Chapter 5: Mi esposo me ofreció devolverme a su padre a cambio de una sola cosa: el silencio de nuestra hija
A las ocho de la mañana, Ryan apareció frente al hospital con un ramo de rosas blancas y una expresión de hombre arrepentido.
Lo vi desde la ventana de la habitación de Lily.
Llevaba el mismo traje azul marino que había usado en la fiesta, aunque ahora tenía la camisa arrugada y ojeras profundas.
Durante un instante, recordé al hombre del que me había enamorado.
El hombre que me esperaba afuera de la oficina con café cuando yo tenía un día difícil. El que había llorado cuando nació Lily y prometió que nunca permitiría que nadie la lastimara.
Después recordé a mi hija llorando en el suelo de mármol.
Recordé su mensaje amenazándome con quitármela.
Y la nostalgia desapareció.
—Mami, ¿quién es ese señor? —preguntó Lily al ver que yo observaba por la ventana.
Me volví hacia ella.
—Es tu papá.
Lily bajó la mirada.
—¿Va a dejar que la abuela me vuelva a pegar?
No supe qué responder inmediatamente.
Me senté junto a su cama y le tomé la mano.
—No voy a permitir que nadie te lastime, mi amor. Y hasta que sepamos que estás segura, tú decides si quieres verlo o no.
Lily asintió.
No pidió que lo dejara entrar.
Aquello me dolió más que cualquier insulto.
Ryan llamó cinco veces antes de que aceptara hablar con él en una sala privada del hospital. Gabriela me había advertido que no debía reunirme con él a solas, así que Laura permaneció cerca y la abogada escuchó la conversación por teléfono.
Cuando entré, Ryan se puso de pie.
—Emily.
Dejó las rosas sobre una mesa.
—¿Cómo está Lily?
—Estable.
Pareció aliviado.
—Quiero verla.
—Ella no quiere verte ahora.
Ryan cerró los ojos, como si acabara de recibir una bofetada.
—Es mi hija.
—Entonces debiste comportarte como su padre cuando te necesitó.
Bajó la cabeza.
Durante unos segundos, casi creí que iba a disculparse.
—Lo de mi madre fue terrible —dijo finalmente—. Nunca debió pasar.
—¿Eso es una disculpa?
—Estoy intentando arreglarlo.
—No puedes arreglar una agresión fingiendo que no ocurrió.
Ryan se sentó y se frotó las manos.
—Mi mamá está fuera de control desde hace meses. La situación con mi padre la ha afectado mucho.
—¿Y a ti?
Me miró.
—¿Qué?
—¿Cómo te ha afectado mantener a tu padre encerrado durante tres años?
Su rostro cambió.
La máscara de esposo preocupado desapareció.
—No estaba encerrado.
—¿Entonces podía salir cuando quisiera?
Ryan guardó silencio.
—¿Podía hablar por teléfono? ¿Podía recibir visitas? ¿Podía decirle a alguien que estaba vivo?
—Emily, las cosas son más complicadas de lo que parecen.
—Siempre dices eso cuando te descubren mintiendo.
Se puso de pie.
—¡Porque no sabes toda la historia!
—Entonces cuéntamela.
Ryan caminó hasta la ventana y se quedó mirando el estacionamiento.
Cuando volvió a hablar, su voz era más baja.
—Mi padre descubrió que yo había cometido errores con algunas inversiones. Perdí dinero que no debía perder y utilicé recursos de la empresa para cubrir parte de las pérdidas. Pensé que podría recuperarlo antes de que alguien lo notara.
—Pero él lo descubrió.
—Sí.
—¿Y por eso fingiste su muerte?
Ryan giró bruscamente.
—¡Yo no organicé el funeral!
—Firmaste los pagos a una clínica seis meses después de que supuestamente murió.
Su expresión se endureció.
—¿De dónde sacaste eso?
—No importa.
—¡Claro que importa! Esos documentos son privados.
Solté una risa amarga.
—¿Privados? ¿También era privado el derecho de mi hija a conocer a su abuelo?
Ryan no respondió.
Me acerqué un paso.
—¿Qué le hiciste, Ryan?
Se dejó caer en una silla.
Por primera vez, parecía verdaderamente cansado.
—Al principio, mamá me dijo que papá necesitaba descansar. Que estaba demasiado enfermo para enfrentarse a los problemas de la empresa. Después, cuando anunciaron su muerte, ya era demasiado tarde para decir la verdad sin perderlo todo.
—¿Y decidiste continuar mintiendo?
—Tenía miedo.
—¿De qué? ¿De ir a la cárcel? ¿De perder dinero? ¿De que tu padre descubriera quién eras realmente?
Ryan se cubrió la cara.
—No entiendes lo que significa para alguien como yo perder el control de todo.
Lo miré sin sentir compasión.
