Chapter 5: Los doscientos cuarenta mil dólares no eran más que el principio
A la mañana siguiente, la detective Collins me pidió que acudiera a una oficina del departamento de policía para revisar los documentos encontrados en casa de Anna.
Yo no quería alejarme del hospital, pero Lily estaba estable y una enfermera de confianza se había ofrecido a permanecer con ella mientras yo regresaba.
Antes de irme, mi hija me hizo prometer tres veces que volvería antes de la hora de la comida.
—No quiero que me dejes como mamá —susurró.
Me arrodillé junto a su cama.
—Escúchame bien, mi amor. Tu mamá no te dejó porque quisiera. Ella te amó hasta el último momento, y yo nunca voy a abandonarte.
Lily me abrazó con cuidado.
Me quedé con ella unos minutos más, hasta que la vi sonreír por primera vez desde el incidente.
Aquella sonrisa me recordó por qué no podía permitirme caer.
No importaba cuántas mentiras hubiera detrás de aquella conspiración.
No importaba quién estuviera involucrado.
Iba a descubrir la verdad.
En la oficina de Collins había varias carpetas sobre una mesa.
La detective había solicitado la colaboración de especialistas financieros para revisar los movimientos del fideicomiso y las operaciones relacionadas con la fundación de Evelyn.
—Tenemos que distinguir entre las irregularidades que podemos documentar y las sospechas que todavía necesitan pruebas —me explicó.
Asentí.
Sobre la mesa había copias de las transferencias, contratos de representación y documentos que Michael había presentado en nombre de una empresa privada.
—¿Qué encontraron? —pregunté.
Collins abrió una carpeta.
—Los doscientos cuarenta mil dólares que mencionamos anoche no fueron transferidos directamente a la cuenta personal de Evelyn. Pasaron por una empresa registrada a nombre de un tercero.
—¿Y después?
—Una parte se utilizó para pagar deudas comerciales. Otra parte terminó en una cuenta vinculada a una compañía que aparece en los documentos de su esposa.
Me apoyé en la silla.
—¿Eso significa que Evelyn robó el dinero?
—Todavía no podemos atribuirle cada operación. Pero la ruta financiera es sospechosa y estamos solicitando los registros completos.
La detective me mostró una copia de la solicitud de transferencia más reciente.
El monto era de un millón doscientos mil dólares.
La operación había sido iniciada mediante un documento que supuestamente autorizaba a un representante a gestionar cambios en el fideicomiso.
La firma de Michael aparecía en varias páginas.
—¿Pueden detener la transferencia?
—El banco ha suspendido provisionalmente la operación mientras verifica la documentación y atiende las solicitudes legales correspondientes. No podemos asegurar que todo el dinero anterior sea recuperable, pero estamos siguiendo el rastro.
Sentí un alivio breve.
Al menos, todavía era posible proteger una parte de la herencia de Lily.
Entonces la detective colocó otro documento frente a mí.
—Hay algo que no cuadra.
La autorización bancaria llevaba una fecha anterior a la enfermedad de Anna.
—¿Qué significa?
—Que alguien estaba preparando cambios en la administración del fideicomiso mucho antes de que su esposa muriera.
Me quedé inmóvil.
—¿Cuánto antes?
—Casi un año.
Recordé aquel periodo.
Anna estaba trabajando normalmente. Lily todavía asistía a clases de natación los sábados y nuestra mayor preocupación era decidir si cambiaríamos de casa al terminar el ciclo escolar.
Nada parecía fuera de lugar.
Hasta que Anna empezó a recibir llamadas que contestaba en otra habitación.
Cuando le preguntaba quién era, me decía que estaba resolviendo un asunto de trabajo.
Yo nunca insistí.
Confiaba en ella.
Ahora me preguntaba si mi esposa había intentado protegerme de algo que ya estaba creciendo a nuestro alrededor.
—¿Michael tenía acceso a sus cuentas en aquella época? —preguntó Collins.
—No a las personales. Pero sabía mucho sobre las finanzas de la familia porque Anna le había pedido consejo en una ocasión.
