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Chapter 4: Mi padre recibió dinero de mi suegra antes de que naciera Noah, pero su verdadera intención era mucho más cruel

La fotografía de mi padre junto a Diane fue la primera prueba de que el hombre que me había abandonado cinco años atrás nunca había desaparecido realmente de mi vida.

Solo había estado esperando el momento adecuado para regresar.

—Necesito saber qué significa esa frase —dije, señalando el reverso de la fotografía—. ¿Qué acuerdo final? ¿Por qué mi padre estaba hablando con mi suegra tres días antes del nacimiento de mi hijo?

Thomas Reed se acomodó en su silla.

Por primera vez desde que lo conocí, parecía incómodo de verdad.

—La fotografía llegó a mis manos durante la investigación. No la tomé yo. Me la entregaron junto con otros documentos para demostrar que existía comunicación entre la señora Carter y el señor Sullivan.

—¿Quién se la entregó?

—Ryan.

Lauren soltó una exclamación de incredulidad.

—¿Ryan le dio una fotografía de su propia madre reuniéndose con el padre de Emily?

Thomas asintió.

—Me pidió que investigara la relación entre ellos porque, según él, su esposa tenía conflictos familiares que podían afectar su estabilidad emocional.

Sentí que me faltaba el aire.

Mi esposo había utilizado los problemas con mi padre como parte de una estrategia para presentarme como una mujer incapaz de cuidar a mi hijo. Sin embargo, al mismo tiempo, parecía saber que Diane y mi padre estaban relacionados.

—¿Y usted nunca se preguntó por qué Ryan quería investigar a su propio suegro? —pregunté.

Thomas sostuvo mi mirada.

—Sí. Por eso seguí revisando los documentos en lugar de entregar el informe que me había solicitado.

La licenciada Patricia Morales intervino.

—Señor Reed, necesito que separemos las sospechas de los hechos verificables. ¿Qué pruebas tiene de que el señor Sullivan recibió ese dinero?

Thomas sacó un comprobante bancario y una copia de un correo electrónico.

—Tengo estos documentos. Todavía debemos confirmar su autenticidad con las instituciones correspondientes. No puedo asegurarles qué servicio se pagó ni cuál era el propósito exacto de la transferencia.

Patricia asintió.

—Entonces empezaremos por ahí.

Yo apenas podía soportar la incertidumbre.

Quería llamar a mi padre.

Quería gritarle que me explicara por qué había aceptado dinero de la mujer que intentaba quitarme a mi bebé.

Quería preguntarle si había visto alguna vez a Noah en una fotografía y si, por un solo instante, había sentido curiosidad por conocer a su nieto.

Pero también tenía miedo de que una llamada impulsiva destruyera la posibilidad de descubrir toda la verdad.

—No voy a buscarlo todavía —dije finalmente—. Quiero saber qué hicieron primero.

Patricia me explicó que conservaríamos las pruebas originales, solicitaríamos una revisión independiente de los documentos y prepararíamos una respuesta legal ante cualquier intento de modificar la custodia de Noah.

También me recomendó que mantuviera una comunicación prudente con Ryan y que no regresara a la casa sin tener claro quién podía estar allí.

Aquella última advertencia me hizo recordar la silueta reflejada en la ventana.

—Hay alguien que estuvo en nuestra casa mientras yo estaba en el hospital —les dije—. No sé quién era.

Thomas volvió a mirar la fotografía.

—¿Está segura de que era un hombre?

—Sí. Y llevaba un reloj que se parece al de mi esposo.

—¿Tiene la imagen original?

Le mostré el mensaje que Ryan me había enviado.

Thomas amplió la fotografía en su computadora y permaneció en silencio durante casi un minuto.

Después señaló una esquina de la ventana.

—Aquí hay algo más.

Se veía una parte del rostro del hombre, apenas iluminada por una lámpara del pasillo.

No era suficiente para identificarlo con certeza.

Pero sí para notar que llevaba unos lentes de armazón oscuro.

