Chapter 6: La amiga de mi esposa que conocía el secreto de su última semana
No terminé de leer la carta de Anna hasta que salió el sol.
Cada línea parecía abrir una herida nueva.
Mi esposa había escrito que, durante las últimas semanas de su enfermedad, algunas cosas dejaron de tener sentido. Documentos que recordaba haber firmado aparecían con cambios que no reconocía. Llamadas que esperaba recibir nunca llegaban. Y una persona de confianza insistía en que aceptara modificaciones en la administración de sus bienes.
Anna no acusaba directamente a nadie.
Era cuidadosa incluso cuando escribía desde el miedo.
Pero había dejado suficientes detalles para que yo comprendiera que sus sospechas no habían nacido de la nada.
En la segunda página, escribió sobre una reunión con Arturo Salgado.
Él le había recomendado modificar ciertas facultades relacionadas con el fideicomiso de Lily. Anna se negó a firmar una autorización amplia porque quería conservar la supervisión de los recursos.
Dos días después, según la carta, descubrió que alguien había solicitado información bancaria en su nombre.
En la tercera página aparecía el nombre de la mujer que debía saber más.
*Claudia Méndez.*
Claudia había sido amiga de Anna desde la universidad. Era enfermera especializada en atención domiciliaria y había acompañado a mi esposa durante varias etapas de su enfermedad.
Yo la recordaba preparando sopa cuando Anna no tenía apetito, organizando sus medicamentos y sentándose junto a ella para conversar cuando el dolor no la dejaba dormir.
Lily también la quería.
La llamaba tía Claudia.
Cuando Anna murió, Claudia asistió al funeral y se quedó varios días ayudándome con los pendientes. Después dejó de visitarnos con tanta frecuencia. Pensé que había retomado su trabajo y que necesitaba tiempo para procesar la pérdida.
Nunca imaginé que mi esposa pudiera haber tenido dudas sobre ella.
La detective Collins llegó poco después de las siete de la mañana. Le entregué la carta y le expliqué cómo había recibido el archivo.
Lo revisó sin hacer comentarios apresurados.
—Necesitamos establecer quién envió el correo y verificar la autenticidad del documento —dijo—. No debemos asumir que todo lo que contiene es cierto solo porque parece escrito por Anna.
—¿Podemos hablar con Claudia?
—Sí, pero quiero que el contacto se haga de manera adecuada. Primero vamos a comprobar si aparece en los registros relacionados con el fideicomiso o con el tratamiento médico.
La detective solicitó apoyo para verificar los datos y me pidió que no intentara contactar a Claudia por mi cuenta hasta tener más información.
Yo quería llamarla inmediatamente.
Quería preguntarle por qué Anna había escrito su nombre junto a una advertencia tan inquietante.
Pero sabía que la detective tenía razón.
Si Claudia conocía algo importante, una confrontación inesperada podía hacer que se cerrara o que alguien más se enterara de nuestras sospechas.
Mientras esperábamos, entré a la habitación de Lily.
Mi hija estaba despierta, mirando por la ventana.
—Buenos días, princesa.
—¿Ya nos vamos a casa?
Me senté junto a ella.
—Todavía no. Los doctores quieren asegurarse de que estés bien antes de dejarte salir.
—¿Y la abuelita?
No supe qué responder de inmediato.
—La policía está investigando lo que pasó.
Lily jugueteó con la esquina de la cobija.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Lo que quieras.
—¿Tú crees que la abuelita me quiere?
La pregunta me dejó sin palabras.
No quería enseñarle a odiar a nadie. Tampoco quería confundirla diciéndole que todo estaba bien cuando había escuchado a Evelyn amenazarla.
—No sé exactamente qué siente tu abuelita, mi amor. Pero sí sé que quererte significa cuidarte, escucharte y mantenerte a salvo. Lo que pasó ayer no estuvo bien.
Lily asintió lentamente.
—Mamá decía que las personas pueden quererte y aun así hacer cosas malas.
Sentí un nudo en la garganta.
—Tu mamá tenía razón.
—Entonces, ¿puedo querer a la abuelita y no querer verla?
La abracé con cuidado.
—Claro que sí. No tienes que decidir ahora qué quieres sentir. Y tampoco tienes que verla si no te sientes segura.
Lily apoyó la cabeza en mi hombro.
Por primera vez desde la emergencia, pareció relajarse.
Comprendí que mi trabajo no consistía solamente en demostrar que Evelyn y Michael habían actuado mal. También tenía que ayudar a mi hija a recuperar la confianza en los adultos, sin obligarla a fingir que nada había ocurrido.