La detective anotó la respuesta.
—¿Recuerda qué consejo?
Me esforcé por recordar.
—Mi esposa estaba preocupada porque una inversión de la fundación de Evelyn no había producido los resultados que le prometieron. Michael le dijo que esperara unos meses antes de retirar el dinero.
Collins levantó la vista.
—¿Y ella lo hizo?
—Sí. Creo que esa fue la última vez que habló de aquella inversión conmigo.
La detective consultó una nota.
—La empresa que recibió parte del dinero del fideicomiso tiene relación con aquella inversión.
Sentí un escalofrío.
No sabía si se trataba de una coincidencia o de algo mucho más grave.
Pero cada nuevo documento apuntaba a la misma conclusión: la herencia de Lily llevaba tiempo expuesta a personas que conocían sus condiciones y sabían cómo aprovecharse de ellas.
Collins abrió la carpeta que contenía la lista de nombres escrita por Anna.
—Hay una persona que necesitamos localizar. Se llama Patricia Moreno. Fue contadora externa de la fundación durante varios años.
—¿Sabe dónde está?
—Dejó de trabajar con Evelyn hace aproximadamente un año. Su dirección actual está siendo verificada.
La detective señaló una anotación junto al nombre.
Anna había escrito:
*Patricia tiene la copia original. Si desaparece, revisa los archivos del fideicomiso.*
—¿Qué copia original? —pregunté.
—Todavía no lo sabemos. Pero podría tratarse de los registros que permitirían determinar quién autorizó las transferencias.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, un agente entró en la oficina.
—Detective, Michael Hart acaba de llamar a la central. Dice que quiere cooperar.
Me levanté de golpe.
—¿Dónde está?
—No proporcionó una ubicación. Preguntó si podía hablar con usted antes de hacer una declaración formal.
Collins negó con la cabeza.
—No vamos a permitir una reunión privada. Si quiere cooperar, tendrá que hacerlo mediante los procedimientos correspondientes.
—¿Y si sabe dónde está el dinero? —pregunté.
—Entonces tendrá la oportunidad de explicarlo.
El agente dejó una hoja sobre la mesa.
Era una declaración breve que Michael había enviado por correo electrónico.
En ella aseguraba que Evelyn había actuado por su cuenta y que él desconocía cualquier intención de poner en peligro a Lily.
También afirmaba que había firmado los documentos del fideicomiso porque Evelyn le dijo que eran formularios administrativos necesarios para proteger la herencia.
Quise creerlo.
Una parte de mí seguía aferrada a los recuerdos de nuestra infancia, a las noches en que Michael me acompañó durante la enfermedad de Anna y a las veces que se sentó junto a Lily para ayudarla con la tarea.
Pero había un detalle que no podía ignorar.
La declaración no explicaba por qué había preguntado por el segundo autoinyector.
Tampoco explicaba la frase que había dicho por teléfono.
Si no aparece, todavía estamos en problemas.
—¿Puede ser una confesión indirecta? —pregunté.
—Es una declaración que necesita verificarse —respondió Collins—. No vamos a sacar conclusiones precipitadas.
La detective pidió al equipo que comparara la declaración con los documentos financieros y los registros de comunicación que pudieran obtener legalmente.
Después me recomendó que no respondiera a los mensajes de Michael.
Yo asentí, pero en el fondo sabía que mi hermano no se quedaría callado mucho tiempo.
A las doce y veinte, recibí una llamada del hospital.
Contesté inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Era la enfermera que atendía a Lily.
—Su hija está bien, señor Hart. Pero una mujer se presentó en recepción diciendo que era una amiga cercana de la familia y pidió entrar a verla.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Quién?
—Se identificó como Victoria Lane. Dijo que usted había autorizado la visita.
Miré a Collins.
La detective se puso de pie.
—¿La dejaron pasar?
—No. El personal verificó las restricciones de acceso y avisó a seguridad. La mujer se retiró antes de que pudiéramos obtener más información.
