Chapter 4: El hombre de la fotografía sabía cómo murió el padre de Ryan
Ryan contempló la fotografía durante casi un minuto, y cuando finalmente habló, su voz sonó tan distinta que sentí miedo de lo que estaba a punto de decir.
—Conozco a ese hombre.
Me acerqué a la pantalla de su teléfono.
El desconocido de la fotografía tenía el cabello entrecano, una nariz prominente y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda. Vestía un traje oscuro y caminaba junto a Diane, quien aparecía mucho más joven, con un bolso de cuero colgado del brazo.
—¿Quién es? —pregunté.
Ryan se sentó lentamente.
—Arturo Salcedo. Era socio de mi papá.
—¿El hombre que trabajaba con tu padre en la constructora?
Asintió.
—Mi papá confiaba muchísimo en él. Recuerdo que venía a cenar a la casa algunas veces. Cuando yo era niño, me regaló un tren de madera. Mi mamá dijo que Arturo se había mudado a otra ciudad después del accidente.
Ryan amplió la imagen.
—Pero eso no fue lo que pasó.
El mensaje seguía abierto en la pantalla.
«Ese hombre fue el último en ver vivo a tu padre. Y durante treinta y cuatro años, tu madre le pagó para que guardara silencio».
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—No sabemos si es verdad.
—¿Y si lo es?
—Entonces tendremos que averiguarlo con pruebas, no con mensajes anónimos.
Ryan me miró con frustración.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila?
—No estoy tranquila. Estoy tratando de pensar. Tenemos una hija de dos años en esta casa y acabamos de descubrir que tu familia lleva décadas escondiendo secretos.
Al escuchar la palabra «familia», Ryan cerró los ojos.
Lily se había quedado dormida en mis brazos. Su pequeña mano descansaba sobre mi pecho y su respiración comenzaba a regularizarse.
La llevé a su habitación, la acosté con cuidado y me quedé unos segundos observándola.
Tenía los párpados hinchados de tanto llorar.
Le acomodé su conejito de peluche junto a la almohada y le di un beso en la frente.
—Mamá va a cuidarte, mi amor —susurré.
Cuando regresé a la sala, Ryan estaba hablando por teléfono.
—Necesito que me des la dirección actual de Arturo Salcedo —decía—. No, no me sirve que me digas que ya no trabaja con nosotros. Quiero saber dónde está.
Escuché una pausa.
—¿Cómo que murió?
Ryan se quedó inmóvil.
Me acerqué.
—¿Cuándo?
Otra pausa.
Su rostro perdió el color.
—¿Hace tres semanas?
Colgó lentamente.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Ryan me miró.
—Arturo murió hace tres semanas. Según el registro de la empresa, llevaba años jubilado y vivía en una casa a las afueras de Querétaro.
—¿Y su familia?
—No lo sé. El hombre con quien hablé dijo que Arturo tenía una hija, pero que no se ocupaba de los asuntos de la constructora.
Ryan se dejó caer en el sofá.
—Tres semanas, Emily. Alguien sabía que estaba muerto y aun así decidió enviarme esa fotografía hoy.
—Tal vez esa persona tiene documentos.
—O tal vez quiere que hagamos algo antes de que podamos comprobar nada.
Asentí.
Por primera vez desde que Elena había aparecido, Ryan parecía estar pensando con claridad.
—¿Qué vamos a hacer?
Él observó el sobre que Elena había dejado.
—Llamarla. Necesito que me explique todo lo que sabe.
Marcó el número de la tarjeta.
Elena contestó al tercer tono.
—¿Ryan?
—Necesito verte.
—¿Encontraste algo?
—Me enviaron una fotografía de mi madre con Arturo Salcedo. También dicen que él fue el último en ver a mi padre con vida.
Hubo un silencio al otro lado.
No fue un silencio de sorpresa.
Fue un silencio de reconocimiento.
—Elena —insistió Ryan—, ¿sabías que mi madre conocía a Arturo?
—Sí.
Ryan se puso de pie.
—¿Y no pensabas decírmelo?
—No quería acusar a nadie sin pruebas.
—¡Acabas de contarme que mi madre me robó de los brazos de mi verdadera madre! ¿Qué más se supone que debo descubrir por mi cuenta?
La voz de Elena se quebró.
—Tienes razón. Debí contártelo.
Ryan respiró profundamente.
—Voy a ir a verte mañana.
—Puedes venir hoy, si quieres.
Él miró el reloj.
—Ya es tarde.
—Entonces mañana. Pero necesito que vengas solo.
Sentí un escalofrío.
Ryan también lo notó.
—¿Por qué?
—Porque hay algo que debo mostrarte y que no quiero que tu esposa vea antes de que tú lo entiendas.
Me acerqué al teléfono.
—Estoy aquí, Elena. Puedes decirlo delante de mí.
La mujer guardó silencio.