—¿Y sabes lo que significa para una niña de seis años que su abuela le golpee la cabeza con una botella y su padre le diga a su madre que se disculpe?
Ryan levantó la mirada.
Tenía los ojos enrojecidos.
—Lo siento.
Aquellas dos palabras llegaron demasiado tarde.
—¿Por qué me citaste en la residencia?
Su expresión volvió a endurecerse.
—Porque quiero que me ayudes a resolver esto antes de que sea demasiado tarde.
—¿Qué quieres?
—El reloj.
Negué con la cabeza.
—No.
—Emily, ese reloj pertenece a mi familia.
—Frank se lo dio a Lily.
—¡No sabes eso!
—Mi hija me lo contó. Y tú sabes que está diciendo la verdad.
Ryan se inclinó hacia mí.
—Escúchame bien. Mi padre está muy enfermo. Si la situación se hace pública, puede que no sobreviva al escándalo.
—No uses su salud para manipularme.
—No es manipulación. Estoy intentando protegerlo.
—¿Protegiéndolo de quién? ¿De ti?
Ryan apretó los labios.
Después sacó un documento doblado del bolsillo interior de su saco.
Lo colocó sobre la mesa.
Era una copia del testamento de Frank.
La cláusula principal reservaba una parte considerable de sus bienes para Lily y establecía condiciones para que Ryan pudiera administrar determinados activos.
—Mi padre cambió esto poco antes de desaparecer —explicó—. Si se demuestra que sigue vivo, el testamento vuelve a tener consecuencias legales que podrían destruir la empresa.
—¿Por eso lo escondieron?
—Mi madre pensó que podía mantenerlo estable hasta que encontráramos una solución.
—¿Y tú aceptaste?
—No tenía otra opción.
Me levanté.
—Siempre tienes otra opción, Ryan. Lo que pasa es que elegiste la que más te convenía.
Él golpeó la mesa con la palma.
—¡No entiendes! Si mi padre declara que utilicé el dinero, puedo perder todo lo que tengo. La empresa, la casa, nuestras cuentas…
—¿Nuestras cuentas?
Lo miré fijamente.
—¿También has utilizado mi dinero?
Ryan se quedó inmóvil.
No necesitó responder.
Recordé los ahorros que había recibido después de vender el pequeño departamento que heredé de mi abuela. Había transferido parte de ese dinero a una cuenta conjunta porque Ryan me aseguró que lo invertiría en un fondo seguro para el futuro de Lily.
—¿Dónde está mi dinero?
—Emily…
—¡Contéstame!
Se pasó una mano por el rostro.
—Parte se utilizó para cubrir obligaciones temporales de la empresa. Iba a reponerlo.
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
No se había limitado a ocultar a su padre.
También había dispuesto de los ahorros que yo había reservado para nuestra hija.
—¿Cuánto?
Ryan mencionó una cantidad.
Era casi todo lo que yo había aportado.
Tuve que sujetarme del respaldo de una silla.
—Ese dinero era para Lily.
—Lo sé.
—No. Si lo supieras, no lo habrías tocado.
Ryan se acercó.
—Puedo devolvértelo. Solo necesito tiempo.
—¿Y qué quieres a cambio?
Miró el documento sobre la mesa.
—Que no entregues el reloj. Que no hables con la policía sobre los asuntos de mi padre y que convenzas a Teresa de retirar sus declaraciones.
Lo observé, incrédula.
—¿Y Lily?
Ryan bajó la voz.
—Necesito que digas que lo de la botella fue un accidente. Que no recuerdas exactamente cómo ocurrió.
Por unos segundos no pude hablar.
Allí estaba.
La verdadera razón de su visita.
No había ido al hospital para disculparse.
Había ido a comprar mi silencio.
—¿Quieres que mienta sobre lo que le hicieron a nuestra hija?
—Quiero evitar que esto destruya a la familia.
—La familia ya está destruida, Ryan.
—¡No! Todavía podemos arreglarlo. Podemos mudarnos, empezar de nuevo, llevar a Lily lejos de mi madre.
Te daré el dinero. Te lo prometo.
Me acerqué a él.
—¿Y tu padre? ¿Lo vas a dejar encerrado?
Ryan apartó la mirada.
—No puedo liberarlo todavía.
—Entonces no tienes nada que ofrecerme.
Tomé mi bolso y caminé hacia la puerta.
Ryan me siguió.
—Emily, espera.
Me detuve sin voltear.
—Si haces esto, no habrá vuelta atrás.
Lo miré por última vez.
—La vuelta atrás terminó cuando nuestra hija te pidió ayuda y tú elegiste defender a la mujer que la lastimó.
Salí de la sala.
Laura me esperaba en el pasillo.
Al ver mi rostro, comprendió que la conversación había salido mal.
—¿Qué te dijo?
—Que quiere comprar mi silencio.
Le conté lo del dinero.
Laura me abrazó con fuerza.
