sentí un escalofrío.
Aquella sociedad aparecía en el documento que llevaba mi nombre. Y ahora también estaba relacionada con el hombre al que la familia Harrington había apartado de su historia oficial.
—Quiero hablar con Richard —dije.
Mi padre me miró con preocupación.
—Primero debemos localizarlo y comprobar que la información que recibimos sea confiable.
—No quiero enfrentarme a él. Solo quiero preguntarle por qué alguien cree que sabe lo que Daniel y Linda planeaban hacer conmigo.
La señora Bennett cerró la carpeta.
—Si conseguimos localizarlo, podemos organizar una conversación con las precauciones necesarias. Pero, mientras tanto, no te recomiendo contactar directamente a Linda.
Como si hubiera escuchado su nombre, mi teléfono empezó a sonar.
Era mi suegra.
Dejé que la llamada terminara.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
Finalmente, envió un mensaje.
«Sarah, debemos hablar como mujeres adultas. Lo que ocurrió en Nochebuena fue un malentendido. No permitas que tu padre destruya el futuro de Daniel por un arranque de orgullo».
Leí el mensaje en voz alta.
Mi padre soltó una risa sin humor.
—Un malentendido.
La señora Bennett levantó una ceja.
—¿Reconoce que la golpeó?
—Por supuesto que no. Linda jamás admitiría algo así si creyera que podría perjudicarla.
No respondí a mi suegra.
En cambio, guardé el mensaje y le envié una copia a la abogada.
Durante los días siguientes, Linda intentó comunicarse conmigo por diferentes medios.
Primero llamó desde el teléfono de Vanessa.
Después envió una tarjeta a la casa de mi padre, acompañada de un ramo de flores blancas.
La tarjeta decía:
«Las familias cometen errores. Las mujeres inteligentes saben cuándo dejar de castigarse unas a otras».
No había una disculpa.
Ni siquiera una referencia a Emma.
Solo una nueva forma de culparme por no haber aceptado sus condiciones.
Dejé las flores en el recibidor y guardé la tarjeta.
No quería que la presencia de Linda en mi vida dependiera de sus palabras bonitas ni de los regalos que pudiera enviar.
Mientras tanto, Daniel comenzó a enviar mensajes sobre Emma.
Al principio preguntaba si había dormido bien. Después empezó a solicitar fotografías y a decir que extrañaba a su hija.
Yo respondía únicamente a las preguntas relacionadas con su bienestar y mantenía un registro de las conversaciones.
No quería castigar a Emma privándola de su padre. Pero tampoco iba a fingir que nada había ocurrido.
Una tarde, mientras ayudaba a mi hija a colorear una hoja, ella me preguntó:
—Mami, ¿papá ya no vive con nosotras?
Dejé el crayón sobre la mesa.
—Por ahora no, mi amor.
—¿Porque se portó mal?
Respiré lentamente.
—Porque papá y mamá tienen problemas que necesitan resolver. Los adultos a veces necesitan vivir separados mientras encuentran la mejor manera de hacer las cosas.
Emma miró su dibujo.
—¿Y si vuelve a dejar que la abuela te pegue?
La abracé.
—No voy a permitir que eso vuelva a pasar. Y tú tampoco tienes que quedarte cerca de alguien que te asuste.
Ella asintió, aunque no parecía completamente convencida.
Aquella noche entendí que no bastaba con salir de la casa de Linda. También tenía que ayudar a mi hija a recuperar la sensación de seguridad que había perdido en aquella mesa de Navidad.
Al quinto día, la señora Bennett recibió una llamada.
Richard Harrington había aceptado hablar con nosotros.
No quería reunirse en una oficina ni en la casa de mi padre. Propuso encontrarnos en una cafetería tranquila al norte de Chicago, lejos de los lugares frecuentados por la familia.
Mi padre insistió en acompañarme.
La abogada también estaría presente.
Cuando llegamos, Richard ya estaba sentado junto a una ventana.
Parecía mayor que en las fotografías. Tenía el cabello canoso, una barba cuidadosamente recortada y una expresión cansada.
Al verme, se levantó.
—Tú debes ser Sarah.
—Sí.
Me ofreció la mano.
—Lamento que nos conozcamos en estas circunstancias.
Nos sentamos.
Richard pidió café negro. Yo pedí té, aunque apenas pude probarlo.
Mi padre fue directo al asunto.
—Richard, necesitamos saber qué ocurrió con Northbridge Holdings y por qué alguien cree que Daniel y Linda tenían un plan relacionado con Sarah.
Richard miró hacia la ventana antes de responder.
—Porque hubo un plan. Pero no comenzó exactamente como la gente cree.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Qué significa eso?
Richard juntó las manos sobre la mesa.
—Cuando conocí a Daniel, era un joven ambicioso. Quería demostrarle a su padre que podía dirigir la empresa. Linda siempre lo había protegido, pero también le recordaba constantemente que debía estar a la altura del apellido Harrington.