Después habló con una voz mucho más baja.
—No es porque no confíe en ti, Emily. Es porque no sé cómo vas a reaccionar.
—Soy su esposa.
—Lo sé. Y sé que eres la madre de Lily. Precisamente por eso necesito que Ryan escuche primero lo que voy a contarle.
Ryan me miró, incómodo.
—Elena, no voy a ocultarle nada a mi esposa.
—No te estoy pidiendo que lo hagas. Solo te pido que me escuches antes de sacar conclusiones.
Finalmente, acordaron encontrarse al día siguiente a las diez de la mañana.
Cuando Ryan colgó, me rodeó la cintura con los brazos.
—No quiero que esto nos destruya.
Apoyé la frente en su pecho.
—Entonces no vuelvas a elegir a tu madre antes de escucharme.
Él me abrazó con más fuerza.
—No volveré a hacerlo.
Quise creerle.
Pero a las nueve de la noche, mientras preparábamos algo de cenar, sonó el timbre.
Ryan fue a abrir.
Diane estaba en la entrada, con los ojos hinchados y una bolsa de papel entre las manos.
—Vine a ver a mi hijo.
Ryan no se movió.
—No es buen momento.
—Te traje la sopa que te gusta. La hice esta tarde.
Miré la bolsa.
Era una sopa de pollo con verduras, la misma que Diane preparaba cada vez que Ryan se enfermaba.
Durante años, aquel gesto había conseguido que él olvidara cualquier discusión.
Pero esta vez Ryan no sonrió.
—Mamá, necesitamos espacio.
Diane lo miró como si no hubiera entendido.
—¿Me vas a dejar afuera después de todo lo que ha pasado?
—Sí, si vienes a manipularme.
Su madre apretó la bolsa.
—No me hables así.
—Entonces deja de tratarme como si fuera un niño.
Diane levantó la mirada y me vio detrás de él.
Su expresión se endureció inmediatamente.
—Claro. Todo esto es culpa tuya.
Ryan dio un paso al frente.
—No vuelvas a culpar a Emily por tus decisiones.
—¡Ella siempre te ha querido alejar de mí!
—Yo mismo estoy haciendo preguntas, mamá. No necesito que nadie me diga qué pensar.
Diane dejó la bolsa en el suelo.
—Arturo Salcedo era un hombre peligroso. Tu padre lo sabía.
Ryan se quedó completamente quieto.
Yo también.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó él.
Diane tragó saliva.
—Nada.
—Acabas de decir que mi padre sabía que Arturo era peligroso.
—Porque lo era.
Ryan la sujetó de la mirada.
—¿Por qué?
Diane miró hacia la calle, como si estuviera considerando marcharse.
Pero Ryan no le permitió escapar de la pregunta.
—Mamá, ¿qué pasó la noche en que murió mi padre?
Ella comenzó a llorar.
—Tu padre estaba furioso. Había descubierto que Arturo estaba robando dinero de la empresa. Me pidió que no me involucrara.
—¿Y tú qué hiciste?
Diane se limpió las mejillas.
—Intenté ayudarlos a resolverlo.
—¿A quiénes?
Ella no respondió.
Ryan dio un paso hacia ella.
—¿A mi padre o a Arturo?
Diane apretó los labios.
—No sabes lo que estás preguntando.
—Entonces explícame.
Su madre bajó la cabeza.
Durante unos segundos, pensé que finalmente iba a confesarlo todo.
Pero cuando levantó la mirada, su rostro había cambiado.
Ya no parecía una mujer arrepentida.
Parecía alguien que había tomado una decisión.
—Si sigues investigando, Ryan, vas a perder mucho más que a tu madre.
Él palideció.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una advertencia.
—Vete de mi casa.
Diane lo miró con incredulidad.
—¿Me estás echando?
—Sí.
Ella recogió la bolsa de papel del suelo.
Antes de marcharse, se volvió hacia mí.
—Disfruta de tu victoria, Emily. No sabes lo que acabas de provocar.
La puerta se cerró.
Ryan se quedó inmóvil, con las manos apretadas a los costados.
Yo me acerqué a él.
—¿Estás bien?
No respondió.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Era otro mensaje del mismo número desconocido.
Esta vez solo contenía una fotografía.
En ella aparecía un bebé dormido en una cuna blanca.
Al fondo, junto a la puerta, había una mujer que reconocí inmediatamente.
Diane.
Y en el reverso de la imagen, alguien había escrito una frase con tinta azul:
*«El día que Elena fue obligada a marcharse, tu madre no estaba sola. Había otra persona en la habitación».*
Ryan amplió la fotografía.
Su respiración se volvió irregular.
—Emily...
Me acerqué a la pantalla.
Junto a Diane, apenas visible en el reflejo del espejo, aparecía una segunda silueta.
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Un hombre.
Y llevaba el mismo reloj que Arturo Salcedo.
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