A media mañana, la detective recibió una llamada.
Después de escuchar, me hizo una señal para que saliera al pasillo.
—Localizamos a Claudia Méndez —dijo—. Vive en la ciudad y trabaja en una clínica privada. Aceptó hablar con nosotros, pero pidió que la entrevista fuera presencial.
—¿Qué dijo?
—Que necesita explicar algo relacionado con Anna y que no quiere hacerlo por teléfono.
La miré fijamente.
—¿Sabe que tenemos la carta?
—No se lo hemos dicho.
Un oficial llegó para acompañarnos a una sala privada del hospital donde podíamos hablar sin interrumpir la atención de Lily. Claudia había aceptado acudir allí después de terminar su turno.
Llegó poco antes del mediodía.
Cuando la vi entrar, sentí una mezcla de alivio y resentimiento.
Seguía teniendo el cabello castaño recogido en una coleta, el mismo bolso de tela que llevaba cuando visitaba a Anna y un pequeño dije de plata alrededor del cuello.
Pero sus ojos estaban hinchados.
Parecía no haber dormido.
—Daniel —dijo.
No me abrazó.
Yo tampoco di un paso hacia ella.
La detective le explicó que la conversación formaba parte de una investigación y le preguntó si conocía la existencia de documentos relacionados con las decisiones financieras de Anna.
Claudia miró la mesa.
—Sí.
La palabra salió tan baja que apenas la escuché.
—¿Qué documentos? —preguntó Collins.
—Anna guardó copias de varias autorizaciones. Me pidió que las conservara porque sospechaba que alguien estaba intentando cambiar la administración del fideicomiso de Lily.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
Claudia levantó los ojos.
—Porque Anna me pidió que esperara.
—¿Que esperara dos años?
—Me dijo que, si ella empeoraba, no te entregara los documentos hasta que pudiera verificar quién estaba detrás de las solicitudes. Tenía miedo de que alguien utilizara tu dolor para hacerte firmar algo sin que lo entendieras.
Me levanté de la silla.
—¡Yo era su esposo! ¡Tenía derecho a saberlo!
Claudia no intentó defenderse.
—Sí. Y debí buscar una forma de hablar contigo. Pero después de su muerte, recibí una llamada de Arturo.
La detective se inclinó hacia adelante.
—¿Qué le dijo?
Claudia se frotó las manos.
—Que Anna había estado confundida durante sus últimos días y que algunos documentos podían haber sido firmados bajo el efecto de los medicamentos. Me advirtió que no hiciera acusaciones sin pruebas.
—¿Le pidió que destruyera algo?
—No directamente. Pero me dijo que los papeles que yo tenía podían causarme problemas si se interpretaba que había accedido a información confidencial sin autorización.
La miré, intentando entender.
—¿Y le creíste?
—Tenía miedo, Daniel. Arturo conocía a todos los médicos que habían participado en la atención de Anna. Conocía los trámites, los documentos y la situación económica de la familia. Yo pensé que podía meterme en un problema legal del que no sabría salir.
—¿Qué pasó con las copias?
Claudia abrió su bolso y sacó una carpeta azul.
La colocó sobre la mesa, pero mantuvo una mano encima.
—Antes de entregarla, necesito decirles algo más.
La detective le pidió que continuara.
Claudia tragó saliva.
—Durante la última semana de Anna, una persona insistió en que se modificara una parte de su tratamiento domiciliario. Dijo que era necesario para evitar complicaciones y que el médico ya había autorizado el cambio.
Sentí un frío intenso.
—¿Quién?
Claudia cerró los ojos.
—Evelyn.
La detective no interrumpió.
—Evelyn se presentó una tarde con documentos y dijo que quería ayudar. Aseguró que Anna estaba demasiado cansada para ocuparse de asuntos administrativos. Después pidió revisar las indicaciones médicas y me dijo que debíamos simplificar los horarios de algunos medicamentos.
—¿Tú hiciste el cambio? —pregunté.
Claudia negó rápidamente con la cabeza.
—No. Llamé al médico para verificarlo. Él dijo que no había autorizado ninguna modificación. Cuando volví a buscar a Evelyn, ya se había ido.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Por qué no denunciaste lo que pasó?
—Porque no hubo un cambio en el tratamiento y no tenía pruebas de que hubiera intentado hacerlo por una razón maliciosa. Pensé que había sido otra de sus intromisiones. Después Anna murió y yo no supe qué hacer con mis sospechas.