Yo conocía a una sola persona que utilizaba ese tipo de lentes y que tenía acceso a nuestra casa.

Mark Sullivan.

Mi padre.

Me levanté de la silla.

—No puede ser.

Lauren me tomó de la mano.

—Emily, no sabemos si es él.

—Tiene la misma complexión. El mismo cabello. Y aparece con Diane en una fotografía tomada tres días antes de que naciera Noah.

Patricia nos pidió que no diéramos por confirmada una identidad a partir de una imagen borrosa.

Yo entendía su razonamiento.

Pero había algo que no podía ignorar.

Mi padre había desaparecido de mi vida justo cuando más lo necesitaba. Ahora su nombre aparecía en documentos relacionados con la custodia de mi hijo, y una fotografía parecía situarlo dentro de mi casa durante el incidente.

¿Qué clase de padre hacía algo así?

Aquella tarde, mientras Lauren me acompañaba de regreso al hospital, recibí una llamada de un número desconocido.

Contesté.

—¿Bueno?

Una voz masculina respondió:

—Emily, soy tu papá.

Me detuve en medio del pasillo.

Durante cinco años había imaginado aquella llamada de muchas maneras. En algunas, mi padre pedía perdón. En otras, explicaba por qué se había marchado. En las peores, me decía que nunca había querido saber de mí.

Jamás imaginé que su voz volvería a aparecer justo cuando mi vida estaba desmoronándose.

—¿Cómo conseguiste mi número?

—No importa.

—Para mí sí importa.

Hubo un silencio.

—Me dijeron que Noah está en el hospital.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—¿Quién te lo dijo?

—Eso tampoco importa. ¿Cómo está el niño?

Aquella pregunta debería haberme tranquilizado.

En cambio, me hizo sentir una rabia profunda.

—Noah está bajo atención médica porque tu hija tuvo que llamar a una ambulancia después de que su suegra lo aventara al suelo.

Mi padre guardó silencio.

—¿Qué?

—Lo escuchaste perfectamente.

—Emily, yo no sabía que Diane iba a hacer algo así.

—Pero sabías que estaba intentando quitarme a mi hijo, ¿verdad?

Escuché su respiración al otro lado de la línea.

No necesitaba verlo para saber que había tocado un punto sensible.

—Tenemos que hablar en persona —dijo.

—No.

—Soy tu padre.

—Eso no te da derecho a aparecer después de cinco años y exigirme una conversación.

—No te estoy exigiendo nada. Estoy tratando de ayudarte.

Solté una risa amarga.

—¿Ayudarme? ¿Como cuando recibiste dinero de mi suegra?

El silencio fue inmediato.

Mi padre no preguntó de qué dinero hablaba.

No negó haberlo recibido.

Simplemente dejó de respirar con normalidad.

Y esa reacción me dio más respuestas que cualquier confesión.

—¿Quién te contó eso? —preguntó finalmente.

—Entonces es verdad.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Explícamelo.

—No por teléfono.

—¿Por qué? ¿Porque no puedes mirarme a los ojos y mentirme otra vez?

Su voz se endureció.

—Ten cuidado, Emily. Hay cosas que no entiendes sobre tu matrimonio.

—Pues explícame una.

—Ryan no es el hombre que tú crees.

Me quedé helada.

—¿Y tú sí eres el padre que yo creía tener?

No contestó.

Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.

Entonces mi padre dijo algo que me hizo apretar los dientes.

—Diane me prometió que, si las cosas salían como estaban planeadas, Noah estaría mejor cuidado.

—¿Planeadas? ¿Qué planeaste con ella?

—No puedo explicártelo por teléfono.

—¡Estoy harta de que todos me digan lo mismo!

Colgué.

Lauren me abrazó mientras yo intentaba controlar las lágrimas.

No lloraba porque extrañara a mi padre.

Lloraba porque, incluso después de cinco años de ausencia, una parte de mí había esperado que regresara siendo alguien en quien pudiera confiar.