Le agradecí a la enfermera y colgué.
Victoria Lane era una de las directoras de la fundación de Evelyn.
La había visto en varias cenas benéficas. Era una mujer de unos cincuenta años, siempre sonriente, que hablaba de solidaridad mientras presumía de sus amistades con empresarios y políticos.
Nunca había mostrado demasiado interés por Lily.
¿Por qué quería visitarla justo ahora?
—Necesitamos saber si esa mujer está relacionada con los documentos financieros —dijo Collins.
—¿Cree que pretendía hablar con mi hija?
—No podemos saberlo todavía. Pero, después de lo ocurrido, no vamos a asumir que una visita inesperada es inofensiva.
La detective pidió que el hospital conservara las imágenes de seguridad y registrara cualquier intento de acceso.
Después se sentó frente a mí.
—Daniel, quiero que piense en algo. Si Evelyn quería quitarle la custodia, necesitaba convencer a un juez de que usted era incapaz de cuidar a Lily. El incidente del almuerzo pudo servir para reforzar esa acusación, pero el plan financiero parece tener un alcance mucho mayor.
—Entonces, ¿todo lo que pasó con mi hija fue una distracción?
—Es una hipótesis. Necesitamos saber qué pretendían hacer el viernes.
Volví a mirar la fecha anotada por Anna.
El viernes.
Un plazo que aparecía en los recuerdos de Lily, en los documentos escondidos y en los mensajes que ahora recibíamos de personas desconocidas.
No podía ser casualidad.
A las dos de la tarde, el equipo financiero encontró un registro que cambió la investigación.
Una empresa vinculada a la fundación había solicitado acceso a una cuenta de inversión asociada al fideicomiso.
La solicitud incluía una autorización supuestamente firmada por Anna.
Pero había un problema.
Anna llevaba meses muerta cuando el documento fue presentado.
Miré la firma reproducida en la hoja.
Se parecía a la de mi esposa.
Era tan similar que, de no conocer su letra, habría creído que era auténtica.
—¿Es falsa? —pregunté.
—Los especialistas tendrán que determinarlo —dijo Collins—. Pero la fecha y las circunstancias justifican una investigación inmediata.
El documento autorizaba operaciones por una cantidad que superaba el millón de dólares.
La transferencia no se había completado, pero alguien había intentado utilizar aquella firma para obtener control sobre parte del patrimonio.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza.
No solo habían intentado poner en peligro a mi hija.
También estaban utilizando el nombre de mi esposa, una mujer que había pasado sus últimos meses preocupándose por el futuro de Lily.
—Anna nunca habría firmado algo así —dije.
Collins no me contradijo.
—Entonces necesitamos encontrar pruebas que respalden lo que usted sabe de ella.
En ese momento, un mensaje apareció en el teléfono de la detective.
El equipo había localizado a Patricia Moreno.
Pero antes de que pudieran comunicarse con ella, alguien había entrado a su domicilio.
La mujer no respondía a las llamadas.
Y los vecinos aseguraban que un automóvil oscuro había permanecido estacionado frente a su casa durante varias horas la noche anterior.
Collins tomó su abrigo.
—Vamos a comprobar que esté bien.
Me levanté.
—Voy con ustedes.
—No puedo garantizarle que sea seguro.
—Esa mujer podría saber qué le pasó a la herencia de mi hija. Y quizá también sepa por qué Anna tenía tanto miedo.
La detective me observó unos segundos.
Finalmente, asintió.
—Permanecerá con los agentes y no se acercará a nadie sin autorización.
Mientras salíamos, recibí un mensaje de un número desconocido.
Esta vez no contenía amenazas.
Solo una fotografía.
En ella aparecía Michael entrando a una oficina junto a Evelyn, varios meses antes de la muerte de Anna.
En el reverso de la imagen, alguien había escrito una frase:
*No fue la primera vez que tu hermano ayudó a tu suegra a preparar una mentira.*
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Y debajo aparecía una fecha.
La misma semana en que Anna había comenzado a enfermar.
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