La detective abrió la carpeta azul con su autorización.
Dentro había copias de correos electrónicos, extractos de documentos financieros y una hoja con anotaciones manuscritas.
Algunas páginas llevaban fechas de las semanas anteriores a la muerte de Anna.
En un correo, Arturo solicitaba a Claudia que confirmara ciertos datos médicos para completar un trámite patrimonial.
En otro, Evelyn preguntaba si Anna todavía tenía capacidad para revisar documentos complejos.
No era suficiente para demostrar un delito, pero sí revelaba que varias personas habían estado discutiendo la salud de mi esposa y el control de sus bienes al mismo tiempo.
Entonces Claudia sacó una hoja doblada.
—Esta es la que más me preocupó.
La detective la tomó con cuidado.
Era una copia de una solicitud de acceso al fideicomiso presentada en nombre de Anna. La firma se parecía a la de mi esposa, pero debajo había una anotación que decía que la autorización estaba pendiente de verificación.
La fecha correspondía a cuatro días antes de su muerte.
—¿Quién presentó esto? —pregunté.
Claudia señaló el espacio donde aparecía el nombre del solicitante.
Michael Hart.
Sentí que las piernas me fallaban.
Mi hermano no solo había firmado documentos para obtener la tutela de Lily.
También había intentado acceder al fideicomiso cuando Anna todavía estaba viva.
—¿Anna sabía que él había presentado esta solicitud? —preguntó la detective.
—Sí —respondió Claudia—. Por eso empezó a guardar copias. Me dijo que Michael había cambiado después de involucrarse en ciertos negocios y que ya no sabía en quién confiar.
Me quedé mirando la firma.
—¿Qué negocios?
Claudia negó con la cabeza.
—Nunca me lo explicó todo. Solo me dijo que había descubierto una relación entre las transferencias del fideicomiso y una empresa que Michael utilizaba para invertir dinero.
La detective revisó el resto de los documentos.
De pronto se detuvo en una página que no habíamos visto antes.
Era un registro de acceso a una cuenta privada vinculada con la administración de Anna.
El nombre de usuario aparecía parcialmente oculto, pero la fecha y la hora eran legibles.
El acceso se había realizado la noche anterior a la muerte de mi esposa.
Y la dirección electrónica utilizada para recuperar la contraseña pertenecía a una cuenta que yo conocía muy bien.
Era la cuenta personal de Evelyn.
Claudia comenzó a llorar.
—Hay algo más que no les he contado —dijo—. La noche antes de morir, Anna me pidió que fuera a verla. Estaba asustada. Me dijo que alguien había entrado a su estudio mientras ella dormía.
—¿Quién? —pregunté.
Claudia me miró directamente.
—No lo vio con claridad. Pero escuchó una voz y reconoció el perfume de Evelyn.
La detective dejó la hoja sobre la mesa.
Durante unos segundos, el único sonido fue el del aire acondicionado.
Entonces Claudia abrió el bolsillo interior de su bolso y sacó un sobre pequeño, amarillento por el paso del tiempo.
—Anna me entregó esto antes de morir —dijo—. Me pidió que solo se lo diera a Daniel si encontraba pruebas de que estaban intentando quitarle a Lily.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
En el frente del sobre estaba escrito mi nombre.
Debajo, con la letra de mi esposa, había una última frase:
*«Daniel, si Michael vuelve a hablarte de dinero, pregúntale qué pasó la noche en que nuestra hija estuvo a punto de quedarse sin madre».*
Miré a Claudia.
—¿Qué pasó esa noche?
Ella apretó los labios.
—No lo sé todo. Pero Michael estuvo en la casa de Anna unas horas antes de que su estado empeorara.
La detective tomó el sobre y lo colocó junto a la carpeta azul.
—Vamos a necesitar verificar cada detalle de lo que acabamos de escuchar.
Asentí, aunque apenas podía pensar.
Mi hermano había estado allí.
La noche antes de que Anna muriera.
Y durante dos años me había ayudado a cuidar de Lily, sentándose a mi mesa, durmiendo bajo mi techo y llamándome familia.
Ahora tenía que enfrentar la posibilidad de que hubiera ocultado mucho más que dinero.
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Mucho más que una conspiración para conseguir la custodia.
Porque si Anna había relacionado a Michael con aquella última noche, entonces el secreto que estábamos a punto de descubrir podía cambiar para siempre todo lo que yo creía saber sobre la muerte de mi esposa.
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