—Vamos a recuperar cada peso que puedas demostrar que te quitó.
Pero antes de que pudiéramos regresar a la habitación de Lily, Gabriela nos llamó.
Había recibido una actualización sobre la investigación preliminar y necesitaba que revisáramos unos documentos.
Nos reunimos con ella en una oficina del hospital.
Sobre el escritorio había varias copias de transferencias bancarias.
—Encontramos una relación entre Inversiones del Bajío y una empresa de Arturo Beltrán —explicó—. Todavía falta verificar todos los movimientos, pero parte del dinero salió de una cuenta vinculada a los Whitmore y terminó en una sociedad relacionada con Beltrán.
—¿Para qué? —pregunté.
Gabriela señaló una transferencia.
—La descripción del pago menciona un anticipo para la adquisición de unos terrenos.
Reconocí inmediatamente la ubicación.
Eran los terrenos donde Frank había planeado construir un complejo hotelero antes de su supuesta muerte.
Arturo Beltrán llevaba años intentando comprarlos.
—¿Ryan vendió las propiedades de su padre?
—No podemos afirmarlo todavía. Pero hay indicios de que alguien intentó modificar la titularidad de ciertos activos durante el periodo en que Frank figuraba como fallecido.
Sentí un escalofrío.
—Entonces no querían solamente su dinero. Querían sus terrenos.
Gabriela asintió.
—Y necesitamos saber quién firmó las autorizaciones.
Laura observó los documentos.
—¿Hay alguna forma de demostrar que Frank estaba vivo cuando se realizaron los pagos?
Gabriela señaló una factura médica.
—Este documento indica que recibió atención meses después de su supuesta muerte. Si la clínica confirma que corresponde a él, sería una prueba importante.
En ese momento, mi teléfono comenzó a vibrar.
Era un número desconocido.
Contesté.
—¿Bueno?
Una voz masculina respondió.
—Señora Emily, soy el doctor Salgado.
Sentí que se me tensaban los hombros.
—¿Qué quiere?
—Necesito hablar con usted sobre Frank Whitmore.
Gabriela hizo una señal para que activara el altavoz.
—La escucho —respondí.
El médico respiró profundamente.
—Hay cosas que se han dicho sobre mí que no son ciertas. Yo no participé voluntariamente en ninguna falsificación.
—Entonces explique por qué firmó un certificado de defunción irregular.
Hubo un silencio.
—Porque me amenazaron.
—¿Quién?
—No puedo hablar por teléfono.
Gabriela intervino.
—Si tiene información relevante, debe entregarla a las autoridades y a su representante legal.
El médico pareció sorprendido.
—¿Está usted con una abogada?
—Sí —contesté.
Se escuchó una silla arrastrándose al otro lado de la línea.
—Entonces necesito que sepa algo. El señor Frank no fue el único al que obligaron a guardar silencio.
Me incorporé.
—¿A qué se refiere?
—Su esposo me pidió que examinara a Lily hace dos años, cuando la niña todavía era muy pequeña. Quería saber si tenía alguna condición médica que pudiera afectar su capacidad para heredar bienes en el futuro.
Sentí que el estómago se me revolvía.
—¿Qué?
—No acepté hacer una evaluación de ese tipo sin una justificación médica. Pero Ryan insistió. Dijo que su padre había establecido unas condiciones especiales en el testamento.
Miré a Gabriela.
Ella había comenzado a tomar notas.
—¿Y qué hizo usted? —pregunté.
—Me negué. Pero después recibí una visita de Arturo Beltrán. Me dijo que mi clínica podía perder sus contratos si yo hablaba sobre la situación de Frank.
La llamada comenzó a llenarse de interferencias.
El médico bajó la voz.
—Tengo copias de algunos documentos. También tengo algo que pertenece a Frank y que puede demostrar quién organizó todo esto.
—¿Qué cosa?
Su respuesta me dejó inmóvil.
—Una grabación de la noche en que anunciaron su muerte.
Antes de que pudiera preguntarle dónde estaba, escuché una voz detrás de él.
Una voz femenina que reconocí inmediatamente.
Diane.
—¡Doctor Salgado! ¿Con quién está hablando?
El médico susurró:
—Tengo que colgar.
La llamada terminó.
Gabriela se puso de pie.
—Voy a comunicar esto de inmediato a las autoridades.
Yo me quedé mirando el teléfono.
Ryan sabía que Lily podía heredar parte de la fortuna de Frank.
Había intentado utilizar nuestro dinero para cubrir sus pérdidas.
Y ahora un médico aseguraba tener una grabación de la noche en que fingieron la muerte de mi suegro.
Pero lo que más miedo me daba era otra cosa.
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Diane acababa de encontrar al doctor Salgado.
Y si ella sabía que nosotros habíamos hablado con él, quizá también sabía que estábamos a punto de descubrir quién había ordenado realmente el encubrimiento.
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