Y acababa de demostrarme que quizá nunca lo había sido.

Esa noche, Patricia me llamó para decirme que había recibido una respuesta preliminar de su colega, quien estaba verificando los documentos relacionados con la transferencia bancaria.

No tenían todavía una confirmación oficial de todos los movimientos, pero sí habían encontrado un dato relevante.

La empresa que aparecía como intermediaria había sido registrada pocos meses antes del nacimiento de Noah.

Y uno de sus administradores tenía una relación comercial con Ryan.

La información no demostraba por sí sola una conspiración, pero reforzaba la necesidad de investigar el dinero y la finalidad de los pagos.

—Emily —me dijo Patricia—, hay algo más que necesito preguntarte. ¿Tu esposo tiene acceso a tus expedientes médicos?

Pensé en las copias que Diane había sacado del sobre.

—No debería tenerlos. Yo nunca le di permiso para compartirlos con su madre.

—¿Alguna vez firmaste una autorización general cuando estabas embarazada?

Recordé las citas médicas, los formularios que había llenado deprisa y los documentos que Ryan me había pedido firmar porque, según él, eran necesarios para agregarme a su seguro familiar.

—Firmé varios documentos. No recuerdo todos.

—Necesitamos solicitar copias para verificar qué autorizaste realmente.

Acepté.

Antes de terminar la llamada, Patricia me advirtió que no debía asumir que todos los documentos eran falsos ni que cada persona mencionada había cometido un delito. Había que verificar cada elemento por separado.

Yo quería justicia, pero no iba a inventar pruebas para conseguirla.

A la mañana siguiente, regresé a casa por primera vez desde el incidente.

No fui sola.

Lauren me acompañó y Patricia había organizado previamente la visita para que pudiera recoger ropa, artículos personales y algunas cosas de Noah sin enfrentar una discusión innecesaria.

Cuando abrí la puerta, sentí un olor familiar a café recién hecho.

Todo parecía normal.

Los cojines estaban acomodados.

La alfombra estaba limpia.

La pequeña manta amarilla de Noah seguía doblada sobre el sillón.

Pero aquella normalidad me pareció una burla.

Alguien había intentado convertir mi peor pesadilla en una oportunidad para quitarme a mi hijo y, sin embargo, había dejado la casa como si nada hubiera sucedido.

Subí al dormitorio y comencé a guardar mis pertenencias.

Lauren revisaba la habitación de Noah cuando escuché su voz.

—Emily, ven a ver esto.

La encontré junto al cambiador.

En la parte inferior del mueble había un pequeño dispositivo negro que yo nunca había visto.

No parecía pertenecer al monitor habitual.

Lauren no lo tocó.

Tomó fotografías y llamó a Patricia, quien nos indicó que no intentáramos manipularlo ni conectarlo a ningún aparato.

Mientras esperábamos instrucciones, observé la habitación.

La cuna.

Los pañales.

Los pequeños zapatos que Ryan había comprado durante el embarazo.

Todo me recordaba al hombre que yo había amado.

Entonces noté que faltaba algo.

La caja de recuerdos de Noah.

Guardaba allí la pulsera del hospital, las primeras fotografías y una carta que había escrito durante el embarazo para que mi hijo pudiera leerla cuando fuera mayor.

Había dejado la caja en el cajón superior de la cómoda.

Ahora el cajón estaba abierto y vacío.

—¿La viste cuando entramos? —le pregunté a Lauren.

Ella negó con la cabeza.

Revisamos el resto del dormitorio, pero no encontramos la caja.

Fue entonces cuando escuché un ruido en la planta baja.

Pasos.

Lentos.

Como si alguien acabara de entrar por la puerta principal.

Lauren me miró.

Yo sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.

Y una voz masculina surgió desde el pasillo.

—Emily, tenemos que hablar.

Era mi padre.

Pero lo que llevaba en las manos me hizo comprender que no había venido a pedirme perdón.

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Traía la caja de recuerdos de Noah.

Y detrás de él estaba Diane.

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