—Eso no explica por qué aparezco en los documentos —dije.
—Lo sé. Voy a llegar a eso.
Richard respiró profundamente.
—La empresa estaba en problemas. Tu padre ofreció una solución financiera que podía salvarla, pero el acuerdo exigía transparencia y ciertas garantías. Tu padre no quería que su inversión terminara siendo utilizada para cubrir pérdidas que nadie había declarado.
Mi padre asintió.
—Eso es correcto.
—Yo descubrí que había operaciones que no estaban reflejadas correctamente en los informes internos. Se lo dije a Linda. Ella me pidió que guardara silencio hasta que pudieran reorganizar la empresa.
—¿Y tú qué hiciste? —pregunté.
—Me negué.
Richard miró directamente a mi padre.
—Después de eso, dejaron de incluirme en las reuniones. Mis responsabilidades fueron transferidas a otras personas y me hicieron entender que mi presencia ya no era bienvenida.
—¿Daniel estaba involucrado? —pregunté.
Richard bajó la mirada.
—Al principio, no lo sé. Pero unos meses después empezó a reunirse conmigo en privado. Quería que lo ayudara a comprender los acuerdos comerciales que su padre había dejado pendientes.
—¿Y lo ayudaste?
—Sí. Era mi sobrino. Pensé que quería arreglar las cosas.
Richard se detuvo.
—Hasta que me mostró una propuesta que incluía una autorización vinculada a tu nombre.
Me incliné hacia delante.
—¿Qué autorización?
—Una estructura financiera en la que tú aparecerías como parte de una garantía relacionada con los acuerdos de la empresa. En ese momento, todavía no estabas casada con Daniel.
Sentí que el estómago se me contraía.
—¿Mi nombre ya aparecía en esos documentos antes de nuestra boda?
—Sí.
Mi padre se puso rígido.
—¿Quién propuso utilizar su nombre?
Richard tardó unos segundos en contestar.
—Linda.
La palabra cayó sobre la mesa como una piedra.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque sabía que eras hija de Robert Mitchell y que tu padre tenía una relación comercial con la empresa. Creía que, si ustedes dos se casaban, sería más fácil mantener una relación favorable entre las familias.
No pude hablar.
Richard continuó:
—Pero no quiero que malinterpretes algo. No tengo pruebas de que Daniel empezara a salir contigo exclusivamente por dinero. Lo que sí vi fue que, después de conocerte, empezó a interesarse mucho más por los documentos que antes apenas quería revisar.
Mi padre apretó los puños.
—¿Y por qué no nos advertiste?
Richard aceptó la pregunta sin defenderse.
—Porque me convencí de que podía detenerlo desde dentro. Creí que Daniel era joven, que estaba confundido y que no llegaría tan lejos. Cuando entendí que las cosas podían volverse más graves, ya me habían apartado de la empresa.
—¿Qué ocurrió con la propuesta? —preguntó la señora Bennett.
—Desapareció de los archivos que yo podía consultar. Después me dijeron que la operación se había cancelado.
Me quedé mirando a Richard.
—¿Entonces por qué aparece ahora mi firma?
—No lo sé. Pero si alguien utilizó una versión posterior del mismo documento, podría significar que la operación nunca se canceló realmente.
La abogada anotó cada palabra.
—¿Conservas alguna prueba?
Richard asintió.
Sacó un sobre del interior de su abrigo.
—Guardé copias de algunos correos y de una versión preliminar de la propuesta. No sabía si algún día servirían para algo.
Deslizó el sobre hacia la abogada.
Ella no lo abrió inmediatamente.
—Gracias. Vamos a revisar su contenido y comprobar su autenticidad antes de sacar conclusiones.
Richard se volvió hacia mí.
—Sarah, hay algo que necesito decirte. No sé si Daniel llegó a amarte de verdad. Eso solo él puede responderlo. Pero sí sé que Linda veía tu matrimonio como una oportunidad para acercarse a tu padre y asegurar el futuro de la empresa.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—¿Y Daniel?
Richard bajó la voz.
—Daniel sabía que su madre tenía ese interés. Lo que todavía no sabemos es hasta dónde estuvo dispuesto a llegar para complacerla.
Salí de la cafetería con la sensación de haber perdido una parte de mi vida que nunca había conocido realmente.
Mi padre me acompañó hasta el automóvil.
—No tienes que resolver todo hoy, hija.
Asentí.
Pero, mientras nos alejábamos, recibí un mensaje de Vanessa.
«Sarah, tienes que venir a la casa de mamá. Encontré algo que Daniel no sabe que existe. Y si Linda descubre que te lo conté, me va a destruir».
Debajo había una fotografía de una caja fuerte abierta.
En su interior se veía una carpeta con mi nombre completo.
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Y una fecha escrita en la cubierta.
La fecha exacta de mi boda.
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